Archivo de la etiqueta: santidad

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Lc 1,39-56

La caridad no puede esperar.

Señor, ensancha mi corazón para que pueda desvivirme en caridad por mi esposo (genérico), a ejemplo de María con su prima Isabel, olvidándome de mí mismo y de mi comodidad, de mis miedos, egoísmos, intereses… para ir al otro, que me necesita.

Dice Kempis en su famoso libro Imitación de Cristo: «Quien ama, corre, vuela; vive alegre, está libre y nada le entorpece. A quien ama, nada le pesa, nada le cuesta, emprende más de lo que puede. El amor está siempre vigilante e incluso no duerme…Sólo quien ama, puede comprender la voz del amor»

Señor abre nuestros ojos del corazón para comprender Tu Amor.

Madre de Tu mano nos adentramos en el Proyecto de Amor de Dios para nosotros, los esposos y familia:
La reacción de María ante las maravillas obradas por Dios en su vida es un cántico de alabanza y gratitud. ¡Qué humildad! María no viene a creerse más importante que Isabel, pues la caridad no puede pavonearse ni ser vanidosa. La vanidad mancha la caridad y la pudre de raíz. María viene a reconocer que todo lo bueno que ella tiene viene de Dios, es de Dios, y que nada es mérito suyo. Ella es la Virgen evangelizadora de la buena nueva. Es la portadora de Cristo a sus semejantes. Ella no permanece pasiva en Nazaret; siente la urgencia de transmitir los dones recibidos. María no los retiene para sí, los comunica con generosidad.
María se sabe y siente en posesión de Dios, por eso exulta su corazón. Dios es grande, Ella es pequeña. Dios es la alegría, Ella es el recipiente de esa alegría de Dios, y lo comparte con nosotros.

Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor». Es el recado de Lucas a las Comunidades: creer en la Palabra de Dios, pues tiene la fuerza de realizar aquello que ella nos dice. Es Palabra creadora, la que engendra vida en el seno de nuestro matrimonio, pobre, que la acoge con fe.

El cántico nos enseña cómo debemos cantar y rezar: María empieza proclamando la mutación que ha acontecido en su propia vida bajo la mirada amorosa de Dios, lleno de misericordia. Por esto canta feliz: «Exulto de alegría en Dios, mi Salvador». Los esposos proclamamos juntos la transformación que ha acontecido bajo la mirada de Dios lleno de Misericordia, pues acogiendo juntos la Palabra, acogemos como María en nuestros corazones a Dios mismo en nuestra morada y es Él quien crea es sola carne, solo corazón y sola alma.

Inmediatamente después, canta la fidelidad de Dios para con nuestro matrimonio y familia como pueblo suyo, Iglesia doméstica y proclama el cambio que el brazo de Yavé está realizando a favor de nosotros esposos, que está convirtiendo nuestro amor limitado, interesado, hambriento de Amor verdadero, a imagen del Amor Trinitario.

La expresión “brazo de Dios” recuerda la liberación del Éxodo. Esta es la fuerza salvadora de Dios que hace acontecer la mutación: dispersa a los orgullosos. ¡Qué destructivo es el orgullo entre los esposos, ese gran enemigo de la comunión. Dios lo dispersa con su brazo. Si nos creyéramos ricos nos quedaríamos con las manos vacías.

La Buena Nueva viene no como recompensa por la observancia de la Ley, sino como expresión de la bondad y de la fidelidad de Dios a las promesas. Es lo que Pablo enseñaba en las cartas a los Gálatas y a los Romanos. El segundo libro de Samuel cuenta la historia del Arca de la Alianza: David quiso colocarla en su casa, pero tuvo miedo y dijo: «¿Cómo voy a llevar a mi casa el Arca de Yavé?» (2 Sam 6,9) David mandó que el Arca fuera para la casa de Obed-Edom. «Y el Arca permaneció tres meses en casa de Obed-Edom, y Yavé bendijo a Obed-Edom y a toda su familia» (2 Sam 6,11). María, embarazada de Jesús, es como el Arca de la Alianza que, en el Antiguo Testamento, visitaba las casas de las personas distribuyendo beneficios a las casas y a las personas. Va hacia la casa de Isabel y se queda allí tres meses. En cuanto entra en casa de Isabel, ella y toda la familia es bendecida por Dios.
Nuestro matrimonio es también arca de la nueva Alianza. Al visitar las casas de otros matrimonios, tiene que traer beneficios y gracias de Dios para ese matrimonio y ese hogar.

Oramos con el salmo: El Señor es mi Dios y salvador: confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación. Y sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación. Dad gracias al Señor, invocad su nombre, contad a los pueblos sus hazañas, proclamad que su nombre es excelso. Tañed para el Señor, que hizo proezas, anunciadlas a todas las naciones.

Comentario del Evangelio para matrimonios: Jn 16,20-23a

Un día sin preguntas.

