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Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Mateo 7, 6. 12-14
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos; no sea que las pisoteen con sus patas y después se revuelvan para destrozaros.
Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas.
Entrad por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos.
¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos».
La puerta estrecha.
¿Buscamos al Señor en nuestro día a día? Podríamos decir que sí… ¿y queremos ser buenos? Por supuesto, eso no lo negamos y estamos de acuerdo. Pero, cuando el Señor nos empieza a exigir, ya no estamos tan seguros de querer seguirle…
Resulta muy bonito lo de ser cristiano y amar al prójimo como a uno mismo, pero si debo amar a mi cónyuge por encima de mi orgullo, entonces me lo pienso dos veces, porque amar a Cristo es sencillo, pero ser como Cristo no. Decir que estoy dispuesto a dar la vida por los demás queda muy bien, pero cuando realmente tengo que entregarla en mi matrimonio, no es fácil. Jesús sudó sangre en Getsemaní porque vio el dolor y el sufrimiento de nuestros pecados y, en ocasiones, nos pide que le ayudemos a cargar con el peso de los pecados del esposo como medio de santificación.
El camino que nos da la vida eterna pasa por la Cruz y es estrecho y sacrificado, pero es precioso porque no lo vivimos solos, en todo momento vamos de la mano del Señor sin olvidar el fin último, la gloria de la Resurrección.
Aterrizado a la vida Matrimonial:
(Ana, en la dirección espiritual, se sincera con su sacerdote)
Ana: Padre, no puedo más con Juan, estoy al límite. Mira que llevo años rezando por él y no hay forma de que cambie, es como un muro de piedra. Creo que todos mis esfuerzos no sirven de nada, el Señor no me escucha, tantas y tantas oraciones no han servido para nada.
Padre: Venga Ana, no te des por vencida, eso es lo que quiere el demonio, que abandones. Te propongo una cosa… ¿por qué no continúas rezando, pero esta vez cambiando tu actitud?
Ana: Padre ¿a qué te refieres con eso de cambiar mi actitud?
Padre: ¿Qué es lo que le estás pidiendo al Señor, que cambie a Juan? Yo me refiero a que le pidas al Señor que te dé un corazón como el Suyo, un corazón comprensivo, misericordioso, un corazón que sepa amar en todo momento, que no sea impaciente, un corazón que no esté mirando todas las faltas de Juan, sino que se fije en todo lo que hace bien…
Ana: Vaya Padre, llevo tantos años exigiendo al Señor que cambie a Juan que esto que me pides ahora veo que me va a suponer un gran cambio, lo veo muy difícil.
Padre: Ana, ser cristiano no significa cambiar a los demás, sino seguir a Cristo, pero sobre todo SER otro Cristo. Nosotros debemos parecernos a Cristo en nuestra forma de ser, de hacer las cosas. Si vamos a misa y al salir no cambia nuestra forma de actuar ¿de qué nos sirve? Debemos ser dóciles para que el Señor pueda ir transformando nuestro interior. Medítalo y pide luz al Espíritu Santo para que te muestre si realmente te has dejado transformar por Él.
Ana: ¡Gracias Padre! Pues nunca me había planteado verlo de esa forma. Desde luego que tengo mucho que cambiar, mis juicios, mis criterios…. Así que voy a pedirle ayuda al Señor, pero antes, si no le importa, empecemos con una buena confesión.
Madre,
Muéstranos el camino que conduce a la puerta estrecha y guíanos a través de la entrega como Tú hiciste.
¡Bendito y alabado sea el Señor!

