Lectura del santo evangelio según san Mateo 28, 1-10
Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres:
«Vosotras, no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. Mirad, os lo he anunciado». Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
Alegraos, no temáis.
Hoy, en este Sábado Santo, acompañamos a nuestra Madre en el silencio del sepulcro, esperando la luz que trae la Resurrección de Cristo. La tierra tiembla, la piedra se mueve, y un ángel nos anuncia lo que parecía imposible ¡Jesús ha resucitado! Así también, en nuestra vida conyugal, a veces todo parece quieto, pesado, incluso muerto, cuando las dudas, los miedos, el cansancio o el amor propio parecen gobernar nuestro corazón. Hoy Cristo nos invita a mirar más allá de nuestra oscuridad, a descubrir la luz que vence al pecado y a la muerte, y a vivir en la verdad del amor que transforma la vida cotidiana en un reflejo de Su amor divino. Amar a nuestro esposo con el Amor de Cristo es vivir la resurrección día a día: morir al egoísmo y nacer a la entrega, morir al orgullo y vivir en la comunión. Como las dos Marías que acudieron al sepulcro, a veces nos falta fe para creer que tras el sacrificio siempre llega la vida. Nos cuesta aceptar que la entrega por amor, aunque duela o implique renuncia, conduce a la plenitud y la alegría. Cristo nos asegura que, aun en la duda y el miedo, Él va delante de nosotros y nos dice: “Alegraos”. Nos llama a ser testigos de su amor y a vivir en comunión con Él, para que su obra se haga visible en nosotros y a través de nosotros. Que aprendamos a caminar hacia esa luz, abrazando a nuestro cónyuge y viviendo el amor verdadero, donde resucita Cristo y renace la esperanza.
Aterrizado a la vida Matrimonial:
María: David, hoy en la oración sentí que nuestro amor ha pasado por una resurrección.
David: ¿Resurrección?
María: Sí… antes nos amábamos desde nosotros mismos, midiendo, comparando, esperando del otro… y eso lo hacía frágil.
David: Es cierto Maria… un amor muy limitado.
María: Ahora sin embargo lo siento diferente, como si naciera de Cristo. Cuando nos dejamos llenar por Él, podemos amarnos con paz, sin exigencias ni miedo.
David: Y todo cambia… no porque desaparezcan las dificultades, sino porque hay una fuente que sostiene nuestro amor.
María: Exacto cariño. Nuestro amor ahora vive de algo que no se agota, porque nace y se sostiene en Cristo, fuente de vida y esperanza.
Madre,
Ayúdanos a permanecer junto a tu Hijo en el silencio y la espera, para que la luz de Su Resurrección llene siempre nuestros corazones. ¡Bendito y alabado seas por siempre Señor!
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 18, 1 — 19, 42
Cronista – C. En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el que lo iba a entregar, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando una cohorte y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo:
Jesús + «¿A quién buscáis?».
C. Le contestaron:
Sinagoga/Pueblo – S. «A Jesús, el Nazareno».
C. Les dijo Jesús:
+ «Yo soy».
C. Estaba también con ellos Judas, el que lo iba a entregar. Al decirles: «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:
+ «¿A quién buscáis?».
C. Ellos dijeron:
S. «A Jesús, el Nazareno».
C. Jesús contestó:
+ «Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a estos».
C. Y así se cumplió lo que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste».
Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:
+ «Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?».
C. La cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; Caifás era el que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo».
Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada portera dijo entonces a Pedro:
S. «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?».
C. Él dijo:
S. «No lo soy».
C. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose.
El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina.
Jesús le contestó:
+ «Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que me han oído de qué les he hablado. Ellos saben lo que yo he dicho».
C. Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo:
S. «¿Así contestas al sumo sacerdote?».
C. Jesús respondió:
+ «Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?».
C. Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote.
C. Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron:
S. «¿No eres tú también de sus discípulos?».
C. Él lo negó, diciendo:
S. «No lo soy».
C. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:
S. «¿No te he visto yo en el huerto con él?».
C. Pedro volvió a negar, y enseguida cantó un gallo.
C. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo:
S. «¿Qué acusación presentáis contra este hombre?».
C. Le contestaron:
S. «Si este no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos».
C. Pilato les dijo:
S. «Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley».
C. Los judíos le dijeron:
S. «No estamos autorizados para dar muerte a nadie».
C. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir.
Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».
C. Jesús le contestó:
+ «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?».
C. Pilato replicó:
S. «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?».
C. Jesús le contestó:
+ «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí».
C. Pilato le dijo:
S. «Entonces, ¿tú eres rey?».
C. Jesús le contestó:
+ «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».
C. Pilato le dijo:
S. «Y, ¿qué es la verdad?».
C. Dicho esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo:
S. «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?».
C. Volvieron a gritar:
S. «A ese no, a Barrabás».
C. El tal Barrabás era un bandido.
C. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían:
S. «Salve, rey de los judíos!».
C. Y le daban bofetadas.
Pilato salió otra vez afuera y les dijo:
S. «Mirad, os lo saco afuera para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa».
C. Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo:
S. «He aquí al hombre».
C. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron:
S. «Crucifícalo, crucifícalo!».
C. Pilato les dijo:
S. «Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él».
C. Los judíos le contestaron:
S. «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha hecho Hijo de Dios».
C. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más. Entró otra vez en el pretorio y dijo a Jesús:
S. «¿De dónde eres tú?».
C. Pero Jesús no le dio respuesta.
Y Pilato le dijo:
S. «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?».
C. Jesús le contestó:
+ «No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor».
C. Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:
S. «Si sueltas a ese, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey está contra el César».
C. Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y se sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «el Enlosado» (en hebreo “Gábbata”). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía.
Y dijo Pilato a los judíos:
S. «He aquí a vuestro rey».
C. Ellos gritaron:
S. «¡Fuera, fuera; crucifícalo!».
C. Pilato les dijo:
S. «¿A vuestro rey voy a crucificar?».
C. Contestaron los sumos sacerdotes:
S. «No tenemos más rey que al César».
C. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.
C. Tomaron a Jesús, y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice “Gólgota”), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, e! Nazareno, el rey de los judíos».
Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego.
Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:
S. «No escribas “El rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: soy el rey de los judíos”».
C. Pilato les contestó:
S. «Lo escrito, escrito está».
C. Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron:
S. «No la rasguemos, sino echémosla a suerte, a ver a quién le toca».
C. Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica». Esto hicieron los soldados.
C. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre:
+ «Mujer, ahí tienes a tu hijo».
C. Luego, dijo al discípulo:
+ «Ahí tienes a tu madre».
C. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.
C. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo:
+ «Tengo sed».
C. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:
+ «Está cumplido».
C. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
[Todos se arrodillan, y se hace una pausa.]
C. Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura:
«No le quebrarán un hueso»;
y en otro lugar la Escritura dice:
«Mirarán al que traspasaron».
C. Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe.
Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.
Dar la vida.
Vemos a Jesús en la Pasión que no es una víctima pasiva, sino que se entrega voluntariamente por amor. Él es quien dice: «Nadie me quita la vida, sino que la entrego yo libremente»
San Juan nos permite contemplar la verdad. Un Dios que ama hasta el extremo, que da la vida por su esposa la Iglesia y transformando el madero en fuente de vida eterna. ¿Doy yo la vida por mi esposo?
Aterrizado a la vida Matrimonial:
Isabel: Paco, viendo a Jesús en su pasión me da mucho qué pensar, y veo que en el matrimonio estamos llamados a ese mismo «amor hasta el extremo».
Paco: Sí Isa, tienes razón, pero a veces, el cansancio o las ofensas nos tientan a «lavarnos las manos» como Pilatos o a «negarnos» como Pedro.
Isabel: Ya… sin embargo, nuestro propio Sacramento nos da la gracia y la fuerza para poder entregarnos y dar la vida en lo cotidiano. Amar es la decisión de morir a uno mismo para que el otro viva. En nuestra entrega mutua, el mundo debe ver el amor de Cristo.
