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Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Mateo 11, 25-27
En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
Recibirlo todo.
¿Qué tienen los pequeños que no tienen los sabios? Jesús nos muestra dos actitudes del corazón. Los pequeños se asombran fácilmente, preguntan, confían, reconocen que no saben, se dejan enseñar y con sencillez reciben todo de sus padres. Todos nacemos con un corazón de niño, pero la soberbia heredada del pecado original nos va haciendo autosuficientes. Es la misma tentación del Génesis: «Seréis como dioses» (Gn 3,5). Así va naciendo el sabio y entendido; dejo de preguntar, dejo de pedir ayuda, dejo de escuchar, no me dejo corregir… Estoy tan lleno de mí mismo y de mis certezas, que no necesito recibir nada. Y cuando dejo de recibir, dejo de ser pequeño.
Los sabios y entendidos del matrimonio piensan: “Ya sé cómo eres”, “siempre haces lo mismo”, “no vas a cambiar”, “ya te conozco”; mientras el pequeño piensa: «Señor, ayúdame», «necesito tu gracia», «necesito a mi esposo», «necesito aprender a amar.» Cuanto más llenos estamos de nosotros mismos, menos espacio encuentra el Señor para revelarnos los secretos de su Corazón. Por eso Jesús hoy da gracias al Padre, porque sigue encontrando almas pequeñas, aquellas que cuando no entienden siguen confiando. Esa confianza es la puerta por la que el Padre revela sus secretos. Y es que los secretos del Padre no se conquistan; se reciben con un corazón de niño. ¿Es mi corazón uno de estos?
Aterrizado a la vida Matrimonial:
Jaime y Carmen habían planeado salir a cenar juntos después de una semana agotadora. Pero a última hora se rompe la lavadora, se inunda la cocina y uno de los niños empieza a tener fiebre. El plan perfecto se viene abajo.
Jaime: (recogiendo agua visiblemente frustrado) ¡Menudo desastre! Con las ganas que tenía de esta noche…
Carmen: Cariño, mírame un momento. Mi yo controlador también está protestando por dentro, pero me gustaría decir como Jesús: «Sí, Padre, porque así te ha parecido bien».
Jaime: ¿De verdad te sale decir eso ahora mismo?
Carmen: No me sale de forma natural. Me sale desde la fe. Yo también habría elegido otra noche, pero el Padre ha permitido esta. Y si Él la ha permitido, será porque aquí también quiere regalarnos algo.
Jaime: Mi plan era cenar en un restaurante.
Carmen: Y el de Dios parece que es cuidar de nuestro hijo y achicar agua juntos.
(Jaime sonríe por primera vez en toda la noche).
Jaime: Pues pidamos una pizza y terminemos de recoger esto.
Carmen: Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.
Madre,
regálame un corazón pequeño que no necesite entenderlo todo y enséñame a descubrir cada día los regalos escondidos del Padre. ¡Bendita y alabada seas!

