Dejar atrás. Comentario para matrimonios: Marcos 10, 28-31

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Marcos 10, 28-31

En aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».
Jesús dijo: «En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros».

Dejar atrás.

¿En serio el Señor nos pide que tenemos que desprendernos de todas nuestras posesiones e incluso tenemos que dejar atrás a todos nuestros familiares y personas a las que tanto queremos? Poquito a poco, Dios nos va mostrando que lo verdaderamente importante es saber priorizar y entender que todo, lo que tenemos y cuanto nos rodea, debe ser un medio para alcanzar la vida eterna.
A veces actuamos como si este mundo caduco fuera nuestro fin último y ponemos nuestro corazón en las cosas materiales e incluso en algunas personas. Es necesario tomar conciencia que todo son mediaciones del Señor, incluso nosotros mismos somos mediación de nuestro cónyuge, para ayudarle a alcanzar la vida eterna; ese es nuestro verdadero fin y a lo que debemos aspirar: ¡dejarlo todo para vivir el Evangelio en nuestro matrimonio y así llegar juntos al cielo!

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Xavi: ¡Feliz aniversario Elisa! Madre mía, hace ya ocho años que nos casamos, cómo pasa el tiempo…
Elisa: La verdad es que sí… Justo ayer, en la oración, le daba gracias al Señor por todo lo que hemos vivido juntos y me mostró cómo ha cambiado nuestra vida en estos últimos años. ¿Recuerdas cómo, al principio, anteponíamos a nuestro matrimonio un montón de cosas sin importancia? Teníamos nuestros corazones puestos en el trabajo, en los bienes materiales o priorizábamos quedar más con nuestros amigos que fortalecer nuestra unión y eso nos causó mucho sufrimiento. Qué bueno es el Señor que nos ha ido mostrando que lo único importante es nuestro matrimonio y así sí podemos luchar y construirlo juntos.
Xavi: Realmente ahora estoy empezando a entender de qué va este sacramento y me parece que es tan precioso que ahora veo que sólo Dios podía haberlo creado; estoy empezando también a entender que esas diferencias que tenemos nos unen cada día más y veo cómo me ayudas, con tu paciencia y tu cariño, a acercarme más a Dios. Ahora sí me veo capaz de llegar al cielo contigo, juntos de la mano.
Elisa: Xavi, ¡cuando me hablas así, es cuando descubro tu gran corazón y haces que me enamore aún más, porque veo al Señor en ti!

Madre,

Te pedimos que nos muestres qué es lo verdaderamente importante y así seguir construyendo nuestra unión para llegar juntos al cielo. ¡Alabado sea el Señor!

Siempre con María. Comentario para matrimonios: Juan 19, 25-34

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día

Lectura del santo Evangelio según san Juan 19, 25-34

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre,
María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo».Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre».Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.
Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed». Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca.
Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua.

Siempre con María.

Hoy celebramos la fiesta de “Madre de la Iglesia” que fue instituido por el Papa Francisco, en 2018 el lunes después de Pentecostés. Si la Iglesia nace en Pentecostés, tiene un gran significado que, en el primer día siguiente, el lunes, en la puesta en marcha de su camino en medio del mundo, se destaque la persona y la misión de la Virgen en ella.
María, al pie de la cruz, no solo recibe una nueva maternidad sobre la Iglesia, sino que nos enseña también el camino del amor conyugal: permanecer fieles incluso en el dolor, sostener al otro cuando todo parece oscuro y hacer del hogar un lugar donde Cristo siga viviendo.
En cada matrimonio cristiano, María nos recuerda que amar es permanecer, cuidar y entregarse hasta el final.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Quique: Este Evangelio siempre me impresiona… María permanece junto a Jesús hasta el final, incluso en el mayor dolor.
María: Sí, y me hace pensar mucho en nuestro matrimonio. Porque amar de verdad también es quedarse al lado del otro en los momentos difíciles, no sólo cuando todo va bien.
Quique: Exacto. Jesús le dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”, y desde ese momento él la recibe en su casa. Como si María entrara también en cada familia cristiana.
María: Claro que sí: qué importante es eso hoy… dejar que María cuide nuestro matrimonio, y tener siempre a María como ejemplo de nuestra forma de hablar, de perdonarnos, de sostenernos.
Quique: A mí me impresiona el silencio de María. No protesta, no huye, simplemente permanece. Yo creo que a mi me falta muchas veces esto: no huir y, además, vaciar más mi corazón e intentar tener más presencia.
María: Sí: a mí también me falta. Ahora veo que la Virgen me pide estar, acompañar, sostener… incluso cuando no te entiendo.
Quique: Ojalá en nuestro matrimonio también sepamos amar de esa manera: con fidelidad, entrega y poniendo siempre a Jesús en el centro.

