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Por qué hay temor y desconfianza. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Lucas 9, 7-9

Por qué hay temor y desconfianza en nuestras vidas.

Dice Crisóstomo: “Los pecadores temen lo que conocen y lo que ignoran, se asustan de las sombras, sospechan de todo y se estremecen al menor ruido.” La frase de Herodes denota que estaba preocupado porque algunos decían que había resucitado Juan.

Cuando el hombre rompe amarras con Dios como Padre, el mundo pasa de ser un hogar en el que puede estar tranquilo porque el Padre cuida de él, a ser un lugar inhóspito. Al ver al hombre como dueño, no se fía de nada ni de nadie. Vive atemorizado. ¿Vives con miedo o con preocupaciones?.

Hay tantas variables en la vida que nos pueden dar motivos de preocupación: Relaciones matrimoniales (Fidelidad, respeto, desgaste, rutina…), Relaciones con los hijos (Adolescencia, desarrollo, maduración, su futuro…), Salud (La nuestra o la de nuestros familiares), Dinero (Hipoteca, trabajo…), Poder (Competitividad, zancadillas…), Imagen (Críticas, faltas de respeto, atentados contra la dignidad…), Delincuencia, Accidentes…
Quien se considera dueño de su vida y/o de lo que le rodea o considera a alguien dueño de algo, tiene infinidad de motivos por los que estar preocupado. El que confía en la providencia del Padre, descansa.

Para confiar en Dios, no basta con “creer” que existe. Es necesario tener una relación íntima y haber comprobado cómo interviene en nuestra vida. En todo está Él. Podemos vivir sabiendo de su existencia y no llegar nunca a confiar sinceramente en Él. Lo mismo ocurre con muchos matrimonios, que conviven juntos, comparten hijos, hogar, amigos… pero no se conocen, no comparten su intimidad y por lo tanto no confían el uno en el otro.

Compartir la intimidad es lo que genera la confianza. Entre los esposos, hay una ley específica y es que nuestro esposo/a es ministro de las gracias de Dios para nosotros. Por tanto, no llegaremos a esta cercanía con Dios si no es a través de él/ella. Dios tiene mucho que revelarnos de Él mismo y de nosotros, en nuestra mutua relación.

Vivamos con la tranquilidad y la paz interior de que tenemos un Padre que nos ama infinitamente. Solamente falta que le respondamos entregándole también nuestra intimidad y la de nuestro matrimonio.

Oramos con el Salmo: Por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo. Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos.

El poder que se nos ha dado. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Lucas 9, 1-6

El poder que se nos ha dado.

Cuando Dios nos llama al matrimonio, nos envía a recorrer un camino juntos hombre y mujer poniendo toda nuestra confianza en Dios y no en nuestros propias capacidades humanas. Dios conoce bien las dificultades a las que nos vamos a enfrentar, enfermedades, tentaciones… Dios sabe que todo esto nos supera. Una convivencia entre dos personas tan sumamente distintas en todo como son el marido y la mujer, a la que se suman los problemas que introduce la familia de origen, el trabajo… y cómo no, los hijos: Un don de Dios que acaba de desbordarnos del todo.

Pero Él no nos deja solos, se compromete con nosotros y camina junto a nosotros. Nos da la gracia de nuestro sacramento, y nos va dando autoridad y poder sobre toda clase de demonios. Como todo don, requiere que sea acogido, y por tanto, nuestra vocación exige también de nuestra perseverancia en el crecimiento en esa intimidad entre nosotros con Cristo.

Un sacerdote amigo nuestro, dice que Cristo no acusa, Él no ha venido a juzgar, sino a salvar a los pecadores. Nosotros no podemos acusarnos mutuamente de que nuestro matrimonio no haya ido bien, puesto que solos no tenemos capacidad para ello. Digamos que disponemos de un cubito y una pala para construir un castillo. Es el demonio quien nos acusa y nos hace culpabilizarnos el uno al otro. En realidad, la construcción de nuestro matrimonio le corresponde a Cristo, el arquitecto, la piedra angular. De lo que sí somos responsables cada uno, es de no haber dejado al Señor gobernar mi vida y nuestra misión. Tenemos que poner nuestro matrimonio en Sus manos para que el Espíritu actúe y lo construya y lo haga bello, fuerte. Ahora sí podemos participar, a sus órdenes, en su obra en nosotros.

