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Apostamos Todo al Mesías. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 16, 13-20

Apostamos Todo al Mesías.

Esposos ¿Quién decís que es Cristo en vuestro matrimonio? ¿Cómo ha intervenido en él? ¿Y en vuestro trabajo? ¿Y en vuestros hijos?.
Si la respuesta es: “No ha intervenido mucho”, es que no tenéis esa relación continua y cercana con Él, como la que podían tener los Apóstoles.

Proyecto Amor Conyugal, no es un proyecto para un rato. Necesita de una constante presencia de Cristo en nuestras vidas. Si no, no lo dejamos actuar. Si solamente acudimos a Él los 45 min de la Eucaristía dominical o similar, es como cerrarle las puertas de nuestra vida el resto del día, según nos convenga. ¿Qué influencia suya esperamos cada día, en cada momento si no estamos contando con Él?.

¿Quién eres para nosotros? No hace mucho que nos lo preguntabas en este mismo Evangelio. Pero, las circunstancias van cambiando, y es bueno que muy de vez en cuando nos lo preguntemos: ¿Cómo ha cambiado en este tiempo nuestra percepción sobre Cristo? ¿Hemos ganado en confianza?.

Nosotros y todos los que hemos apostado por Ti, y experimentamos Tu presencia constante en nuestras vidas, te lo debemos todo, porque Tú nos has salvado. Has hecho posible que seamos hijos de Dios Padre y hermanos Tuyos. Además nos has rescatado de nuestra situación personal. Has redimido nuestro matrimonio, y lo has hecho posible. Has entrado en nosotros, y cada día Te vas haciendo más grande en nuestro interior. Y en la medida en que nuestro yo va menguando mientras Tú vas creciendo, vamos descubriendo más y más quiénes somos y para qué hemos sido creados, y quién eres Tú, en cada momento y en una eternidad. Proclama nuestra alma la grandeza del Señor.

Simultáneamente, has ido entrando en nuestro matrimonio y nos has ido mostrando el misterio, la belleza y el sentido tan profundo que tiene nuestra vocación. Y lo has ido transformando en algo nuevo, cada día más pleno, cada día más admirable, cada día Tu Santo Rostro nos mira, nos habla, nos corrige, enseña, nos sorprende, juntos nos alegramos… Desde luego es un camino nada monótono, nada rutinario.

¿Quién eres, nos preguntas? Nuestra salvación, nuestra fuerza, nuestro camino, nuestra verdad, nuestro amor, nuestro modelo, nuestra esperanza, nuestro destino, nuestra alegría, nuestra unión, nuestro Creador…

Hoy oramos con la preciosidad de la 2ª lectura: ¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!… Él es el origen, guía y meta del universo. A él la gloria por los siglos. Amén.

La Gran Boda. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 22, 1-14

La Gran Boda.

Dios Padre, celebra la boda de su Hijo, su Eterna Alianza con la humanidad, y nos invita a participar de ella.
Para los esposos, nuestra forma de participar es viviendo nuestra alianza matrimonial a imagen de la de Cristo. El banquete está servido, es la Eucaristía. Si no ponemos excusas para no asistir, formaremos parte de los invitados del Rey.

La invitación: consiste en una llamada de Dios, una vocación (del latín vocare, llamar). Es un ir caminando juntos poco a poco en el amor, por la ruta que va desde la unión afectiva hasta la comunión total de la existencia. El peso del amor nos mueve hacia Dios, hacia esa llamada, al encuentro con Él. “Ciertamente el amor es éxtasis, pero no en el sentido de arrebato momentáneo, sino como camino permanente. Como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí y, precisamente de este modo, hacia el encuentro consigo mismo, más aún, hacia el descubrimiento de Dios.” (Benedicto XVI DCE 6).

El protocolo: “Sería equivocado pensar que uno se ha de alejar del esposo para llegar hasta Dios o que queda reducido a mero instrumento, escalera por la que se asciende a esferas más altas. Es precisamente en la persona amada, en nuestra relación con ella, donde reluce el rostro del Padre. No avanzamos hacia Dios alejándonos del otro sino en él y con él.” (Llamados al Amor pg. 40) La tarea de los esposos por tanto, consiste en integrar todo lo que sienten y lo que desean hacia el descubrimiento del valor de la persona amada, convirtiendo este camino en una aspiración más alta, la ruta hacia Dios. Con razón San Agustín llamó a los afectos “los pies del alma”.

