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Evangelio del día
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 11, 25-30
En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
Cristocracia.
Quizás me pregunto ¿Por qué no te encuentro Jesús mío? quizás la respuesta esté en otra pregunta: ¿Cómo te busco en mi corazón? A través de la meritocracia de sabios y entendidos que piensan que pueden “ganarse” Tu amor y su dignidad con buenas obras y buenas razones. O como los pequeños, que reconocen que solo Tu amor basta para ser dignos. Agobio o descanso. Conquista o confianza. Hacer o Ser. Meritocracia o Cristocracia. ¿Qué eliges?
Aterrizado a la vida Matrimonial:
María llega a casa agotada después de un día difícil. Encuentra la cocina sin recoger y a Juan distraído con el móvil. Lo primero que nace en su corazón es pensar: «Siempre soy yo quien tira de la casa. Si él me quisiera de verdad, se daría cuenta y me ayudaría sin que yo se lo pidiera.»
Juan, al intuir el enfado de María, también se justifica en su corazón: «No valora todo lo que hago. Nunca es suficiente.» Ambos empiezan a medir quién tiene más razón y quién merece más comprensión.
Pero desde hace tiempo María y Juan hacen oración conyugal cada mañana e intentan prolongarla a lo largo de la jornada a través de un diálogo constante con el Señor, dejando que el Espíritu Santo ordene su corazón y les enseñe a leer cada situación desde la mirada de Cristo. Por eso, antes de dejarse llevar por el orgullo, hacen un pequeño silencio interior. No es un esfuerzo de autocontrol, sino el fruto de una vida en clave de oración que les hace preguntarse: «Señor, ¿qué quieres mostrarnos aquí? ¿Cómo amarías Tú en este momento?»
Entonces el Espíritu Santo les concede un entendimiento nuevo. María descubre que no necesita exigir para sentirse amada. Juan comprende que no necesita defenderse para conservar su dignidad. Él se levanta y comienza a recoger la cocina; ella agradece el gesto sin reproches. Ninguno ha vencido al otro; ambos han dejado que Cristo reine sobre su orgullo.
Descubren así que el descanso del que habla Jesús no llega cuando consiguen tener razón, sino cuando dejan de cargar con el peso de justificarse continuamente. Han pasado de la meritocracia —ganarse el amor— a la Cristocracia: dejar que Cristo piense, ame y actúe en ellos.
Madre,
Muéstranos a tu Hijo para que sea Él quien gobierne en nuestra vida. Sea por siempre bendito y alabado, que con Su Sangre nos redimió.

