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El amor de acogida, tan importante como el de entrega. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Lucas 7, 36-50

El amor de acogida, tan importante como el de entrega.

Dios es amor y en esa relación de amor con nosotros, nos revela su intimidad. La vida de Jesús nos la revela: Se llama “Misericordia”.

La medida que solemos utilizar es diferente de la de Cristo: La medida que utilicéis, la utilizarán con vosotros, nos dice el Señor en otro pasaje evangélico. Los fariseos, nos representan en esta escena, quitando valor a aquella mujer hasta despreciarla y hacerla indeseable e indigna de presentarse allí, entre ellos, por ser una pecadora.

Este fin de semana comentábamos con un grupo de matrimonios que mi esposo/a no pierde valor por ser un pecador. Vale según el amor que Dios le tiene, y su valor es incalculable, puesto que Cristo murió por él/ella. Comentábamos que Cristo no murió por la humanidad en general, sino que murió por cada uno de nosotros, uno por uno. Ese es el valor de mi esposo/a, el suficiente como para que merezca que el Padre envíe a su Hijo único para morir por él/ella, como subraya la parábola de la oveja perdida.

Nos hacemos ya una idea del valor de aquella pecadora. Dios nos entrega en un don gigantesco del valor que acabamos de describir. El tema de la hermenéutica del don de San Juan Pablo II nos sobrecoge cuando explica que un don (que se da con amor de persona a persona) sólo puede darse si la persona a la que va destinado lo recibe. En cierto modo, la persona que da el don se entrega con él y la que lo recibe se entrega acogiéndolo. Así Cristo se da en matrimonio por su Iglesia por amor y María en nombre de la Iglesia lo acoge también con amor.

Si Dios nos da en matrimonio un don de este calibre (mi esposo/a) cuyo valor no pierde ni un ápice por sus pecados, y yo no me entrego acogiéndolo con amor, el don no se produce. Cuando no hay unión entre los esposos, no es porque Dios nos esté entregando el don equivocado, sino porque no lo estamos acogiendo en todo su valor, con el amor que deberíamos. Estamos utilizando una medida incorrecta, nuestro juicio, y no hemos sido nombrados jueces de nuestro hermano/a.

¿Cómo es nuestro amor de acogida? El Escándalo de Jesús (por lo que le mataron), es acoger a los pecadores, dejarse tocar por ellos. A nosotros nos corresponde acoger a nuestro/a esposo/a como Él nos acoge a nosotros, pecadores.

Si tienes duda de cómo acoger con amor a tu esposo/a pecador, mira esta escena:

Oramos con el Salmo: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia.

Un mundo light y sin cafeína. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Lucas 7, 31-35

Un mundo light y sin cafeína.

Es habitual refugiarse en una actitud crítica, para justificar la tibieza de la fe y la dureza de corazón en nuestro matrimonio.
La falta de coherencia es un signo de que no se vive en la verdad. Si no hago lo que pienso, acabo pensando según lo que hago. Entre matrimonios es habitual el “ni contigo, ni sin ti”. La incoherencia lleva a una queja constante, porque no alcanza ninguna solución estable.

No podemos conformarnos con una fe de estantería ni con un matrimonio de “vivir bajo el mismo techo y compartir unos hijos”. La fe es para vivirla en nuestro matrimonio y en nuestras familias.

Cuando miramos a los matrimonios de alrededor, nos asombramos de lo mal que están las cosas. Pero cuando leemos lo que el magisterio de la Iglesia dice sobre el matrimonio, buscamos una explicación light y descafeinada que justifique nuestra realidad. Parece que no va con nosotros. Eso es muy complicado… eso será para los santos…

El resultado, es un matrimonio mediocre, al que le falta «azúcar» que lo endulce (el cariño nunca sobra) y «cafeína» para que le dé vigor (la ilusión y el deseo son el motor). San Juan Pablo II nos pone metas como la que veíamos este fin de semana con un grupo de matrimonios: “se ven y se conocen a sí mismos con toda la paz de la mirada interior, que crea precisamente la plenitud de la intimidad de las personas” (Catequesis 02/01/80). Queremos conocernos en la verdad de lo que somos y alcanzar la plenitud de esa intimidad. Ahí encontraremos la paz, la estabilidad. Queremos de eso! Y queremos muchas otras cosas más.

¡Esposos! San Juan Pablo II toca y no bailamos. Nuestra Madre Iglesia nos avisa de los peligros de la situación que viven las familias de hoy, y no lloramos.

Señor, envíanos tu Espíritu. Que tu carne nos dé la fuerza y tu sangre nos purifique. ¡Prende fuego en nuestros corazones! No queremos vivir un sucedáneo. Queremos ser “discípulos de la sabiduría” y darle la razón. San Juan Pablo II, ruega por nosotros.