Cuando experimentamos los frutos de aproximarnos a vivir el matrimonio como Dios lo pensó y en los que se complace, cuando hemos vivido la salvación ante las dificultades, gracias a Dios, cuando hemos estado en un pozo y experimentamos cómo Dios nos saca, para echarnos a volar… reconocemos que Él, nos ha dado poder sobre toda clase de demonios que nos esclavizan y nos quitan la salud. Ese poder, es el Espíritu Santo.

Después de experimentar a Cristo que nos libera y nos ha dado el poder contra esos demonios que nos esclavizaban, entonces nos envía a comunicarlo con toda la confianza de sabernos don para dar, para trasmitir la gloria de Dios.

No llevamos nada nuestro, nos hemos vaciado de nosotros mismos para poder entregarnos mutuamente y para recoger lo más fielmente posible la Palabra. Hablamos desde el corazón que ha experimentado la vida que anuncia, dispuestos a abrazar en Su nombre la hospitalidad que nos ofrecen otros matrimonios, la enfermedad que también nosotros un día padecimos, las tentaciones y diablos que también a nosotros un día nos atormentaron. La misión es siempre una actividad de doble vía, donde el misionero da lo mejor de sí y está dispuesto a escuchar, abrazar, recibir e integrar a su proyecto misionero a la realidad de cada matrimonio, como nuestro Maestro Jesús desde la sencillez y la actitud de servicio.

Si alguno no lo quiere acoger, experimentaremos el dolor de ver quien rechaza la Vida, la felicidad, la salvación… Pero tenemos que sacudirnos el polvo de la muerte que eligen, para seguir anunciando la buena noticia de que el matrimonio es una vocación al Amor, creada por el Creador y que nosotros nos limitamos a interpretar su música mientras Él la va haciendo cada vez más hermosa.

Oramos con el Salmo: Lámpara es tu palabra para mis pasos, Señor. Apártame del camino falso, y dame la gracia de tu voluntad.

La fuerza de la carne. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Lucas 8, l9-21

La fuerza de la carne.

«Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra.»

Las relaciones carnales son intensas. Lo que hacemos con nuestro cuerpo, afecta a lo que somos. Así lo ha querido Dios.
Jesús no pretende hoy quitarle importancia a las uniones familiares, entre padres e hijos o entre hermanos. Lo que ocurre, es que la carne, la que nos une humanamente, tiene desde el principio un nuevo destino, puesto que en el plan de Dios estaba la Encarnación de su Hijo.

Dios tenía que dotar al cuerpo humano de la capacidad de representar que Cristo es Hijo de Dios, que se hace Esposo de la Iglesia y que genera la fecundidad de todos los cristianos. Cristo iba a elevar la carne a la categoría de Dios.
Los antiguos lazos de la carne pasan desde la Pascua a un segundo plano, puesto que ahora el Cuerpo de Cristo hace posible un nuevo tipo de alianza, la eterna alianza con Dios. Así, al desposarse Cristo con la Iglesia, los bautizados formamos parte de su Cuerpo glorioso, de su carne, y se crea una nueva Familia, que perdurará eternamente. Un solo Padre con un solo Hijo verdadero que se desposa con la humanidad y así, pasamos a ser hijos en el Hijo. Y nos une el vínculo del amor de Dios, el Espíritu Santo.

Esta nueva relación carnal, tal como enunciábamos al principio, afecta a lo que somos y a lo que hacemos. Somos cristianos y cumplimos la Palabra. En lo relativo a la carne, al cuerpo, lo que somos y lo que hacemos son inseparables.

¿Qué debemos hacer como cristianos? Ser fieles a nuestra vocación al amor conyugal. Hay una misión que cumplir, que es el plan del Creador, y su cumplimiento requiere de un camino. Nos exige abandonar “a su padre y a su madre”, para depender del único Padre, y unirnos a nuestro esposo y formar una sola carne con él/ella. Este es el camino que nos lleva a ser verdaderos hermanos de Cristo.

