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Evangelio del día.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 7, 1-5
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros.
¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?
¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame que te saque la mota del ojo”, teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita: sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano».
No nos corresponde juzgar.
En la vida matrimonial es fácil ver con claridad los defectos del otro y no reconocer los propios. Convivir tan de cerca hace que las «motas» del cónyuge parezcan enormes, mientras que nuestras «vigas» quedan justificadas o pasan desapercibidas.
Jesús nos invita hoy a mirar primero nuestro corazón antes de señalar los errores del esposo o de la esposa. Muchas discusiones nacen porque exigimos al otro lo que nosotros mismos no estamos viviendo: comprensión, paciencia, escucha, ternura o capacidad de perdón. Cuando nos colocamos como jueces del otro comenzamos a mirarlo como un acusado.Y San Juan Pablo II nos enseña a no tener una actitud de juicio, sino de llamada.
En el matrimonio, la corrección fraterna es necesaria, pero sólo da fruto cuando nace de la humildad y en el momento adecuado. Quien reconoce sus propias limitaciones puede ayudar al otro sin herirlo, porque lo hace desde el amor y no desde la superioridad. Antes de decir: «Tú siempre haces esto mal», conviene preguntarse: «¿Qué parte de responsabilidad tengo yo? ¿Qué me está pidiendo el Señor que cambie en mí?».o incluso, «si aquí me cuesta amar, ¿qué tengo en mi corazón que me impide amar en esta situación o ante esa «mota» de mi esposo?».
La medida de la caridad conyugal no es la perfección, sino la misericordia. Los esposos que no juzgan y que comprenden al otro crean un hogar donde ambos pueden crecer sin miedo a ser condenados. Allí cada uno ayuda al otro a quitar sus motas, porque antes ha permitido que Dios le ayude a quitar sus propias vigas.
Aterrizado a la vida Matrimonial:
Ana: José, al escuchar este Evangelio me he dado cuenta de lo rápido que veo tus fallos y de lo poco que miro los míos.
José: A mí me ha pasado lo mismo. A veces me molesta algo que haces y enseguida pienso en corregirte, pero no me paro a pensar si yo hago algo parecido o incluso peor.
Ana: Es verdad. Cuando llegas tarde, por ejemplo, me enfado mucho, pero luego no veo mis propias impuntualidades o las veces que no cumplo lo que te prometo.
José: Y yo te reclamo que no me juzgues cuando en mi corazón no paro de juzgarte. Creo que en el matrimonio eso significa dejar de actuar como jueces. No estamos para examinarnos mutuamente, sino para ayudarnos a crecer.
Ana: Y para hacerlo con humildad. Porque cuando me siento superior a ti, mis palabras suelen herirte más que ayudarte.En cambio, cuando reconozco mis debilidades, te entiendo mejor y me resulta más fácil corregirte con cariño.
José: También me doy cuenta de que necesito pedirte perdón más veces. A veces critico cosas tuyas que en realidad reflejan mis propias carencias.
Ana: Y yo necesito ser más paciente. No puedo exigirte perfección cuando yo estoy tan lejos de ella. Ahora pienso que qué diferente sería nuestra relación si, antes de cada crítica, nos preguntáramos: «¿Qué tengo yo que cambiar?».
José: Seguramente habría menos discusiones y más comprensión.
Ana: Pues hoy le voy a pedir al Señor que me ayude a ver mis vigas antes que tus motas.
José: Y yo le pediré que me enseñe a mirarte con misericordia, igual que Él me mira a mí, con con muchísimo amor… pero quizá llevando casco, por si se cae alguna viga.
Ana: qué gracioso eres, mi vida.
Madre,
que aprendamos a ver en el otro no sus defectos, sino el regalo que Dios nos ha confiado. Y cuando aparezcan las motas, recuérdanos que solo un corazón humilde puede ayudar sin herir. Alabado sea el Sagrado Corazón de Jesúis.

