Pobreza fecunda. Comentario para matrimonios: Juan 20, 19-23

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Pobreza fecunda.

Puedo desesperar al entregarme a mi esposo y no ver frutos en mi matrimonio. Podría parecer que la entrega de Cristo no hubiera servido para nada: Sus discípulos escondidos y con miedo. Sin embargo, desde ese costado abierto el viernes Santo hasta el día de hoy, Pentecostés, se ha ido gestando el corazón de Su esposa, la iglesia. Ha sido un parto doloroso pero necesario. Un periodo de gestación con miedo, lágrimas, silencio, dudas, purificación… que le ha llevado a reconocer su miseria. Y es ahí, en ese reconocimiento donde nace la comunión con Cristo, el Esposo, y donde empieza la verdadera Evangelización. Es en esa pobreza, donde el Espíritu Santo encuentra espacio y nace la verdadera fecundidad.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

María lleva tiempo esforzándose por cuidar más a Juan, su esposo. Intenta escucharle mejor, evitar reproches, tener pequeños detalles y rezar por él cada día. En el fondo espera que todo eso mejore su matrimonio, que él cambie y que vuelva la unión de antes.
Pero pasa el tiempo y aparentemente nada mejora. Él sigue distante, absorbido por el trabajo y poco expresivo. Y poco a poco, María empieza a cansarse interiormente: “¿Para qué seguir entregándome si no veo ningún fruto?”
En medio de esa tristeza el Espíritu Santo le muestra algo inesperado: que su entrega no estaba siendo estéril. Todo ese tiempo de silencio, espera, lágrimas y lucha estaba sacando a la luz algo mucho más profundo de su corazón: su necesidad de ser correspondida, reconocida y valorada.
Y justo ahí, en esa pobreza reconocida, comienza a cambiar algo dentro de ella. Cristo empieza a empapar su alma. Su amor empieza a ser más libre, menos exigente, más sostenido por Dios que por la reacción de su esposo. Ya no necesita imponer ni forzar nada. Sin darse cuenta, empieza a transmitir paz, paciencia y sobre todo una alegría desconocida.
Entonces entiende que la verdadera fecundidad había comenzado mucho antes de que aparecieran cambios visibles en su matrimonio: había comenzado en su propia alma.

Madre,

Enséñanos a purificar nuestro corazón para nacer en tu Hijo. Sea por siempre bendito y alabado, que con Su Sangre nos redimió.

Tú sígueme. Comentario para matrimonios: Jn 21,20-25

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día

Lectura del santo Evangelio según san Juan 21, 20-25

En aquel tiempo, Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?». Al verlo, Pedro dice a Jesús: «Señor, y éste, ¿qué?». Jesús le contesta: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme». Entonces se empezó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no moriría. Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?».
Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero.
Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir.

Tú sígueme.

