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El camino de la precipitación a la madurez. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 15, 21-28

El camino de la precipitación a la madurez.

Nosotros podríamos postrarnos hoy ante el Señor para pedirle que mejore nuestra comunión en el matrimonio y nos quite el orgullo.

Varias ideas sobre cómo Dios actúa ante nuestras peticiones:
El deseo: Dice San Agustín: “Cristo se mostraba indiferente hacia ella (la cananea), no para negarle la misericordia, sino para hacer crecer el deseo”.
Es una respuesta pedagógica de Dios. Lo inmediato no nos permite aprender. Adán vivió primero la soledad originaria, tal como nos enseña San Juan Pablo II, descubriendo que en toda la creación no había nada semejante a él que pudiese darle una respuesta de amor. Sólo después de descubrir esa gran necesidad, Dios crea a Eva, y por eso, Adán sabe valorarla y la recibe con una emoción única, tal como nos hace ver el Papa en sus explicaciones sobre el amor humano.

“Cristo quiere que el amor esté dispuesto a mirar más allá. Entrar adentro en su misterio. De este modo, los deseos adquieren profundidad, los sentimientos señalan metas más hondas y estables, el amor se va templando y haciendo eterno. Sólo quien sigue este movimiento de los afectos orientándolo hacia la espesura del misterio, podrá ver cómo su amor sube hacia el Padre.” (Betania una casa para un amigo)

La segunda idea es que el movimiento se demuestra andando. Mucha gente piensa que el tiempo lo cura todo. En realidad, o actuamos o el resultado será nulo o incluso un empeoramiento. La mujer cananea, no se conforma. Insiste, lo sigue, grita, se postra, le da la razón… porque sabe que Dios es tan grande que sólo unas migajas son más que suficientes para ella.

Los cristianos somos conscientes de que la intranquilidad, la precipitación y la angustia son síntomas de inmadurez o de falta de fe. Dicho de otro modo, la paz interior y la alegría son la consecuencia lógica de la fe. Así lo expresaba la beata Teresa de Calcuta: «El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz».

La fe en el amor de Dios nos permite comprender nuestra existencia a la luz de la Providencia de un Padre que nos quiere infinitamente más que nosotros a nosotros mismos.

Esposos, como la cananea, salir del lugar de donde estáis, y buscad vuestro ratito de silencio para orar juntos al Señor, con el mismo ahínco que ella.

Oramos con el Salmo: Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

Restañar las heridas en el matrimonio. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 18, 21-19, 1

Restañar las heridas en el matrimonio.

Este pasaje sobre el perdón, precede a aquel en el que Cristo les habla a los fariseos sobre la indisolubilidad del matrimonio. ¿Casualidad?.

Si en tu matrimonio hay heridas y hay dolor, no te preocupes. Dios nos da una segunda oportunidad… y una tercera… y una cuarta… etc. Esperamos que tu esposo/a también te las dé o que tú se las des a él/ella. Por mucho que las cosas se hayan enredado, es posible enderezarlas orientándolas hacia lo alto. Los casos perdidos se convierten entonces en trayecto, doloroso sí, pero necesario para conquistar una meta.

Cuando uno de los cónyuges es infiel al otro (no necesariamente en el aspecto carnal),
“el que perdona adquiere una altura moral que hace al otro, al infiel, sentirse siempre en minoría. Incluso aunque se reprima el reproche, éste se dejará sentir a ambos. Lo realmente difícil es entonces rehacer la dignidad en quien ha ofendido para que los dos puedan mirarse a los ojos y encontrarse a la misma altura. ¿Sería posible restaurar la igualdad originaria, aquella con la que empezaron su camino nupcial?.

Habría sólo una vía: que el cónyuge fiel se hiciera uno con el otro, que caminaran juntos en singular proceso, parecido a un luto, para reconstruir sus memorias y recuperar el amor que les unía al principio. Es una ruta que parce imposible de llevar hasta el final: ¿Cómo rehacer del todo un pasado, hasta conseguir que lo que sucedió no haya sucedido?.

Esta pregunta nos permite acercarnos a Getsemaní y al misterio de la Pasión. Pues esto es precisamente lo que Dios ha querido hacer con su Pueblo. No le ha bastado con tender un manto para cubrir el pecado, sino que ha querido desanudar la trama perversa de la culpa. Por eso el mismo Cristo, el Esposo, ha descendido para identificarse con su Esposa, para sufrir con Ella las consecuencias del mal, y así oponer a su infidelidad una fidelidad estable… Entendemos el gran amor de Jesús. Le interesaba que la esposa perdonada pudiera mirar a los ojos de su Esposo sin miedo al reproche, de igual a igual. Por eso debía acompañar desde dentro el camino de la regeneración.

