Archivo del Autor: Proyecto Amor Conyugal

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 9, 9-13

Acoger al esposo pecador.

Toda la dinámica del amor, consiste en que primero hemos sido amados para después poder amar.

Todo empieza en la fuente del amor, que es Dios Padre. La única manera de amar es donándose, es decir entregando dones en los que va parte de la persona que los da. Así, Dios entrega a Adán todas las cosas del mundo. Es importante que Adán entienda que todo ha sido un don de Dios antes de poder establecer ninguna relación.
El valor que todo eso tiene para Dios, es alto, porque son sus creaturas, y Él las ve buenas.
Además, Adán se comprende a sí mismo como un don de Dios, como el don más preciado, porque Dios lo ama por sí mismo. No depende de lo que haga, sino que lo ama por sí mismo. Tal como es. Es la única creatura a la que Dios ama así, a diferencia de todos los demás seres vivos (animalia).

Es muy importante que Adán se sienta amado por sí mismo, porque ese amor de Dios, es lo que le da la dignidad. El valor de las cosas, depende del amor que Dios les tiene, y de nada más. Entender esto, es clave.

Hasta aquí, esta experiencia, es la que S. Juan Pablo II llama la “soledad originaria”.

Después que el hombre ha vivido esta experiencia, está preparado para amar. Para entregarse como don de Dios a otros. Aquí empieza la experiencia de la “unión originaria”. Dios invitaba a Adán a recibir a Eva como un don suyo, y hacía lo mismo con Eva. Sólo al aceptarse mutuamente de manos de Dios, Adán y Eva pueden entender adecuadamente, la dignidad del otro. Dios no solo me da cosas, sino que quiere darse a sí mismo, pues me entrega algo muy preciado para Él. El don de tu persona me muestra que Dios es mi Padre.

Por tanto, el valor de ese don, no se mide por mi visión de ese don, sino por la visión que Dios tiene de él/ella.

Cristo vino a llevar a plenitud esta experiencia de la soledad originaria. Vino a revelarnos cómo Él recibe el don del Padre y cómo se entiende a sí mismo como un don del Padre en su entrega.
¿Cuál es el don que recibe Cristo del Padre? Cada uno de nosotros: “Los que me diste” (Jn 17,6). Cristo nos muestra el valor que tiene ese don del Padre, porque nos amó hasta el extremo. Su amor llega hasta el extremo porque no se vuelve atrás ni siquiera ante aquello que parece denigrar la dignidad del hombre. Sigue recibiéndole como don del Padre incluso en medio de su pecado, a la vista de su desprecio del otro y del su odio. Pues “El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10) (Llamados al Amor)

El hecho de que el hombre peque, no implica que Dios deje de amarle. Dios le sigue amando de igual manera, incluso podría parecernos que más, porque le ve necesitado (Como se observa en la parábola del hijo pródigo o la oveja perdida). Por eso, la dignidad de una persona, su valor para Dios, no se reduce con el pecado. Y Dios sigue enviándole dones para recuperar a esa persona. Les envía sus profetas, a sus discípulos para que les comuniquen la buena noticia. Más aún, les envía a su Hijo único: Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.

¿Cómo miramos nosotros a aquellos que están lejos de Dios? ¿Cómo miramos al esposo que peca y hace cosas que nos desagradan porque van en contra de la voluntad de Dios?.
Los esposos tenemos que seguir mirándonos con la dignidad infinita que tenemos. Con el amor infinito que Dios nos tiene. Mi esposo/a es un don de Dios para mí, porque Dios le ama por sí mismo/a, independientemente de lo que haya hecho. Merece Su misericordia. Merece que Cristo coma con él/ella, se haga hombre por amor a él/ella, viva una vida por amor a él/ella, sea insultado por amor a él/ella, sea golpeado por amor a él/ella, sea juzgado injustamente por amor a él/ella, ridiculizado por amor a él/ella y crucificado y muerto por amor a él/ella. Esto demuestra la enorme dignidad que tiene. El enorme don de Dios que él/ella es para Cristo y debe serlo para nosotros.

No podemos mirar al esposo desde nuestra mirada, desde el valor que nosotros le concedemos, sino por el valor que Dios le da por el amor que le tiene.

