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Seréis como dioses. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 13, 24-43

Seréis como dioses.

Dice el Arzobispo de Granada:
.- La gran tentación “la más sutil, la más peligrosa, aquella en la que el enemigo se disfraza más fácilmente de bien” es siempre ponernos en el lugar de Dios, jugar a pequeños (y patéticos) dioses, pretender ser nosotros la instancia última, adelantar el juicio final.

Toda tentación, desde el origen, tiene ese componente: “Seréis como dioses”, les dijo el tentador. Y se apoyaba en una cierta verdad, en una complicidad del corazón, creado para la fruición de Dios. Aquello, entonces, en aquella primera ocasión, terminó dramáticamente, en el despojo de la gloria y en la desnudez, en las zarzas y los abrojos de la estepa, lejos del jardín (paraíso significa jardín) que Dios había plantado para el hombre, y en la primera muerte de un ser humano a manos de su hermano. Y es siempre así, porque a Dios sólo es posible acceder acogiendo su gracia.

La determinación del hombre de convertirse en Prometeo, y de hacerse con el fuego de los dioses, desemboca en la humillación, en el ridículo y en la muerte.

Prometeo humillado, podría ser un símbolo del hombre contemporáneo en nuestros países ricos y envejecidos. En efecto, cuando se crece pensando que el yo es la instancia última, definido sólo por su libertad con respecto a todo vínculo (menos, naturalmente, los del poder, esto es, los de ese conglomerado que son el mercado, la moda, la opinión pública y el Estado), la alucinación de creerse el dueño único de la propia vida (y de la de los demás si se puede) tiene una capacidad de seducción especial. Aunque el recibo de esa mentira inmensa, de esa hipoteca, es de tal magnitud que la vida entera no basta para pagarlo.

La tentación de Prometeo tiene otra forma entre los discípulos. Contra esa forma nos pone en guardia el Evangelio de este domingo. Es la de querer adelantar el tiempo de la siega, el juicio final, la de querer vivir en un mundo sin cizaña, en una cesta de sólo manzanas sanas, la de pretender hacer ya en este mundo un gueto para el trigo, para que el trigo pueda ahorrarse el riesgo del testimonio y de la cruz. Aparte de que ponerse a sí mismo en el lado del trigo es ya una pretensión hipócrita, pudiera muy bien suceder que en el juicio uno tuviera necesidad de la misericordia que ha negado a otros.

La Iglesia no vive en el mundo protegiéndose del mundo, sino exponiéndose, entregándose, como Cristo, en la cruz y en la Eucaristía, por amor al mundo, para la vida del mundo. Esa libertad para darse, para amar al enemigo, para vivir gozosamente en medio de un mundo hostil, es fruto de la presencia de Cristo. De la gracia de Cristo y de la comunión del Espíritu Santo. Ahí radica su autoridad, tan distinta de los poderes del mundo. Y ahí está también el secreto de su invencible alegría. -.

Hoy podemos aplicar todo esto a Proyecto Amor, a nuestro matrimonio. Volvamos a la verdad del principio.

Señor, envíanos Tu Espíritu, para que gobierne nuestros matrimonios. Nosotros el cuerpo y Tú, la cabeza.

Esperando la plenitud en silencio. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 12, 14-21

Esperando la plenitud en silencio.

No voceará no gritará por las calles… Señor, Tú no elegiste un camino llamativo, o protagonista. Tú nos estás marcando un camino sencillo, a la sombra sin aspavientos, sino construir Proyecto Amor en nuestros hogares. Porque Dios trabaja en lo íntimo, en lo cotidiano.

Muchas veces, cuando hablamos de Proyecto Amor, la gente nos pregunta: ¿Y si uno se entrega al esposo/a, y el otro no le corresponde?.
El amor, no es desinteresado. Espera amor. Pide amor. Dios mismo nos «manda» que le amemos sobre todas las cosas. ¿No voy yo a esperar que mi esposo/a me ame?. ¡Es natural! Hemos sido creados para amar y ser amados a imagen de Dios.

Tenemos sed, necesidad, de un amor de comunión que no recibimos, al menos no en plenitud. ¿Entonces qué hacemos? La respuesta nos la da hoy el Evangelio: Dios, a través de Cristo, pone sobre nosotros su Espíritu, para que anunciemos el derecho. Esperamos en Su nombre y la caña cascada no la quebramos, como Él no la quiebra: No rompemos con ese amor quebrado, imperfecto; ese que de vez en cuando tenemos la tentación de desechar. Seguimos intentando reavivar constantemente nuestras mechas de casi extintas por la rutina, enderezar nuestras cañas dobladas por la inconsciencia, la tibieza o el pecado.

Esperamos en su nombre a que se implante el derecho. Derecho a amarnos y a amar juntos a Dios. Derecho a amar y ser amados plenamente. Él curó a todos los que le siguieron.