A lo largo de nuestra vida matrimonial, nos hacemos muchas preguntas sobre cómo hacer para conseguir… un montón de cosas, pero en definitiva, la alegría. También nos preguntamos por el motivo de nuestro sufrimiento.

Dice San Juan Pablo II que “El sufrimiento siempre es un breve paso hacia una alegría duradera (cf. Rm 8,18), y esta alegría se funda en la admirable fecundidad del dolor. En el designio divino todo dolor es dolor de parto; contribuye al nacimiento de una nueva humanidad. Por tanto, podemos afirmar que Cristo, al reconciliar al hombre con Dios mediante su sacrificio, lo ha reconciliado con el sufrimiento, porque ha hecho de él un testimonio de amor y un acto fecundo para la creación de un mundo mejor.” (Catequesis 27 de abril 1983)

El dolor y el sufrimiento son fecundos, y los podemos vivir con la “alegría” de que, uniéndolos al sacrificio de Cristo, pueden ser redentores, en especial si los ofrecemos por nuestro esposo o nuestra esposa. Ya lo dice San Pablo: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24).

El dolor no es agradable, y nadie disfruta mientras sufre. Como dice también S. Juan Pablo II: (Catequesis 7/3/84). Nosotros sufrimos porque perseguimos una alegría y una paz.

Este sufrimiento de entrega, da sus frutos ya aquí en la vida terrena, porque los esposos, aspiran a algo más grande que lo que les puede ofrecer este mundo: “Esta aspiración que nace del amor, …es una búsqueda de la belleza integral, de la pureza libre de toda mancha: es una búsqueda de perfección que contiene, diría, la síntesis de la belleza humana, belleza del alma y del cuerpo”.
(Catequesis del amor humano 6/6/84. S. Juan Pablo II)

Cuando alcancemos esa plenitud, y llegará el día, no haremos más preguntas.

María guardaba todas estas cosas en su corazón. Oramos en este mes de mayo a la Llena de gracia, para que nos haga experimentar la alegría de vivir el designio divino.
Salve… Reina y Madre…y después de este destierro muéstranos a Jesús… ruega por nosotros para que seamos dignos de alcanzar y gozar las promesas de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Jn 15, 18-21

¿Esposos del mundo o del espíritu?

Muchas veces el hombre tiene tendencia a volverse muy espiritual o muy carnal. Parece que son “extremos” reñidos entre sí. Los “mundanos” contra los “iluminados”.
A veces cuesta mucho integrar las experiencias de fe con las del mundo, también en el matrimonio. Recordamos unos amigos que decían que sacaban el crucifijo del dormitorio cuando hacían el amor…

Todo es consecuencia de no interpretar correctamente el Evangelio. Frases como la de hoy de Jesús, pueden “despistarnos”: Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia. Con lo cual, si mi esposo/a me odia porque me voy a dar catequesis y le dejo solo/a, ¿es que voy por el buen camino?.

Afortunadamente el magisterio de la Iglesia y San Juan Pablo II en particular, nos ayudan enormemente en estas interpretaciones.

Para cambiar nuestros corazones, necesitamos del amor. Sólo el amor cambia el interior de las personas. Sólo un buen amigo (y mucho más un buen esposo) puede influir en tu interior y hacerte cambiar de opinión porque tiene acceso a tu intimidad y te quiere. Hablábamos ayer de que tenemos que orientar nuestros deseos y afectos hacia el verdadero amor y hacia Dios. Bien, pues el mejor amigo y el mejor esposo es Cristo y con su Espíritu Santo (El Amor entre el Padre y el Hijo) cambia nuestro corazón, si le damos acceso a una relación íntima de amistad.

Pero el propio Cristo, antes de darnos su Espíritu, hizo que viviera con Él la experiencia de toda una vida. La experiencia de ser Hijo y la de ser Esposo. Así el Espíritu se había alimentado de la experiencia humana para poder guiarnos en nuestra humanidad. Así es como el Espíritu de Dios se humaniza e integra el amor de Dios y el amor humano en uno solo, desde la carne, desde una familia, desde el trabajo, los amigos, los enemigos, el hambre, la sed, las injurias, las persecuciones, el dolor, el rechazo… la muerte.

Ese Espíritu, está en nuestro interior por el Bautismo y nos sacará no del mundo, sino de las aspiraciones del mundo, para guiarnos hacia las aspiraciones de Dios para nosotros. Ese Espíritu es el que nos une por el Sacramento del Matrimonio, para que nuestros deseos y afectos no sean egoístas y destructivos, sino fructíferos, ricos, regeneradores, co-creadores, fuentes de vida. Para guiarnos hacia la comunión de los santos.

Oramos con el salmo: Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores. Sabed que el Señor es Dios.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Jn 15, 12-17

El amor ¿Una ley?

