Te escucho, Señor. Comentario para matrimonios: Lucas 1, 5-17

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 5-17

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella.
A los ocho días vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre intervino diciendo:
«¡No! Se va a llamar Juan».
Y le dijeron:
«Ninguno de tus parientes se llama así».
Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre» Y todos se quedaron maravillados.
Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios.
Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Y todos los que los oían reflexionaban diciendo:
«Pues ¿qué será este niño?».
Porque la mano del Señor estaba con él.
El niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel.

Te escucho, Señor.

Mi querido Jesús, muchas gracias por tu primo, tu precursor, de quien dijiste «no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista». ¡Cuánta luz nos das si rezamos la vida de los santos!
Juan dijo que era necesario que él disminuyera para que Tú crecieras. Si no vamos haciéndonos cada día más pequeños, sabiéndonos nada sin ti, muriendo a nuestro yo desordenado, a nuestro amor propio, Tú no puedes crecer en nuestro corazón, morar en Él.
Juan se fue al desierto buscando el silencio. Sólo en el silencio te podemos escuchar Señor. Necesitamos escucharte para conocerte y para conocernos.
Juan invitaba al arrepentimiento. Necesito reconocer mi pecado, mi debilidad, para que Tú puedas hacer Tu obra en mí.
Juan llevaba una vida de mortificación. La mortificación es necesaria para purificar mi corazón, para liberarme de mis apegos, para que el espíritu pueda guiar mi vida y no la dirija la sensualidad del cuerpo.
Y Juan era consciente de la indisolubilidad del matrimonio. Tanto que dió su vida por defender el matrimonio, sin dudar acusar incluso al rey por estar con una mujer que no era su esposa.
San Juan, intercede por nosotros. Muchas gracias Señor.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Estrella: Juan, ¿vas a querer otra cerveza?
Juan: No, muchas gracias.
Estrella: ¡Uy, qué raro! ¿Y eso?
Juan: Con una basta, gracias. No daba nada de importancia a eso de la mortificación, me parecía una tontería. Y me estoy dando cuenta que si no me voy liberando de esas pequeñas esclavitudes que tenía, aunque me parecían pequeñas y las justificaba, luego batallas más grandes me es más difícil ganarlas. Me he dado cuenta que esas pequeñas renuncias hechas por amor al Señor me ayudan a estar con el corazón más atento y tener más presente al Señor.
Estrella: ¡Anda, ya lo entiendo! Veía que últimamente no saltabas por esas cosas que antes te ponían nervioso y no lo entendía. ¡Qué grande es el Señor!
Juan: Sí. Me va dando tanta luz en la oración. En el silencio voy descubriendo su infinito amor. Quiero amar como Él. Y me he dado cuenta que tengo que ir purificando mi corazón con pequeñas cosas, descubriendo y quitándome apegos para que Él pueda reinar en mi corazón. ¡Y no sabes qué paz tengo, qué alegría! ¡Es infinitamente mejor que la cervecita!
Estrella: ¡Qué mono eres! Por favor, ayúdame a perseverar a mí también.

Madre,

Por favor, enséñame a escuchar siempre a tu Hijo y a hacer caso a mi AA. A negarme a mí mismo, abrazar la cruz de cada día y seguirle. ¡Bendito y alabado sea Dios!

La puerta estrecha. Comentario para Matrimonios: Mateo 7, 6. 12-14

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 7, 6. 12-14

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos; no sea que las pisoteen con sus patas y después se revuelvan para destrozaros.
Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas.
Entrad por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos.
¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos».

La puerta estrecha.

¿Buscamos al Señor en nuestro día a día? Podríamos decir que sí… ¿y queremos ser buenos? Por supuesto, eso no lo negamos y estamos de acuerdo. Pero, cuando el Señor nos empieza a exigir, ya no estamos tan seguros de querer seguirle…
Resulta muy bonito lo de ser cristiano y amar al prójimo como a uno mismo, pero si debo amar a mi cónyuge por encima de mi orgullo, entonces me lo pienso dos veces, porque amar a Cristo es sencillo, pero ser como Cristo no. Decir que estoy dispuesto a dar la vida por los demás queda muy bien, pero cuando realmente tengo que entregarla en mi matrimonio, no es fácil. Jesús sudó sangre en Getsemaní porque vio el dolor y el sufrimiento de nuestros pecados y, en ocasiones, nos pide que le ayudemos a cargar con el peso de los pecados del esposo como medio de santificación.
El camino que nos da la vida eterna pasa por la Cruz y es estrecho y sacrificado, pero es precioso porque no lo vivimos solos, en todo momento vamos de la mano del Señor sin olvidar el fin último, la gloria de la Resurrección.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

