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Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Lucas 13, 18-21
En aquel tiempo, decía Jesús:
«¿A qué es semejante el reino de Dios o a qué lo compararé?
Es semejante a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; creció, se hizo un árbol y los pájaros del cielo anidaron en sus ramas».
Y dijo de nuevo:
«¿A qué compararé el reino de Dios?
Es semejante a la levadura que una mujer tomó y metió en tres medidas de harina, hasta que todo fermentó».
Llamados a crecer.
¿Queremos cambiar el mundo? Todo empieza con algo pequeño. Como esa semilla que se convierte en un gran árbol, así quiere el Señor que crezca nuestro matrimonio: trabajando día a día, con pequeños gestos de amor que, aunque parezcan insignificantes, van transformando nuestros corazones.
Una pequeña mirada de amor, un pequeño sacrificio, una pequeña renuncia, un pequeño acto de entrega mutua… Es en esos pequeños momentos cuando realmente estamos sembrando las semillas de algo mucho mayor. Al principio puede parecer que no pasa nada, que no hay frutos, pero hay que tener paciencia y confiar.
Como ocurre con la semilla o la levadura, nuestra misión es sembrar, entregarnos y dejar que sea Dios quien haga crecer el amor. No se trata de conseguir grandes cosas por nuestras propias fuerzas, sino de poner nuestros pequeños actos en Sus manos, perseverar en la oración y dejar que Él actúe en nosotros y en nuestro matrimonio, aunque no siempre lleguemos a ver los frutos.
Porque cualquier acto hecho con amor siempre da fruto. Quizás no el que nosotros esperamos, ni cuando nosotros queremos, pero sí el fruto que Dios sabe que necesitamos.
Aterrizado a la vida Matrimonial:
Fermín: Después de estos 43 años de casados, miro atrás y veo cuánto nos ha ayudado el Señor. ¡Quién nos iba a decir que aquella pequeña semilla que sembramos hace tantos años iba a dar tantos frutos!
Maite: Ay, Mín, ¡qué afortunados somos! El Señor nos ha cuidado desde el principio. Aunque también hemos tenido que cuidar nuestro matrimonio, con muchas renuncias, pequeños sacrificios y, sobre todo, mucha oración, para no perder nunca de vista lo verdaderamente importante.
Fermín: Desde luego, Maite. Pero debo decirte que yo he sido el más afortunado por tenerte a mi lado. Me cuidas como un ángel y, cuando miro a nuestros hijos y a esos nietos que son la alegría de nuestra vida, se me llena el corazón de felicidad. ¡Quién nos iba a decir que de tantos rezos y pequeñas entregas saldría todo esto! Sólo puedo dar gracias a Dios por todo, por lo bueno y por lo no tan bueno.
Maite: ¿Sabes qué te digo? Que todas esas oraciones, renuncias y pequeños actos de entrega mutua han ido haciendo crecer nuestro amor, casi sin darnos cuenta, y ahora nos ayudan a afrontar estos momentos de prueba. Pero, por otro lado, debo decirte que te equivocas mucho: ¡la que ha salido ganando soy yo! Tú dices que tienes un ángel, pero ¡yo me he llevado al arcángel más grande de todos, que eres tú!
Madre,
Que sepamos esperar y orar para dar gracias por todos los frutos que el Señor nos da. ¡Bendito y alabado sea el Señor!