Dice San Agustín:

Es por esto que el mandamiento del amor, resume todos los demás. Cristo vino a revelarnos el mandamiento del amor, pero también a mostrarnos cómo amar.

La muestra suprema del amor es dar la vida por los amigos. Damos la vida cada día por nuestro esposo (en genérico), en pequeñas cosas: Renunciando a mis gustos por darle gusto, a nuestro descanso por servirle, a nuestros criterios por complacerle, tirar del carro de la fe cuando el flaquea…
Esto es dar la vida por amor y en estas pequeñas cosas se santifican los esposos.

Este concepto del amor es bastante diferente al que conocemos en nuestra sociedad, una sociedad que a menudo piensa del amor como algo que se recibe, como un sentimiento o una emoción que va y viene, como una cuestión de suerte…

“A los animales les basta seguir sus impulsos para realizar su vida en plenitud. No ocurre así con el hombre: Hay una ambigüedad en el deseo humano, porque sabemos que no todos nuestros deseos nos hacen más felices… ¿Cómo diferenciar entre deseo y deseo? ¿Cómo encontrar la luz que alumbre este laberinto?” (Llamados al amor) En el Antiguo Testamento hay una primera respuesta: Los mandamientos. Al obedecerlos, se alcanza la luz para distinguirlos.

Vino entonces Cristo, no a abolir la ley, sino a llevarla a plenitud. El dedo de Dios, que escribe sobre las tablas de piedra los mandamientos, reescribe la ley ahora sobre la arena a través de Jesús ante la mujer adúltera. “Jesús lleva a plenitud la Ley no porque añada más mandamientos, sino porque la tatúa en los corazones. Así, su cumplimiento ya no viene de fuera: Brota de dentro como un manantial que sale de la roca, coincidiendo con los más hondos deseos y aspiraciones” (Llamados al amor).

Ahora la persona que dice, “Te amo” está dispuesta a sacrificarse por la otra. Es su deseo más profundo, aunque esto signifique guardar silencio, cansarse, comprometerse, luchar… todo por conseguir un bien mayor para el amado. Así se realizan hombre-mujer y llevan su vida a plenitud.

Dice Juan José Pérez-Soba, un verdadero estudioso del tema, que amar es una promesa entre personas por la cual uno mi destino al tuyo. Eso hace Dios con nosotros. Por Su amor, Jesús se encarna y por Su amor Jesús llega a dar la vida en la cruz por sus amigos. Su mandamiento de amarse uno a otro como nos ha amado Él, requiere sacrificios. El amor del que habla Jesús es amor en acción, amor que paga el precio de una entrega hasta el extremo.

Gracias Señor por elegirnos, por capacitarnos. Haremos cosas grandes, no porque seamos grandes, sino porque el que nos ha capacitado es grande.
Gracias por destinarnos a dar frutos para toda una eternidad. Eso te pedimos, que seamos uno como vosotros lo sois y amarnos como vosotros os amáis y unidos como vosotros, amemos a nuestros hijos y todo aquel que nos pongas en el camino.

Comentario del Evangelio para Matrimonios Jn 15,1-8

Los frutos de la Vid.

A Jesús no podemos acudir esporádicamente para que nos resuelva un problema y volver a dejarlo en el olvido. Esa actitud no es digna de ninguna relación entre personas.

Cristo actúa si permanecemos en Él. No limosnea cariño. ¿Cuáles son los frutos de alimentarnos de Él (Oración, sacramentos, mandamientos)? Su acción brota de la plenitud recibida del Padre y sus obras dan testimonio de esa Fuente inagotable de Amor. Así también quiere enriquecer nuestros gozos trasformados por un don mutuo, surgiendo un nosotros común: De lo mío a lo nuestro; del yo al nosotros.

Ya no existirá para los esposos: mi alegría, sino nuestra alegría, no mi dolor, sino nuestro dolor, ni mis planes, sino nuestros planes. Del eros o amor humano, el ágape de la Caridad divina. Surge en el matrimonio una escuela donde el maestro y hacedor es la Santísima Trinidad.

La primera fórmula que se aprende es «he recibido un don, Cristo” y sin Él no podremos donarnos el uno al otro (“Sin mí no podéis hacer nada”). De Él recibimos un gozo compartido, que a su vez compartimos con nuestros hijos, fruto también de nuestro amor pro-creador que Dios Padre, ha querido compartir con nosotros para que podamos amar como Él ama.

Con Cristo llegamos al núcleo de lo que Él mismo vivía y quiere comunicarnos: saberse amado por el Padre, haber recibido de Él todo y querer amarle, en todo amándonos.

Hoy Madre, queremos seguir las instrucciones que nos dejaste, guiada por la sabiduría del Espíritu: “¡Haced lo que Él os diga!”.
Después, los esposos, sabemos bien lo que nos espera: El vino bueno…

Oramos con el salmo: ¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!