Morir con alegría. Comentario para matrimonios: Juan 12,24-26

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Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 12, 24-26

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.
El que ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiere servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará»

Morir con alegría.

Hoy san Pablo en la primera lectura nos exhorta a que demos con alegría. En nuestro matrimonio tenemos que descubrir la alegría que es darnos a nosotros mismos a nuestro esposo. Morir, aborrecer mis criterios, mis gustos, mi amor propio… para que pueda crecer la semilla del Reino en nuestro corazón y nuestro hogar. Porque si lo hacemos refunfuñando y solo por obligación, ¿qué fruto dará? Todos tenemos esa experiencia. No quiere decir que no nos cueste, sino que tengamos la Paz de estar actuando según nuestra vocación y poco a poco irá cambiando mi corazón. Solo con la Gracia de Dios se puede morir con alegría, pidámosela.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Pedro: ¡No entiendo porqué estás triste! Estoy haciendo todo lo que tengo que hacer, llego temprano a casa, he vendido la moto, no salgo toda la mañana con la bici… ¡Ya no me reconozco! Y aun así parece que no es suficiente.
Laura: Pedro, pero lo sacas a relucir a menudo cuando hablamos y con una resignación y pena que parece que no agradeces la vida que tenemos.
Pedro: Es que me cuesta mucho Laura, estaba muy apegado a todo ello y constantemente me viene a la mente toda mi renuncia y me amarga, a veces dudo de si merece la pena.
Laura: ¡Cuesta sobre todo al principio!, a mí también me pasa, y en la oración pido al Señor que me dé la luz, para ver que esa renuncia, esa muerte a mi, es la que hace posible nuestra unión, es responder a mi vocación de esposa.
Pedro: Tienes razón, muchas veces no me apoyo en el Señor y tampoco contemplo toda la belleza que va creciendo en nuestro matrimonio ahora, ahí es donde tengo que poner constantemente la mirada en el Señor y en mi vocación.

Madre,

Que muramos a todo lo que nos separa del amor de Dios y de nuestra vocación de esposos. ¡Alabado sea Dios!

La duda. Comentario para matrimonios: Mateo 14, 22-33

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Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 14, 22-33

Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.
Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.
Jesús les dijo enseguida:
«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».
Pedro le contestó:
«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».
Él le dijo:
«Ven».
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame».
Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
«Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».
En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo:
«Realmente eres Hijo de Dios».

La duda.

La escena del Evangelio refleja una situación que es vivida por muchas personas, por muchos matrimonios. Cuántas veces nos sentimos golpeados por las «olas» sintiendo el miedo de naufragar. Porque para cada uno, sus propias pasiones y sus propios apegos se convierte tarde o temprano en su tormenta. Cuando el Señor está lejos, el mundo poco a poco, sin darnos, nos va metiendo en la tempestad, y en esos momentos, experimentamos nuestra fragilidad. Entonces, los sentidos entregados a los placeres de la vida terminan haciéndonos ver al Señor como un fantasma, y dudamos de Su maravilloso plan.
En el matrimonio, eso mismo nos lleva a ver a nuestro esposo como un fantasma también. Ya no le reconocemos como nuestra ayuda adecuada pensada por Dios desde la eternidad. Y dudamos.
Si tu pie vacila, si comienzas a hundirte, dí también tú como Pedro: ¡Señor, sálvame, que me hundo! Sólo Él puede cogernos de la mano y salvarnos. Pide ayuda.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Lola: ¡Aaah! Por fin vacaciones: descansar, playita, amigos, no pensar en el trabajo…
Roberto: Sí, la verdad que ha sido un año agotador, necesitábamos ya las vacaciones. Por cierto, se te olvida algo en esa lista.
Lola: ¿Ah, sí? ¿El qué?
Roberto: El Señor. Llevamos todo el año diciendo que no tenemos tiempo; y alguna vez le hemos dejado para lo último. Y al alejarnos de Él, también nos hemos alejado nosotros…
Lola: Sí, tienes razón, pero ya sabes lo difícil que es encontrar una iglesia con misa todos los días en la playa, nos vamos a tener que conformar con el domingo.
Roberto: Pues mira, he encontrado una misa diaria a 15 minutos de donde vamos y el jueves que estamos allí hay una adoración de Proyecto, así que podemos intentar ir.
Lola: ¡Ah! Qué bien, estás en todo cariño y fíjate una adoración de Proyecto, está genial.
Roberto: Es que nuestro pastorcillo me dijo que en verano, familias que van a veranear siempre al mismo sitio llevan un tiempo organizando la adoración allí donde van. Así podemos ir más y no nos la perdemos en vacaciones.
Lola: Pues me parece genial, porque es verdad que nos quejamos durante el año de la falta de tiempo. Pues ahora que lo tenemos, vamos a aprovechar también para lo importante, estar todos los días un rato con el Señor. Muchas gracias esposo por estar pendiente de todo. ¡Te quiero un montón!

