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Evangelio del día
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 18, 15-20
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos.
Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
Corazones reparadores.
El Buen Pastor sale en busca de la oveja perdida y hoy Jesús nos enseña que también nosotros debemos salir a su encuentro. Todos los bautizados somos miembros de un mismo Cuerpo, el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. San Pablo afirma: “Si un miembro sufre, todos sufren con él” (1 Co 12,26). Por eso Jesús no nos deja indiferentes ante el pecado del hermano y nos llama a salir en su búsqueda “si te hace caso, has salvado a tu hermano”. Cuando un miembro queda herido, todo el Cuerpo sufre con él. Cuando físicamente nos hacemos una herida, millones de plaquetas acuden silenciosamente a cerrarla para que el cuerpo no se desangre. Mi pecado, el de mi esposo, el de mis hijos o el de cualquier hermano abren heridas en el Cuerpo de Cristo, y nosotros como miembros de ese mismo Cuerpo, estamos llamados a correr hacia ellas con nuestra oración, con nuestro sacrificio, con nuestro amor. Cuando nos enteramos de un escándalo, o vemos el pecado de un hermano ¿qué hacemos? ¿juzgo, critico, agrando la herida, la difundo? Es necesario rezar por esa herida que el pecado ha dejado en la Iglesia. Jesús quiere que seamos como esas plaquetas que acuden con rapidez, en silencio, sin hacer ruido, sin atacar, sino ayudando a curar. Esposos cristianos, ¿quién va a reparar el Corazón de Jesús y el Corazón de María? ¡No hay tiempo que perder! Cada acto de reparación cierra una herida y cada sacrificio fortalece el Cuerpo entero. Recemos como los pastorcitos de Fátima la oración que el Ángel les enseñó: “Dios mío yo creo, adoro, espero y os amo. Os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no os aman”.
Aterrizado a la vida Matrimonial:
Mercedes: ¿te has enterado de lo que ha pasado con este matrimonio del cole? ¡es tremendo! Tengo que contárselo a mi hermana, no se lo va a creer…
Lorenzo: espera, espera ¿y si en vez de contárselo, rezamos por ellos?
Mercedes: ¿rezar? pero si no los conocemos de nada…¡lo que han hecho está fatal!
Lorenzo: precisamente por eso… No necesitan que agrandemos la herida hablando de ellos; necesitan que alguien ayude a curarla con oración.
Mercedes: tienes razón. Pensaba que no podemos ayudar…pero es verdad, podemos rezar por ellos esta noche.
Lorenzo: “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Así que, si nos ponemos juntos a rezar por ellos, Jesús se hará presente y entonces nuestra pequeña oración en casa se convertirá en un puente entre el cielo y la tierra.
Mercedes: ¡qué bonito! Nosotros aquí rezando en nuestro salón y ellos sin saber que alguien reza por su matrimonio.
Lorenzo: también podemos ofrecerle al Señor nuestro silencio, renunciando a contárselo a otros, ¿te parece?
Mercedes: por supuesto ¡cuántas veces podríamos convertir nuestras conversaciones sobre los demás en oraciones por ellos!
Madre,
haz de nosotros pequeños corazones reparadores. ¡Bendita y alabada seas!