¿Cómo fue posible a Cristo recuperar la armonía perdida? Su secreto estaba en el Padre, a quien dirigió su ofrenda. Si Jesús supo que era posible regenerar a su esposa infiel, es porque contemplaba siempre al Padre, que se la confió. Si pudo mirarla de nuevo con amor y respeto, es porque veía la mirada del Padre que seguía amando a los hombre a pesar de todo. Cristo pudo renovar el vínculo que une entre sí a los esposos porque restauró en nuestra vida la filiación, la relación con Dios.” (Betania, una casa para un amigo Pg. 178-179)

Entenderemos ahora mejor lo que escribió San Pablo: “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño de agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada” (Ef 5,26-27)

La deuda de cien denarios que no quiso perdonar el empleado a su compañero, en realidad, pertenecía a los cien mil talentos que le debía a su Señor.

Oramos con el salmo (versículos que siguen a los de hoy): Se despertó como de un sueño el Señor, como soldado aturdido por el vino, [66] hirió al enemigo por la espalda infligiéndole una derrota definitiva… Se construyó un santuario como el cielo, como la tierra que cimentó para siempre.

La familia, un hogar para Cristo. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 18, 15-20

La familia, un hogar para Cristo.

Cristo nos invita a recorrer su camino en comunión o en comunidad. El Señor habla de “dos o tres” reunidos en mi nombre o “si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra”… No podemos dejar de aplicar las palabras de Jesús a la alianza matrimonial y a la familia. Cristo está en medio del matrimonio y la familia, permanentemente.

Sacamos del libro Llamados al Amor, las siguientes reflexiones sobre la importancia de la familia.

La vida de una sociedad se dirige hacia el bien común. Éste se define no solamente por el servicio que unos realizan para otros, pues podría caerse en una mentalidad utilitarista, se define también por la dignidad de la persona. El bien común es el bien de vivir en comunión porque sólo así se llega a ser persona. Es en relación con otros donde se constituye la propia identidad y se puede encontrar un sentido para el camino de la vida. Esta percepción del bien común ha de ser adquirida desde la experiencia por contagio de unas personas a otras. ¿Dónde se experimenta esto? En la familia.

Primero los esposos: El encuentro entre ambos, supone una experiencia fundamental en su vida. Cuando la persona amada entra en la propia vida, se abre una dimensión insospechada de la existencia. Los amantes descubren entonces su verdadero nombre, y su vida se proyecta en un horizonte con sentido. El resultado es una verdadera unidad que hace a cada esposo ser verdaderamente él mismo. Su comunión les hace posible ser felices. Su unión es el mayor tesoro que poseen.

De ese amor surge la familia: La comunión de los esposos se expande en la comunidad de padre, madre e hijo. La familia no está sometida a la forma de cálculo de la sociedad, donde la suma de la productividad de cada uno se contabiliza como la productividad de un país, aunque detrás de este resultado se esconden tremendas desigualdades. La familia no se rige por la suma, sino por el producto, de manera que cualquier cantidad multiplicada por cero da cero. O es un bien común para las dos partes, o no sirve. Tampoco ocurre como en cualquier trabajo, donde se puede sustituir un trabajador por otro que realice las funciones más o menos igual. La familia es la escuela del bien común, donde cada uno es valorado y amado por ser quien es, y no es posible sustituirlo. En este entorno de caridad entre hermanos, se hace posible la corrección fraterna, de igual a igual como hijos de Dios, buscando el bien de la persona que es amada por sí misma. La familia es la escuela del bien común, donde el maestro es el Señor (para no caer en la soberbia) y corregiremos según Su Palabra.

En la familia se crece en amor y libertad. Aprendemos a amar y ser amados, aprendemos que no es cierto que mi libertad empieza donde acaba la tuya, como si nos estorbásemos y tuviésemos que poner un límite entre ambos. Mi libertad empieza donde empieza la tuya. La familia es el ADN de la sociedad, donde están escritos los parámetros básicos para que la sociedad funcione correctamente. Si se manipula este ADN, empiezan las malformaciones.

