Dar la vida. Comentario para matrimonios: Juan 18, 1 — 19, 42

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Evangelio del día

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 18, 1 — 19, 42

Cronista – C. En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el que lo iba a entregar, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando una cohorte y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo:
Jesús + «¿A quién buscáis?».
C. Le contestaron:
Sinagoga/Pueblo – S. «A Jesús, el Nazareno».
C. Les dijo Jesús:
+ «Yo soy».
C. Estaba también con ellos Judas, el que lo iba a entregar. Al decirles: «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:
+ «¿A quién buscáis?».
C. Ellos dijeron:
S. «A Jesús, el Nazareno».
C. Jesús contestó:
+ «Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a estos».
C. Y así se cumplió lo que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste».
Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:
+ «Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?».
C. La cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; Caifás era el que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo».
Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada portera dijo entonces a Pedro:
S. «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?».
C. Él dijo:
S. «No lo soy».
C. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose.
El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina.
Jesús le contestó:
+ «Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que me han oído de qué les he hablado. Ellos saben lo que yo he dicho».
C. Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo:
S. «¿Así contestas al sumo sacerdote?».
C. Jesús respondió:
+ «Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?».
C. Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote.
C. Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron:
S. «¿No eres tú también de sus discípulos?».
C. Él lo negó, diciendo:
S. «No lo soy».
C. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:
S. «¿No te he visto yo en el huerto con él?».
C. Pedro volvió a negar, y enseguida cantó un gallo.
C. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo:
S. «¿Qué acusación presentáis contra este hombre?».
C. Le contestaron:
S. «Si este no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos».
C. Pilato les dijo:
S. «Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley».
C. Los judíos le dijeron:
S. «No estamos autorizados para dar muerte a nadie».
C. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir.
Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».
C. Jesús le contestó:
+ «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?».
C. Pilato replicó:
S. «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?».
C. Jesús le contestó:
+ «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí».
C. Pilato le dijo:
S. «Entonces, ¿tú eres rey?».
C. Jesús le contestó:
+ «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».
C. Pilato le dijo:
S. «Y, ¿qué es la verdad?».
C. Dicho esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo:
S. «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?».
C. Volvieron a gritar:
S. «A ese no, a Barrabás».
C. El tal Barrabás era un bandido.
C. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían:
S. «Salve, rey de los judíos!».
C. Y le daban bofetadas.
Pilato salió otra vez afuera y les dijo:
S. «Mirad, os lo saco afuera para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa».
C. Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo:
S. «He aquí al hombre».
C. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron:
S. «Crucifícalo, crucifícalo!».
C. Pilato les dijo:
S. «Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él».
C. Los judíos le contestaron:
S. «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha hecho Hijo de Dios».
C. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más. Entró otra vez en el pretorio y dijo a Jesús:
S. «¿De dónde eres tú?».
C. Pero Jesús no le dio respuesta.
Y Pilato le dijo:
S. «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?».
C. Jesús le contestó:
+ «No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor».
C. Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:
S. «Si sueltas a ese, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey está contra el César».
C. Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y se sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «el Enlosado» (en hebreo “Gábbata”). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía.
Y dijo Pilato a los judíos:
S. «He aquí a vuestro rey».
C. Ellos gritaron:
S. «¡Fuera, fuera; crucifícalo!».
C. Pilato les dijo:
S. «¿A vuestro rey voy a crucificar?».
C. Contestaron los sumos sacerdotes:
S. «No tenemos más rey que al César».
C. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.
C. Tomaron a Jesús, y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice “Gólgota”), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, e! Nazareno, el rey de los judíos».
Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego.
Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:
S. «No escribas “El rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: soy el rey de los judíos”».
C. Pilato les contestó:
S. «Lo escrito, escrito está».
C. Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron:
S. «No la rasguemos, sino echémosla a suerte, a ver a quién le toca».
C. Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica». Esto hicieron los soldados.
C. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre:
+ «Mujer, ahí tienes a tu hijo».
C. Luego, dijo al discípulo:
+ «Ahí tienes a tu madre».
C. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.
C. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo:
+ «Tengo sed».
C. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:
+ «Está cumplido».
C. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
[Todos se arrodillan, y se hace una pausa.]
C. Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura:
«No le quebrarán un hueso»;
y en otro lugar la Escritura dice:
«Mirarán al que traspasaron».
C. Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe.
Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

Dar la vida.

Vemos a Jesús en la Pasión que no es una víctima pasiva, sino que se entrega voluntariamente por amor. Él es quien dice: «Nadie me quita la vida, sino que la entrego yo libremente»
San Juan nos permite contemplar la verdad. Un Dios que ama hasta el extremo, que da la vida por su esposa la Iglesia y transformando el madero en fuente de vida eterna. ¿Doy yo la vida por mi esposo?