Quizás seamos nosotros la tabla de salvación que Dios le envía. ¿Voy a ser también yo un don de Dios para él/ella? O voy a rechazarlo porque desde mi punto de vista no se merece nada. ¿Se merece también que, como Cristo fue entregado por el Padre para su salvación, Dios me entregue también hoy a mí como colaboradores de ese plan de salvación?.
Al fin y al cabo, además, yo también soy un/a pecador/a.

Amar es un compromiso de unirse al destino de la persona amada. El destino de Cristo lo conocemos. Todo lo hizo por el Padre. ¿Queremos o no queremos amar a Cristo?.

Todo es don de Dios. Yo para mí, tú para ti, Tú para mí, yo para ti, ellos para nosotros, y nosotros para ellos. Esto es ser cristiano. Con Cristo podemos recuperar el plan de Dios.

Alabado sea el Señor.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Juan 20, 24-29

El testimonio de María.

 

Tomás no creyó que Jesús hubiera podido vencer a la muerte. La muerte es una consecuencia del pecado, igual que la concupiscencia, que es utilizar al otro en nuestro propio beneficio. Pero Jesús venció a la muerte.

¿Qué es más difícil? Que resucite un muerto o que se arregle un matrimonio.

Probablemente, si la noticia que le dieran a Tomás fuese que se había arreglado el matrimonio de Francisco y Teresa, se lo habría creído sin demasiada dificultad.

 

Hoy vemos a Tomás como el incrédulo, sin embargo no somos capaces de detectar esa incredulidad en nosotros. Si Cristo ha vencido a la muerte, será mucho más capaz de vencer nuestra concupiscencia para que nuestra relación vuelva a ser imagen de la comunión Trinitaria.

 

Seguro que los Apóstoles, incluso La Santísima Virgen, le darían testimonio a Tomás de lo que habían visto. Era real. Pero Tomás no quiso creerles. Se fio más de su lógica.

 

Esposos, escuchemos a María. Ella ha lanzado este Proyecto de Amor, para que creamos que Cristo puede redimir nuestro matrimonio. Por vuestra fe, seréis sanados.

Oremos con Tomás: Señor mío y Dios mío.

Comentario del Evangelio para Matrimonios Mateo 8, 28-34

La autoridad en el matrimonio.

El hombre tiende a identificar autoridad con posesión, poder, dominio, éxito. Para Dios, en cambio, la autoridad significa servicio, humildad, amor; significa entrar en la lógica de Jesús que se inclina para lavar los pies de los discípulos, que busca el verdadero bien del hombre, que cura las heridas, que es capaz de un amor tan grande como para dar la vida, porque es Amor. Benedicto XVI, 29 de enero de 2012.

¿Qué hacer cuando tu esposo está furioso? Salir huyendo, evitándole…; buscar la autoridad humana imponiéndote para llevar la razón y dominar tú la situación en lugar de Dios…
Cristo no va contra las personas, sino contra el demonio que las tienta y las domina. Decide salvar una vida, aunque aquellos que le acompañaban estaban atemorizados. Esa es su misión, salvar a aquellos que le fueron entregados por el Padre.

También nosotros tenemos la responsabilidad-misión de la salvación de nuestro esposo, ese maravilloso don que nos ha entregado el Padre. No debemos huir cuando más necesita de Dios, de su Amor, sino que debemos actuar en el nombre de Dios, como dones de Dios para él/ella que necesita una ayuda adecuada para su salvación. Hay que prestarle esa ayuda, (somos ministros de la gracia de Dios para nuestro esposo) que nos preguntará qué hicimos en Su nombre, cómo fuimos representantes de Su amor.

Cristo nos enseña a estar siempre disponibles ante el necesitado, así nosotros debemos amar a nuestro esposo ante todo interés personal o material, pues nuestro esposo vale mas que nuestros intereses. Tenemos la autoridad que Dios nos da, y no otra. Debemos amarle con la misma autoridad de Jesús (que también la revive del Padre), la lógica de Dios desde el servicio y humildad buscando su verdadero bien, hasta el extremo: desde la humillación, el insulto, juicio… «El que pierda su vida por amor, la ganará».