(Ana, en la dirección espiritual, se sincera con su sacerdote)
Ana: Padre, no puedo más con Juan, estoy al límite. Mira que llevo años rezando por él y no hay forma de que cambie, es como un muro de piedra. Creo que todos mis esfuerzos no sirven de nada, el Señor no me escucha, tantas y tantas oraciones no han servido para nada.
Padre: Venga Ana, no te des por vencida, eso es lo que quiere el demonio, que abandones. Te propongo una cosa… ¿por qué no continúas rezando, pero esta vez cambiando tu actitud?
Ana: Padre ¿a qué te refieres con eso de cambiar mi actitud?
Padre: ¿Qué es lo que le estás pidiendo al Señor, que cambie a Juan? Yo me refiero a que le pidas al Señor que te dé un corazón como el Suyo, un corazón comprensivo, misericordioso, un corazón que sepa amar en todo momento, que no sea impaciente, un corazón que no esté mirando todas las faltas de Juan, sino que se fije en todo lo que hace bien…
Ana: Vaya Padre, llevo tantos años exigiendo al Señor que cambie a Juan que esto que me pides ahora veo que me va a suponer un gran cambio, lo veo muy difícil.
Padre: Ana, ser cristiano no significa cambiar a los demás, sino seguir a Cristo, pero sobre todo SER otro Cristo. Nosotros debemos parecernos a Cristo en nuestra forma de ser, de hacer las cosas. Si vamos a misa y al salir no cambia nuestra forma de actuar ¿de qué nos sirve? Debemos ser dóciles para que el Señor pueda ir transformando nuestro interior. Medítalo y pide luz al Espíritu Santo para que te muestre si realmente te has dejado transformar por Él.
Ana: ¡Gracias Padre! Pues nunca me había planteado verlo de esa forma. Desde luego que tengo mucho que cambiar, mis juicios, mis criterios…. Así que voy a pedirle ayuda al Señor, pero antes, si no le importa, empecemos con una buena confesión.

Madre,

Muéstranos el camino que conduce a la puerta estrecha y guíanos a través de la entrega como Tú hiciste.
¡Bendito y alabado sea el Señor!

No nos corresponde juzgar. Comentario para Matrimonios: san Mateo 7, 1-5

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 7, 1-5

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros.
¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?
¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame que te saque la mota del ojo”, teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita: sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano».

No nos corresponde juzgar.