Oramos con el salmo: Que la palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho y su misericordia llena la tierra.

Hora de limpiar el trastero. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Lucas 7, 11-17

Hora de limpiar el trastero.

En este Evangelio, nos llama la atención que el Señor le pide a la viuda que deje de llorar. Su situación era dramática: Además de acabar de perder un hijo, una mujer en aquellas circunstancias se quedaba sin sustento. Ya sólo le quedaba esperar su propia muerte. Cristo, sin embargo le dice que no llore.

Si nos quedamos enfrascados en el dolor, derrotados por las penas, la fe “pasa de largo”. La desesperanza es enemiga de la fe: Fe, Esperanza y Caridad, van las tres unidas. Es importante no dejarse llevar por los sentimientos y centrar, desde la voluntad, nuestra confianza en el Señor. Él puede hacer el milagro, como en el caso de la Viuda de Naín. “A ti te lo digo, muchacho, levántate”. Sal de tu dolor, sal de la autocompasión que te mantiene enterrado.

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La oración es un acto de fe, de confianza en Dios y de obediencia. Podría incluso no haber palabras y poder estar dándose una auténtica oración, como hizo Abraham. Tenemos que desconfiar de la oración que no se traduce en obediencia. Recordamos a aquella de religiosa que decía: Mucha mística, mucha mística, pero a la hora de coger la escoba siempre somos las mismas.

La oración es búsqueda de Dios, búsqueda de su voluntad. La oración entendida equivocadamente es antropocéntrica: nace en el hombre y termina en el hombre. No es una técnica de relajación. La oración auténtica es Cristocéntrica: Nace de Dios y termina en Dios, pero integra al hombre para que sea libre. Gráficamente podríamos representar la oración como una barquichuela, que llega al puerto y lanza una soga para el amarre. Lo que se acerca no es el puerto a la barquichuela sino la barquichuela al puerto.
(Mons. Munilla: Explicación del catecismo Nª 2570. Radio María)
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A veces, nuestro esposo está desanimado, preocupado… no nos hundamos con él/ella. Toquemos su “ataúd” como hizo Cristo, sintamos lástima, pero inmediatamente actuemos. “Ven esposo/a mío/a, ven a mi corazón, que quiero resucitar contigo para poder experimentar juntos el amor de Dios. Pongámonos en las manos de nuestra fe y de nuestro Salvador”. Pidámosle a Él que vaya por delante de nosotros en esa cruz y confiemos. La oración es obediencia, es una disposición de la voluntad. A veces tiene lugar de una forma dramática porque es una rendición de la voluntad. En Abraham, la obediencia, hasta que llega a ser filial, le cuesta. La verdadera libertad es un estado de obediencia.

El hijo de la viuda se incorporó y empezó a hablar. El que está vivo, comunica, comparte, se relaciona, no se encierra. Decíamos que, a veces Dios permite que pasemos por situaciones complejas o difíciles, para que salgamos de nosotros mismos y rindamos nuestra voluntad. El matrimonio es una excelente vocación para salir de esa habitación cerrada a la que le falta ventilación; ese trastero en el que convertimos nuestro interior, lleno de manías, autoconvencimientos, prejuicios y malos hábitos. Es bueno que dejemos entrar al esposo/a, que lo remueva todo, coloque las cosas donde jamás las pondríamos, tire lo que le parece que no tiene utilidad y que retire los muebles viejos para limpiar detrás. Obedecer al esposo/a es muy importante para que salgamos de nuestros egoísmos, nuestros miedos, nuestro hermetismo… para salgamos de nuestros “amarres” y hacernos libres.

Hoy Cristo se dirige a nosotros: “Deja de quejarte. ¡Esposo/a, a ti te lo digo, levántate!”.

La imagen de la mujer libre por excelencia es María: La que dijo “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según su palabra”. Es la sublime obediencia, raíz de la plena libertad. No hay nadie más libre que María.

Oramos con el Salmo: Somos su pueblo y ovejas de su rebaño. Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores.

El Proyecto de María. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Juan 19, 25-27

El Proyecto de María.

Según la hermenéutica del don, para que el don se dé es necesario que alguien lo reciba. Cristo se dona en la cruz y era necesario que alguien estuviese allí para recoger ese don de amor plena y perfectamente. Ella es María, Madre de la Iglesia, que recoge perfectamente la entrega del Esposo y recibe su sacrificio como don de salvación para su Esposa la Iglesia a la que ella representa.

