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Comentario del Evangelio para Matrimonios Jn 13, 16-20

Compartimos una dignidad con Jesús, somos hijos en el Hijo.

Y estamos llamados a algo mucho más grande que nosotros mismos. A amarnos con el mismo amor de Cristo y por tanto con el mismo amor del Creador que nos hizo. Un signo de que esto es así, es la fecundidad. Es una prueba que demuestra que podemos ser co-creadores con el Padre, porque Él está presente. ¿Quién no ha percibido claramente que tener un hijo es un verdadero milagro?.

El que recibe a mi enviado me recibe a mí; y el que a mí me recibe, recibe al que me ha enviado. Esta es la unión de la que tenemos que ser fiel imagen en nuestro matrimonio y a la que tenemos que tender para ser más semejantes.

Todos los dones que hemos recibido de Dios, tienen un objetivo: La comunión de personas, como contraposición a la competitividad, el individualismo o el respeto como paradigma del “te dejo en paz para que me dejes tú a mí”. Cristo nos habla de otro tipo de relación. Una en la que el criado no es más que su amo: “Jesús acabó de lavar los pies a sus discípulos, (y) les dijo: …dichosos vosotros si lo ponéis en práctica”. Era ni más ni menos que un acto de servicio que hacían los esclavos a los invitados de su señor. ¡Menudo gesto nos deja Jesús en herencia!. ¿Cuánta distancia hay entre esto y el trato que se dan los esposos hoy en día?

Lavemos los pies de nuestro/a esposo/a para alcanzar la dicha. Como dijo el Papa Francisco: “Así Jesús lo quiso de nosotros”.

Oramos con el Salmo: Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades.

Comentario del Evangelio para Matrimonios Jn 15, 9-17

El qué y el cómo.

Como el Padre me ha amado, así os he amado yo”. Jesús nos ha amado y nos ama como el Padre manifestó su amor hacia Él en el Bautismo: “Tú eres mi Hijo Amado, en quien me complazco”.

Así es su amor por nosotros y así debe ser nuestro amor entre los esposos. ¿Me complazco en mi esposo/a? ¿Me preocupo cada día de verle satisfecho/a y alegre?
Sería un buen momento para detenernos y pensar si sé lo que le hace feliz y si estoy contribuyendo a su felicidad, pues lo que le hacemos a nuestro esposo, a Dios se lo hacemos. ¿Creo que Dios se complace también en nuestro matrimonio?.

También Jesús nos dice en este Evangelio: “permaneced en mi amor”, es decir, no os separéis de esta realidad en vosotros, de este inmenso amor que nos habita desde siempre y se encarnó el día de nuestra boda en nuestro matrimonio. ¿Cómo hacer que permanezca? Guardando los mandamientos. Y Jesús los resumió en: “amaos como yo os he amado”. Si amo a mi esposo (en genérico) como Cristo, permanezco en su amor, y mi alegría llegará a su plenitud.

Y si no es así, como decía San Pablo, aunque hable como los ángeles, conozca todos los secretos y el saber, tenga fe como para mover montañas, reparta en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo… , Si no permanezco en el Amor de Dios y me complazco en mi esposo/a, todo lo que haga, de nada sirve. Estaré triste, depresivo…
Estamos llamados a vivir aquí desde nuestra llamada, un amor de comunión y Jesús nos ha elegido para vivirlo en plenitud.

Y nos muestra el camino: la donación: “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” Así Amó el Padre, dando lo más preciado de sí mismo, lo mas íntimo y profundo de sus entrañas, a su Hijo Amado por nosotros. Y su Hijo lo expresó en la carne sobre la Cruz, todo lo entregó: sus vestiduras, su Sangre…

Todo se lo entrego a mi esposo, todo y juntos todo se lo entregamos a nuestros hijos por su salvación, mostrándoles en nuestra carne el amor de esposos, de una vida que ama entregándose, así les enseñamos a amar: Amándonos. Así nos lo enseñó Dios.

Rezamos con el Salmo: (El Señor) Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo.

Comentario del Evangelio para Matrimonios Jn 10, 22-30

La misión de ser “Uno”

“Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, … y nadie las arrebatará de mi mano. … Yo y el Padre somos uno.”

Señor, nosotros somos tus ovejas, tú nos conoces y te seguimos. Y la pista que nos das en tu seguimiento es: “Yo y el Padre somos uno”.

(Seguimos trabajando sobre ideas presentadas en el libro “Llamados al amor, Teología del cuerpo en Juan Pablo II” de Carl A. Anderson y José Granados)

Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. La imagen se refiere a la dignidad del hombre, mientras que según los Padres de la Iglesia, la semejanza mide nuestra cercanía a Dios. Por eso la semejanza crece con el tiempo.

Por tanto, la imagen no es como una fotografía, sino más bien como una obra de teatro, como un camino en que el hombre refleja la imagen de Dios. ¿Cuál es ese camino?. En primer lugar, reconocer la filiación divina, pero eso no es suficiente. Tenemos que escuchar su Palabra y dar fruto. San Juan Pablo II lo dice en Mulieris Dignitatem: “Esta semejanza es una cualidad del ser personal… y es también una llamada y una tarea”.

¿La tarea? En la comunión de personas es como la imagen de Dios llega a su plenitud. Y el matrimonio es la forma de comunión a la que estamos llamados desde nuestra vocación. El matrimonio es el camino que nos lleva a Él.

Hoy terminamos con un rosario a Nuestra Señora de Fátima, Patrona de este proyecto misionero de amor, para matrimonios. Ella nos guía en este itinerario de fe y formación.
María, Reina de la Familia, ruega por nosotros.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Jn 6, 60-69

Este modo de hablar es duro… o Tú tienes palabras de vida eterna.

Las mismas palabras de Jesús son interpretadas de dos maneras muy diferentes. Es cierto que el mensaje de Jesús es exigente.

También el matrimonio es exigente y es duro. Pasamos juntos por muchas dificultades, desengaños, “infidelidades” a nuestra promesa de entrega total del uno al otro…

Pero si nuestra unión no la contemplamos como una promesa de vida eterna de Dios en Cristo, nuestra percepción se convierte en una experiencia cada vez más dura.

Jesús hoy nos pregunta ¿Esto os hace vacilar? Pero Dios nos ama sufriendo. Si nosotros huimos siempre del sufrimiento ¿Qué le estamos enseñando a nuestros hijos? ¿Somos representantes de la paternidad de Dios para ellos? La verdadera gloria de Dios es vernos salvados y vivos. Si entendiéramos esto, no dudaríamos en optar por la puerta estrecha.

Cristo, que rebela el hombre al propio hombre, como decía San Juan Pablo II, reconoce perfectamente cómo fue el Padre quien le entregó a los discípulos: “Los que me diste” (Jn 17,6) y es el Padre quien entrega también a su Hijo: “Dios entregó a su unigénito” (Jn 3,16).

Y éste es el modelo de entrega para los esposos. Es Dios quien me entrega a mi esposo/a y es Dios quien me entrega a mí a mi esposo/a, con nuestro consentimiento.

Mirando nuestra vida conyugal y nuestra mutua aceptación desde esta perspectiva, las experiencias en nuestro matrimonio cambian totalmente. Probadlo!

¡Señor, Tú tienes palabras de vida eterna!, palabras que cuando el matrimonio contemplamos juntos vivimos y experimentamos estar vivos y creen.

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación invocando su nombre.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Jn 6, 35-40

A Dios le vemos en Cristo. ¡Gracias Señor, por revelárnoslo!

Cristo no da el pan, sino que Cristo se hace pan. Si nos diese todo lo que pedimos, el pan de la tierra, se ganaría el favor de todos. Pero Él se hace pan, para que nos lo comamos. Pequeño, sencillo, vulnerable. Qué gran lección para nuestro matrimonio.

Dejemos que Dios, a través de Cristo, nos enseñe a amar. Dejemos que nos busque, nos atraiga hacia sí, porque no quiere que se pierda ni uno solo, porque como decía San Agustín, “Nos hiciste para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.

Te pedimos Madre que nos lleves a Él para que creamos de verdad, colaborando con Él para no perdernos y que no se pierda ninguno de los que nos ha dado: Primero nuestro esposo (en genérico), después nuestros hijos.

No basta con asistir a la Eucaristía. Como dice San Agustín “¿Cuántos hay que reciben este pan del altar, y mueren a pesar de ello?” No basta con eso. Tenemos que luchar por vivir nuestra vocación, nuestra entrega. Que no se pierda en nuestro matrimonio la esperanza del construir una verdadera comunión, de no vivirlo a imagen de Cristo. Que no perdamos el don del tiempo que Dios nos ha dado malgastándolo en lo caduco.

Amén