Solos y hundidos. Comentario para matrimonios Sábado Santo

Sin Evangelio.

Solos y hundidos.
(Nota: Se hace uso genérico del masculino para designar la clase sin distinción de sexos.)

Hoy no hay Evangelio del día, pues hoy no hay liturgia. Jesús está muerto en el sepulcro y en señal de duelo, la Iglesia guarda un silencio expectante. No se celebran ni la Eucaristía ni los demás sacramentos. Vivimos en silencio el dolor de la muerte de Cristo, hemos contemplado su muerte desgarradora, la vergüenza de nuestro pecado, el desánimo de un Mesías maltratado y humillado que calla.

Hoy el Esposo yace muerto en el sepulcro. Quizás es un día para preguntarnos ¿Qué sería de nosotros sin el Señor? ¿Y si hubiera muerto para siempre, qué sería de mí? Una vida finita, en la que tendría que luchar sólo con mis escasas fuerzas. Un mundo en el que sólo nos queda aprovechar desesperadamente cada minuto para “disfrutar” de una vida terrenal que se va apagando, que avanza inexorablemente hacia un final dramático, un final horrible: La nada. ¿Dónde estaré? No existiré nunca más. ¡No existiré nunca, nunca más! Todos mis esfuerzos se desvanecerán, el fruto de mi trabajo, de mi cariño… todo se pierde y nada permanece. Olvidado para siempre. Una vida en que todos los disfrutes que me quedan son comer, beber, viajar… pero que nada de eso acaba realmente de satisfacerme en absoluto. Todo caduco, todo engañoso, una realidad que se deshace, se corroe, una realidad que no me da lo que parece prometer. Vacía.

Y meditamos también lo que sería esa vida sin mi esposo. Experimentemos la soledad originaria de San Juan Pablo II, en la que el hombre no tenía a ningún igual con quien compartir su subjetividad, sus cosas, sus secretos, su interior. Cuando acabe mi día, cansado ¿A quién voy? ¿Dónde? Cuando tenga una situación difícil ¿En quién me apoyo? ¿A quién le entrego mi intimidad?. No hay nadie a mi lado para desarrollarme como persona y crecer entregándome. Hijos, tareas, trabajo, pero ¿dónde está el centro de mi vida? Y mi proyecto? ¿El núcleo de mi existencia terrenal?. Mi esposo no está. ¡Qué desolación!.

Solos, hundidos y tristes. Únicamente la Santísima Virgen María conserva la esperanza. Ella sabe lo que nos espera el día de mañana. Ella sabe que, como en Caná, ese vino que se nos ha agotado, precedía a un vino mucho más sabroso, más lleno de vida. Conviene que vivamos hoy esta sequedad, esta soledad y esta tristeza, porque María nos está apuntando a algo grande que llegará mañana. Así lo viviremos con más fuerza.

Madre:
En esta soledad, en esta tristeza y amargura, sólo nos queda apoyarnos en ti, la única que conserva la fe hasta el final. Gracias porque siempre estás ahí, como Madre, cuidando de nosotros y mostrándonos el Camino. Gracias Madre. En Ti confiamos.

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