Archivo por meses: enero 2026

Insistencia amorosa. Comentario para matrimonios: Mateo 4, 12-17. 23-25

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 4, 12-17. 23-25

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea.
Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».
Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.
Su fama se extendió por toda Siria y le traían todos los enfermos aquejados de toda clase de enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos. Y él los curó.
Y lo seguían multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania.

Insistencia amorosa.

“El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande”. Sí, Señor, sin ti estamos en tinieblas, no vemos bien. Nos creemos que nuestra forma de ver las cosas es la buena, nuestro criterio el válido, sin ver que detrás hay ese mirarme a mí mismo, buscar mi voluntad.
Y Tú nos vuelves a insistir “convertíos porque está cerca el reino de los cielos”. Nos llamas con insistencia amorosa a la conversión de nuestro corazón, porque sabes que ahí está nuestra felicidad. En dejar de buscar hacer nuestra voluntad, en que nuestra voluntad no sea el criterio, sino buscar Tu Voluntad, lo que Tú harías en cada ocasión.
Como Tú decías, “quien quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, que coja la cruz de cada día”. Ese negarme a mí mismo duele. Duele no hacer lo que me apetecería o lo que yo creo sino lo que Tú harías. Y ese abrazar la cruz de cada día también duele, porque nos parece injusto. Pero ahí nos quieres Tú, aunque no lo entendamos. Como decía San Juan de la Cruz, “donde no hay amor, pon amor y tendrás amor”.
Señor, ayúdame a vaciarme de mí, para llenarme con tu Amor y así poder amar como Tú amas.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Antonio: Cariño, tras estas Navidades, contemplando el infinito amor que Dios nos tiene, lo que ha hecho por nosotros, que se ha hecho Niño, que nos ha dado todo, he visto aún más la necesidad de dar un salto en la conversión de mi corazón para dejar a Jesús que, de verdad, sea el rey de mi corazón.
Almudena: Estoy completamente de acuerdo. Yo también lo quiero. Me duele pensar en seguir perdiendo el tiempo. Si Jesús insiste tanto en que “estemos preparados” será por algo. No quiero que llegue mi hora o la tuya y arrepentirme de no haber amado lo suficiente, de no haberme entregado lo que debería.
Antonio: Pues vamos a por ello. Tenemos la inmensa suerte de ver esta luz y de saber el camino, que es una vida diaria de oración y sacramentos, de seguir formándonos y de hacerlo vida, con sacrificios ofrecidos. Voy a necesitar mucho tu ayuda, porque sabes que me cuesta perseverar.
Almudena: Yo también voy a necesitarte mucho. Sabes que a veces soy muy cabezota. Quiero huir de mi voluntad para buscar sólo la de Dios. Que Él sea de verdad lo primero. ¡Vamos a por ello!

Madre,

¡Cuánto nos insistís en la conversión y con qué delicadeza! Ayúdanos a ir a por ella con determinación. No hay un segundo más que perder. Mil gracias por tanta luz. ¡Bendito y alabado sea tu Hijo!

Regalos. Comentario para Matrimonios: Mateo 2, 1-12

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 2, 1-12

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».
Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.
Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”».
Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».
Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.
Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino.

Regalos.

