Más allá de la norma. Comentario para matrimonios: Lucas 6,6-11

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Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 6, 6-11

Un sábado, entró Jesús en la sinagoga y se puso a enseñar.
Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada.
Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado, y encontrar de qué acusarlo.
Pero él conocía sus pensamientos y dijo al hombre de la mano atrofiada:
«Levántate y ponte en medio».
Y, levantándose, se quedó en pie.
Jesús les dijo:
«Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?».
Y, echando en tormo una mirada a todos, le dijo:
«Extiende tu mano».
Él lo hizo y su mano quedó restablecida.
Pero ellos, ciegos por la cólera, discutían qué había que hacer con Jesús.

Más allá de la norma.

En la vida matrimonial, a menudo establecemos normas y expectativas sobre lo que es «justo» o «razonable»: qué ayuda esperamos recibir, cómo nos repartimos las tareas o dónde están los límites de la conveniencia. Cuando estas reglas nacen del deseo de obrar bien y a la luz del evangelio, son útiles, pues contrarrestan nuestra tendencia desordenada al egoísmo, la pereza, la soberbia…
Sin embargo, Jesús nos invita a no quedarnos atascados en el simple cumplimiento de las leyes. La verdadera conversión transforma el corazón para situar el amor por encima de la norma. Conforme este amor madura, y dejamos actuar la gracia en nosotros, el mero criterio de lo «razonable» se nos queda corto; surge un deseo espontáneo y profundo de cuidar al cónyuge. El anhelo de hacerle bien a nuestro esposo y procurar su salvación, termina por reemplazar cualquier exigencia o lista de deberes mutuos.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Laura: Eduardo, siéntate a descansar un momento. Desde que llegaste de trabajar, no has parado, y ahora ¡estás planchando mi ropa de mañana!
Eduardo: No te preocupes, ya acabo. Hoy no vengo tan cansado. Además, no me puedes decir nada: ayer te diste una paliza tremenda ayudando a mi madre y me preocupaba que te hicieras daño.
Laura: ¿Te das cuenta de cómo ha cambiado nuestra vida, Pedro? Antes discutíamos exigiendo que el otro cumpliera con sus obligaciones; ahora discutimos por quitarle carga de trabajo al otro.
Eduardo: Sí. Hoy mi mayor deseo es buscar tu bien. Ya ni me acuerdo de las listas de tareas que nos poníamos, aunque reconozco que al principio nos sirvieron.
Laura: Y descubrir la Eucaristía juntos fue clave. Siempre dices que ahí empezó tu gran cambio.

Madre,

Ayúdanos a trabajar por la conversión de nuestro corazón en lugar del cumplimiento de las normas. ¡Alabado sea Dios!

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