En este evangelio, el Señor nos muestra que la única manera de conocernos a nosotros mismos, es conocerle a Él. Y cuando le pedimos cómo hacerlo, nos dice: “Tú pon tu mirada en Mí”. Por eso, cuando ponemos nuestra mirada en otros, nos dice “¿y a ti qué? No te compares con nadie, no te fijes en los demás, no te justifiques con lo que otros hacen mal. Tú sígueme, mírame a mí, sólo a mí, y haz lo que tienes que hacer.”
En el matrimonio no podemos justificarnos con lo que mi cónyuge hace o deja de hacer. Los esposos no debemos compararnos ni llevar cuentas de lo que hace cada uno. Yo tengo que poner todo mi amor en cada acto del día, aunque no sea correspondido, como hizo Jesús. Mi misión en esta vida es entregarme sin límites a mi cónyuge, hasta la muerte, como Cristo hizo conmigo, que entregó hasta la última gota de su sangre por mí, y también por ti, y por cada uno, por su esposa la Iglesia. No desesperemos, no desfallezcamos, seamos fieles y perseverantes, como Nuestro Señor nos enseñó.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Miguel: ¿Sabes, Susana? Hoy al meditar el Evangelio me he sentido muy identificado con Pedro… mirando al otro, comparándome, preguntándole al Señor: “Y éste, ¿qué?”
Susana: Sí… es impresionante cómo aparece ahí la comparación. Pedro acaba de recibir una misión enorme, ser cabeza de la Iglesia, pero enseguida mira el camino del otro. Y Jesús responde con tanta ternura y firmeza: “¿Y a ti qué? Tú sígueme”. Como si nos dijera también a nosotros: “No mires lo que hacen los demás… mírame a Mí y caminad juntos”.
Miguel: Cuántas veces perdemos la paz comparándonos: que si estos rezan más, que si esos otros parecen más unidos, que si aquel matrimonio tiene todo resuelto… y en ocasiones pienso: “Ojalá nosotros fuéramos así”. Y sin darme cuenta desprecio la historia preciosa que Dios está escribiendo con nosotros.
Susana: Y el Señor hoy nos recuerda que nuestra historia es única. Nuestro amor tiene una misión concreta. Tenemos que descubrirnos elegidos, llamados y enviados como esposos. No necesitamos vivir la vida de nadie más.
Miguel: Y confiar en que Dios no se equivoca con nuestra historia. Él no quiere que seamos “como otros matrimonios”; quiere que seamos plenamente nosotros. Me emociona pensar que Jesús nos ha elegido y confía en nosotros igual que confió en Pedro, aun con sus miserias. No le pidió perfección… solo amor y seguimiento.
Susana: Qué descanso da eso… No competir, no aparentar, no medirnos. Solo seguir a Cristo juntos. Porque así nuestro matrimonio también será “testimonio”: una pequeña historia donde Jesús sigue actuando.
Miguel: Entonces hoy solo quiero escuchar eso: “Tú sígueme” … contigo, de la mano, hacia Él.
Susana: Y yo contigo, Miguel. Pase lo que pase, mirando más a Cristo y a nuestra misión que a nuestras limitaciones.
Los dos al unísono: “Señor, enséñanos a seguirte juntos, con humildad, fidelidad y alegría, sin compararnos, viviendo la misión única que has soñado para nuestro matrimonio.”

Madre,

enséñanos a levantar la mirada y mirarle sólo a Él. ¡Bendita y gloriosa seas, Madre! ¡Alabado sea por siempre el Señor!

Por tres veces. Comentario para Matrimonios: Juan 21, 15-19

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 21, 15-19

Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, le dice a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dice: «Pastorea mis ovejas». Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Jesús le dice:
«Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras». Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».

Por tres veces.

Puede sorprender la insistencia de Jesús al preguntar a Pedro tres veces seguidas si lo ama, si lo quiere. Pero recordamos que el mismo Pedro lo negó tres veces la noche de la Pasión, Cristo le da la oportunidad de confirmar su amor, una vez por cada una que le negó. Y es que el Señor siempre está dispuesto amorosamente a acercarse a nosotros para que pidamos perdón en el sacramento de la penitencia y seamos como corderitos en brazos de su Buen Pastor. No queramos ser otra cosa, no hay nada mejor que dejarnos conducir por Él, que es el Amor.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Pedro: Los niños siguen sin recoger el cuarto… ya no sé que más decirles. Es que pasan de mí completamente, seguro que ahora irás tú y te obedecen enseguida. Siempre están pendientes de tu confirmación antes de hacerme caso, y cuando no estás no hay forma de que hagan nada de lo que les digo. La verdad es que estoy ya bastante cansado, siempre igual.
Magda: Siempre igual, siempre igual… tú sí que estás siempre igual con la cantinela. Yo sí que estoy cansada de tener siempre la misma conversación…
Pedro: Siempre igual, la misma conversación… disculpa, Magda, me he dejado llevar por sentimientos antiguos que pensaba superados. Es que no he dormido bien esta noche y he caído de nuevo.
Magda: Perdóname tú a mí, Pedro. He entrado «al trapo» sin dudar… la verdad que yo tampoco he dormido bien esta noche. El programa que estuvimos viendo me puso bastante nerviosa y tardé muchísimo en dormirme.
Pedro: A mí me pasó igual, gracias a Dios que empezamos a distinguir estos arrebatos de pasión y a cortarlos cuanto antes. Recuerdo que antes de nuestra conversión, montábamos una discusión que podía llevarnos a estar varios días sin dirigirnos la palabra.
Magda: Desde luego… tiemblo solo de recordarlo. Si te parece bien, podemos cambiar la hora de la oración conyugal y hacerla antes de acostarnos. Así podemos estar más rato y nos acostaremos con la paz que da estar con el Señor.
Pedro: Me parece una idea estupenda. Menos tele y más oración, un planazo. Gracias, esposa, por «arrastrarme» hacia el buen camino.