Hoy, día de la Epifanía del Señor, nos vamos a detener en los tres regalos que los magos de Oriente entregaron al niño Jesús: el oro, que simboliza su realeza y majestad como rey. ¿Cuántas veces trato a mi esposo con la dignidad que merece? No debemos olvidar que somos hijos del Rey de reyes y, por tanto, así debemos tratarnos; el incienso, que representa su divinidad y eso nos recuerda que Él es Dios todopoderoso y conoce todo lo que llevamos en el corazón, nuestras alegrías y preocupaciones, y siempre está dispuesto a ayudarnos, pero debemos estar muy unidos al Señor para hacer siempre Su voluntad y, para conseguirlo, no debemos descuidar nuestra oración, tanto personal como conyugal; por último, está la mirra, que simboliza su humanidad, el sufrimiento. Jesús vino al mundo para liberarnos de las ataduras del pecado, escogió sufrir por todos nosotros. ¿Cuánto estoy dispuesto a entregarme (en algunos casos sufrir) por mi matrimonio?
El Señor nos quiere llevar al Cielo y es un camino precioso siempre que lo vivamos unidos a Él y junto con nuestro esposo, pero debemos saber que, en este recorrido, tendremos momentos de oro, de incienso y de mirra.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Nacho y Alicia, en su oración conyugal
Nacho: Señor, te doy gracias por este día tan bendecido. “«¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?” Así es Jesús, Tú eres el Rey del mundo y de mi corazón, así debo hacer para que reines en todos los aspectos de mi vida. Naciste en un lugar humilde pero lleno de Amor, y ese es el mayor regalo que nos puedes dar. Te pido que me ayudes a amar a Alicia como Tú me amas, sin medida.
Alicia: Qué razón tienes Nacho… Jesús, Tú recibiste tres regalos de los magos de oriente y a mí me regalas cada día muchísimas cosas, pero especialmente me has regalado a mi esposo para que me lleve a Ti. Qué emocionante debió ser para los magos encontrarte junto con José y María… cierro los ojos y me uno a ellos, te encuentro y mi corazón se llena de alegría al verte, un niño precioso y, al igual que ellos, también caigo de rodillas y sólo puedo hacer que adorarte y entregarte lo único que tengo: mi pobreza, mis miserias y mi pecado.
Nacho: Gracias Señor por Alicia, que me transporta al pesebre, para poder entregarte también mi pobreza y mi pecado, para que tú los transformes en algo digno de un rey.
Alicia: ¡Bendito y alabado sea el Señor!

Madre,

Escuela y ejemplo de cómo recibir todos los regalos del Señor, te pedimos que nos enseñes cómo aprovecharlos y repartirlos con mi esposo y mis seres queridos.
¡Bendito y alabado sea por siempre el Señor!

Ven y verás. Comentario para Matrimonios: San Juan 1, 43-51

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 1,43-51

En aquel tiempo, determinó Jesús salir para Galilea; encuentra a Felipe y le dice:
«Sígueme».
Felipe era de Betsaida, ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encuentra a Natanael y le dice:
«Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret».
Natanael le replicó:
«¿De Nazaret puede salir algo bueno?».
Felipe le contestó:
«Ven y verás».
Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él:
«Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño».
Natanael le contesta:
«¿De qué me conoces?».
Jesús le responde:
«Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi».
Natanael respondió:
«Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».
Jesús le contestó:
«¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores».
Y le añadió:
«En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Ven y verás

Tenemos una vocación (una llamada del Señor a ser felices en la tierra y en la eternidad) muy concreta: vocación matrimonial con mi esposo (con su nombre y apellido). El Señor nos “encontró“ primero, antes de que nos conociéramos, y nos llamó a caminar juntos detrás de Él.
Él conocía nuestras fragilidades individuales, nuestras heridas y pese a ello, Él nos llamó a estar unidos en Él porque conoce el potencial del amor cuando se une al AMOR.
Pidamos hoy no tener dudas como Natanael con Nazaret y obviemos esas preguntas que a veces el maligno nos plantea“ ¿de mi esposo o de esta crisis que estamos viviendo, puede salir algo bueno? Sigamos el consejo que hoy nos plantea el evangelio: “vayamos al Señor y veremos“ y con nuestra fidelidad, veremos el cielo abierto.
Cuando Cristo está en el centro de nuestro hogar, el matrimonio se convierte en sacramento vivo: signo visible del amor de Dios en el mundo. El Señor necesita que vivamos y seamos Sus signos para todos los que nos rodean y que el cielo se abra en muchos matrimonios.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Nacho: Paloma, parece que hoy Jesús nos ha vuelto a decir: «Sígueme».
Y yo pensaba que ya lo estábamos siguiendo… aunque a veces con GPS perdido.
Paloma: Totalmente. Yo, como Natanael, a veces pienso: de este día que ha sido tan horroroso en el que hemos estado los dos tan mal, ¿puede salir algo bueno?. Y mira… aquí estamos. Después de haber hecho nuestra oración conyugal, todo se ha recompuesto
Nacho: Prometo no dar sermones, pero me he acordado de cuando Jesús dice: «Ven y verás» y luego siempre Dios hace el milagro.
Paloma: Sí, es verdad. Además, Jesús nos ve incluso cuando estamos debajo de la higuera,
o sea, cuando estamos cansados, despeinados y sin paciencia.
Nacho: Y aun así, dice que cree en nosotros y que veremos cosas mayores. Eso me anima bastante.
Paloma: Pues claro. Vamos a recordarnos entre nosotros esto siempre: que Él todo lo puede, mientras sigamos caminando juntos. Si: Él puede hacer que nuestro matrimonio sea un cielo abierto aquí en la tierra.
Nacho: Trato hecho. Seguimos a Jesús, confiamos en su promesa y, si el cielo se abre…
que sea después de recoger la cocina.