Nuestra preparación: Eso sí, tenemos que estar preparados para la ocasión, es decir, vestidos adecuadamente. Desde que nacemos nos vamos vistiendo de apariencias y ocultándonos tras nuestros miedos. Desde que el hombre, que fue creado desnudo, peca, se ha venido vistiendo de muchas cosas. El único vestido que estamos llamados a llevar es “vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne” (Rom 13,14) “porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Gal 3,27) para que vuelva a reflejarse la imagen de Dios en nosotros.
Por ello es imprescindible estar en gracia, es decir haber confesado nuestros pecados.

Nuestra participación: Como decíamos, nuestra manera de participar de la boda del Hijo, es desde nuestro matrimonio. ¿Por qué? Porque la Alianza espiritual entre Dios y los hombres se encarna en Cristo, y en esa entrega de amor, en esa boda, se unen Dios y el hombre en uno. Esta alianza esponsal, ilumina la alianza matrimonial entre hombre y mujer. A su vez, el matrimonio entre hombre y mujer, se utiliza ya desde el Antiguo Testamento para iluminar la Alianza Eterna de Dios con el hombre. Así, en el Evangelio de hoy, Cristo compara el Reino de Dios con una boda a la que hemos sido invitados.

Cómo llegar: Pero ¿cómo se llega a Dios desde un amor imperfecto como el nuestro? Es Cristo, el que existe desde el Principio, quien viene a regenerar el amor originario entre hombre y mujer, tal como lo creó Dios. A través de Él, se regenera en su carne, el amor humano en toda su pureza. Su cuerpo humano fue el medio para que Dios se relacionase con el ser humano. Después de resucitar, su cuerpo glorioso sigue siendo el medio de relación, de unión entre Dios y el hombre: La unión de Dios con su Iglesia en uno solo, en el cuerpo de Cristo. Y es en Él, como parte que somos de su cuerpo (Iglesia), como podemos volver a vivir el amor en el matrimonio, entregando nuestros cuerpos asumidos por Cristo en el suyo por el Bautismo y la Eucaristía.

Final feliz: Así, siendo fieles a la llamada que Dios nos ha hecho al amor desde nuestra vocación de esposos y alimentados por los sacramentos, estamos listos para acudir a la Gran Boda y disfrutar del banquete divino. ¡Vivan los Novios!.

Oramos con el Salmo: Oh Dios, crea en mi un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; … Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso.

La hermosa viña que nos ha tocado. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 20, 1-16

La hermosa viña que nos ha tocado.

Señor, tu justicia no es nuestra justicia. Tus leyes no son las nuestras. Nosotros habíamos pensado en un matrimonio sin desavenencias, con los mismos ritmos. Sin embargo, entre los matrimonios se da mucho esto de medir el trabajo, el esfuerzo y la recompensa que se merecen uno y el otro.

También se da mucho que uno de los dos acoja antes la fe en Ti (normalmente son ellas). ¿Por qué? Porque has creado una unión que se alcanza desde el conocimiento mutuo, la comprensión, el perdón y la misericordia.

En el Evangelio, cuando descubrieron que el salario de un denario podía obtenerse trabajando menos horas, no comprendieron por qué habían trabajado durante todo el día. Pero, ¿Quién sufre más, el que trabaja o el que se agobia por no tener trabajo? Nos fijamos en el esfuerzo que implica la vida diaria cristiana: oración, esfuerzo… olvidando que la fe no es un peso que nos oprime, sino una luz que nos libera y da sentido a nuestra vida, a nuestro esfuerzo, a nuestro matrimonio y nuestra familia.

Hoy leíamos cómo en el Concilio Vaticano II (GS 49) se trata la belleza del matrimonio. Cómo el amor de los esposos es asumido en el Amor Divino, porque Cristo no sólo ha tomado sobre sí una naturaleza humana, sino también un amor humano. Nuestro amor ha sido elevado, divinizado, de tal manera que el matrimonio es camino de perfección, de santificación para los cónyuges, para ser llevados a Dios. Es como decir, parafraseando a San Agustín: “Ama (a tu esposo/a) y haz lo que quieras”. Sólo con eso, llegarás a la santidad.

