Dios es Amor. Comentario para matrimonios: Lucas 9, 18-22

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Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 9, 18-22

Una vez que Jesús estaba orando solo, lo acompañaban sus discípulos y les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos contestaron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros dicen que ha resucitado uno de los antiguos profetas». Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro respondió: «El Mesías de Dios». Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie, porque decía: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».

Dios es Amor.

Si preguntásemos en la calle ¿quién es para ti Jesús? Hoy, la respuesta sería de lo más variopinta. Pero Jesús nos interpela a cada uno directamente, Él quiere saber quién es para mí, porque me ama de forma personal. Cada uno de nosotros podemos decir: «Dios me ama plenamente», sin que eso reduzca en nada el amor que reciben los demás. Dios me creó por amor, me llama por mi nombre y me ama de forma única y personal. Su corazón es tan infinito que cada uno de nosotros puede sentirse el hijo amado. Y así de especial también para Dios es mi esposo, lo ama porque es su hijo amado, único e irrepetible. Y así espera de mí que yo ame a mi esposo: plenamente, sin que eso reduzca el amor que tengo por mis padres, mis hijos, mis amigos… Esposos ¿quereis demostrarle a Dios cuánto lo amáis? Pues amaos entre vosotros con el amor que de Él recibís.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

(Santi y Ana en la oración conyugal)
Santi: Ana
Ana: Santi, que susto me has dado, llevas tanto tiempo con los ojos cerrados que pensaba que te habías quedado dormido en los brazos del Señor.
Santi: Jejeje, muy bueno. Cariño, perdona. La verdad que hoy el Señor me ha mostrado la forma en que me ama: tal y como soy, a mí, con mi nombre y apellidos, con mi familia, con mis pecados, con mis debilidades, algo impresionante… me ha emocionado.
Ana: ¡Qué maravilla! El Señor es tan bueno, tan buen Padre, me emociono yo también. Y me alegro muchísimo por ti y te doy las gracias por compartirlo, porque a través tuya también me lo dice a mí. Y me hacía muchísima falta escucharlo porque llevo tiempo con una oración más seca y árida, sin «sentir» nada, pero perseverando por amor a Él.
Santi: ¡Qué bonita eres! El Señor te lleva tiempo purificando porque voy a un ritmo más lento y me estás acompañando en este camino con paciencia y mucho amor. Te quería hacer una pregunta, porque llevas más tiempo formándote que yo. Ahora que tengo grabado ese amor que Dios me tiene ¿cuál sería el siguiente paso?
Ana: Pues muy fácil, el Señor realmente nos ama tal y como somos, en el momento en el que estemos, pero hay una frase preciosa: «Él nos sueña santos». Así que tenemos que seguir con nuestra formación, con el camino de purificación, por supuesto, con los sacramentos y la oración, para así estar cada día más cerquita los dos y más unidos a Él.

Madre,

Gracias por todo, recordamos este frase de San Agustín: «Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti», ayúdanos a que cada día nos vayamos configurando más con Tu Hijo. ¡Sea bendito y alabado por siempre!

Reconocer a Dios. Comentario para matrimonios: Lucas 9, 7-9

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Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 9, 7-9

En aquel tiempo, el tetrarca Herodes se enteró de lo que pasaba sobre Jesús y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, en cambio, que había aparecido Elías, y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas. Herodes se decía: «A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?». Y tenía ganas de verlo.

Reconocer a Dios.