Madre,

Enséñame a aumentar mi Fe en mi vocación siguiendo a Tu Hijo. Alabada seas por siempre por Tu fidelidad en tu SÍ.

Certezas. Comentario para Matrimonios: Juan 1, 1-18

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 1-18

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.
En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.
Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.
Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Certezas.

Nuestra madre, la Iglesia, nos propone de nuevo el Evangelio del día de Navidad para recordarnos, como proclama san Juan, que «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). La Encarnación no es un “paréntesis bonito”, sino una luz llamada a concretarse en nuestra vida ordinaria, esa que está a punto de reanudarse. Es «la luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1,9), la luz del inicio de nuestro camino espiritual.
Es la luz de las evidencias y de las certezas: de aquello que no necesita discernimiento porque ya está revelado, y que, si no lo afrontamos con verdad, frena nuestro crecimiento. «En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1,4).
Esa luz me interpela como esposo: ¿cuánta intimidad comparto con mi cónyuge?, ¿conozco sus sueños y sus miedos? Y también como padre: ¿cuánto tiempo dedico a mis hijos?, ¿qué sé realmente de ellos? Porque la luz vino al mundo, pero puede no ser acogida (cf. Jn 1,10-11).
Cuando el diablo no logra apartarnos del camino, nos acelera y nos empuja a buscar experiencias espirituales intensas, olvidando la sencillez del principio. Volver al principio es volver a Juan: reencontrarnos, no con una norma, sino con una Palabra que es Persona, el Hijo único del Padre, «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14), que quiere iluminar toda nuestra vida.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Tras las vacaciones, Juan vuelve a abrir la agenda: reuniones desde primera hora de la mañana, viajes encadenados, llamadas sin fin y todo tipo de compromisos que también ocupan los fines de semana.
Estas Navidades han sido especiales y se pregunta si lo vivido le “habitará” de verdad o si quedará, una vez más, en una experiencia hermosa pero pasajera. Percibe con claridad que Cristo quiere habitar en lo concreto de su vida.
Ese mismo día comparte la inspiración recibida con su esposa, María.
Juan: María, me gustaría retomar nuestra oración conyugal diaria. Últimamente la tenemos algo descuidada. ¿Te parece si la hacemos a primera hora de la mañana? Puedo retrasar las reuniones para ello.
María: genial, a mí me viene mucho mejor. Ya sabes que, si lo dejamos para el final del día, siempre surge algo y muchas veces no lo hacemos.
Juan: además, he visto que uno de los retiros de Proyecto Amor Conyugal que tenemos programados coincide con nuestra reunión mensual de catequesis y otro con la fiesta de fin de curso de Carlitos. ¿Te parece si cancelamos nuestra asistencia a esos dos retiros? Creo que ya participamos en bastantes.
María: hombre, creo que debemos mucho a Proyecto Amor Conyugal y que tenemos que devolver lo que hemos recibido.
Juan: sí, María, y precisamente por eso. Sin duda hemos tenido el corazón encendido y necesitábamos testimoniar. Pero estas Navidades el Espíritu me ha mostrado con claridad la importancia de centrarnos en nuestra vocación. Para eso, creo que es tiempo de más silencio, de escucharle y de centrarnos en lo esencial.
María: doy gracias a Dios por tu docilidad a sus inspiraciones y por compartirlas conmigo. Te quiero.

Madre,

muéstranos cómo ser testigos de la luz de tu Hijo. Sea por siempre bendito y alabado, que con Su Sangre nos redimió.

