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Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 6,1-6.16-18

El hogar cristiano.

Señor, qué hermoso entorno de intimidad es la familia, para vivir el Evangelio sin que apenas se note.

En el matrimonio, tenemos la oportunidad de entregarnos sin que nadie se entere. Vivir situaciones de sufrimiento sin que nadie lo aprecie. Ayunar privándonos de nuestros gustos, de nuestro orgullo, sin que nadie perciba nada.

El matrimonio es un hermoso escenario para vivir el viacrucis, con la entrega con la que lo viviste Tú. En definitiva, es donde se puede vivir el cristianismo de verdad, amando como Tú, en la dificultad, en el dolor. Amando de verdad, porque se ama con todo. No se ama a medias tintas. La entrega a disgusto es egoísta, y ahí no cabe Dios.

Dios está en la entrega oculta, generosa, sincera. Es la pasión del amor esponsal. El no lloréis por mí y aguantar en silencio muchas situaciones difíciles.
Amar es deshacerme por ti. Y luego el Padre nos resucita, en silencio.

Ven a nosotros, Espíritu de Dios. Lleno nuestros corazones de Tu Amor.
María, Tú estabas al pie de la Cruz. No nos dejes solos en la nuestra. Reina de las familias, Ruega por nosotros.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Juan 3, 16-18

¿Es tu problema?.

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.
Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.”

Aparte de aplicarnos este Evangelio a cada uno como hijos de Dios, apliquémoslo en nuestro matrimonio. Dios no quiso redimirnos y ya está. Quiso que participásemos de su misión redentora, y que contemos unos con los otros para alcanzar esa redención. De ahí ese “Id y proclamad el Evangelio”, en lugar de proclamarlo Él mismo a todos.

En nuestro matrimonio, también nos ha entregado el uno al otro para que no perezca el esposo, para que se salve. Dios no me ha mandado para juzgar a mi esposo/a, sino para salvarlo/a. Y mi esposo/a ha sido enviado para salvarme a mí. No hace falta añadir, que no con nuestras fuerzas respectivas, sino con la gracia del Espíritu. Pero ambos somos una mediación, el uno para el otro.

Por tanto, tus problemas son los míos. Son los nuestros. Tus debilidades, son las mías, son las nuestras. Y tus fuerzas no son las tuyas, son las nuestras. Y tus dones no son los tuyos, son los nuestros… Y tus oraciones no son las tuyas, son las nuestras.

Tanto me amó Dios, que me entregó a mi esposo/a para que me salve. Tanto te amó Dios, que te entregó mi persona como esposo/a, para que te salves.

Y Dios Padre nos entrega también juntos al mundo para que el mundo se salve por Él. “Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos» (DCG 47).

Esa es nuestra misión, esposos para con nuestros hijos y para el mundo. Hoy os invitamos a rezar juntos y hablarlo juntos con el Señor ¿Qué función tiene cada uno en nuestro matrimonio:
– en la educación de nuestros hijos
– en la relación con los demás
– en ese problema familiar…

EL ESPÍRITU SANTO: Nos regenera, nos da juicio, nos acerca a Jesús. JESUCRISTO: nos perdona, presenta sus méritos en favor nuestra, nos justifica e intercede ante el Padre presentando su sacrificio. EL PADRE: nuestro Creador, ama a su Hijo y acepta sus peticiones y el hombre es justificado… Los TRES se ocupan en el bienestar del hombre, desde antes de la creación.

Nada es tu problema. Todos se convierten en algo por lo que luchar juntos.

Oramos con el Salmo: Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres, bendito tu nombre santo y glorioso.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 5, 27-32

Determinados a amar

Hoy Jesús nos habla del amor indisoluble, fruto de un amor casto y de la responsabilidad de nuestros actos en la santidad de otros.

Nuestro cuerpo es la expresión de nuestro ser, signo o símbolo. Habla siempre de nosotros mismos, por eso a veces sobran las palabras y un silencio, un gesto o una mirada pueden decir mucho más…

De lo que hay en nuestro corazón, habla también nuestra mirada. La mirada de los esposos debe ser expresión de un amor casto y puro, que admira al amado como don de Dios, como hijo de Dios creado para amar y ser amado. El mismo Dios pensó en mi cónyuge para mí, como ayuda en mi camino hacia Dios.

Esta pureza de corazón se expresa tratándolo con la dignidad que merece por ser quien es y no como un objeto para mi propia satisfacción o egoísmo…
Todo empieza con nuestra manera de mirar, que una consecuencia de sentirme o no creatura de Dios, amada por Dios y creada para amar. De ello depende nuestro éxito o fracaso en el amor.

La Palabra de Dios de hoy nos tiene que llevar a entender la sacralidad de nuestro matrimonio y hasta que punto debo ser exigente con mi forma de amar. No se trata de entender el Evangelio de una manera literal, puesto que perder un ojo o una mano, no nos exime de pecar. ¿Cuál es entonces el espíritu de las palabras de Jesús? El sentido es de sacrificio para ser fieles al proyecto de fidelidad a Dios hasta vivir nuestro matrimonio como lo que es, para aquello para lo que fue creado y después elevado a sacramento.