Dios está mucho más presente de lo que nos podemos imaginar en nuestra vida y nos puede pasar como a Herodes, ver que algo extraordinario está pasando a nuestro alrededor y en lugar de abrir nuestro corazón lo mantenemos cerrado en razonamientos propios y por el peso de nuestro pecado, que sigue resonando en nuestro interior, nos impide reconocer lo que Dios hace en nosotros. Nos tenemos que preguntar si conocemos de verdad a Cristo o si solo sabemos de Él por lo que hemos oído y ver si nuestro pasado, nuestros pecados, heridas y miedos nos dificultan reconocer la acción de Dios en nuestra vida. En el matrimonio puede ocurrir algo parecido, ya que a veces podemos mirar a nuestro cónyuge condicionado por situaciones anteriores, errores y heridas del pasado, que nos impiden descubrir lo que Dios está haciendo en él o ella y en nuestro matrimonio. Solo un corazón reconciliado puede reconocer la presencia del Señor y dejarse transformar.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Luis: Hola Mercedes, estoy cansado, en el trabajo no me dejan respirar, llego a casa y parece que tengo todo en contra y además lo llevo todo a la oración y parece que no pasa nada, no veo respuesta porque todo sigue igual, es como si el Señor no escuchara.
Mercedes: Vaya Luis cómo llegas. Pero no te preocupes, me tienes a mí y además el Señor hace grandes cosas por ti y a través de ti.
Luis: Bueno, eso lo dices para tranquilizarme, pero me siento un poco abandonado.
Mercedes: No digas eso, puede parecer que el Señor no te escucha, pero bien sabes que no es así. Para mí es todo un ejemplo como lo haces, a pesar de todo no abandonas nunca la oración y siempre buscas tus ratitos para estar a solas con Él.
Luis: La verdad es que lo necesito, no soy capaz de dejar de buscar esa intimidad con Dios, pero cuando parece que no sirve para nada, como si no hubiera respuesta me dan ganas de tirar la toalla y confiar en la providencia.
Mercedes: Bien sabes que eso no funciona. Acuérdate como éramos antes de conocer al Señor, lo queríamos controlar todo y hacerlo con nuestras propias fuerzas y ya sabes a dónde conduce eso. Recuerda que entonces sí estuvimos a punto de tirarlo todo, pero Él vino a rescatarnos, entrando en nuestra vida y cambiándolo todo.
Luis: Es verdad, sin Dios estuvimos a punto de separarnos y cuando lo dejamos entrar en nuestra vida nos ha cambiado todo para mejor.
Mercedes: Por eso no puedes permitir pensar que no sirve para nada. Seguro que estás más pendiente de tus cosas y no le estás dejando entrar en tu corazón, con todo el ruido que te generan las cosas de fuera seguro que estás más pendiente de ti que del Señor. A mí a veces también me pasa.
Luis: Tienes razón, más que no recibir nada, estoy dejando de escucharle. Gracias por la luz que me transmites y sobre todo doy gracias a Dios por hablarme a través de ti como acaba de hacerlo. Soy un afortunado.
Mercedes: ¡Goria a Dios!

Madre,

Ayúdanos a tener un corazón humilde, capaz de reconocer a Dios en nuestro matrimonio y dejarnos convertir por tu presencia.

La única alforja. Comentario para matrimonios: Lucas 6,20-26

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Evangelio del día

Lectura del Santo Evangelio según san Lucas 9,1-6

En aquel tiempo, habiendo convocado Jesús a los Doce, les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades.
Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles:
«No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengáis dos túnicas cada uno.
Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio.
Y si alguno no os recibe, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de los pies, como testimonio contra ellos».
Se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes.

La única alforja.