El hombre, por el pecado, perdió la capacidad de verse como un don a sí mismo y a los demás. Cristo lleva a la plenitud esa revelación. Al entregarse por aquellos que le insultaban y golpeaban, a pesar de su falta de amor, Él nos hizo ver lo importantes que somos para Dios, nuestra verdadera dignidad. También Dios nos revela nuestra dignidad en Cristo, entregándonos a su Hijo único por el que todo lo ha hecho. No puede entregarnos nada más. Valemos lo que vale el amor de Dios por nosotros, y es enorme, inimaginable.

¿Reconozco esta dignidad en mi esposo?

Oramos con el Salmo: Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 8, 23-27

Los “atletas” del Señor.

Dice San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 28,1. Tomó a sus discípulos consigo, y en la barca, para enseñarles estas dos cosas: no asustarse ante los peligros, ni envanecerse con los honores. Permite que las olas los atormenten, a fin de que no formen de sí mismos un juicio muy ventajoso, a causa de la elección que había hecho de ellos, dejando a los demás. Cuando se trata de manifestación de milagros, permite que asista el pueblo; mas cuando es cuestión de tentaciones y temores, toma solamente a los atletas que se proponía formar para la conquista del mundo.

Los Padres de la Iglesia, siempre han identificado la barca con la Iglesia. Nosotros buscaremos el paralelismo con la familia, como Iglesia doméstica.

Es verdad que la familia hoy está muy desprestigiada, pero Cristo ha elegido algunas familias, los que estamos leyendo este comentario y muchos otro más, para que le sigamos. En palabras de S. Juan Crisóstomo, somos sus “atletas”, a los que prepara para la recuperación de la institución familiar.

“La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad” (CEC 2207). Esta es nuestra responsabilidad, queridos esposos, según el catecismo.

No es fácil. En la travesía tendremos que pasar muchas tormentas como la del Evangelio de hoy. Pero sabemos que debemos ni envanecernos cuando las cosas salgan bien, ni ser cobardes y tener fe en el Patrón de nuestra barca familiar.

Oramos con el Salmo: Pero yo, por tu gran bondad, entraré en tu casa, me postraré ante tu templo santo con toda reverencia.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 8, 18-22

Te quiero al 90%.

Hoy le decíamos a un matrimonio de los que acompañamos, que podemos ofrecerles garantías de que si siguen el camino que les marcamos, su matrimonio será un éxito. Pero ese camino requiere esfuerzo a diario, avanzando juntos en su camino de fe, y alimentando su relación. Todos los días, con pequeñas cosas, pero sin excusas.

Jesús no buscaba triunfar como líder de una multitud. Los discípulos de Jesús no debían buscar las seguridades en el mundo: “no tiene dónde reclinar la cabeza”, y su prioridad debía ser seguirle por encima de todo: “Tú sígueme. Deja que los muertos entierren a sus muertos”.

Las dos mismas actitudes para el seguimiento de Jesús, son válidas también para el matrimonio. En primer lugar, el matrimonio no es un medio para lograr más bienes perecederos, comodidades o satisfacciones propias. El que se casa, no tiene dónde reclinar la cabeza. Solemos compararlo con el misionero que lo deja todo (Casa, comodidades, familia, etc.) para entregarse. El esposo no puede relajarse porque la vida está llena de tentaciones, distracciones, tareas, atractivos mundanos… hay que trabajar el matrimonio. Tenemos que reconquistarnos con pequeñas cosas todos los días, porque el hecho de habernos casado, no nos da ninguna garantía de tranquilidad (A la vista están los resultados).

Y para ello, un esposo tiene que tener claro que su prioridad es su esposo. No hay excusas. Ni el trabajo, ni el cansancio, ni los amigos, ni “mi espacio” (como se dice ahora, “necesito mi espacio”).

¿Radical? Sí. El amor es así. No admite términos medios. Dile a tu esposo/a que le amas al 90% y a ver qué le parece. Pues si el amor que se le exige al otro (que para eso todos somos muy exigentes) es al 100%, cuánto más debe ser nuestro amor para el esposo la primera prioridad. Por supuesto, por amor a Dios (si no, sería idolatría), pues es Él quien nos proporciona ese amor y establece esa misión como camino para llegar a Él.

Oramos con el Salmo: El que me ofrece acción de gracias, ése me honra; al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.