Paco: Cuánta razón tienes pero… Puf… qué difícil resulta a veces… ¿Te parece si rezamos un poco y le pedimos la Gracia al Señor para que nos ayude en esta entrega mutua?
Isabel: ¡Claro que sí Paco, vamos a ello!
Isabel y Paco: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, amén. Señor Jesús, danos la gracia de vivir nuestro matrimonio con un «sí» sostenido, para poder entregarnos sin reservas en todo momento, en las dificultades y en las alegrías. Que nuestro amor no sea de este mundo, sino que sea un reflejo del tuyo, amén.
Madre,
Tu también amaste como el Señor, enséñanos a amarnos con esa entrega. Bendito y alabado sea el Señor.
Proyecto Amor Conyugal en colaboración con la Parroquia Parroquia de Sant Vicenç de Sarrià (Barcelona), os invita a participar en un retiro para Matrimonios, con el objetivo de adentrarnos juntos en la Verdad del Matrimonio (según San Juan Pablo II) y experimentar la Alegría del Amor (según el Papa Francisco).
¿A quién va dirigido este retiro? A todos los esposos unidos por el Sacramento del Matrimonio o aquellos que en el momento de la inscripción no tienen impedimento alguno para contraer el Sacramento del Matrimonio, y que quieran vivir una EXPERIENCIA de AMOR juntos, estén en crisis o no. A todos los que quieran fortalecer y reavivar su Sacramento del Matrimonio.
FECHAS: Será desde el viernes 29 de mayo a las 17:30 h hasta el domingo 31 de mayo a las 17:30 h.
LUGAR: Centre d’Espiritualitat Mare Ràfols Barri. Moli d’en Rovira, S/N; 08720 Vilafranca del Penedès, Barcelona
PRECIO: 360 € por matrimonio. (Incluye alojamiento, pensión completa y gastos diversos)
Suplemento económico para ayuda a otros matrimonios: Podéis aportar una cantidad adicional, a voluntad, que es muy importante para ayudar a otros matrimonios con dificultades económicas que quieren hacer el retiro.
Subvenciones: Si algún matrimonio no puede asistir por problemas económicos que nos lo comente, por favor.
¿Cuándo? Lo antes posible. Se suele llenar en pocos minutos.
Nos pondremos en contacto con vosotros para confirmaros la reserva de plaza y daros las instrucciones para realizar el pago o indicaros si estáis en lista de espera. En caso de que no hubiese plazas disponibles.
Sobre Proyecto Amor Conyugal:https://proyectoamorconyugal.es/acerca-de está compuesto por matrimonios católicos que profundizamos en nuestra vocación conyugal y que ayudamos a otros a convertir su matrimonio en algo GRANDE.
Lectura del santo evangelio según san Juan 13, 1-15
Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.
Llegó a Simón Pedro, y este le dice:
«Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?».
Jesús le replicó:
«Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde».
Pedro le dice:
«No me lavarás los pies jamás».
Jesús le contestó:
«Si no te lavo, no tienes parte conmigo».
Simón Pedro le dice:
«Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza».
Jesús le dice:
«Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos».
Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».
Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo:
«¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».
Déjate amar.
Hoy jueves santo, Jesús nos muestra que amar “hasta el extremo” es elegir amar cada día al esposo, también cuando cuesta. En la vida conyugal, lavar los pies significa acoger las fragilidades del esposo o la esposa sin juzgar, servir sin medir, amar en silencio. Cuidar los detalles pequeños, esos que sostienen el amor cotidiano.
Pero en el matrimonio no solo se ama dando, sino también dejándose amar con humildad. Como Pedro, a veces nos resistimos a dejarnos amar, pero el Señor nos invita también a recibir. El servicio mutuo purifica el corazón y renueva la alianza cada día.
Estamos llamados a descubrir el rostro de Cristo en el esposo y a aprender a amar como Él lo hace haciendo de nuestra vida un don constante el uno para el otro, aunque tenga los pies sucios.
Aterrizado a la vida Matrimonial:
Son las nueve y media, los niños ya están acostados.
