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Comentario del Evangelio para Matrimonios Jn 10, 22-30

La misión de ser “Uno”

“Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, … y nadie las arrebatará de mi mano. … Yo y el Padre somos uno.”

Señor, nosotros somos tus ovejas, tú nos conoces y te seguimos. Y la pista que nos das en tu seguimiento es: “Yo y el Padre somos uno”.

(Seguimos trabajando sobre ideas presentadas en el libro “Llamados al amor, Teología del cuerpo en Juan Pablo II” de Carl A. Anderson y José Granados)

Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. La imagen se refiere a la dignidad del hombre, mientras que según los Padres de la Iglesia, la semejanza mide nuestra cercanía a Dios. Por eso la semejanza crece con el tiempo.

Por tanto, la imagen no es como una fotografía, sino más bien como una obra de teatro, como un camino en que el hombre refleja la imagen de Dios. ¿Cuál es ese camino?. En primer lugar, reconocer la filiación divina, pero eso no es suficiente. Tenemos que escuchar su Palabra y dar fruto. San Juan Pablo II lo dice en Mulieris Dignitatem: “Esta semejanza es una cualidad del ser personal… y es también una llamada y una tarea”.

¿La tarea? En la comunión de personas es como la imagen de Dios llega a su plenitud. Y el matrimonio es la forma de comunión a la que estamos llamados desde nuestra vocación. El matrimonio es el camino que nos lleva a Él.

Hoy terminamos con un rosario a Nuestra Señora de Fátima, Patrona de este proyecto misionero de amor, para matrimonios. Ella nos guía en este itinerario de fe y formación.
María, Reina de la Familia, ruega por nosotros.

Comentario del Evangelio para matrimonios Jn 10, 11-18

«Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla».

Es contundente el argumento de Jesús: El buen pastor da la vida por las ovejas. No tenemos más que discutir sobre otras ideologías que surgen en torno al matrimonio. Lo que sabemos es que ellos no han muerto por nosotros (más bien al contrario, quitan derechos a las familias), y Cristo sí.

Lo decía Teófilacto: “De aquí puedes deducir y conocer la diferencia entre el asalariado y el pastor; pues el asalariado no conoce a las ovejas porque las visita raras veces; mas el pastor conoce sus propias ovejas por la solicitud y cuidado que tiene por ellas”. Puede darnos alguna pista sobre cómo debe ser nuestro modelo de evangelización.

Pero hoy nos paramos en otra frase del Evangelio: “Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla”. Y ¿Qué es el matrimonio sino esto?.
También San Gregorio comenta: “Como si dijera claramente: …que pongo mi vida por mis ovejas, esto es, esa misma caridad con que muero por mis ovejas es un testimonio del amor con que amo al Padre.” Traducido a nosotros, ese mismo amor con que nos entregamos mutuamente como esposos, es un testimonio del amor con que amamos al Padre.

Por eso, en cierta ocasión el Sr. Obispo de Málaga nos ponía una presentación donde decía “Quien dice que ama a Dios y no ama a su esposo/a, miente.”

Rezamos con el salmo: Que yo me acerque al altar de Dios, al Dios de mi alegría; que te dé gracias al son de la cítara, Dios, Dios mío.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Jn 10, 1-10

Cualquier salida no es buena:

“Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido”
Puestos a alimentarnos de los pastos del amor, los del Padre son los auténticos, y Jesús es el buen pastor que nos dirige hacia ellos.

Hoy celebramos la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Esto incluye la nuestra. Todas son vocaciones al amor y hay una puerta que nos lleva a ellas. Sólo hay una por la que Jesús nos saca de nosotros mismos.

Lo primero es reconocer el don de Dios en mí mismo. Decía San Irineo: “En el principio Dios creó al hombre para tener a alguien en quien depositar sus beneficios”.
Entender que yo soy una creatura, a la que Dios ama por mí mismo, y en la que Dios ha depositado sus beneficios. Eso es lo que me da la dignidad. Por tanto, lo primero es dar gracias a Dios por el don de mí mismo y por la vida que me entrega.

En segundo lugar, como vienen a decir Carl A. Anderson y José Granados en su libro Llamados al Amor, entender que mi esposo (en genérico) es un don precioso para Dios que me lo ha entregado. También yo soy un don precioso que Dios entrega a mi esposo. Por tanto, el amor que compartimos, no sería verdadero amor si rechazáramos esta dimensión trascendente. Disfrutamos de la maravilla del amor humano porque nuestra relación mutua es a la vez una relación con Dios.

Esta visión de nuestra relación de amor, entendida en cualquier experiencia cotidiana, hace que la vivamos de otra manera. No es lo mismo salir del aprisco de mi soledad de la mano del Señor, que me mostrará el camino del matrimonio, que de la mano de cualquier otra ideología o costumbre por muy extendida que esté, porque a lo mejor me están robando la felicidad. “Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará… yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.”

Señor, vamos a Tu Corazón cada día. Te seguimos. Refúgianos en Él porque es el único lugar donde Tú nos tienes a salvo de las tempestades y las corrientes arrolladoras del mundo, del demonio y de la carne.
Nosotros estamos en el mundo, pero nuestro corazón está y quiere estar en el Tuyo. No nos dejes.