Madre,

Ayúdanos a no soltarnos de tu mano y a tener siempre presente a tu Hijo, para que podamos acudir a vosotros en los momentos en los que aparezcan las dificultades. ¡Bendito sea Dios!

Comunión que evangeliza. Comentario para matrimonios: Mateo 5, 13-19

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Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 13-19

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos». No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.

Comunión que evangeliza.

Jesús en este evangelio nos llamas a ser sal de la tierra y luz del mundo y esto comienza en la intimidad de nuestro matrimonio. Antes de iluminar a los demás, nosotros los esposos estamos llamados a ser luz el uno para el otro, antes de dar sabor al mundo, estamos invitados a conservar vivo el amor de nuestra alianza con la fidelidad, el perdón, la ternura y la delicadeza en lo cotidiano. Hoy esposo te pregunto, ¿soy sal para ti o he dejado que la rutina se apodere de nuestra comunión? ¿soy luz para ti o permito que mis palabras, silencios o actitudes oscurezcan nuestro camino a Cristo? Vivir la Ley de Cristo con plenitud en el matrimonio significa elegir cada día la humildad, la misericordia, la paz y la entrega dentro del hogar, dejando que la gracia del sacramento transforme nuestro corazón. Así, nuestro amor no se queda encerrado entre nosotros, sino que se convierte en un testimonio visible para nuestros hijos, nuestra familia y quienes nos rodean. Ser fiel a esta Alianza nos ayuda mutuamente a llegar al encuentro con Cristo.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Alvaro: Macarena, este evangelio me ha hecho ver que antes los dos queríamos ser luz para los demás, pero entre nosotros competíamos por ver quién tenía la mejor espiritualidad.
Macarena: Es verdad Alvaro, en lugar de buscar la comunión, intentábamos convencernos el uno al otro. Queríamos acercarnos a Cristo, pero nos faltaba descubrir que también nos llamaba a caminar juntos hacia Él.
Alvaro: Y así resultaba difícil dar fruto. ¿Cómo íbamos a ser sal de la tierra si entre nosotros no existía comunión? ¿Cómo íbamos a ser luz si nuestras diferencias alumbraban nuestro amor propio?
Macarena: Solo puedo dar gracias al Señor que desde que nos ha mostrado este camino de santidad a través de nuestro matrimonio, todo ha cambiado. Ahora ya no busco imponerte mi forma de vivir la fe, sino encontrarme con Cristo a través de ti Alvaro.
Alvaro: Y ahí está la diferencia Macarena. Ahora que nos esforzamos por vivir en comunión, nuestro matrimonio sí refleja a Cristo.
Macarena: Así es Alvaro, ahora entendemos que primero estamos llamados a ser sal y luz el uno para el otro. Y desde esa unidad, el Señor empieza a dar fruto y a tocar el corazón de quienes nos rodean.

Madre,

ayúdanos a vivir en comunión para ser sal de la tierra y luz del mundo. Que, a través de nuestro esposo, caminemos cada día más unidos a Cristo y reflejemos Su amor. Bendito y alabado seas por siempre, Señor.

Lenguaje conyugal. Comentario para matrimonios: Mateo 16, 24-28

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Evangelio del día

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 24-28

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.
Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.
¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.
En verdad os digo que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre en su reino».