También trata la consagración de los esposos, que están “fortificados y como consagrados por un sacramento especial”. Qué belleza, qué potencia, tiene esta frase. Hombre y mujer, en el sacramento, no reciben solo una gracia momentánea, sino que con el vínculo, se les regala una fuente de gracias, con la que podrán edificar la Iglesia desde dentro. Se habla de consagración y de vida en Dios, del Espíritu Santo, que abraza todo el horizonte de los esposos.

Quizás algún día lleguemos a comprender el tesoro de la viña de la comunión conyugal a la que hemos sido llamados. La pena es que Satanás suele dispersar a muchos esposos, para que centren su atención y sus prioridades en otras iniciativas muy loables y muy caritativas, pero que no son las que les harán santos, pues su santidad está en la comunión conyugal, la vocación a la que han sido llamados.

Señor, aquí estamos, en la plaza. Llámanos a seguir trabajando en nuestra viña y oremos por aquellos matrimonios que vendrán más tarde, para darte gloria desde la comunión conyugal. Gracias por permitirnos llegar a Ti, amando a mi esposo/a. ¡Nos entusiasma la idea!. Estoy feliz, porque me he consagrado a Ti a través del sacramento del matrimonio que me une a mi esposo/a.

Las dos puertas. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 19, 23-30

Las dos puertas.

O las dos banderas, como las llama San Ignacio.
Veamos qué nos dicen los doctores de la Iglesia sobre este Evangelio:

Remigio: ‘Explicando el mismo Señor el sentido de este pasaje, según San Marcos dijo (Mc 10,24): «Difícil es a los que confían en sus riquezas entrar en el Reino de los Cielos». Confían en sus riquezas los que tienen puestas en ellas todas sus esperanzas.’

San Hilario: ‘Porque no se adquieren los bienes del mundo… sin exponerse a los vicios del mundo. Y ésta es la dificultad que tiene el rico de entrar en el Reino de los Cielos.’

Por tanto, el primer problema del rico es el de poner la confianza en el dinero y no en Dios. El segundo riesgo es exponerse a otro tipo de vicios.

Y ¿Cómo aplica esto a los matrimonios y las familias?.

En el matrimonio:
¿No es verdad que normalmente el que tiene éxito en la vida, tiende a sentirse superior? Vanidades y orgullos que endurecen el corazón, que crean desequilibrios entre los esposos “ayuda semejante” el uno para el otro. Un pedestal desde el que se ve al otro inferior. Unos bienes que no son bienes comunes.

En la familia:
¿No es verdad que los padres de familia tendemos a poner la confianza en el dinero? Quizás nos empeñamos demasiado en darle a nuestros hijos una buena carrera pero no tanto en llevarlos al camino del Señor. ¿Cuánto tiempo y cuántos esfuerzos dedicamos a darles una buena formación intelectual y cuánto en darles una formación espiritual? Si pudiese pesarse, todos sabemos hacia dónde se inclinaría la balanza. Y ¿No les estamos enseñando a nuestros hijos con ese desequilibrio de prioridades a que pongan su confianza en el dinero?. ¿Cuánto tiempo dedicamos al Señor? O no queda tiempo: “El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna.” Las familias estamos llenas de “obligaciones” para la propia familia, amigos, familias de origen y … ¿Y para con Dios?.

Unas monjas nos dijeron una vez: “Hay matrimonios que no tienen tiempo para dedicar a la oración, y lo que no saben es la cantidad de tiempo que pierden por no rezar juntos.”

Podríamos incluir en el mismo grupo de “los ricos” a aquellos que no lo son, pero que ambicionan las riquezas. Mostremos a nuestros hijos dónde tienen que poner la confianza, confiando nosotros en Dios. Que en cada dificultad, nos oigan que la ponemos en manos de Dios. Que en cada cosa buena que nos venga, nos oigan dar gracias a Dios. Animémosles a que, den gracias a Dios por todo lo que les damos, porque todo viene de Dios. Digámosles que todo lo que reciben ahora, no es para su enriquecimiento personal o presumir y ponerse por encima de otros, sino para que en un futuro puedan dar gloria a Dios con su trabajo, para que construyan un mundo mejor para sus hermanos y para dejarlo en heredad para sus hijos y los hijos de sus hijos.

Como dice San Jerónimo. ‘No dijo: Que lo dejasteis todo (porque esto también lo hizo el filósofo Crates y otros muchos que despreciaron las riquezas), sino y que «me habéis seguido», que es propiamente de los apóstoles y de los creyentes.’ No se trata de dejarlo todo sino de seguir a Cristo. Seguir su camino de glorificar al Padre, de hacer lo que le agrada. Colaborar en la misión creadora del Padre y en la misión salvadora del Hijo.

