
Cuando mi esposo/a peca, tengo una misión encomendada por Cristo: ser Sus ojos, Sus manos, Su voz, para recuperar al/a la esposo/a caído/a y traerlo/a de vuelta en el nombre del Señor.

Cuando mi esposo/a peca, tengo una misión encomendada por Cristo: ser Sus ojos, Sus manos, Su voz, para recuperar al/a la esposo/a caído/a y traerlo/a de vuelta en el nombre del Señor.

Para construir mi matrimonio tengo que renunciar a mí y a todo lo mío. Dios no puede crear una unión de dos si cada uno sigue con lo que tenía y era antes de casarse. Es el precio de la libertad, el amor y la felicidad, de ser discípulo de Cristo.

El Señor no admite excusas para no dedicarle tiempo a mi esposo/a. Al atardecer de la vida, se nos examinará del amor, de nada más. Así que, cuando lleguemos a casa, lo primero la oración conyugal y cultivar nuestro matrimonio, y el resto del tiempo para las demás tareas.

Esposos, vayamos a visitar a los matrimonios que necesitan ayuda, que ¡¡son muchos!! Apuntaos a colaborar como Matrimonios Tutores que acompañan a otros, y os pagarán en la resurrección de los justos.

Esposos, estad todo el día en modo “escucha de Dios”, atentos a todos los dones que recibís. Entonces podréis amaros en respuesta al amor que Él os tiene.