Mi esposo/a no es alguien que me encontré en la calle, y si me canso o no tengo suerte, tiramos cada uno por su lado y aquí no ha pasado nada.
Hay quien dice : ¿y va a querer Dios que yo sufra? Será que no han oído decir hoy a Jesús: arráncate el ojo, córtate la mano…

Dios no quiere nuestra agonía, pero el sufrimiento que conlleva construir todo amor, no solo lo quiere, sino que Él mismo se hizo hombre para vivirlo.
La mayoría encuentra natural el sufrimiento que conlleva ser madre, desde el embarazo hasta el parto, la lactancia, las noches sin dormir, las rabietas… En la relación de amor de una madre, no se nos ocurre preguntarnos ¿Y Dios lo quiere ese sufrimiento? Se sufre por un hijo por amor. Se lleva a cabo el compromiso de ser madre o padre que adquirimos. Reconocemos el bien de verlos crecer y desarrollarse.

¿Por qué cuesta más entender el sufrimiento por amor para construir el matrimonio?

Jesús quiere devolver a la ley divina, su primitivo vigor, y dice: El que se divorcia de su mujer… la induce al adulterio. Con estas palabras nos muestra hasta qué punto es reponsabilidad nuestra la santidad o condena de nuestro cónyuge. Estamos llamados a ser uno y lo que yo hago le afecta al esposo.

Es cierto que muchas veces el matrimonio no es algo fácil, en otras palabras, conlleva la cruz. Si lo miramos como uno de los dones más hermosos que Dios ha dado a la humanidad y tomamos conciencia de que es un gran sacramento, una llamada de Dios, una vocación, estaremos preparados para disfrutar de su riqueza y la belleza de sus frutos.

Oramos con el salmo: Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mt 10, 7-13

Ni se compra ni se vende.

Cristo sabe que el Reino de Dios no se compra con dinero, se encuentra con el corazón y quien no lo busca, no lo encontrará ni aunque pague todo el oro del mundo.
El Reino de los cielos se haya con los tesoros del cielo que es la cruz, de donde nace el verdadero Amor. Quien no está dispuesto a sufrir por la persona amada, no ama de verdad.
Por eso, por lo que nos cuesta sufrir, nos damos cuenta de que amamos.

El anuncio de esta gran Noticia, es en sí un misterio de Dios y Él nos da amor por aquellos a quien se lo anunciamos y deseamos lo acojan. Quien está dispuesto, lo recibe y la paz que le deseamos vendrá a ellos. Quien no, la paz volverá a nosotros, pues es verdad que en el anuncio no sólo hay palabras. Está la Palabra (Cristo), todo Él, su Amor, su Espíritu… En el anuncio va Dios. Si no lo acogen, no nos lo arrebatan, pues Su Paz vuelve a nosotros. Nadie ni nada puede arrebatárnosla.

Ante el anuncio del Reino de Dios = la buena noticia, desde nuestra vocación conyugal: Cristo se ha entregado por nosotros para revelarnos cómo es este amor. Se ha hecho hombre… dio su vida hasta el extremo en la Cruz, y así ha elevado a sacramento nuestro matrimonio. Eso lo convierte en fuente de gracia. Hace que todo sea posible, hasta lo que parece imposible. Cura nuestras enfermedades de corazón entre esposos, todo el daño que nos hemos hecho por el egoísmo, el orgullo, la soberbia… resucita lo que estaba muerto, limpia la carne enferma por la búsqueda de placeres, expulsa los demonios que habitaban en nuestro hogar y en nuestro corazón…

Todo esto lo hemos recibido gratis y gratis lo tenemos que dar. No es una opción, es un mandato del Señor.

Oramos con el Salmo: Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mt 5, 13-16

Amarnos con “salero”.

La vida sin sal, tiene poca gracia. Pero «Si la sal se vuelve sosa ¿con qué la salarán?»
Señor, si nosotros somos la sal y nos desanimamos ¿Quién llevará la verdad del matrimonio a otros matrimonios? ¿Quién les explicará que has reservado para nosotros el privilegio de ser imagen de Vuestra comunión?.
Te pedimos por aquellos que están a gusto en la oscuridad del que vive adormilado, que cuando se enciende una luz hasta molesta. Limpia su mirada y haz que gocen con Tu luz.

Cierto es que, como dice Remigio: “La sal también cambia de naturaleza por medio del agua, el ardor del sol y la violencia del viento. Así los varones apostólicos, por el agua del bautismo, por el ardor del amor y por el soplo del Espíritu Santo se transforman en una naturaleza espiritual.” La sal por sí sola no tiene ningún valor.

Señor, la sal es lo que da sabor. Nosotros tenemos que darle el sabor al matrimonio. Y la luz, requiere de una energía constante. Nosotros ponemos una mecha, siempre dispuesta a consumirse, la oración y los sacramentos son el aceite y Tú eres la llama. Para ser luz, debemos dejar que el fuego de Tu Espíritu nos abrase, nos derrita, nos transforme. ¡Danos luz! Dánosla, Jesús. Queremos amarnos como lo haces Tú.

Oramos con el salmo de hoy: Haz brillar sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro.