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Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 6, 19-23

Ilumina tu matrimonio.

Dice San Hilario, (homiliae in Matthaeum, 5): “Hablando del oficio de la luz del ojo, expresó también la luz del corazón, la que, si es sencilla y luciente, permanecerá así, dando al cuerpo la claridad de la eterna luz, e infundirá a la corrupción de la carne el esplendor de su origen, esto es, en la resurrección. Pero si está oscurecido por los pecados y la mala voluntad, el ojo será malo y la naturaleza del cuerpo estará sujeta a los vicios de la inteligencia.”

Infundirá a la carne el esplendor de su origen. Es la luz de nuestra mirada la que puede hacer que volvamos a mirarnos como al principio, en el estado de inocencia originaria.

Si miro a mi esposo/a con una mirada “mundana”, todo lo que veo, pasará o se corromperá algún día.

Por esto es tan importante ver el Evangelio en nuestra relación. Rezar juntos, cambia nuestra mirada: Ver la voluntad de Dios en el esposo (genérico), entender el plan de Dios para el matrimonio en el principio, cuando se miraban desnudos, hombre y mujer, con esa mirada interior, y no sentían vergüenza. La infinitamente hermosa y transparente pureza de la creación del ser humano hombre-mujer. Todo nos lo revela Él, no solo en la inteligencia, sino también nos lo sella en el corazón.

Si un hombre y una mujer nos miramos así no necesitamos sentir vergüenza, y… cuánta luz habrá en nuestro interior. Y qué transparencia y cuánta luz habrá en nuestro matrimonio.

Oramos con el Salmo: Los montes se derriten como cera ante el dueño de toda la tierra; los cielos pregonan su justicia, y todos los pueblos contemplan su gloria.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Juan 3, 16-18

¿Es tu problema?.

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.
Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.”

Aparte de aplicarnos este Evangelio a cada uno como hijos de Dios, apliquémoslo en nuestro matrimonio. Dios no quiso redimirnos y ya está. Quiso que participásemos de su misión redentora, y que contemos unos con los otros para alcanzar esa redención. De ahí ese “Id y proclamad el Evangelio”, en lugar de proclamarlo Él mismo a todos.

En nuestro matrimonio, también nos ha entregado el uno al otro para que no perezca el esposo, para que se salve. Dios no me ha mandado para juzgar a mi esposo/a, sino para salvarlo/a. Y mi esposo/a ha sido enviado para salvarme a mí. No hace falta añadir, que no con nuestras fuerzas respectivas, sino con la gracia del Espíritu. Pero ambos somos una mediación, el uno para el otro.

Por tanto, tus problemas son los míos. Son los nuestros. Tus debilidades, son las mías, son las nuestras. Y tus fuerzas no son las tuyas, son las nuestras. Y tus dones no son los tuyos, son los nuestros… Y tus oraciones no son las tuyas, son las nuestras.

Tanto me amó Dios, que me entregó a mi esposo/a para que me salve. Tanto te amó Dios, que te entregó mi persona como esposo/a, para que te salves.

Y Dios Padre nos entrega también juntos al mundo para que el mundo se salve por Él. “Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos» (DCG 47).

Esa es nuestra misión, esposos para con nuestros hijos y para el mundo. Hoy os invitamos a rezar juntos y hablarlo juntos con el Señor ¿Qué función tiene cada uno en nuestro matrimonio:
– en la educación de nuestros hijos
– en la relación con los demás
– en ese problema familiar…

EL ESPÍRITU SANTO: Nos regenera, nos da juicio, nos acerca a Jesús. JESUCRISTO: nos perdona, presenta sus méritos en favor nuestra, nos justifica e intercede ante el Padre presentando su sacrificio. EL PADRE: nuestro Creador, ama a su Hijo y acepta sus peticiones y el hombre es justificado… Los TRES se ocupan en el bienestar del hombre, desde antes de la creación.

Nada es tu problema. Todos se convierten en algo por lo que luchar juntos.

Oramos con el Salmo: Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres, bendito tu nombre santo y glorioso.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 5, 27-32

Determinados a amar

Hoy Jesús nos habla del amor indisoluble, fruto de un amor casto y de la responsabilidad de nuestros actos en la santidad de otros.

Nuestro cuerpo es la expresión de nuestro ser, signo o símbolo. Habla siempre de nosotros mismos, por eso a veces sobran las palabras y un silencio, un gesto o una mirada pueden decir mucho más…

De lo que hay en nuestro corazón, habla también nuestra mirada. La mirada de los esposos debe ser expresión de un amor casto y puro, que admira al amado como don de Dios, como hijo de Dios creado para amar y ser amado. El mismo Dios pensó en mi cónyuge para mí, como ayuda en mi camino hacia Dios.

Esta pureza de corazón se expresa tratándolo con la dignidad que merece por ser quien es y no como un objeto para mi propia satisfacción o egoísmo…
Todo empieza con nuestra manera de mirar, que una consecuencia de sentirme o no creatura de Dios, amada por Dios y creada para amar. De ello depende nuestro éxito o fracaso en el amor.

La Palabra de Dios de hoy nos tiene que llevar a entender la sacralidad de nuestro matrimonio y hasta que punto debo ser exigente con mi forma de amar. No se trata de entender el Evangelio de una manera literal, puesto que perder un ojo o una mano, no nos exime de pecar. ¿Cuál es entonces el espíritu de las palabras de Jesús? El sentido es de sacrificio para ser fieles al proyecto de fidelidad a Dios hasta vivir nuestro matrimonio como lo que es, para aquello para lo que fue creado y después elevado a sacramento.

Mi esposo/a no es alguien que me encontré en la calle, y si me canso o no tengo suerte, tiramos cada uno por su lado y aquí no ha pasado nada.
Hay quien dice : ¿y va a querer Dios que yo sufra? Será que no han oído decir hoy a Jesús: arráncate el ojo, córtate la mano…

Dios no quiere nuestra agonía, pero el sufrimiento que conlleva construir todo amor, no solo lo quiere, sino que Él mismo se hizo hombre para vivirlo.
La mayoría encuentra natural el sufrimiento que conlleva ser madre, desde el embarazo hasta el parto, la lactancia, las noches sin dormir, las rabietas… En la relación de amor de una madre, no se nos ocurre preguntarnos ¿Y Dios lo quiere ese sufrimiento? Se sufre por un hijo por amor. Se lleva a cabo el compromiso de ser madre o padre que adquirimos. Reconocemos el bien de verlos crecer y desarrollarse.

¿Por qué cuesta más entender el sufrimiento por amor para construir el matrimonio?

Jesús quiere devolver a la ley divina, su primitivo vigor, y dice: El que se divorcia de su mujer… la induce al adulterio. Con estas palabras nos muestra hasta qué punto es reponsabilidad nuestra la santidad o condena de nuestro cónyuge. Estamos llamados a ser uno y lo que yo hago le afecta al esposo.

Es cierto que muchas veces el matrimonio no es algo fácil, en otras palabras, conlleva la cruz. Si lo miramos como uno de los dones más hermosos que Dios ha dado a la humanidad y tomamos conciencia de que es un gran sacramento, una llamada de Dios, una vocación, estaremos preparados para disfrutar de su riqueza y la belleza de sus frutos.

Oramos con el salmo: Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mt 5, 13-16

Amarnos con “salero”.

La vida sin sal, tiene poca gracia. Pero «Si la sal se vuelve sosa ¿con qué la salarán?»
Señor, si nosotros somos la sal y nos desanimamos ¿Quién llevará la verdad del matrimonio a otros matrimonios? ¿Quién les explicará que has reservado para nosotros el privilegio de ser imagen de Vuestra comunión?.
Te pedimos por aquellos que están a gusto en la oscuridad del que vive adormilado, que cuando se enciende una luz hasta molesta. Limpia su mirada y haz que gocen con Tu luz.

Cierto es que, como dice Remigio: “La sal también cambia de naturaleza por medio del agua, el ardor del sol y la violencia del viento. Así los varones apostólicos, por el agua del bautismo, por el ardor del amor y por el soplo del Espíritu Santo se transforman en una naturaleza espiritual.” La sal por sí sola no tiene ningún valor.

Señor, la sal es lo que da sabor. Nosotros tenemos que darle el sabor al matrimonio. Y la luz, requiere de una energía constante. Nosotros ponemos una mecha, siempre dispuesta a consumirse, la oración y los sacramentos son el aceite y Tú eres la llama. Para ser luz, debemos dejar que el fuego de Tu Espíritu nos abrase, nos derrita, nos transforme. ¡Danos luz! Dánosla, Jesús. Queremos amarnos como lo haces Tú.

Oramos con el salmo de hoy: Haz brillar sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mt 5,1-12

Las Bienaventuranzas del Matrimonio:

Aplicamos al matrimonio la belleza de las bienaventuranzas o camino de felicidad.

Los pobres de Espíritu, según el Catecismo de la Iglesia Católica (CEC nº 2546): El Verbo llama «pobreza en el Espíritu» a la humildad voluntaria de un espíritu humano y su renuncia; el Apóstol nos da como ejemplo la pobreza de Dios cuando dice: «Se hizo pobre por nosotros».
¡Pobreza voluntaria! Qué hermosa actitud para un esposo (genérico) cristiano. Hacerse pobre por su esposo como Cristo, renunció a su condición divina.
Dichosos los que se liberan del apego a los bienes terrenales y los comparten. No consiste en no tener sino en no estar apegado. Compartir con tu esposo/a lo que eres y lo que tienes. (Bienes, amistad, tiempo, conocimientos, alegrías, tristezas…).
Ellos alcanzarán lo que buscan: El Reino de Dios, que no es de este mundo.