Madre,

Queremos ser esos corderitos que van al lado de Jesús, alguna vez nos lleva de la mano y caminamos juntos, otras veces nos tiene que cargar en brazos. No permitas que nos apartemos de Él. ¡Bendito y alabado sea por siempre en el Santísimo Sacramento del Altar!

Nuestra unión. Comentario para matrimonios: Juan 17, 20-26

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 17, 20-26

En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, oró Jesús diciendo: «No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo. Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos».

  1. Nuestra unión.  

Este pasaje del Evangelio es una de las oraciones más íntimas de Jesús. Es una luz muy profunda para el matrimonio cristiano: el sueño de Dios para los esposos no es solo convivir, sino llegar a ser “uno”, reflejo del amor entre el Padre y el Hijo.

Esta unidad no significa pensar igual en todo, sino aprender a caminar hacia una comunión donde el “yo” deja espacio al “nosotros”.

El amor conyugal madura cuando cada esposo deja de defenderse constantemente para empezar a cuidar uno del otro como un tesoro sagrado. Cristo quiere vivir dentro del matrimonio, no solo acompañarlo desde fuera, sino estar en medio de los esposos. Por eso, cuando un matrimonio reza unido, se perdona, se escucha con paciencia y se sacrifica por el otro, está dejando que Cristo ame dentro de ellos.

En una sociedad marcada por la división, la prisa y el individualismo, unos esposos que se aman con fidelidad, que permanecen juntos en las dificultades y que siguen eligiéndose cada día se convierten en un testimonio visible de Dios. Además, este Evangelio recuerda algo esencial: la unidad no nace sola, es un don y una tarea, y se construye en lo cotidiano.

El amor matrimonial no se sostiene solo con fuerzas humanas, los esposos están llamados a amar con el mismo amor que viene de Dios y cuando ese amor entra en el hogar, incluso las heridas, las diferencias y las pruebas pueden convertirse en camino de comunión. Porque el verdadero éxito de un matrimonio no es vivir muchos años juntos, sino llegar a ser reflejo visible del amor de Dios.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Vicente: ¿Qué pasa Eva? Te veo un poco triste con lo alegre que sueles estar.

Eva: Si, me entristece la situación que vivimos ayer en la cena con nuestros amigos.

Vicente: Pero si salió todo muy bien, nos vimos todos, que hacía tiempo que no lo hacíamos, y nos reímos mucho.

Eva: Ya, pero no me gustó nada el separar a un lado las mujeres y al otro los hombres, como si necesitáramos diferenciarnos para disfrutar más.

Vicente: A mí tampoco me hizo mucha gracia, pero conseguimos estar juntos, como división de las zonas, pero juntos.

Eva: Eso me encantó y me ayudó mucho tenerte a mi lado. Pero dio lugar a algún comentario doloroso sobre nuestra manera de actuar y me dolió mucho.

Vicente: Los hombres también hicieron algún comentario fuera de tono, pero conseguí hacerles ver la manera de vivir nuestra unión hasta en los detalles pequeños.

Eva: Es que los hombres sois un poco más simples, aunque más brutos, y no os ensañáis con las cosas que no veis igual.

Vicente: No merece la pena darle más vueltas, lo importante es lo que transmitimos al defender y mostrar nuestra unión. Además, para mí lo mejor de la cena fue estar a tu lado.

