Archivo del Autor: Esposos Misioneros

RETIRO MATRIMONIOS BARCELONA 29 – 31 MAYO 2026

RETIRO MATRIMONIOS BARCELONA 29 – 31 MAYO 2026

Déjate amar. Comentario para matrimonios: Juan 13, 1-15

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.
Llegó a Simón Pedro, y este le dice:
«Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?».
Jesús le replicó:
«Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde».
Pedro le dice:
«No me lavarás los pies jamás».
Jesús le contestó:
«Si no te lavo, no tienes parte conmigo».
Simón Pedro le dice:
«Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza».
Jesús le dice:
«Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos».
Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».
Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo:
«¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».

Déjate amar.

Hoy jueves santo, Jesús nos muestra que amar “hasta el extremo” es elegir amar cada día al esposo, también cuando cuesta. En la vida conyugal, lavar los pies significa acoger las fragilidades del esposo o la esposa sin juzgar, servir sin medir, amar en silencio. Cuidar los detalles pequeños, esos que sostienen el amor cotidiano.
Pero en el matrimonio no solo se ama dando, sino también dejándose amar con humildad. Como Pedro, a veces nos resistimos a dejarnos amar, pero el Señor nos invita también a recibir. El servicio mutuo purifica el corazón y renueva la alianza cada día.
Estamos llamados a descubrir el rostro de Cristo en el esposo y a aprender a amar como Él lo hace haciendo de nuestra vida un don constante el uno para el otro, aunque tenga los pies sucios.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Son las nueve y media, los niños ya están acostados.
Javier (Llega del trabajo y se tira en el sofá): No puedo más, ha sido un día horrible.
María (desde la cocina): Yo tampoco he parado en todo el día
(silencio tenso)
María (suspira, se acerca a Javier): Oye… ¿quieres que te prepare algo de cenar?
Javier (la mira, sorprendido): ¿En serio? Pero tú estás igual o más cansada.
María: Sí, pero hoy quiero cuidarte.
Javier (se incorpora): Entonces cenamos juntos y luego recojo yo.
María (sonriendo): Trato hecho.
Javier: A veces se nos olvida que servir es la forma más sencilla de decir “te quiero”.
María: Si. Eso lo que nos enseña el Señor: servir, acoger, sanar, entregarse, lavar los pies. Yo quiero imitarle.
Javier: Y yo. Pero solos no podemos, le necesitamos.

Madre,

Enséñanos a amar en los pequeños gestos de servicio. Bendito sea tu precioso Hijo, el servidor de todos.

Contemplaré tu Pasión. Comentario para matrimonios: Mateo 26, 14-25

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 26, 14-25

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
«¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?».
Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».
Él contestó:
«Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».
Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
«En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».
Ellos, muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
«¿Soy yo acaso, Señor?».
Él respondió:
«El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».
Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
«¿Soy yo acaso, Maestro?».
Él respondió:
«Tú lo has dicho».

Contemplaré tu Pasión.

Mi querido Señor, ¡cómo duele esta escena! Uno de tus amigos, entregándote. El resto, dudando de sí mismos. Tú, tan solo.
Duele más aún cuando me doy cuenta que yo también te he dejado solo muchas veces. Peor aún, yo también te he entregado a la cruz por unas monedillas. Cada pecado es entregarte por esas “monedillas” que son un rato de placer, un “es que me apetece tanto”, unas palabras fuera de tono, una crítica, una falta de entrega,…
Señor, me duele profundamente haberte entregado a la cruz tantas veces. Ahí estás sufriendo horriblemente, flagelado, clavado, destrozado,… por mi pecado.
Mi buen Jesús, no quiero pecar más. Estos días santos contemplaré tu Pasión lleno de dolor por lo que te he hecho. Lleno de arrepentimiento para no hacerlo nunca más. Lleno de amor por lo que has hecho por mí, por haberte entregado hasta la muerte por mi salvación.
Y lleno de esperanza para acoger toda la misericordia y la gracia que sale de tu Corazón traspasado, para con la fuerza de tu Santo Espíritu llevar una vida de oración y sacramentos, que rechace pecar, que sólo quiera llenarse de tu Amor para entregarse como Tú, para Amar como Tú.
¡Te quiero tanto, Señor! Mil gracias por todo.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Catalina: Amador, esta Semana Santa quiero que sea especial. Que acompañemos de verdad al Señor en su Pasión. Que seamos conscientes de que se ha entregado por nosotros. Que ese “miedo hasta el punto de morir”, ese sudor de sangre, esos latigazos, esa tortura, esa crucifixión, fueron por nosotros.
Amador: Sí, es increíble lo que ha tenido que hacer por nosotros. Me da tanta tristeza no haber sido consciente de la gravedad de mis pecados. Cada pecado mío le supuso esa tortura. Sé que en la Confesión su Misericordia me ha perdonado. Pero como cada pecado mío futuro será añadir más dolor a su tortura, no quiero pecar más. Sé que soy pecador, pero voy a hacer todo lo que esté en mi mano para no caer más. Llevar con determinación una vida de oración y sacramentos y un camino de purificación de mi corazón, para, con su Gracia, evitarle más sufrimiento.
Catalina: Sí, y con la esperanza de saber que de su Corazón traspasado sale todo lo que necesitamos para andar ese camino de santidad. No tenemos excusa, nos ha dado todo lo que necesitamos para conseguirlo. ¡Vamos a por ello con determinación!