Javier (Llega del trabajo y se tira en el sofá): No puedo más, ha sido un día horrible.
María (desde la cocina): Yo tampoco he parado en todo el día
(silencio tenso)
María (suspira, se acerca a Javier): Oye… ¿quieres que te prepare algo de cenar?
Javier (la mira, sorprendido): ¿En serio? Pero tú estás igual o más cansada.
María: Sí, pero hoy quiero cuidarte.
Javier (se incorpora): Entonces cenamos juntos y luego recojo yo.
María (sonriendo): Trato hecho.
Javier: A veces se nos olvida que servir es la forma más sencilla de decir “te quiero”.
María: Si. Eso lo que nos enseña el Señor: servir, acoger, sanar, entregarse, lavar los pies. Yo quiero imitarle.
Javier: Y yo. Pero solos no podemos, le necesitamos.
Madre,
Enséñanos a amar en los pequeños gestos de servicio. Bendito sea tu precioso Hijo, el servidor de todos.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 26, 14-25
En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
«¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?».
Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».
Él contestó:
«Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».
Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
«En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».
Ellos, muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
«¿Soy yo acaso, Señor?».
Él respondió:
«El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».
Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
«¿Soy yo acaso, Maestro?».
Él respondió:
«Tú lo has dicho».
Contemplaré tu Pasión.
Mi querido Señor, ¡cómo duele esta escena! Uno de tus amigos, entregándote. El resto, dudando de sí mismos. Tú, tan solo.
Duele más aún cuando me doy cuenta que yo también te he dejado solo muchas veces. Peor aún, yo también te he entregado a la cruz por unas monedillas. Cada pecado es entregarte por esas “monedillas” que son un rato de placer, un “es que me apetece tanto”, unas palabras fuera de tono, una crítica, una falta de entrega,…
Señor, me duele profundamente haberte entregado a la cruz tantas veces. Ahí estás sufriendo horriblemente, flagelado, clavado, destrozado,… por mi pecado.
Mi buen Jesús, no quiero pecar más. Estos días santos contemplaré tu Pasión lleno de dolor por lo que te he hecho. Lleno de arrepentimiento para no hacerlo nunca más. Lleno de amor por lo que has hecho por mí, por haberte entregado hasta la muerte por mi salvación.
Y lleno de esperanza para acoger toda la misericordia y la gracia que sale de tu Corazón traspasado, para con la fuerza de tu Santo Espíritu llevar una vida de oración y sacramentos, que rechace pecar, que sólo quiera llenarse de tu Amor para entregarse como Tú, para Amar como Tú.
¡Te quiero tanto, Señor! Mil gracias por todo.
Aterrizado a la vida Matrimonial:
Catalina: Amador, esta Semana Santa quiero que sea especial. Que acompañemos de verdad al Señor en su Pasión. Que seamos conscientes de que se ha entregado por nosotros. Que ese “miedo hasta el punto de morir”, ese sudor de sangre, esos latigazos, esa tortura, esa crucifixión, fueron por nosotros.
Amador: Sí, es increíble lo que ha tenido que hacer por nosotros. Me da tanta tristeza no haber sido consciente de la gravedad de mis pecados. Cada pecado mío le supuso esa tortura. Sé que en la Confesión su Misericordia me ha perdonado. Pero como cada pecado mío futuro será añadir más dolor a su tortura, no quiero pecar más. Sé que soy pecador, pero voy a hacer todo lo que esté en mi mano para no caer más. Llevar con determinación una vida de oración y sacramentos y un camino de purificación de mi corazón, para, con su Gracia, evitarle más sufrimiento.
Catalina: Sí, y con la esperanza de saber que de su Corazón traspasado sale todo lo que necesitamos para andar ese camino de santidad. No tenemos excusa, nos ha dado todo lo que necesitamos para conseguirlo. ¡Vamos a por ello con determinación!
Madre,
Ayúdanos a vivir estos días santos de tu Mano, como Tú, pegados a tu Hijo. Y llenos de agradecimiento. ¡Bendito y alabado sea Dios!