Madre,

Eres Madre de la Iglesia y Madre nuestra. Te rogamos que nos enseñes a permanecer unidos como tú permaneciste junto a la cruz de Jesús. Ayúdanos a vivir nuestro matrimonio con fidelidad, ternura y entrega, sabiendo acompañarnos en las alegrías y en las dificultades.

Pobreza fecunda. Comentario para matrimonios: Juan 20, 19-23

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Pobreza fecunda.

Puedo desesperar al entregarme a mi esposo y no ver frutos en mi matrimonio. Podría parecer que la entrega de Cristo no hubiera servido para nada: Sus discípulos escondidos y con miedo. Sin embargo, desde ese costado abierto el viernes Santo hasta el día de hoy, Pentecostés, se ha ido gestando el corazón de Su esposa, la iglesia. Ha sido un parto doloroso pero necesario. Un periodo de gestación con miedo, lágrimas, silencio, dudas, purificación… que le ha llevado a reconocer su miseria. Y es ahí, en ese reconocimiento donde nace la comunión con Cristo, el Esposo, y donde empieza la verdadera Evangelización. Es en esa pobreza, donde el Espíritu Santo encuentra espacio y nace la verdadera fecundidad.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

María lleva tiempo esforzándose por cuidar más a Juan, su esposo. Intenta escucharle mejor, evitar reproches, tener pequeños detalles y rezar por él cada día. En el fondo espera que todo eso mejore su matrimonio, que él cambie y que vuelva la unión de antes.
Pero pasa el tiempo y aparentemente nada mejora. Él sigue distante, absorbido por el trabajo y poco expresivo. Y poco a poco, María empieza a cansarse interiormente: “¿Para qué seguir entregándome si no veo ningún fruto?”
En medio de esa tristeza el Espíritu Santo le muestra algo inesperado: que su entrega no estaba siendo estéril. Todo ese tiempo de silencio, espera, lágrimas y lucha estaba sacando a la luz algo mucho más profundo de su corazón: su necesidad de ser correspondida, reconocida y valorada.
Y justo ahí, en esa pobreza reconocida, comienza a cambiar algo dentro de ella. Cristo empieza a empapar su alma. Su amor empieza a ser más libre, menos exigente, más sostenido por Dios que por la reacción de su esposo. Ya no necesita imponer ni forzar nada. Sin darse cuenta, empieza a transmitir paz, paciencia y sobre todo una alegría desconocida.
Entonces entiende que la verdadera fecundidad había comenzado mucho antes de que aparecieran cambios visibles en su matrimonio: había comenzado en su propia alma.

Madre,

Enséñanos a purificar nuestro corazón para nacer en tu Hijo. Sea por siempre bendito y alabado, que con Su Sangre nos redimió.

Tú sígueme. Comentario para matrimonios: Jn 21,20-25

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día

Lectura del santo Evangelio según san Juan 21, 20-25

En aquel tiempo, Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?». Al verlo, Pedro dice a Jesús: «Señor, y éste, ¿qué?». Jesús le contesta: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme». Entonces se empezó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no moriría. Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?».
Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero.
Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir.

Tú sígueme.