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Isabel: Paco, viendo a Jesús en su pasión me da mucho qué pensar, y veo que en el matrimonio estamos llamados a ese mismo «amor hasta el extremo».
Paco: Sí Isa, tienes razón, pero a veces, el cansancio o las ofensas nos tientan a «lavarnos las manos» como Pilatos o a «negarnos» como Pedro.
Isabel: Ya… sin embargo, nuestro propio Sacramento nos da la gracia y la fuerza para poder entregarnos y dar la vida en lo cotidiano. Amar es la decisión de morir a uno mismo para que el otro viva. En nuestra entrega mutua, el mundo debe ver el amor de Cristo.
Paco: Cuánta razón tienes pero… Puf… qué difícil resulta a veces… ¿Te parece si rezamos un poco y le pedimos la Gracia al Señor para que nos ayude en esta entrega mutua?
Isabel: ¡Claro que sí Paco, vamos a ello!
Isabel y Paco: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, amén. Señor Jesús, danos la gracia de vivir nuestro matrimonio con un «sí» sostenido, para poder entregarnos sin reservas en todo momento, en las dificultades y en las alegrías. Que nuestro amor no sea de este mundo, sino que sea un reflejo del tuyo, amén.

Madre,

Tu también amaste como el Señor, enséñanos a amarnos con esa entrega. Bendito y alabado sea el Señor.

RETIRO MATRIMONIOS BARCELONA 29 – 31 MAYO 2026

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Déjate amar. Comentario para matrimonios: Juan 13, 1-15

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Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.
Llegó a Simón Pedro, y este le dice:
«Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?».
Jesús le replicó:
«Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde».
Pedro le dice:
«No me lavarás los pies jamás».
Jesús le contestó:
«Si no te lavo, no tienes parte conmigo».
Simón Pedro le dice:
«Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza».
Jesús le dice:
«Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos».
Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».
Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo:
«¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».

Déjate amar.

Hoy jueves santo, Jesús nos muestra que amar “hasta el extremo” es elegir amar cada día al esposo, también cuando cuesta. En la vida conyugal, lavar los pies significa acoger las fragilidades del esposo o la esposa sin juzgar, servir sin medir, amar en silencio. Cuidar los detalles pequeños, esos que sostienen el amor cotidiano.
Pero en el matrimonio no solo se ama dando, sino también dejándose amar con humildad. Como Pedro, a veces nos resistimos a dejarnos amar, pero el Señor nos invita también a recibir. El servicio mutuo purifica el corazón y renueva la alianza cada día.
Estamos llamados a descubrir el rostro de Cristo en el esposo y a aprender a amar como Él lo hace haciendo de nuestra vida un don constante el uno para el otro, aunque tenga los pies sucios.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Son las nueve y media, los niños ya están acostados.
Javier (Llega del trabajo y se tira en el sofá): No puedo más, ha sido un día horrible.
María (desde la cocina): Yo tampoco he parado en todo el día
(silencio tenso)
María (suspira, se acerca a Javier): Oye… ¿quieres que te prepare algo de cenar?
Javier (la mira, sorprendido): ¿En serio? Pero tú estás igual o más cansada.
María: Sí, pero hoy quiero cuidarte.
Javier (se incorpora): Entonces cenamos juntos y luego recojo yo.
María (sonriendo): Trato hecho.
Javier: A veces se nos olvida que servir es la forma más sencilla de decir “te quiero”.
María: Si. Eso lo que nos enseña el Señor: servir, acoger, sanar, entregarse, lavar los pies. Yo quiero imitarle.
Javier: Y yo. Pero solos no podemos, le necesitamos.

Madre,

Enséñanos a amar en los pequeños gestos de servicio. Bendito sea tu precioso Hijo, el servidor de todos.

Contemplaré tu Pasión. Comentario para matrimonios: Mateo 26, 14-25

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Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 26, 14-25

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
«¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?».
Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».
Él contestó:
«Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».
Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
«En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».
Ellos, muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
«¿Soy yo acaso, Señor?».
Él respondió:
«El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».
Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
«¿Soy yo acaso, Maestro?».
Él respondió:
«Tú lo has dicho».

Contemplaré tu Pasión.