Una espera silenciosa, sin reproches, misericordiosa. Con ese amor que va más allá de la justicia. ¿No es esto suficientemente heroico?.

Qué hermosa la Palabra de Dios, que llama a su Hijo, «Mi predilecto». Yo también tengo mi esposo/a, mi predilecto/a.

Oramos con el salmo: Pero tú ves las penas y los trabajos, tú miras y los tomas en tus manos. A ti se encomienda el pobre, tú socorres al huérfano.

Los secretos que hay en mi esposo/a. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 11, 25-27

Los secretos que hay en mi esposo/a.

Hay una mirada hacia mi esposo/a que nadie más puede tener. Desde la intimidad, desde la experiencia de compartir una vida, desde la experiencia de dar vida juntos… Nos hemos visto llorar, reír, desesperados, con miedo, enamorados, necesitados el uno del otro…

Nadie puede ver a mi esposo/a y comprender su belleza como yo la entiendo. Siempre hemos pensado que cuando un artista pinta un hermoso cuadro, es porque en su alma hay aún una belleza mayor. Los cuadros podremos admirarlos todos, pero la belleza interior de ese artista, solo la puede conocer Dios y su esposo.

Claro que, aquí depende de nuestra actitud ante él/ella. Si es la del sabio y el entendido, el que lo sabe todo, entonces me perderé estas cosas. Si no estoy abierto a aprender de él/ella, a entender la vida como hombre desde su punto de vista de mujer, o como mujer desde su punto de vista de hombre, si no estoy dispuesto a estar con él/ella en sus emociones y en su experiencias, me perderé el secreto de mi esposo. Si no estoy abierto a recibir a Dios a través de él/ella, recibir sus dones… Nunca veré su belleza.

La belleza de nuestro esposo nos la revela Dios. Él es su creador y habita permanentemente en su interior. “Todo me lo ha entregado mi Padre” decía Jesús. A mi esposo me lo ha entregado mi Padre. Es orando con él/ella, haciendo a Dios presente en nuestra unión e intentando vivir las experiencias originarias en el matrimonio, como puedo decir como Cristo con el Padre: Nadie conoce a mi esposo/a sino su esposo.

-. “Lo que Dios ha unido”: Si Cristo es capaz de pronunciar esta frase sobre el matrimonio, es porque Él ha vivido en plenitud la unión de Dios con los hombres y de los hombres entre sí, porque Él conoce bien el modo en que Dios garantiza la solidez del amor.- (José Granados. Una sola carne en un solo Espíritu pg. 20.). 

Y yo he descubierto tu belleza, esposo/a mío/a. Dios me la ha revelado. Admiro a Dios por haber dado vida a una creatura ¡Tan hermosa!.

“Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso.” Vivamos el matrimonio como Cristo, siendo mansos y humildes. Abiertos a aprender y no a imponer. No dejándonos llevar por una mirada criticona y despreciable, sino por una mirada limpia, del Espíritu, dichosa, que ve a Dios en el esposo. Y entonces, encontraremos la paz en nuestro hogar y en nuestro interior. Encontraremos nuestro descanso.

Oramos con el Salmo: El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan. Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.

Encontrad los milagros en vuestra vida. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 11, 20-24

Encontrad los milagros en vuestra vida.

 

En pocos sitios se han hecho tangos milagros como en nuestro entorno. Ya decíamos el otro día que la separación de las aguas del Mar Rojo, es mucho más fácil para Dios que unir un matrimonio, porque al fin y al cabo las aguas no tienen libertad. Son dóciles a las leyes de la naturaleza que Dios mismo creó, pero para Dios, unir a un hombre y una mujer en matrimonio, es mucho más milagroso, puesto que necesita de su sí.

Nosotros damos testimonio. Hemos visto cómo nuestro matrimonio, que se estaba destruyendo por la rutina y otras muchas distracciones o prioridades, se ha convertido en nuestro tesoro. Nuestra ofrenda a Dios.

El Señor nos ha revelado mutuamente la belleza del otro, una belleza como criaturas suyas, que no se ve con los ojos de este mundo. Es la belleza del que sufre por ti, del que se entrega por ti, de la que es madre, del que es padre, de los que trabajan, se caen y vuelven a levantarse, se animan mutuamente… Es la belleza de dos que comparten una vida y se hacen entrega de su intimidad. Y sólo ellos pueden ver su belleza mutua en su oración ante Dios.

El Señor nos ha enseñado que somos una ayuda adecuada el uno para el otro para volver a Él. Que nuestras diferencias son nuestros puntos de unión. Nos ha enseñado a que nuestra unión conyugal sea una oración. Él nos ha dado fuerzas para compartirlo todo, y mostrarnos tal como somos, con nuestras flaquezas y nuestro pecado también. Él nos ha mostrado la dignidad del matrimonio como imagen de quien Él es. Nos ha alimentado con su cuerpo, fuente del amor, de la entrega y de la vida. Nos ha hecho entender el tesoro de la Eucaristía. Nos ha hecho fieles a la oración personal con Él, juntos y en familia. Está transformando nuestro amor humano en su Caridad Divina. No somos dignos…

El señor ha hecho tantos milagros con nosotros… Nuestro hogar es nuestro Cafarnaún. Y queremos responderle para escalar juntos el cielo.