Pero si es imposible para el hombre ¿Por qué nos pide Cristo que lo dejemos todo? Cristo quiere que vivamos en la verdad. Todos los santos lo han hecho. Veían que tenían que dejar hasta el último minuto de su vida aquí, como San Francisco. Volvemos a la cuestión de la confianza. Nosotros no podemos, solo Dios, y por eso sólo podemos poner la confianza en Él.

Si haces a tu hijo arquitecto, igual mañana consigue las llaves de un Bentley. Pedro siguió a Jesús y recibió las llaves del Cielo. ¿En qué puerta pones la confianza de tus hijos?.

Oramos con el Salmo: (Pongamos nuestras familias en Sus manos) Porque el Señor defenderá a su pueblo y tendrá compasión de sus siervos.

Esposos con vocación. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 19, 16-22

Con vocación de esposos.

Nos gusta decir, que la indisolubilidad no consiste solamente en no divorciarse y permanecer juntos para toda la vida. La indisolubilidad consiste en que Dios nos ha unido. Y Dios no une por un “pespunte”. Dios une nuestra carne, nuestro corazón y nuestra alma.

La conversación de Jesús con el joven rico, va un poco de eso: Hasta qué punto estoy dispuesto a implicarme en el amor. ¿Qué le falta al joven? Le falta cambiar la obligación por la gratuidad.

Dios no usa algo para medir qué leyes y mandamientos hemos cumplido. La justicia de Dios es misericordia, o sea, su justicia no es retributiva (“Qué tengo que hacer para obtener la vida eterna”) sino restaurativa (“Si quieres llegar hasta el final…”). El que tiene una verdadera vocación, no mide, no pone límites. Está dispuesto a todo para “llegar hasta el final”. Ponemos aquí esa famosa frase del Concilio Vaticano II que tanto le gustaba a San Juan Pablo II: “El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo” (GS nº24).

Se trata de discernir la diferencia entre el matrimonio como un estado de vida o como una vocación. Es la pregunta que te hace hoy Jesús: “Si quieres llegar hasta el final…” Los puntos suspensivos, los pones tú, porque sólo tú y Dios sabéis qué te falta.

Es obvio que al joven rico sentía que le faltaba algo cuando fue a preguntarle a Jesús. También el evangelista nos deja claro que se fue triste. Jesús no fue detrás de él para convencerle. Es su libertad la que le separa de la felicidad. Tenía su vaso repleto de dinero y en él no cabía la oferta de Jesús.

El matrimonio no es sólo un proyecto propio o de los dos, sino sobre todo, un Proyecto de Dios. Nuestra vocación consiste en la entrega mutua en Cristo y por Cristo. Ese es nuestro “llegar al final”. Una vez tomada la decisión de dejarlo todo por Él, disfrutemos del tesoro que el joven rico despreció: Jesús nos ofrece “veniros conmigo”. La cita es a los pies de la cruz: Él nos espera con los brazos abiertos, y nosotros llevamos nuestros vasos vacíos. Él se da como Esposo, nosotros le acogemos como Esposa (Iglesia doméstica). El entrega su sangre, nosotros la recogemos para que nos purifique. Él nos entrega su cuerpo, nosotros nos alimentamos de él para entregarnos en la carne. Él nos entrega su Espíritu, nosotros nos amamos con Él, es Él quien nos Cristifica en un solo cuerpo, corazón y espíritu en un camino juntos y con Él.

¡Matrimonios entusiasmados, amigos de Cristo! Alegraos de haberle encontrado y saborear el buen vino que hace de nuestro amor, de encontrar el tesoro por el que estamos dispuestos a venderlo todo, no se trata de dejar, sino de entregarle todo lo que nos ha dado y lo que no tenemos ¡todo!

Hoy oramos con esa plegaria tan certera de San Ignacio: Alma de Cristo, santifícame. Cuerpo de Cristo, sálvame. Sangre de Cristo, embriágame. Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, confórtame. ¡Oh, buen Jesús!, óyeme. Dentro de tus llagas, escóndeme. No permitas que me aparte de Ti. Del enemigo, defiéndeme. En la hora de mi muerte, llámame. Y mándame ir a Ti. Para que con tus santos te alabe. Por los siglos de los siglos. Amén.