Así, cada uno de nosotros, representamos a ese Adán y esa Eva en el principio, donde empieza ese proyecto de amor de Dios, paseando al atardecer velando el uno por el otro, para llegar a la experiencia última de amar hasta el extremo como Cristo en la plenitud de los tiempos. “El alma que anda en amor, ni cansa, ni se cansa, ni descansa” (San Juan de la Cruz).

“Cuánto es Padre Dios, sólo lo captan cabalmente hombre y mujer cuando se encuentran y trenzan su alianza. El destino final de la ruta, se presenta como un modo nuevo de reencontrarlo (a Dios). Por eso, en la madurez del amor, el Amado llama a la Amada –mi hermana, mi esposa- (Ct 4,9-12; 5,1-2) consciente de esta referencia mutua a la fuente primera de todo bien.” (Una sola carne en un solo Espíritu Pag. 149)

Oramos con el Salmo: Escogí el camino verdadero, deseé tus mandamientos. Enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón.

Lo que crees tener. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Lucas 8, 16-18

Lo que crees tener.

“Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija.” El matrimonio es un candil encendido. No es un acto privado, sino público y afecta a la sociedad. El nuestro se encendió hace 24 años y la Santísima Virgen quiso sacarlo de su escondrijo hace ya doce.

Hoy hemos visto una película que se llama “The fault in our stars”. Dos adolescentes con cáncer viven un romance muy hermoso. Sincero, había entrega entre ellos, alegría (hasta donde sus fuerzas lo hicieron posible), buscaban el bien común… Pero había un vacío en sus vidas y en su unión detrás de todos esos gestos y actitudes que reflejan el verdadero amor: Todo aquello se lo había dado Dios y ellos no le conocían. Cuánto más habrían podido disfrutar de aquel amor maravilloso sabiendo que es Dios Amor el que les une. Sabiéndose hijos, amados por Él.

Ntra. Madre ha querido darnos mucho. No son habilidades nuestras, sino tesoros de Dios. Cuando nos miramos, podemos percibirnos como imagen de Dios y El Señor nos ha revelado la belleza interior de nuestro esposo/a. Nos ha permitido vernos con Su mirada, dentro de nuestras limitaciones. Hemos llorado juntos, por una plenitud que nos desborda muchas veces en nuestra unión, dando gloria a Dios. El Señor ha transformado y sigue transformando nuestro matrimonio en una luz, que brilla porque Él brilla mucho más que nuestras sombras, que son muchas. Así que, por eso, decidimos ponerlo en el candelero. Para que el que entre, tenga luz.

Cuando uno encuentra el tesoro, no lo puede ocultar. El Papa Francisco, en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, dice que “el bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza, busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación, adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás. Comunicándolo, el bien se arraiga y se desarrolla (Nº9)”
De evangeli.net “Es la paradoja del Evangelio: Morir para nacer, servir para reinar, dar para recibir… dando te enriqueces. Cuanto más te entregas más te posees.

¿Qué crees tener? ¿Una familia? ¿Diálogo? ¿Comprensión? ¿Paciencia? … Lo que crees tener, en realidad no es tuyo, sino de Dios. Y si te intentas apoderar de ello, termina muriendo por nuestras limitaciones, como en la película. Si te intentas apoderar de ello, te atrapa y te domina y mata tu libertad. Te quedas sin amor, es decir, sin nada. Es otra vez la hermenéutica del Don de San Juan Pablo II. Sólo tienes lo que recibes y das, y lo entregas porque sólo podemos comunicar la gloria de Dios, y comunicándola nacemos, reinamos, recibimos, nos enriquecemos… poseemos. Somos.
El matrimonio en Cristo, nos permite descubrir quiénes somos. Tener una vida llena, plena, densa. De Él lo recibimos y por Él lo entregamos.

Proyecto Amor Conyugal, es un don de Dios a través de María. Un candil encendido. Al que tiene se le dará.

Oramos con el Salmo: El justo habitará en tu monte santo, Señor.

La hermosa viña que nos ha tocado. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 20, 1-16

La hermosa viña que nos ha tocado.

Señor, tu justicia no es nuestra justicia. Tus leyes no son las nuestras. Nosotros habíamos pensado en un matrimonio sin desavenencias, con los mismos ritmos. Sin embargo, entre los matrimonios se da mucho esto de medir el trabajo, el esfuerzo y la recompensa que se merecen uno y el otro.

También se da mucho que uno de los dos acoja antes la fe en Ti (normalmente son ellas). ¿Por qué? Porque has creado una unión que se alcanza desde el conocimiento mutuo, la comprensión, el perdón y la misericordia.

En el Evangelio, cuando descubrieron que el salario de un denario podía obtenerse trabajando menos horas, no comprendieron por qué habían trabajado durante todo el día. Pero, ¿Quién sufre más, el que trabaja o el que se agobia por no tener trabajo? Nos fijamos en el esfuerzo que implica la vida diaria cristiana: oración, esfuerzo… olvidando que la fe no es un peso que nos oprime, sino una luz que nos libera y da sentido a nuestra vida, a nuestro esfuerzo, a nuestro matrimonio y nuestra familia.

El cristiano que no es humilde, no sabe reconocer la sobreabundancia de Dios. Se cree merecedor de todo lo que tiene. Dios nos promete la salvación, pero por el camino estrecho, cargando con la cruz. Lo que vivimos los que hemos sido llamados por Él es lo pactado. No podemos quejarnos. Sin embargo, lo que recibimos es mucho más de lo que merecemos.

Muchos últimos, que no se quejarán, serán primeros y muchos primeros, como Eva, que no se conformaba con la sobreabundancia de Dios y quiso justo lo único que le faltaba, serán últimos. Eva prescindió de Dios, porque a pesar de que Dios le prometía todo, ella no quiso esperar. El resultado es que se convirtió en la última.

En cambio María, la esclava del Señor, proclama la grandeza del Señor. Era una mujer humilde y sencilla, pero sabía reconocer la sobreabundancia de Dios, sabía reconocerse creatura de un Dios creador, del que lo había recibido todo.

Por eso, la esclava del Señor, la que se veía última, pasó a ser la Reina del Universo. La primera de toda la humanidad en estar en el Reino en cuerpo y alma.

Hoy leíamos cómo en el Concilio Vaticano II (GS 49) se trata la belleza del matrimonio. Cómo el amor de los esposos es asumido en el Amor Divino, porque Cristo no sólo ha tomado sobre sí una naturaleza humana, sino también un amor humano. Nuestro amor ha sido elevado, divinizado, de tal manera que el matrimonio es camino de perfección, de santificación para los cónyuges, para ser llevados a Dios. Es como decir, parafraseando a San Agustín: “Ama (a tu esposo/a) y haz lo que quieras”. Sólo con eso, llegarás a la santidad.

También trata la consagración de los esposos, que están “fortificados y como consagrados por un sacramento especial”. Qué belleza, qué potencia, tiene esta frase. Hombre y mujer, en el sacramento, no reciben solo una gracia momentánea, sino que con el vínculo, se les regala una fuente de gracias, con la que podrán edificar la Iglesia desde dentro. Se habla de consagración y de vida en Dios, del Espíritu Santo, que abraza todo el horizonte de los esposos.

Quizás algún día lleguemos a comprender el tesoro de la viña de la comunión conyugal a la que hemos sido llamados. La pena es que Satanás suele dispersar a muchos esposos, para que centren su atención y sus prioridades en otras iniciativas muy loables y muy caritativas, pero que no son las que les harán santos, pues su santidad está en la comunión conyugal, la vocación a la que han sido llamados.

Señor, aquí estamos, en la plaza. Llámanos a seguir trabajando en nuestra viña y oremos por aquellos matrimonios que vendrán más tarde, para darte gloria desde la comunión conyugal. Gracias por permitirnos llegar a Ti, amando a mi esposo/a. ¡Nos entusiasma la idea!. Estoy feliz, porque me he consagrado a Ti a través del sacramento del matrimonio que me une a mi esposo/a.