Los mansos: Dichosos los que no consideran siempre que la razón está de su parte y buscan el entendimiento con su esposo/a. El manso es el que se acepta como es y acepta al esposo como es, con sus defectos y virtudes y no pretende cambiarle ni imponerle nada. Entiende que Dios nos hizo así el uno para el otro. El que actúa así, solo le importa la persona amada. No necesitan defenderse de nada.
Ellos heredarán la Tierra, porque sobre esa tierra se puede sembrar un verdadero matrimonio.

Los que sufren: Dichosos los que no huyen, no son insensibles al sufrimiento o desgracias de su esposo/a. Pasan de huir a estar, pasan del lamento inútil a la búsqueda tenaz de soluciones. Son felices vendando las heridas de su cónyuge roto por la vida. Dichoso también el que padece cualquier dolor a causa de su cónyuge y no responde devolviéndole dolor, sino que lo asume y lo abraza en contra de uno mismo, pero favoreciendo la maravilla de la unión de los dos. Mientras que el que se desanima, vive el lamento inútil y el dolor de su orgullo, haciendo que se resquebraje la unión, aquel que sufre por amor a su esposo/a, siente la felicidad de estar ayudando al crecimiento y fortalecimiento de su unión.
Ellos van a recibir el consuelo de los que aman de verdad. El gozo.

Los que tienen hambre y sed de justicia: Somos y debemos de seguir siendo un ramillete de deseos, porque si no, estamos muertos. Pero controlar nuestros deseos y redirigirlos hacia todo aquello que favorezca nuestra unión. No se trata de una represión de los deseos, sino de vivir nuestro amor y nuestra unión como una prioridad tan fuerte, que nos permita rechazar todo aquello que la perjudica.
Ellos serán saciados de paz interior, comunión, felicidad…

Los misericordiosos: Dichoso el que entiende que somos una ayuda semejante el uno para el otro, que su esposo/a no es perfecto/a para necesitarme a mí, al igual que yo no soy perfecto/a para necesitarle a él/ella y así constituir una sola carne, con el complemento de los dos. El que entiende que, al igual que Cristo se entrega precisamente por lo necesitados que estamos de su misericordia, nosotros debemos entregarnos también a nuestro/a esposo/a para apoyarle y ayudarle en sus carencias por amor. Feliz el que no juzga los actos según su visión, porque entiende que sus criterios son limitados y cambiantes y solamente Dios puede juzgar desde la única verdad, porque solo Él lo conoce todo. Feliz quien no juzga a su esposo/a porque en ese caso se estaría sintiendo superior a él/ella y con ese acto de vanidad, estaría poniéndose como individuo por encima de la unión de los dos.
Ellos alcanzaran la misericordia de Dios sobre todo a través de su esposo/a.

Los limpios de corazón: Dichosos los que buscan cuanto de criaturas de Dios hay en su esposo/a y ven todo lo bello y bueno que tiene.
El que vive en la verdad siendo sincero/a consigo mismo y con el otro. El que es transparente, colabora a que haya confianza mutua.
Ellos verán a Dios en su esposo/a.

Los que trabajan por la paz: Dichosos los que construyen la paz en su matrimonio. Una paz que no consiste en dejarse en paz, en la comodidad de que me dejen tranquilo, sino una paz que se lucha día a día para construir la verdadera unión entre marido y mujer. Trabajar para conseguir ser UNO: Una sola carne, pero también un solo corazón y una sola alma. Construir esa paz, provoca un sufrimiento, porque significa luchar contra mis tendencias y las tendencias del mundo, pero tiene su recompensa:
Ellos serán llamados hijos de Dios, porque serán imagen de su Padre mismo y cumplirán sus designios, su voluntad.

Los perseguidos por causa de la justicia: Felices los que son juzgados injustamente, ridiculizados, despreciados, reciben ingratitudes, etc. en momentos de su vida conyugal, por su esposo/a, amigos, compañeros… y responden a esa persecución con la Verdad de la unión, con el amor que cuida esa unión por encima de sus propios intereses, por encima de todo, porque esa unión es sagrada.
De ellos es el reino de los cielos, porque vivirán ya el Reino aquí en la tierra.
La octava es la prolongación de la primera bienaventuranza en ambas tienen a Dios por Rey y esta es una gran recompensa. El sufrimiento de los perseguidos es una fuente de maduración para ellos y como consecuencia establecen la unión, paz y amor en su matrimonio. Por eso son felices.

Esposos, Dios quiere que seamos felices.

Oramos con el Salmo: Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.