Lenguaje conyugal.

Al leer este Evangelio vemos cómo el Señor nos enseña la clave del Amor.
Este es el lenguaje de nuestro Señor, que es esposo de la Iglesia, contrario al que vemos y oímos en el mundo: Quién pierda la vida por Él, que es el Amor, la encontrará; esto es, entregar mi yo y mis criterios (mi orgullo, mi amor propio, mi pereza…) para dejar nacer a Cristo en mí y en mi matrimonio.
Por eso, Él crece si yo renuncio por amor, Él crece si yo escucho a mi esposo y no reprocho por Amor, Él crece si yo comprendo a mi esposo y no echo en cara por amor.
En definitiva, Él que es el Amor y esposo de la Iglesia, crece en mi matrimonio si le dejo actuar.
Por eso entreguemos la vida por Él, con Él y en Él para poder vivir aquí el Reino de los Cielos en mi corazón, en mi matrimonio, en mi familia… ¿Quién no quiere encontrar la vida cuanto antes? ¡No esperemos!

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Pepe: Laura, este sábado había pensado ir a ver a mi madre.
Laura: Pues te iba a decir que fuésemos a tomar un aperitivo al bar nuevo que han abierto en la urbanización.
Pepe: Sí, es un buen plan, pues como veas.
Laura: Pues es verdad que hace unos años me habría empeñado en ir al bar y probar los mejores pinchos… Pero ahora que hacemos oración, y voy sabiendo lo que te importa, prefiero renunciar e ir a ver a tu madre, que te hace feliz.
Pepe: ¡No sabes cuánto te lo agradezco Laura! ¡Me encantas!
Laura: Y a mí me encanta verte feliz.

Madre,

Enséñanos a que la ley y el lenguaje del Amor esté siempre entre nosotros, para contribuir con Él a la construcción del Reino de Amor en nuestro hogar.
¡Bendito sea el Señor!

Nada debemos temer. Comentario para matrimonios: Mateo 17, 1-9

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Evangelio del día

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Nada debemos temer.

Que bien se está aquí, dice Pedro. Que bien se está aquí, decimos cuando estamos en oración los esposos juntos. Es un momento en que podemos participar de la gloria de Dios, un momento de cielo en la tierra. Cuántas gracias tenemos que dar a Dios por el don del esposo, por este camino de unión con El, por tantos dones que nos concede cada día. Pero puede que también surja en nuestro corazón un temor, un miedo a lo que Dios me puede pedir. Jesús, que nos conoce, que sabe de nuestra pequeñez; en el evangelio dice constantemente: levantaos, no tengáis miedo. Y es que si realmente creemos en Él y le amamos, aun imperfectamente, nada tenemos que temer. Dios es un Padre amoroso que nos da todo lo necesario para vivir en El. Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?

Aterrizado a la vida Matrimonial:

María y Javier llevaban unas semanas rezando juntos cada noche. Aquel día, después de un rato de silencio ante el Señor, ambos experimentaron una paz profunda. Al terminar, María dijo con una sonrisa: «Qué bien se está aquí». Javier asintió; sentía que, por unos instantes, habían gustado un poco del cielo.
Sin embargo, al día siguiente, al hablar sobre una llamada que percibían a servir más en Proyecto Amor Conyugal, surgieron los miedos: «¿Y si no somos capaces? ¿Y si nos quita tiempo para nosotros? ¿Y si Dios nos pide demasiado?».
Entonces recordaron las palabras del Evangelio: «Levantaos, no tengáis miedo». Comprendieron que Dios no les estaba pidiendo confiar en sus propias fuerzas, sino en Él. Dieron gracias por el don de su matrimonio, por el camino de santidad que estaban recorriendo juntos y renovaron su decisión de caminar de la mano, seguros de que, si Dios estaba con ellos, nada les faltaría para cumplir su voluntad.

María,

Madre nuestra, tú que te entregaste por entero a Dios, enséñanos a vencer nuestros miedos y a confiar como tú. ¡Bendita seas Madre!