Eva: Tienes toda la razón, es en los pequeños detalles donde más se transmite. No te comenté que al final, cuando nos despedíamos, Inma se me acercó y me reconoció que le encanta vernos siempre tan unidos y que nada lo impide, por mucho que critiquen los demás. Me pidió ayuda, reconociéndome que las cosas con Pedro están un poco difíciles.

Vicente: Ves como siempre merece la pena, a pesar de los ataques de fuera. A mí también se me acercó Pedro y me dejó caer que le gustaría que habláramos.

Eva: Pues no se diga más, me has dado la vuelta a los sentimientos tristes que tenía y me has hecho ver la importancia de nuestra unión. Voy a llamar ahora mismo a Inma para que se vengan a casa a cenar y hablamos con ellos.

Vicente: Esa es mi esposa, a por todas juntos en todas las situaciones.

Madre,

Ayúdanos a reflejar el amor entre el Padre y el Hijo a través de la unión en nuestro matrimonio, para que muchos crean en el matrimonio como. Dios lo pensó. Bendito sea Dios.

 

El enemigo invisible. Comentario para matrimonios: Juan 17, 11b-19

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 17, 11b-19

En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, oró Jesús diciendo:
«Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros.
Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría cumplida.
Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad».

El enemigo invisible.

Es conmovedor escuchar a Jesús hablar con el Padre, y es aún más conmovedor descubrir que somos nosotros el motivo de su oración. Jesús reza justo antes de ir a Getsemaní, y resulta impresionante contemplar cómo, en un momento así, no piensa en sí mismo, sino en sus discípulos. Y entre ellos estamos también nosotros, nuestros matrimonios, nuestras familias…
En un mundo individualista, lleno de atractivos que dispersan y dividen el corazón del hombre entre Dios y las cosas del mundo, Jesús pide al Padre este regalo para nosotros: “que sean uno”. Este es el gran anhelo del Corazón de Jesús. Y este es también nuestro deseo: vivir unidos al Señor. En el matrimonio esa unidad pasa por hacernos uno con nuestro esposo. Pero ¿qué lo impide? El amor propio. Ese gran enemigo invisible que divide, endurece el corazón y dificulta la comunión. ¡Ahí está la batalla, contra mí mismo! Guárdanos Señor de este mal; que deje de mirarme tanto a mí mismo y aprenda a custodiar y ayudar a mi esposo para caminar juntos hacia Ti. Gracias Señor por esta preciosa vocación, en la que me uno a Ti a través de la unión con mi esposo. Y cuando juntos vivimos unidos a Cristo podemos permanecer en medio del mundo…sin perder el alma.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Beatriz: Carlos… ¿te das cuenta que llevamos cuarenta minutos discutiendo para elegir qué serie ver?
Carlos: es que las que tú eliges son lentísimas.
Beatriz: bueno, y tú solo quieres explosiones y persecuciones.
(la discusión sube de tono y sus corazones acaban distanciados)
Carlos: espera… Bea, al final lo que nos ha distanciado no es la serie, es nuestro amor propio, querer imponer nuestra razón…empezamos por una tontería, pero mira como hemos acabado…
Beatriz: es verdad, siempre queremos imponer cada uno nuestra voluntad.
Carlos: el famoso amor propio siempre aparece…“mi plan es mejor”, “yo tengo razón”, “por qué tengo que ceder yo”…. Yo, yo, yo, yo….
Beatriz: y mientras nosotros nos peleamos por una serie…Jesús rezándole al Padre para que seamos uno. ¡Qué paciencia tiene el Señor con nosotros!
Carlos: bueno, te propongo este plan: tú eliges la serie y yo ofrezco mi renuncia… ¡por nuestra comunión!
Beatriz: (entre risas) ¡Mártir del amor conyugal!
Carlos: bueno… poco a poco, que la santidad empieza por capítulos de 40 minutos, jajaja…

Madre,

nuestra unión muchas veces empieza en pequeñas renuncias cotidianas. Ayúdanos en esta batalla para que nuestra unidad hable al mundo del amor de Cristo. ¡Alabado sea el Señor!