Hablamos de lo nuestro, que es lo que conocemos más a fondo, pero también hemos presenciado cómo muchos matrimonios de Proyecto Amor se han salvado. Hemos visto cómo para ellos su prioridad es el matrimonio. Hemos oído su testimonio. Y darán vida, y este Proyecto de Amor se trasmitirá a sus hijos y a los hijos de sus hijos, si son fieles, generación tras generación, por obra de la Santísima Virgen.

Los milagros que estamos viendo merecen una respuesta más exigente. Merecen que dejemos de una vez por todas nuestro orgullo a un lado y nos entreguemos el uno al otro hasta el extremo. Que cada uno abandone aquello que le impide ser uno con su esposo/a, pereza, egoísmo, falta de oración…

Señor, haznos fieles a tu llamada. Madre, llévanos en tu regazo. Alabado y bendito seas por siempre, Señor.

Las batallas de tu casa. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 10, 34-11, 1

Las batallas de tu casa.

Cuando no reina el Señor en nuestro matrimonio y en nuestra familia, si no que reinamos nosotros mismos, vienen los conflictos. Queremos tener razón, imponer nuestros criterios y entonces los enemigos de cada uno son los de su propia casa: El esposo de la esposa, el hermano del hermano, el hijo del padre y padre del hijo… Cristo ha venido a enfrentarnos contra todo aquello que no es amor para que dirijamos nuestra mirada y corazón al Amor.
Pero cuando reinas Tú, Señor, y todos perdemos nuestra vida: egoísmos, intereses propios, nuestras humanas razones… Por amar como Tú a mi esposo, cuando rezamos juntos, permanecemos unidos por Tu Espíritu y entonces en nuestra familia reina Tu Paz. Iluminas a cada uno para que sepa qué Cruz debe coger para amar. Quizás es la cruz de desprenderme de mi egoísmo o pereza, de mis razones que se imponen al amor… Cruz desde donde Cristo nos redime y nacen los sacramentos como remedio ante nuestro pecado.

Así dice San Buenaventura, hay una medicina para cada mal que procede de la culpa:
Contra el pecado original – el Bautismo
Contra el mortal – la Confesión
Cura el pecado venial – la Unción de enfermos
Sana la ignorancia – el orden sacerdotal
Contra la debilidad – La Confirmación
Acaba con la Malicia – La Eucaristía
Contra la concupiscencia – el matrimonio (sana al hombre de la ignorancia al instruirle sobre su fin último)

La concupiscencia, ese desorden introducido por el pecado, reduciendo la mirada al círculo cerrado del que consiste en la incapacidad para entender el lenguaje del cuerpo, para leer y escribir en la carne el amor a Dios y a los hombres. La concupiscencia nos hace sordos a la llamada del amor. Nos presenta el cuerpo como lugar de placer o de dominio despótico sobre el otro. El remedio es un proceso de sanación. El sacramento del matrimonio introduce a los esposos en este proceso que ayuda a reintegrar todos los impulsos y deseos desordenados. San Juan Pablo II hablaba de una mutua educación entre el hombre y la mujer. En esta educación entra la totalidad de la persona y su vocación al amor.

La herida de la concupiscencia no es solo un desorden individual. Se expande más allá del sujeto, al afectar a la unión conyugal, se transmite a los demás donde el amor de Dios está llamado a brillar originalmente. Por eso la gracia del matrimonio en cuanto remedio, no es sólo individual ni tampoco se entrega a los esposos solos, sino que irradia desde hombre y mujer a toda la familia de generación en generación, ordenándose como decía Sto. Tomás de Aquino, a purificar la naturaleza. Esto nos lleva a padecer la dureza de la espada que supone la purificación. El matrimonio que recibe al Señor y en su Santo Nombre, acoge un tesoro para toda la familia de generación en generación y como sanación de la anterior.

Señor yo recibo a mi esposo/a en lo que me dice, me corrige… porque sé que en su corazón reinas Tú. Quiere lo que Tú quieres y por eso te recibo a Ti y de él/ella recibo Tu Amor y gracia de nuestro sacramento conyugal.
Lo recibo por Ti, le obedezco por Ti, porque estás en él/ella, pues si no, sería idolatría, de la espada a la paz, de la Cruz a la Vida
¿Qué situación hay en tu matrimonio o en tu familia, que os tiene enfrentados? Ahí es justo donde hoy Cristo llama a tu puerta para que le recibáis y edifiquéis. Te espera en tu corazón en la cita con el Amor, te espera en los sacramentos.