La familia es un tesoro de Dios, y desde luego que Cristo está presente en el centro. Por eso San Juan Pablo II decía aquella frase famosa “Familia sé lo que eres”. Porque la familia realiza un servicio insustituible a la Sociedad y a la Iglesia. Jesús dijo a sus discípulos “Vosotros sois la luz del mundo”. La luz lleva a cabo su misión simplemente siendo lo que es. La misión de la familia es ser ella misma: San Juan Pablo II la definía como “Íntima comunidad de vida y amor” “la esencia y el cometido de la familia son definidos… por el amor. Por eso la familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su Esposa” (Familiaris Consortio 17)

Esposos, sólo falta una cosa para que esté Cristo en medio de nuestra familia: Que nos reunamos en Su nombre. Oremos en familia.

Oremos con el salmo: (Hoy por la obra de la familia) Alabad, siervos del Señor, alabad el nombre del Señor. Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre.

¿Prohibido sufrir?. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 16, 13-23

Prohibido sufrir.

A estas alturas tenemos muy claro que Cristo entregó su vida en la cruz por Amor. Él nos enseñó a Amar hasta el extremo en su propia carne. Pero nos cuesta aceptar que nosotros tengamos que continuar haciendo presente Su obra de Amor en nuestra vida.

Cuando surgen en nuestro día a día los caminos de entrega, renuncia y/o sacrificio, el diablo nos susurra al oído: Él era Cristo, tenía que salvar al mundo y tú no…
¡Quitate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar, tu piensas como los hombres no como Dios!
¿Y tú cómo piensas ante el sufrimiento: como Dios o como los hombres? ¿Cuál es tu respuesta ante la tentación de no acoger la cruz para hacerte perder el Tesoro?

Imbuidos como estamos en una sociedad que propugna el éxito rápido, aprender sin esfuerzo y de modo divertido, y conseguir el máximo provecho con el mínimo trabajo, es fácil que acabemos viendo las cosas más como los hombres que como Dios, pero también acabaremos con los resultados de los hombres y no los de Dios.

¡Querido esposo: piensa como Dios! y escucharás también que Jesús te dice: ¡Dichoso tú!, porque eso te lo ha revelado mi Padre que está en el cielo y lo has acogido.

Edificar tu matrimonio sobre roca, con el esfuerzo de una determinación sólida, firme, para que nada ni nadie pueda acabar con vuestro amor, es edificar con Cristo escuchándole y haciendo lo que Él hace.

Una vez recibido el Espíritu Santo, Pedro aprendió por dónde pasaba el camino que debía seguir y vivió en la esperanza. «Las tribulaciones del mundo están llenas de pena y vacías de premio; pero las que se padecen por Dios se suavizan con la esperanza de un premio eterno» (San Efrén).

La transfiguración en el matrimonio. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 17, 1-9

La transfiguración en el matrimonio.

Hoy se nos manifiesta la gloria de Dios. Contemplamos su grandeza.

La montaña, en la Biblia, representa el lugar de la cercanía con Dios y del encuentro íntimo con Él. El lugar de la oración, donde estar en la presencia del Señor. Jesús llama a los esposos a subir con Él al monte, para mostrarnos sus secretos de amor: La verdad de nuestro/a esposo/a…

Si habláramos de arte -la creación más «espiritual» del ser humano- hemos llegado a la certeza de que la belleza interior del espíritu del artista, tiene por fuerza que superar la belleza de su obra.

(José Luis) “Viendo la hermosura de los cuadros de Magüi (entre los que se encuentra el de la cabecera de este blog), me hago una idea de lo hermosísima que tiene que ser su alma. Contemplando su entrega a los demás, el cariño con que enseña a nuestros hijos y el interés que pone en ello, cómo nos cuida con su trabajo, su amor a Dios y a mí… Admirando la hermosura de ella como criatura de Dios, me puedo imaginar la impresionante belleza de su Creador. Cómo la veía antes (a mi esposa) y cómo me la muestra el Señor ahora, esta es la transfiguración que he experimentado. Encontrar la manifestación de Dios en ella.”

El Evangelio de hoy presenta una muestra de la belleza de Dios, autor de la obra más genial: La Salvación y la Encarnación. Ambas tienen un significado esponsal. Hoy también contemplamos la obra del matrimonio, y nos hacemos un poco más a la idea de la belleza de Dios y de su Gloria.

Después de disfrutar juntos del rostro de Cristo, tan resplandeciente, como Pedro quisiéramos parar ese momento. Pero enseguida resuena de lo alto la voz del Padre que proclama a Jesús su Hijo predilecto, diciendo: “Escuchadlo”. En nuestro interior de esposos, resurgen las palabras de María Santísima en Caná: “Haced lo que Él os diga”. Es lo que hace que el matrimonio resplandezca: La gracia de Dios en la carne, nos lleva al Tabor de la comunión conyugal.

Doblamos las rodillas ante el Padre. Gloria a Ti por siempre.