En la vida matrimonial es fácil ver con claridad los defectos del otro y no reconocer los propios. Convivir tan de cerca hace que las «motas» del cónyuge parezcan enormes, mientras que nuestras «vigas» quedan justificadas o pasan desapercibidas.
Jesús nos invita hoy a mirar primero nuestro corazón antes de señalar los errores del esposo o de la esposa. Muchas discusiones nacen porque exigimos al otro lo que nosotros mismos no estamos viviendo: comprensión, paciencia, escucha, ternura o capacidad de perdón. Cuando nos colocamos como jueces del otro comenzamos a mirarlo como un acusado.Y San Juan Pablo II nos enseña a no tener una actitud de juicio, sino de llamada.
En el matrimonio, la corrección fraterna es necesaria, pero sólo da fruto cuando nace de la humildad y en el momento adecuado. Quien reconoce sus propias limitaciones puede ayudar al otro sin herirlo, porque lo hace desde el amor y no desde la superioridad. Antes de decir: «Tú siempre haces esto mal», conviene preguntarse: «¿Qué parte de responsabilidad tengo yo? ¿Qué me está pidiendo el Señor que cambie en mí?».o incluso, «si aquí me cuesta amar, ¿qué tengo en mi corazón que me impide amar en esta situación o ante esa «mota» de mi esposo?».
La medida de la caridad conyugal no es la perfección, sino la misericordia. Los esposos que no juzgan y que comprenden al otro crean un hogar donde ambos pueden crecer sin miedo a ser condenados. Allí cada uno ayuda al otro a quitar sus motas, porque antes ha permitido que Dios le ayude a quitar sus propias vigas.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Ana: José, al escuchar este Evangelio me he dado cuenta de lo rápido que veo tus fallos y de lo poco que miro los míos.
José: A mí me ha pasado lo mismo. A veces me molesta algo que haces y enseguida pienso en corregirte, pero no me paro a pensar si yo hago algo parecido o incluso peor.
Ana: Es verdad. Cuando llegas tarde, por ejemplo, me enfado mucho, pero luego no veo mis propias impuntualidades o las veces que no cumplo lo que te prometo.
José: Y yo te reclamo que no me juzgues cuando en mi corazón no paro de juzgarte. Creo que en el matrimonio eso significa dejar de actuar como jueces. No estamos para examinarnos mutuamente, sino para ayudarnos a crecer.
Ana: Y para hacerlo con humildad. Porque cuando me siento superior a ti, mis palabras suelen herirte más que ayudarte.En cambio, cuando reconozco mis debilidades, te entiendo mejor y me resulta más fácil corregirte con cariño.
José: También me doy cuenta de que necesito pedirte perdón más veces. A veces critico cosas tuyas que en realidad reflejan mis propias carencias.
Ana: Y yo necesito ser más paciente. No puedo exigirte perfección cuando yo estoy tan lejos de ella. Ahora pienso que qué diferente sería nuestra relación si, antes de cada crítica, nos preguntáramos: «¿Qué tengo yo que cambiar?».
José: Seguramente habría menos discusiones y más comprensión.
Ana: Pues hoy le voy a pedir al Señor que me ayude a ver mis vigas antes que tus motas.
José: Y yo le pediré que me enseñe a mirarte con misericordia, igual que Él me mira a mí, con con muchísimo amor… pero quizá llevando casco, por si se cae alguna viga.
Ana: qué gracioso eres, mi vida.

Madre,

que aprendamos a ver en el otro no sus defectos, sino el regalo que Dios nos ha confiado. Y cuando aparezcan las motas, recuérdanos que solo un corazón humilde puede ayudar sin herir. Alabado sea el Sagrado Corazón de Jesúis.

Declararnos por Cristo. Comentario para matrimonios: Mateo 10, 26-33

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 10, 26-33

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea.
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».

Declararnos por Cristo.

¿Cómo nos declararnos por Cristo los esposos? Viviendo sin miedo a los hombres y mostrando la verdad de nuestros corazones a través del sacramento del matrimonio en la intimidad de Cristo, que tiene contados hasta los cabellos de nuestra cabeza. Una verdad que nos descubre lo que Cristo nos pide en cada situación concreta de nuestra vida y nos lleva a declararnos por Él haciendo las cosas por y con Su amor sin voluntarismos, ni sentimentalismos, ni perfeccionismos. Una verdad que nos permite convivir con la debilidad propia y la de los demás, con una actitud de abandono esperanzado fruto de la libertad interior y con la confianza puesta en nuestro Dios, que muere para que vivamos.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

El hermano de María (cuñado de Juan, su esposo) cometió un grave error que generó mucho dolor en la familia. Todos sus familiares lo rechazaban y consideraban justo apartarlo de sus vidas. Juan y María también reconocían la gravedad de lo sucedido, pero Dios les pedía algo distinto: declararse por Cristo, condenando el pecado sin dejar de amar al pecador.
Reconocían que ellos tampoco estaban libres de miseria. Veían en aquel familiar un pecado que se había hecho visible, mientras que muchos de sus propios errores permanecían ocultos. Comprendían que, sin la gracia y la misericordia de Dios, ellos tampoco podían presumir de nada.
Por eso siguieron acompañándolo, aun cuando muchos los criticaban. Su sacramento del matrimonio era la escuela en la que aprendían a amarse con el Amor de Dios, un Amor que sobreabundaba a su alrededor. La Eucaristía los sostenía y en ella encontraban la fuerza para perseverar. Las palabras de Jesús: «No tengáis miedo a los hombres» les recordaban que debían actuar por y con el amor de Dios. Así aprendían a vivir inmersos en la misericordia de Dios, que conoce la verdad de todos los corazones y no excluye a ninguno de sus hijos.