Reconocerle. Comentario para matrimonios: Jn 1,29-34

Para ver los próximos RETIROS Y MISIONES haz click AQUÍ

Evangelio del día

Lectura del santo Evangelio según san Juan 1, 29-34

Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo:
«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.
Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

Reconocerle.

Los esposos estamos llamados a ser testigos del Amor de Dios a través de nuestro matrimonio. El día de nuestra boda Dios hizo una alianza de Amor con nosotros y el Espíritu Santo ¡nos hizo uno! ¡Esto es una auténtica pasada! El Espíritu Santo está entre nosotros, habita en mi corazón y en el de mi esposo, y le hacemos presente en cada acto de entrega y acogida entre los esposos. Pero puede que nos suceda que las ocupaciones y afanes de cada día, las tareas urgentes, el ruido del mundo, nos impidan ser conscientes de esta verdad, y no seamos capaces de reconocerle.
Hoy vemos la actitud y disposición de Juan, haciendo la voluntad de Dios, bautizando con agua hasta que se manifestara el Mesías, y estando atento a los signos; esto le permitió identificar al Espíritu Santo en esa paloma que se posó sobre Jesús, y así le pudo reconocer como el Cordero de Dios. Sólo entonces es cuando conoce la identidad divina de su primo. Y claro, al reconocerle como el Mesías que tenía que venir, ya no puede dejar de testimoniar, es una necesidad imperiosa que sale de lo más profundo de su ser, y que le llevó a ser el primer mártir por defender la verdad del matrimonio.
Y nosotros ¿estamos atentos a reconocer los signos del Espíritu Santo en nuestra vida, en nuestro esposo? Porque para reconocer a Dios en sus mediaciones, tenemos que estar predispuestos para ello, hacer silencio interior, vivir en oración, cumplir la voluntad de Dios… estar atentos, como Juan.
Esposos, si estamos atentos, veremos al Espíritu Santo actuar en nosotros cada día. Y si vivimos en Su gracia, seremos canal para llevar ese Espíritu a nuestro esposo. Sólo así podré reconocer a Dios en mi esposo, en mi ayuda adecuada, en quien me administra la gracia de nuestro sacramento. Y es así como daremos verdadero testimonio del Amor de Dios.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

(Juan y Lola habían ido a un retiro de Proyecto Amor Conyugal hacía unos meses; allí habían vivido una experiencia del Amor de Dios entre ellos, y habían renovado la alianza de su sacramento.)
Lola: Juan, cada vez que me acuerdo de lo que hemos vivido en el retiro, me emociono. ¡El Espíritu Santo está entre nosotros! Y es verdad, yo lo noto…
Juan: Si, yo también, aunque a veces lo que me pasa es que me sumerjo en el trabajo y en los problemas, y parece que se me olvida.
Lola: Bueno, la verdad es que a mí también me pasa a veces… pero lo importante es que ahora sabemos que el Espíritu Santo está entre nosotros. Lo que tenemos que hacer es recordarlo cada día, ¿te parece? Eso nos ayudará a tenerlo más presente.
Juan: Vale, podemos recordárnoslo por la mañana, antes del empezar día…
Lola: ¡Sí, genial! Cada mañana, cuando me despierte, después de darle gracias a Dios por el nuevo día con Él y a tu lado, te daré un beso y, mirándote a los ojos, le pediré al Espíritu Santo que me ayude a estar atenta durante todo el día para reconocerle en ti, y en los acontecimientos del día, a través de Sus signos…
Juan: Sí, yo también quiero estar atento y dispuesto para reconocerle en ti, esposa mía. Ven, recemos juntos: Espíritu Santo, (ya los dos juntos) ven cada día a nuestros corazones, enséñanos y empújanos a vivir nuestro amor conyugal según la voluntad del Padre…
Lola: Me encanta… ¡esto sí que es empezar el día con el Espíritu Santo! ¡Qué feliz soy teniéndote a mi lado!

Madre,

enséñanos y ayúdanos a estar siempre atentos para reconocer a Dios, como lo estabas Tú, y a decir siempre Sí al plan de Dios, como Tú, aunque no lo entendamos. ¡Bendita y gloriosa seas, Madre! ¡Alabado sea por siempre el Señor!