Comentario del Evangelio para Matrimonios: Juan 20, 24-29

El testimonio de María.

 

Tomás no creyó que Jesús hubiera podido vencer a la muerte. La muerte es una consecuencia del pecado, igual que la concupiscencia, que es utilizar al otro en nuestro propio beneficio. Pero Jesús venció a la muerte.

¿Qué es más difícil? Que resucite un muerto o que se arregle un matrimonio.

Probablemente, si la noticia que le dieran a Tomás fuese que se había arreglado el matrimonio de Francisco y Teresa, se lo habría creído sin demasiada dificultad.

 

Hoy vemos a Tomás como el incrédulo, sin embargo no somos capaces de detectar esa incredulidad en nosotros. Si Cristo ha vencido a la muerte, será mucho más capaz de vencer nuestra concupiscencia para que nuestra relación vuelva a ser imagen de la comunión Trinitaria.

 

Seguro que los Apóstoles, incluso La Santísima Virgen, le darían testimonio a Tomás de lo que habían visto. Era real. Pero Tomás no quiso creerles. Se fio más de su lógica.

 

Esposos, escuchemos a María. Ella ha lanzado este Proyecto de Amor, para que creamos que Cristo puede redimir nuestro matrimonio. Por vuestra fe, seréis sanados.

Oremos con Tomás: Señor mío y Dios mío.

Comentario del Evangelio para Matrimonios Mateo 8, 28-34

La autoridad en el matrimonio.

El hombre tiende a identificar autoridad con posesión, poder, dominio, éxito. Para Dios, en cambio, la autoridad significa servicio, humildad, amor; significa entrar en la lógica de Jesús que se inclina para lavar los pies de los discípulos, que busca el verdadero bien del hombre, que cura las heridas, que es capaz de un amor tan grande como para dar la vida, porque es Amor. Benedicto XVI, 29 de enero de 2012.

¿Qué hacer cuando tu esposo está furioso? Salir huyendo, evitándole…; buscar la autoridad humana imponiéndote para llevar la razón y dominar tú la situación en lugar de Dios…
Cristo no va contra las personas, sino contra el demonio que las tienta y las domina. Decide salvar una vida, aunque aquellos que le acompañaban estaban atemorizados. Esa es su misión, salvar a aquellos que le fueron entregados por el Padre.

También nosotros tenemos la responsabilidad-misión de la salvación de nuestro esposo, ese maravilloso don que nos ha entregado el Padre. No debemos huir cuando más necesita de Dios, de su Amor, sino que debemos actuar en el nombre de Dios, como dones de Dios para él/ella que necesita una ayuda adecuada para su salvación. Hay que prestarle esa ayuda, (somos ministros de la gracia de Dios para nuestro esposo) que nos preguntará qué hicimos en Su nombre, cómo fuimos representantes de Su amor.

Cristo nos enseña a estar siempre disponibles ante el necesitado, así nosotros debemos amar a nuestro esposo ante todo interés personal o material, pues nuestro esposo vale mas que nuestros intereses. Tenemos la autoridad que Dios nos da, y no otra. Debemos amarle con la misma autoridad de Jesús (que también la revive del Padre), la lógica de Dios desde el servicio y humildad buscando su verdadero bien, hasta el extremo: desde la humillación, el insulto, juicio… «El que pierda su vida por amor, la ganará».

El hombre, por el pecado, perdió la capacidad de verse como un don a sí mismo y a los demás. Cristo lleva a la plenitud esa revelación. Al entregarse por aquellos que le insultaban y golpeaban, a pesar de su falta de amor, Él nos hizo ver lo importantes que somos para Dios, nuestra verdadera dignidad. También Dios nos revela nuestra dignidad en Cristo, entregándonos a su Hijo único por el que todo lo ha hecho. No puede entregarnos nada más. Valemos lo que vale el amor de Dios por nosotros, y es enorme, inimaginable.

¿Reconozco esta dignidad en mi esposo?

Oramos con el Salmo: Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 8, 23-27

Los “atletas” del Señor.

Dice San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 28,1. Tomó a sus discípulos consigo, y en la barca, para enseñarles estas dos cosas: no asustarse ante los peligros, ni envanecerse con los honores. Permite que las olas los atormenten, a fin de que no formen de sí mismos un juicio muy ventajoso, a causa de la elección que había hecho de ellos, dejando a los demás. Cuando se trata de manifestación de milagros, permite que asista el pueblo; mas cuando es cuestión de tentaciones y temores, toma solamente a los atletas que se proponía formar para la conquista del mundo.

Los Padres de la Iglesia, siempre han identificado la barca con la Iglesia. Nosotros buscaremos el paralelismo con la familia, como Iglesia doméstica.

Es verdad que la familia hoy está muy desprestigiada, pero Cristo ha elegido algunas familias, los que estamos leyendo este comentario y muchos otro más, para que le sigamos. En palabras de S. Juan Crisóstomo, somos sus “atletas”, a los que prepara para la recuperación de la institución familiar.