Madre,

Ayúdanos a vivir estos días santos de tu Mano, como Tú, pegados a tu Hijo. Y llenos de agradecimiento. ¡Bendito y alabado sea Dios!

¿Quién eres tú? Comentario para Matrimonios: Juan 13, 21-33. 36-38

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 13, 21-33. 36-38

En aquel tiempo, estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo: «En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar».
Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía.
Uno de ellos, el que Jesús amaba, estaba reclinado a la mesa en el seno de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía.
Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: «Señor, ¿quién es?».
Le contestó Jesús: «Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado».
Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote. Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto».
Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres.
Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche.
Cuando salió, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”».
Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿adónde vas?».
Jesús le respondió: «Adonde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde».
Pedro replicó: «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti».
Jesús le contestó: «¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces».

¿Quién eres tú?

Con la lectura de este evangelio, haciendo un poco de examen de conciencia, vemos que en ocasiones podemos asemejarnos más a unos discípulos o a otros, y debemos “escoger” qué tipo cónyuge queremos ser:
A veces, podemos ser como Judas: amándonos más a nosotros mismos que a Dios y, por tanto, incapaces de amar a nadie más. Aparentemente fieles, aunque, en el fondo de nuestro corazón, sabemos que estamos traicionando a nuestro cónyuge siempre que podemos, ya que buscamos nuestro propio beneficio y felicidad por encima de los demás.
Otras veces, podemos ser Pedro: donde en determinadas situaciones entra la lucha entre nuestro amor propio y el amor a Dios. Somos esposos fieles y entregados, pero de vez en cuando nos entra el miedo y dudamos si nos hemos equivocado en nuestro matrimonio, dudamos del don que es nuestro esposo.
Y también, podemos ser como Juan: cuando profesamos un amor puro y entregado por completo a Dios, un amor en el que no hay dobleces, con el que nos mantenemos firmes a nuestro compromiso porque estamos unidos al Señor y es esa unión la que hace que nuestro sacramento crezca y se renueve cada día.
Como podemos comprobar, no depende de lo que queremos nosotros, sino que el tipo de unión que tengamos con el Señor es la que definirá el “discípulo-cónyuge” que podamos llegar a ser.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Alex: Ana, recuerdo que, cuando nos casamos, lo hice porque quería que me hicieras feliz, buscaba mi felicidad por encima de todo. Eras como un “medio” para conseguirla.
Ana: Te entiendo Alex… es verdad que en ese momento no estabas muy unido al Señor y a veces ese interés tuyo se notaba en tu forma de hacer las cosas.
Alex: Sí… gracias a Dios poco a poco empecé a ver de qué iba todo esto y me di cuenta que yo también tenía que poner mucho de mi parte, aunque de vez en cuando me entraban dudas y fue esa época en la que había momentos que me planteaba si me había equivocado al casarme contigo.
Ana: Ya recuerdo esos años, fueron durillos, pero yo me aferraba al Señor y rezaba para pedirle mucha fortaleza y permanecer fiel para que te ayudara a creer en el sacramento tal y como Él lo había pensado.
Alex: Gracias a Proyecto, el Señor me hizo ver que debíamos contar con Él en nuestro matrimonio, que esto no era solo cosa de dos, y así empecé a luchar por tenerlo, con oración y sacramentos.
Ana: Así es, ahora somos un matrimonio nuevo, porque los dos lo hemos fundamentado en nuestro amor a Dios, lo que hace que Él esté en nuestros corazones y en medio de nuestro matrimonio. ¡El Señor todo lo puede hacer nuevo!

Madre,

Gracias por llevarnos hacia Tu Hijo y protegernos bajo Tu manto.
¡Sea bendito y alabado el Señor!

Cuidar el detalle. Comentario para matrimonios: Juan 12, 1-1

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 12, 1-11

Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa.
María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume.
Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice:«¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?».
Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando.
Jesús dijo:«Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis».
Una muchedumbre de judíos se enteró de que estaba allí y fueron no solo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos.

Cuidar el detalle.

A veces nuestro amor se parece mucho a esa casa de Betania: hay días de rutina, de servicio silencioso, de mesa compartida… y, sin darnos cuenta, Jesús está ahí, en medio de nosotros. Es muy impresionante la actitud de María. No calcula, no mide, no se guarda nada. Simplemente ama… y se nota. Derrama lo mejor que tiene, sin miedo a que sea demasiado. Quizá nosotros, con el tiempo, hemos aprendido a amar con más prudencia que pasión: dando lo justo, cuidando no “excedernos”, esperando a que el otro dé primero.Y sin embargo, el amor que de verdad transforma el matrimonio es ese que se adelanta, que sorprende, que se entrega sin hacer cuentas. Ese gesto gratuito, ese detalle que no “hacía falta”, esa ternura que rompe la rutina… eso es el perfume que vuelve a llenar la casa.
También aparece Judas, y es más cercano de lo que parece. Está en esas voces interiores que nos dicen: “no merece la pena”, “¿para qué tanto esfuerzo?”, “no cambia nada”. Cuando escuchamos eso, el amor se vuelve frío, práctico… y pierde su belleza.
Hoy este Evangelio nos susurra algo muy sencillo: no dejemos de perfumar nuestro matrimonio. No dejemos de tener gestos gratuitos, de cuidar lo pequeño, de amar sin medida.
Porque cuando uno de los dos se atreve a amar así, algo cambia. Y poco a poco, toda la casa —toda nuestra vida— vuelve a llenarse de ese “buen olor” que nos recuerda por qué empezamos este camino juntos.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Alejandro: Hoy leía el Evangelio de Betania… y no sé, me hizo pensar en nosotros.por cómo se comporta María… eso de amar sin medir. Me impresiona cómo derrama el perfume sin pensar si es mucho o poco. Y me di cuenta de que yo, muchas veces, contigo hago justo lo contrario.
Iris: ¿A qué te refieres?
Alejandro: A que calculo. A veces pienso “ya hice bastante hoy”, o “que ahora le toque a ella”… y se me olvida simplemente quererte sin cuentas.
Iris: (sonríe) Pues no eres el único… yo también entro ahí. Como que el amor se nos vuelve práctico, eficiente… pero menos bonito.
Alejandro: Sí… y luego está esa vocecilla tipo Judas… “¿para qué tanto esfuerzo?”, “si total no cambia nada…”.
Iris: Uf, esa la conozco bien. Sobre todo en los días malos.
Alejandro: Pero lo de María me tocó. Porque su gesto parecía exagerado… y Jesús no sólo no lo frena, sino que lo defiende, como diciendo: ese es el amor de verdad, el que no tiene miedo a ser demasiado. Y pensé:hace tiempo que no “derramo perfume” contigo.
Iris: ¿Perfume?
Alejandro: Sí… detalles sin motivo, tiempo sin prisas, cariño sin que lo pidas… esas cosas que antes nos salían solas.
Iris: (en voz más suave) A mí también me gustaría volver a eso…
Alejandro: ¿Y si empezamos otra vez? Sin esperar a que el otro cambie primero.
Iris: Y que la casa se llene del perfume… ojalá pase eso también aquí.
Alejandro: Pues vamos a intentarlo. Yo empiezo hoy.
Iris: (riendo) Vale… pero cuidado, no te quedes a medias.

Madre,

Tú que supiste amar sin medida, enséñanos a vivir nuestro matrimonio con un corazón generoso y entregado. Bendita seas por siempre, Madre.