Madre,

De tu mano nos declaramos por tu Hijo. Sea por siempre bendito y alabado, que con Su Sangre nos redimió.

¿Qué buscas? Comentario para matrimonios: Mt 6,24-34

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 6, 24-34

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia».

¿Qué buscas?

Estas palabras del evangelio me invitan a preguntarme qué busca realmente mi corazón: ¿el reino de Dios o vivir con los criterios del mundo? En estos tiempos de vorágine, donde todo pasa muy deprisa, puede que se nos olvide que, como nos dice Jesús, lo único importante es buscar el reino de Dios y su justicia. Y todo lo demás se nos dará por añadidura.
Esposos, en el matrimonio vivir el reino de Dios consiste en hacer presente el amor de Cristo en nuestra unión conyugal, esforzándonos por amar como Él ama, entregándonos a nuestro esposo tanto en los momentos buenos como en los malos, rindiendo nuestro egoísmo, nuestros caprichos, exigencias, reproches… buscando siempre la comunión a través de la caridad conyugal. Para eso, tenemos que huir de la lógica mundana del egoísmo, el individualismo y la autosuficiencia, que destruyen el plan original de Dios para nosotros y nos separan. Y para esto, es esencial que la oración conyugal y el cuidado mutuo estén por encima del trabajo, la economía familiar o incluso las exigencias de la crianza, confiando en que Dios multiplicará el resto por añadidura. Al vaciarnos del egoísmo para que Dios reine en nuestra unión, todo lo demás se reordena y florece de forma natural. Trabajar, entrar, salir…, sí, pero sin agobiarse, confiando en el Padre bueno que conoce perfectamente nuestras necesidades y desea cuidarnos amorosamente. ¡Cuánto le agrada a Dios que confiemos en Él!

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Marta: Llevas toda la tarde metido en el ordenador, revisando facturas y agobiándote, y esa tensión nos está distanciando.
Pedro: Es que, si no controlo yo el futuro de la familia, Marta, ¿quién lo hará? Siento que todo el peso cae sobre mí y que tú te despreocupas.
Marta: Bueno, yo te agradezco mucho que te ocupes de hacer las cuentas, repasar las facturas y de llevar la economía familiar; solo quería decirte que me parecía que te estabas agobiando, como si todo dependiera exclusivamente de ti, olvidando que Dios provee.
Pedro: Sí, llevas razón. Fíjate que en lugar de ver que vamos saliendo, solo veía lo que podríamos haber ahorrado si no hubiéramos hecho algunos gastos que me parecen innecesarios…
Marta: Siempre has sido más ahorrador que yo, Pedro, y eso nos ha ayudado… pero no quiero que te obsesiones con controlar el dinero. Precisamente, este año hemos visto como, cuando más lo necesitábamos, el Señor nos ha ayudado con ese nuevo cliente que te ha salido, y que nos ha permitido pagar todos los gastos extra que han surgido con los estudios de nuestros hijos. Y además, esos gastos que dices innecesarios, han ayudado a una mayor paz familiar.
Pedro: Tienes razón, Marta. Me parece que, por querer controlarlo todo, al final lo que hago es terminar sirviendo al dios dinero, en lugar de confiar en el Señor y en ti. Y además no nos une, sino lo contrario. Perdona por mi distancia de estos días.
Marta: Bueno, estamos juntos en esto y en todo… vamos a rezar, a buscar el reino de Dios, y seguro que Él se encargará de lo demás, como siempre.
Pedro: Es verdad. Gracias por recordarme lo que verdaderamente importa. Dejemos las preocupaciones del mañana, que cada día tiene su propio afán. Vamos a ponernos de rodillas, a rezar juntos y a entregarle mis agobios al Padre.

Madre,

enséñanos a confiar en el Padre bueno, que conoce nuestras necesidades y nos da siempre todo lo que verdaderamente necesitamos, y a abandonarnos en Él, como Tú hiciste. ¡Bendita y gloriosa seas, Madre! ¡Alabado sea por siempre el Señor!