“La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad” (CEC 2207). Esta es nuestra responsabilidad, queridos esposos, según el catecismo.

No es fácil. En la travesía tendremos que pasar muchas tormentas como la del Evangelio de hoy. Pero sabemos que debemos ni envanecernos cuando las cosas salgan bien, ni ser cobardes y tener fe en el Patrón de nuestra barca familiar.

Oramos con el Salmo: Pero yo, por tu gran bondad, entraré en tu casa, me postraré ante tu templo santo con toda reverencia.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 8, 18-22

Te quiero al 90%.

Hoy le decíamos a un matrimonio de los que acompañamos, que podemos ofrecerles garantías de que si siguen el camino que les marcamos, su matrimonio será un éxito. Pero ese camino requiere esfuerzo a diario, avanzando juntos en su camino de fe, y alimentando su relación. Todos los días, con pequeñas cosas, pero sin excusas.

Jesús no buscaba triunfar como líder de una multitud. Los discípulos de Jesús no debían buscar las seguridades en el mundo: “no tiene dónde reclinar la cabeza”, y su prioridad debía ser seguirle por encima de todo: “Tú sígueme. Deja que los muertos entierren a sus muertos”.

Las dos mismas actitudes para el seguimiento de Jesús, son válidas también para el matrimonio. En primer lugar, el matrimonio no es un medio para lograr más bienes perecederos, comodidades o satisfacciones propias. El que se casa, no tiene dónde reclinar la cabeza. Solemos compararlo con el misionero que lo deja todo (Casa, comodidades, familia, etc.) para entregarse. El esposo no puede relajarse porque la vida está llena de tentaciones, distracciones, tareas, atractivos mundanos… hay que trabajar el matrimonio. Tenemos que reconquistarnos con pequeñas cosas todos los días, porque el hecho de habernos casado, no nos da ninguna garantía de tranquilidad (A la vista están los resultados).

Y para ello, un esposo tiene que tener claro que su prioridad es su esposo. No hay excusas. Ni el trabajo, ni el cansancio, ni los amigos, ni “mi espacio” (como se dice ahora, “necesito mi espacio”).

¿Radical? Sí. El amor es así. No admite términos medios. Dile a tu esposo/a que le amas al 90% y a ver qué le parece. Pues si el amor que se le exige al otro (que para eso todos somos muy exigentes) es al 100%, cuánto más debe ser nuestro amor para el esposo la primera prioridad. Por supuesto, por amor a Dios (si no, sería idolatría), pues es Él quien nos proporciona ese amor y establece esa misión como camino para llegar a Él.

Oramos con el Salmo: El que me ofrece acción de gracias, ése me honra; al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 16, 13-19

La gran pregunta del ser humano: ¿Quién soy?

¿Quién es Jesús? ¿Qué es lo que le define? Pedro responde con dos datos: Su procedencia (Hijo de Dios) y su misión o vocación al amor: El mesías.
¿Quién eres tú? Medítalo antes de seguir leyendo, según estos dos mismos parámetros.

Nosotros diríamos que somos también hijos de Dios (Nuestra procedencia) y esposos (Nuestra misión o vocación al amor). ¿Qué pasa entonces si rechazamos a Dios? ¿Y si además rompemos nuestro compromiso matrimonial? ¿Qué quedaría de nuestra identidad?.

Ante la respuesta de Pedro, Jesús le dice: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo.” ¡Efectivamente! Así es. ¿Cómo saber quiénes somos? Nos lo revela nuestro Padre que está en el cielo. Por Su revelación a través de Cristo, sabemos que somos hijos de Dios y cuál es nuestra misión como esposos. En el lenguaje de San Juan Pablo II en las Catequesis del Amor Humano, nos estaríamos refiriendo a las experiencias de la Soledad Originaria y la Unión Originaria, las que tendríamos que revivir en profundidad ante la presencia de Dios.

Y por último, la consecuencia para el que acoge esta revelación: “Tú eres piedra”. El que acoge esta revelación, está cimentado sobre roca. Es libre, sabe quién es, cuáles son sus prioridades, en función de qué tiene que tomar todas sus decisiones (Su fe y su misión de esposos y padres). Y sus decisiones son firmes, tienen un rumbo claro. Y su misión dura toda la vida; será su incentivo hasta el final. Éstos son buenos hijos de la Iglesia. Llevándolo también a las catequesis de S. JPII (para el que las conozca) encontraríamos un paralelismo de esta consecuencia con la 3ª experiencia. La Desnudez Originaria: “Estaban desnudos y no sentían vergüenza”. Es el estado de la limpieza de corazón, de la confianza en Dios y en el esposo, y de paz consigo mismo.

Señor, concédenos que por tu revelación, nos reconozcamos como hijos de Dios, destinados a entregarnos por amor como esposos, y así construyamos una familia sobre roca y demos testimonio de Ti y de tu Iglesia.

Oramos con el Salmo: El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él.