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Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Mateo 9, 32-38
En aquel tiempo, le llevaron a Jesús un endemoniado mudo. Y después de echar al demonio, el mudo habló. La gente decía admirada:
«Nunca se ha visto en Israel cosa igual».
En cambio, los fariseos decían:
«Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios».
Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia.
Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor».
Entonces dice a sus discípulos:
«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».
Se compadecía.
¡Qué actitud tan bonita y tan necesaria! ¿Cuántas veces nos ha faltado la compasión en nuestro matrimonio? Y, por este motivo, no hemos sabido amar como Cristo nos ama, abandonando a nuestro cónyuge en su pecado.
Cuando estamos perdidos, porque nos hemos salido del camino, no nos gusta que nos juzguen, ni que nos señalen, pero tampoco nos gusta que nos abandonen. Cuando nos sentimos indignos nuestro corazón solo descansa cuando nuestro cónyuge nos acoge, es cuando más necesitamos ser amados por él y por aquellos que sabemos que nos quieren de verdad y eso es lo que hace Jesús, se compadece y nos redime.
Si queremos seguir a Cristo no sólo hemos de hacerlo de palabra, sino también con hechos, y eso debe reflejarse en nuestra forma de actuar. Las muchedumbres seguían a Jesús porque los demás “líderes” no eran coherentes, pero Él sí, y así debemos ser nosotros también, imitarle, compadecernos de nuestro cónyuge y amarle como Él le ama, ayudándole a potenciar sus dones para que llegue a ser aquello a lo que está llamado.
Aterrizado a la vida Matrimonial:
Pedro: ¿Belén, por favor, me puedes ayudar a encontrar mi cartera? Llego tarde al trabajo… seguro que han sido los niños que la habrán escondido, ya te he dicho mil veces que tienes que ser más estricta con ellos que si no, nos toman el pelo. Si lo hicieras como yo te digo seguro que no tendría que salir desquiciado al trabajo. Esto no puede ser.
(Por la tarde, cuando Pedro llega a su casa)
Belén: Buenas tardes cariño, ¿cómo estás? ¿cómo ha ido el trabajo? Esta mañana te has marchado un poco enfadado y he estado rezando qué podría hacer yo para ayudarte, porque he visto tu sufrimiento. Así que he llamado a la canguro y he pensado que podemos ir a cenar tú y yo solitos al restaurante de aquí al lado, nos hacemos una escapadita y así me cuentas, ¿qué te parece?
Pedro: Vaya Belén, no sé qué decirte, me has desmontado el corazón. Yo que pensaba que ibas a echarme en cara mi forma de decirte las cosas esta mañana, el haber salido de casa enfadado y a gritos… Sin embargo, no veo juicio en tu mirada, veo perdón, veo compasión, veo al Señor en ti porque has hecho tuyo mi sufrimiento. Eres la mejor, que haría yo sin tu ayuda.
Belén: No te preocupes cariño, soy yo quien da las gracias a Dios por haberme dado la gracia de llevar esta situación desde Su Corazón. Así que, si te parece bien, vamos a agradecérselo en nuestro ratito de oración antes de ir a dormir, ¿de acuerdo?
Pedro: ¡Me parece estupendo, ya verás que mañana, antes de salir de casa, lo último que haré será darte un buen beso de despedida!
Madre,
Debemos ser capaces de pedirle al Señor que nos enseñe a compadecernos y amarnos como Él solo sabe hacerlo.
¡Gloria y alabanza por siempre al Señor!