Mi querido Señor, ¡cómo duele esta escena! Uno de tus amigos, entregándote. El resto, dudando de sí mismos. Tú, tan solo.
Duele más aún cuando me doy cuenta que yo también te he dejado solo muchas veces. Peor aún, yo también te he entregado a la cruz por unas monedillas. Cada pecado es entregarte por esas “monedillas” que son un rato de placer, un “es que me apetece tanto”, unas palabras fuera de tono, una crítica, una falta de entrega,…
Señor, me duele profundamente haberte entregado a la cruz tantas veces. Ahí estás sufriendo horriblemente, flagelado, clavado, destrozado,… por mi pecado.
Mi buen Jesús, no quiero pecar más. Estos días santos contemplaré tu Pasión lleno de dolor por lo que te he hecho. Lleno de arrepentimiento para no hacerlo nunca más. Lleno de amor por lo que has hecho por mí, por haberte entregado hasta la muerte por mi salvación.
Y lleno de esperanza para acoger toda la misericordia y la gracia que sale de tu Corazón traspasado, para con la fuerza de tu Santo Espíritu llevar una vida de oración y sacramentos, que rechace pecar, que sólo quiera llenarse de tu Amor para entregarse como Tú, para Amar como Tú.
¡Te quiero tanto, Señor! Mil gracias por todo.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Catalina: Amador, esta Semana Santa quiero que sea especial. Que acompañemos de verdad al Señor en su Pasión. Que seamos conscientes de que se ha entregado por nosotros. Que ese “miedo hasta el punto de morir”, ese sudor de sangre, esos latigazos, esa tortura, esa crucifixión, fueron por nosotros.
Amador: Sí, es increíble lo que ha tenido que hacer por nosotros. Me da tanta tristeza no haber sido consciente de la gravedad de mis pecados. Cada pecado mío le supuso esa tortura. Sé que en la Confesión su Misericordia me ha perdonado. Pero como cada pecado mío futuro será añadir más dolor a su tortura, no quiero pecar más. Sé que soy pecador, pero voy a hacer todo lo que esté en mi mano para no caer más. Llevar con determinación una vida de oración y sacramentos y un camino de purificación de mi corazón, para, con su Gracia, evitarle más sufrimiento.
Catalina: Sí, y con la esperanza de saber que de su Corazón traspasado sale todo lo que necesitamos para andar ese camino de santidad. No tenemos excusa, nos ha dado todo lo que necesitamos para conseguirlo. ¡Vamos a por ello con determinación!

Madre,

Ayúdanos a vivir estos días santos de tu Mano, como Tú, pegados a tu Hijo. Y llenos de agradecimiento. ¡Bendito y alabado sea Dios!

¿Quién eres tú? Comentario para Matrimonios: Juan 13, 21-33. 36-38

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Evangelio del día

 

Lectura del santo evangelio según san Juan 13, 21-33. 36-38

En aquel tiempo, estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo: «En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar».
Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía.
Uno de ellos, el que Jesús amaba, estaba reclinado a la mesa en el seno de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía.
Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: «Señor, ¿quién es?».
Le contestó Jesús: «Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado».
Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote. Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto».
Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres.
Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche.
Cuando salió, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”».
Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿adónde vas?».
Jesús le respondió: «Adonde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde».
Pedro replicó: «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti».
Jesús le contestó: «¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces».

¿Quién eres tú?

Con la lectura de este evangelio, haciendo un poco de examen de conciencia, vemos que en ocasiones podemos asemejarnos más a unos discípulos o a otros, y debemos “escoger” qué tipo cónyuge queremos ser:
A veces, podemos ser como Judas: amándonos más a nosotros mismos que a Dios y, por tanto, incapaces de amar a nadie más. Aparentemente fieles, aunque, en el fondo de nuestro corazón, sabemos que estamos traicionando a nuestro cónyuge siempre que podemos, ya que buscamos nuestro propio beneficio y felicidad por encima de los demás.
Otras veces, podemos ser Pedro: donde en determinadas situaciones entra la lucha entre nuestro amor propio y el amor a Dios. Somos esposos fieles y entregados, pero de vez en cuando nos entra el miedo y dudamos si nos hemos equivocado en nuestro matrimonio, dudamos del don que es nuestro esposo.
Y también, podemos ser como Juan: cuando profesamos un amor puro y entregado por completo a Dios, un amor en el que no hay dobleces, con el que nos mantenemos firmes a nuestro compromiso porque estamos unidos al Señor y es esa unión la que hace que nuestro sacramento crezca y se renueve cada día.
Como podemos comprobar, no depende de lo que queremos nosotros, sino que el tipo de unión que tengamos con el Señor es la que definirá el “discípulo-cónyuge” que podamos llegar a ser.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Alex: Ana, recuerdo que, cuando nos casamos, lo hice porque quería que me hicieras feliz, buscaba mi felicidad por encima de todo. Eras como un “medio” para conseguirla.
Ana: Te entiendo Alex… es verdad que en ese momento no estabas muy unido al Señor y a veces ese interés tuyo se notaba en tu forma de hacer las cosas.
Alex: Sí… gracias a Dios poco a poco empecé a ver de qué iba todo esto y me di cuenta que yo también tenía que poner mucho de mi parte, aunque de vez en cuando me entraban dudas y fue esa época en la que había momentos que me planteaba si me había equivocado al casarme contigo.
Ana: Ya recuerdo esos años, fueron durillos, pero yo me aferraba al Señor y rezaba para pedirle mucha fortaleza y permanecer fiel para que te ayudara a creer en el sacramento tal y como Él lo había pensado.
Alex: Gracias a Proyecto, el Señor me hizo ver que debíamos contar con Él en nuestro matrimonio, que esto no era solo cosa de dos, y así empecé a luchar por tenerlo, con oración y sacramentos.
Ana: Así es, ahora somos un matrimonio nuevo, porque los dos lo hemos fundamentado en nuestro amor a Dios, lo que hace que Él esté en nuestros corazones y en medio de nuestro matrimonio. ¡El Señor todo lo puede hacer nuevo!

Madre,

Gracias por llevarnos hacia Tu Hijo y protegernos bajo Tu manto.
¡Sea bendito y alabado el Señor!