
Voy a dejar de exigirle a mi esposa/o que sea más perfecta/o y, en su lugar, voy a hacerla/o feliz, que se sienta acogida/o por mí. Así quizás Dios me dé autoridad para ayudarla/o a sacar lo mejor de sí.

Voy a dejar de exigirle a mi esposa/o que sea más perfecta/o y, en su lugar, voy a hacerla/o feliz, que se sienta acogida/o por mí. Así quizás Dios me dé autoridad para ayudarla/o a sacar lo mejor de sí.

El Señor viene a ofrecerme vivir mi matrimonio y mi vida con “sobrenaturalidad”. Renuncio a mí para ganar una relación de comunión con mi esposo/a. Renuncio a mis aspiraciones para alcanzar las de Dios.

Si estoy “conectado” al amor de Dios por una buena disposición interior, Dios me muestra quién es Cristo, quién soy yo, quién es mi esposo/a y el misterio de nuestro matrimonio: Un hombre y una mujer que Dios ha hecho uno por el sacramento.

Mi esposa/o me ha sido dada/o del cielo. ¿La/lo trato con la dignidad que merece? Es importantísimo tomar conciencia del don.

Jesús nos enseña que no es la impureza la que nos separa, sino la falta de misericordia. Mediante el perdón, es posible acoger al esposo/a cuando peca. ¡Señor, si quieres, puedes limpiar nuestro matrimonio!