En este evangelio, el Señor nos muestra que la única manera de conocernos a nosotros mismos, es conocerle a Él. Y cuando le pedimos cómo hacerlo, nos dice: “Tú pon tu mirada en Mí”. Por eso, cuando ponemos nuestra mirada en otros, nos dice “¿y a ti qué? No te compares con nadie, no te fijes en los demás, no te justifiques con lo que otros hacen mal. Tú sígueme, mírame a mí, sólo a mí, y haz lo que tienes que hacer.”
En el matrimonio no podemos justificarnos con lo que mi cónyuge hace o deja de hacer. Los esposos no debemos compararnos ni llevar cuentas de lo que hace cada uno. Yo tengo que poner todo mi amor en cada acto del día, aunque no sea correspondido, como hizo Jesús. Mi misión en esta vida es entregarme sin límites a mi cónyuge, hasta la muerte, como Cristo hizo conmigo, que entregó hasta la última gota de su sangre por mí, y también por ti, y por cada uno, por su esposa la Iglesia. No desesperemos, no desfallezcamos, seamos fieles y perseverantes, como Nuestro Señor nos enseñó.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Miguel: ¿Sabes, Susana? Hoy al meditar el Evangelio me he sentido muy identificado con Pedro… mirando al otro, comparándome, preguntándole al Señor: “Y éste, ¿qué?”
Susana: Sí… es impresionante cómo aparece ahí la comparación. Pedro acaba de recibir una misión enorme, ser cabeza de la Iglesia, pero enseguida mira el camino del otro. Y Jesús responde con tanta ternura y firmeza: “¿Y a ti qué? Tú sígueme”. Como si nos dijera también a nosotros: “No mires lo que hacen los demás… mírame a Mí y caminad juntos”.
Miguel: Cuántas veces perdemos la paz comparándonos: que si estos rezan más, que si esos otros parecen más unidos, que si aquel matrimonio tiene todo resuelto… y en ocasiones pienso: “Ojalá nosotros fuéramos así”. Y sin darme cuenta desprecio la historia preciosa que Dios está escribiendo con nosotros.
Susana: Y el Señor hoy nos recuerda que nuestra historia es única. Nuestro amor tiene una misión concreta. Tenemos que descubrirnos elegidos, llamados y enviados como esposos. No necesitamos vivir la vida de nadie más.
Miguel: Y confiar en que Dios no se equivoca con nuestra historia. Él no quiere que seamos “como otros matrimonios”; quiere que seamos plenamente nosotros. Me emociona pensar que Jesús nos ha elegido y confía en nosotros igual que confió en Pedro, aun con sus miserias. No le pidió perfección… solo amor y seguimiento.
Susana: Qué descanso da eso… No competir, no aparentar, no medirnos. Solo seguir a Cristo juntos. Porque así nuestro matrimonio también será “testimonio”: una pequeña historia donde Jesús sigue actuando.
Miguel: Entonces hoy solo quiero escuchar eso: “Tú sígueme” … contigo, de la mano, hacia Él.
Susana: Y yo contigo, Miguel. Pase lo que pase, mirando más a Cristo y a nuestra misión que a nuestras limitaciones.
Los dos al unísono: “Señor, enséñanos a seguirte juntos, con humildad, fidelidad y alegría, sin compararnos, viviendo la misión única que has soñado para nuestro matrimonio.”

Madre,

enséñanos a levantar la mirada y mirarle sólo a Él. ¡Bendita y gloriosa seas, Madre! ¡Alabado sea por siempre el Señor!

Por tres veces. Comentario para Matrimonios: Juan 21, 15-19

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 21, 15-19

Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, le dice a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dice: «Pastorea mis ovejas». Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Jesús le dice:
«Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras». Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».

Por tres veces.

Puede sorprender la insistencia de Jesús al preguntar a Pedro tres veces seguidas si lo ama, si lo quiere. Pero recordamos que el mismo Pedro lo negó tres veces la noche de la Pasión, Cristo le da la oportunidad de confirmar su amor, una vez por cada una que le negó. Y es que el Señor siempre está dispuesto amorosamente a acercarse a nosotros para que pidamos perdón en el sacramento de la penitencia y seamos como corderitos en brazos de su Buen Pastor. No queramos ser otra cosa, no hay nada mejor que dejarnos conducir por Él, que es el Amor.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Pedro: Los niños siguen sin recoger el cuarto… ya no sé que más decirles. Es que pasan de mí completamente, seguro que ahora irás tú y te obedecen enseguida. Siempre están pendientes de tu confirmación antes de hacerme caso, y cuando no estás no hay forma de que hagan nada de lo que les digo. La verdad es que estoy ya bastante cansado, siempre igual.
Magda: Siempre igual, siempre igual… tú sí que estás siempre igual con la cantinela. Yo sí que estoy cansada de tener siempre la misma conversación…
Pedro: Siempre igual, la misma conversación… disculpa, Magda, me he dejado llevar por sentimientos antiguos que pensaba superados. Es que no he dormido bien esta noche y he caído de nuevo.
Magda: Perdóname tú a mí, Pedro. He entrado «al trapo» sin dudar… la verdad que yo tampoco he dormido bien esta noche. El programa que estuvimos viendo me puso bastante nerviosa y tardé muchísimo en dormirme.
Pedro: A mí me pasó igual, gracias a Dios que empezamos a distinguir estos arrebatos de pasión y a cortarlos cuanto antes. Recuerdo que antes de nuestra conversión, montábamos una discusión que podía llevarnos a estar varios días sin dirigirnos la palabra.
Magda: Desde luego… tiemblo solo de recordarlo. Si te parece bien, podemos cambiar la hora de la oración conyugal y hacerla antes de acostarnos. Así podemos estar más rato y nos acostaremos con la paz que da estar con el Señor.
Pedro: Me parece una idea estupenda. Menos tele y más oración, un planazo. Gracias, esposa, por «arrastrarme» hacia el buen camino.

Madre,

Queremos ser esos corderitos que van al lado de Jesús, alguna vez nos lleva de la mano y caminamos juntos, otras veces nos tiene que cargar en brazos. No permitas que nos apartemos de Él. ¡Bendito y alabado sea por siempre en el Santísimo Sacramento del Altar!