Oremos hoy especialmente por nuestra vocación, para que la vivamos santamente con el don de nuestro/a esposo/a como ayuda adecuada. Te pedimos Padre también, por nuestros hijos, para que elijan su vocación acompañados y guiados por el buen Pastor.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Jn 6, 60-69

Este modo de hablar es duro… o Tú tienes palabras de vida eterna.

Las mismas palabras de Jesús son interpretadas de dos maneras muy diferentes. Es cierto que el mensaje de Jesús es exigente.

También el matrimonio es exigente y es duro. Pasamos juntos por muchas dificultades, desengaños, “infidelidades” a nuestra promesa de entrega total del uno al otro…

Pero si nuestra unión no la contemplamos como una promesa de vida eterna de Dios en Cristo, nuestra percepción se convierte en una experiencia cada vez más dura.

Jesús hoy nos pregunta ¿Esto os hace vacilar? Pero Dios nos ama sufriendo. Si nosotros huimos siempre del sufrimiento ¿Qué le estamos enseñando a nuestros hijos? ¿Somos representantes de la paternidad de Dios para ellos? La verdadera gloria de Dios es vernos salvados y vivos. Si entendiéramos esto, no dudaríamos en optar por la puerta estrecha.

Cristo, que rebela el hombre al propio hombre, como decía San Juan Pablo II, reconoce perfectamente cómo fue el Padre quien le entregó a los discípulos: “Los que me diste” (Jn 17,6) y es el Padre quien entrega también a su Hijo: “Dios entregó a su unigénito” (Jn 3,16).

Y éste es el modelo de entrega para los esposos. Es Dios quien me entrega a mi esposo/a y es Dios quien me entrega a mí a mi esposo/a, con nuestro consentimiento.

Mirando nuestra vida conyugal y nuestra mutua aceptación desde esta perspectiva, las experiencias en nuestro matrimonio cambian totalmente. Probadlo!

¡Señor, Tú tienes palabras de vida eterna!, palabras que cuando el matrimonio contemplamos juntos vivimos y experimentamos estar vivos y creen.

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación invocando su nombre.

Comentario del Evangelio para Matrimonios Jn 6, 52-59

La Fuente:

“El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí.”

Hay un manantial, una fuente de la que emana todo. Emana el Amor, origen y destino de todo. San Juan Pablo II, en sus poemas del Tríptico Romano, dice:

Si quieres encontrar la fuente/ tienes que ir arriba contra la corriente/ Empéñate, busca, no cedas./ Sabes que tiene que estar aquí/ ¿Dónde estás fuente? ¿Dónde estás fuente?

Así es, si queremos encontrar la fuente, tenemos que “ir arriba contra corriente”. Es verdad que es cansado. La mayoría de las veces, la corriente que quiere defender su “rumbo”, trata de arrastrarnos intentando cansarnos en esa subida: Nos ridiculizan, tratan de discriminarnos, dan falsos testimonios, vosotros que os creéis tan santitos o “iluminados”… y no os dejáis llevar por lo que todo el mundo opina… Señor, perdónales porque no saben lo que hacen.

La corriente desgasta. Ser fiel a nuestra promesa matrimonial y defender la verdad del matrimonio, desgasta. Ni las piedras se resisten a los efectos de la corriente.
La tentación es fuerte… aislarse del mundo. Pero no. El matrimonio tiene que estar abierto al mundo, expuesto a todas estas dificultades. La manera de conocernos no es encerrándonos para investigar nuestro interior, sino abriéndonos a los demás, teniendo experiencia de relación descubrimos nuestra dignidad, porque hemos sido creados para la comunión (aunque ésta parezca imposible), no para la soledad.

Pero nosotros, miramos a la fuente. Permanecemos en Él y Él permanecerá en nosotros. A nosotros nos has llamado a una vocación. Podemos responder como la Virgen María: ¿Cómo hacerlo? Convertirse en “imagen del Amor Trinitario” por Jesús. ¡Es una cosa tan grande, y nosotros somos tan pequeños! ¡Ser una sola carne, un solo corazón, una sola alma, siendo tan distintos! Podemos pensar que es imposible y dudar o como la Virgen, sólo preguntar ¿Y qué tengo que hacer?

Porque en realidad no es obra nuestra, es obra del Espíritu Santo, con nuestra colaboración para experimentar lo que dice san Pablo: ‘ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí’. Entonces el Espíritu Santo, el Hijo y el Padre habrán realizado su obra sobre nosotros: ser uno como ellos son uno. Ya no será el pensamiento, ni el acto de mi cónyuge, ni el mío, sino el de Cristo.

Tenemos hambre de Ti Señor, devoraríamos cada acto en Tu presencia, para impregnar nuestros hogares de Tu Perfume. Cada despertar, el desayuno, asearte para dar gloria a Dios, ordenar tu habitación, la alegría de un día por delante para salvar, sanar… Bendito lunes o bendito viernes. Todos los días son para amar, se han hecho para que el hombre vaya a Ti, mi Dios, amando.

El matrimonio es comer Tu Carne y beber Tu Sangre, para hacernos Eucaristía contigo en la entrega mutua hasta el extremo y la entrega al mundo como miembros de la Iglesia.

Oramos con el salmo: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio, Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos.

San Juan Pablo II, intercede por nosotros.