Jesús convoca a los doce y los envía a anunciar el Reino de Dios. También nosotros somos convocados y enviados. Los matrimonios tenemos una forma preciosa de evangelizar: mostrar la belleza de nuestra vocación, y hacer visible el Amor de Dios.
Cuando un matrimonio permanece unido al Señor, por el sacramento, su amor humano se va transformando en un amor divino, convirtiéndose así en un espejo donde el mundo puede mirar y descubrir cómo ama Dios. Ese amor visible es la única alforja que necesitamos. Nuestra verdadera fuerza no está en lo que llevamos en las manos, sino en nuestra unión. ¡qué hermoso poder evangelizar juntos mostrando nuestro amor y siendo testigos de la obra que Dios está haciendo en nuestro matrimonio!
¿qué hay en el matrimonio que es capaz de representar el amor de Dios en la tierra? ¡qué gran misterio! ¡qué grandeza! Hoy, en este ratito de oración me pregunto ¿puede alguien encontrarse con Cristo al mirar nuestro matrimonio? Señor, haz de nosotros un signo vivo de tu amor.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Cristina: ¿eran Ana y Luis los que estaban en la mesa de al lado?
Oscar: sí. Hacía muchísimo que no los veíamos.
Cristina: pero si parecen otros… estaban a punto de separarse, decían que lo suyo no tenía arreglo…
Oscar: pues fíjate que cambio, no hubiera dado un euro por ellos. Me ha sorprendido porque además ella me ha dicho: «Ahora damos gracias a Dios hasta por aquella época»
Cristina: ¿por aquella época?
Oscar: sí. Me ha dicho que fue precisamente entonces cuando descubrieron que solos no podían y empezaron a dejar entrar a Dios en su matrimonio.
Cristina: pues…no sé exactamente qué ha hecho Dios con ellos, pero se nota que ha hecho algo… y ¡algo muy bonito!
Oscar: que te parece si les llamamos y quedamos con ellos otro día y así nos cuentan. Cristina: Sí. A mí también se me ha despertado algo… Quizá nosotros también necesitamos dejarle un poco más de sitio al Señor.

Madre,

Qué bonito tenerte también a ti en nuestro matrimonio. ¡Bendita seas!

¿Dices que amas a Dios? Comentario para Matrimonios san Lucas 8, 19-21

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Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 8, 19-21

En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él. Entonces lo avisaron: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte». Él respondió diciéndoles:
«Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

¿Dices que amas a Dios?

Jesús revela dónde se halla la verdadera grandeza de María y de dónde brota la comunión entre ellos: María es la que ha escuchado la palabra de Dios y ha vivido conforme a ella. El fruto de eso es la comunión y la intimidad con Él. Jesús nos invita a todos nosotros a ser íntimos a Él por el cumplimiento de su palabra. ¿Qué amor tenemos a Dios si escuchamos Su palabra pero no la queremos encarnar? Revisemos nuestro corazón y preguntémonos si actúo conforme a la voluntad de Dios o reaccionando a mi corazón herido. Estemos muy atentos: podemos hacer oración conyugal, colaborar en retiros, ir a la Eucaristía pero no dejo que la «Palabra» se encarne en mí cómo se encarnó en María. Amar a Dios es hacer Su voluntad aunque no coincida con la mía.

Aterrizado a la Vida Matrimonial:

Laura está en una crisis matrimonial que requiere un proceso, paciencia y perdón. Ha llamado a su tutor y le ha dicho que ya no quiere continuar.
Laura: Estoy cansada. Cansada de perdonar, de ceder, de amar yo siempre… Ya no quiero seguir.
Eduardo: ¿Y qué quieres hacer?
Laura: Pensar en mí. Que cambie él. Yo ya he hecho bastante, me toca ser feliz.
Eduardo: Ese no es el camino Laura. Por ahí no es si quieres seguir a Cristo.
Laura: A Cristo sí, pero a mi esposo no.
Eduardo: Amar a Dios es hacer Su voluntad. «El que me ama guardará mi palabra» ¿Recuerdas esta palabra del evangelio? No te dejes engañar por el demonio. Eso es plantarse y decirle a Dios: No quiero hacer Tu voluntad, no creo que Tu camino me conduzca a la felicidad y voy a hacerlo a mi manera, no a la tuya. ¿Te das cuenta?
Laura guarda silencio.
Eduardo: Es el momento de hacer la voluntad de Dios aunque sea contraria a la tuya. Sabiendo que nuestra voluntad deformada por el pecado nos lleva a la muerte y la Suya nos lleva a la vida.
Laura: Pero yo ya no puedo más.
Eduardo: Ya te dije que cuando hiciera falta te cogíamos en brazos, en camilla, como haga falta y eso haremos. ¿Te dejarás?
Laura sonríe
Laura: ¿Cómo decirle a Dios que no?

Madre,

Danos tu obediencia a la Palabra de Dios y tu humildad y seremos bienaventurados contigo. ¡Alabado sea el Señor!

¿Mateo o fariseo? Comentario para matrimonios: Mateo 9,9-13

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Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 9,9-13

En aquel tiempo, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo:
«Sígueme».
Él se levantó y lo siguió.
Y estando en la casa, sentado en la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos.
Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos:
«¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?».
Jesús lo oyó y dijo:
«No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa «Misericordia quiero y no sacrificio»: que no he venido a llamar a justos, sino a los pecadores».

¿Mateo o fariseo?

En nuestro matrimonio, con frecuencia caemos en la actitud del fariseo: nos situamos como jueces de nuestro cónyuge e incluso de la manera en que Jesús actúa en su vida. Nos dejamos llevar por la soberbia espiritual y empezamos a medir la vida de fe en términos de «méritos» o contabilidad moral, creyéndonos más dignos de que el Señor se acerque a nosotros porque nos consideramos más santos, nos sacrificamos más o colaboramos más en la parroquia. Sin embargo, esta actitud de autosuficiencia en realidad nos aleja de Él, pues donde hay juicio no cabe la misericordia.
Jesús rompe por completo esa lógica del mérito: Él no busca a los que se creen «justos», sino a los corazones contritos y humillados que reconocen su necesidad de sanación. Por eso, no llamó a Mateo por lo que era en ese momento —un cobrador de impuestos visto como pecador público—, sino por lo que podía llegar a ser mediante su gracia. Si en lugar de juzgar al otro por sus faltas adoptamos esa misma mirada de esperanza, transformamos la convivencia en un espacio de redención.
Cada vez que sintamos la tentación de considerarnos «los buenos» de la relación, recordemos lo lejos que estamos aún de la verdadera misericordia de Dios y que estar sentados a su mesa es un regalo inmerecido que solo recibimos por su gracia. En el matrimonio no son necesarias dos personas perfectas, sino dos pecadores perdonados que se ayudan mutuamente a llegar a la santidad. Alegrémonos de corazón y celebremos cada vez que nuestro cónyuge reciba un pequeño paso, un gesto o una caricia de Jesús, reconociendo en ello la gratuidad del amor de Dios.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Laura: Juan, ¿estás enfadado conmigo?
Juan: No… Bueno, un poco, pero conmigo. Es que últimamente he estado revuelto interiormente, pensando mucho en que soy yo quien está tirando de todo: lo de la parroquia, rezar juntos, estar pendiente de la fe de los niños… que para ti es todo muy cómodo.
Laura: Ya… Sé que estás muy implicado.
Juan: Y a veces pienso que, no sé… que soy mejor que tú por hacer todas esas cosas.
Laura: ¿De verdad piensas eso?
Juan: Me da un poco de vergüenza reconocerlo, pero sí. Supongo que he caído en creerme el “bueno” de los dos y juzgarte.
Laura: Juan, yo necesito que seas mi esposo y que estés a mi lado no delante.
Juan: Ya… Tienes razón.
Laura: Sé que ahora mismo no estoy como tú, pero también sé que Jesús está trabajando en mí y me va acompañando.
Juan: Eso es lo que me cuesta. En lugar de confiar en lo que Jesús quiere hacer en ti, me fijo en lo que te falta.
Laura: Y yo también tengo que reconocer que, cuando siento que me juzgas, me cierro.
Juan: Perdóname. Quiero aprender a alegrarme cuando vea cualquier pequeño paso tuyo, aunque sea distinto de lo que yo esperaba.
Laura: Y yo quiero dejarme ayudar más por ti.
Juan: Al final, ninguno de los dos se ha ganado estar más cerca de Jesús.
Laura: No. Ha sido Él quien nos ha invitado por su misericordia.
Juan: Y qué paciencia tiene con nosotros…
Laura: Menos mal.

Madre,

Que siempre me considere necesitado de la sanación de mi corazón herido. ¡Alabado sea Dios!