María fue corredentora con Jesús, por su sí a la encarnación y porque estuvo a los pies de la Cruz. Ella participa de la entrega de su Hijo al mundo. Lo recibió como un don y lo entrega ahora como un don. Nosotros lo recibimos y como María, tenemos que entregarlo. Tenemos que convertirnos también en corredentores de Cristo ¿Cómo? Estando a los pies de la cruz de nuestro esposo, participando con él/ella y convirtiendo ese sufrimiento en una entrega por amor a otros, para que así, el don que recibimos de María llegue a nuestro esposo y a muchos más matrimonios. Como dice en el Catecismo (Nº 1521 La unión a la Pasión de Cristo) “El sufrimiento, secuela del pecado original, recibe un sentido nuevo, viene a ser participación en la obra salvífica de Jesús.” Los esposos uniendo nuestro sufrimiento a la Pasión de Cristo, somos corredentores el uno del otro: (Los esposos) “al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del Espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación (Gaudium et Spes, n° 48).

Retomamos la escena del Evangelio, con unas palabras de San Ambrosio: ‘»He aquí tu hijo». «He aquí a tu Madre». Cristo testaba desde la cruz y repartía entre su Madre y su discípulo los deberes de su cariño. …Rico testamento, no de dinero, sino de vida eterna’. Cristo lo dona todo, incluso a su Madre la comparte con nosotros. Bendito don para la vida eterna. A través de Ella vino la Salvación y a través de Ella llegaremos nosotros al Salvador.

Ella inició este Proyecto de Amor Conyugal, porque quiere llevarnos a Él. Ella conoce el camino, trae al Señor a nuestra familia, y además aprendió viendo a su Hijo desposarse con la Iglesia, ella nos guía. Nos puso en el camino a San Juan Pablo II, el Papa de la familia, el gran devoto de Nuestra Señora de Fátima, quien le salvó de la muerte un 13 de mayo. Ella nos convirtió. Nos puso al papa del “Totus Tuus” Todos tuyos, María. Seguimos su camino. No es casualidad, Ella va marcando el rumbo, es nuestra estrella, nuestra guía de Proyecto Amor Conyugal.

Damos gracias a Cristo por este inmenso don de nuestra Madre.

Oramos hoy con la preciosa secuencia:
Por los pecados del mundo, vio a Jesús en tan profundo tormento la dulce Madre. Vio morir al Hijo amado, que rindió desamparado el espíritu a su Padre.
¡ Oh dulce fuente de amor!, hazme sentir tu dolor para que llore contigo. Y que, por mi Cristo amado, mi corazón abrasado más viva en él que conmigo.

Los secretos de la felicidad conyugal. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Lucas 6, 20-26

Los secretos de la felicidad conyugal.

Las Bienaventuranzas es el rostro de Cristo, es el programa de vida para parecernos a Él, una forma de vivir, de ser, de pensar, es movernos en la cima del Amor.
Amar es vivir las Bienaventuranzas ¿quienes son los felices y dichosos? Los que aman y se dejan amar por Dios a través de su cónyuge, pues es como Dios nos llamó al camino del amor.

Cada bienaventuranza tiene dos partes: opción o estado y la segunda es la consecuencia o promesa. Mateo, anuncia ocho bienaventuranzas y Lucas cuatro bienaventuranzas o estados de felicidad y cuatro maldiciones o desdichas, por ser contrario a Cristo.

Veamos si nuestro matrimonio es feliz o infeliz:

Dichosos los pobres porque vuestro es el reino de Dios:

La pobreza que nos hace merecedores de la bendición del Señor es la humildad, reconocimiento de nuestra verdad: ser sus creaturas, sus hijos en Jesucristo, sostenidos por su Amor que nos inspira a vivir y a alcanzar su Reino. Es desnudar nuestro corazón ante el esposo y ante Cristo presentándonos tal cual somos: lo bueno y lo malo para apoyarte en él/ella y que te ayude. Un solo corazón, un solo espíritu caminando de la mano de Cristo.

Es indispensable ser un matrimonio pobre para que Jesús se haga visible en nosotros, siendo luz para nuestros hijos y para el mundo, por lo que detrás de tu humildad, veras la luz de Cristo, verás a Cristo en tu cónyuge y verán a Cristo en vosotros.
Un matrimonio pobre es aquel que no tiene y lo reconoce. Necesita desarrollarse, hacer crecer su amor limitado. ¿Acaso algún matrimonio tiene el amor ilimitado al que aspiramos? No, por eso tenemos que reconocer que somos agua que necesita ser convertida en el buen vino que emana de la sangre de Cristo. Es un matrimonio que se sabe necesitado de la Palabra de Dios para aprender y caminar en la vida juntos, que reconoce que necesita del amor de su esposo y juntos del Amor de Dios. El que se libera del yugo de creerse más que el otro o querer que el esposo me vea fantástico. Pobre es el que reconociendo su debilidad o carencia ante su cónyuge, se apoya en él/ella y juntos en Dios. No por que crea en la persona-esposo, sino porque cree en su sacramento y que es Cristo el que se hace presente atraves del esposo actuando de ministro, siendo portador de Su gracia, lo sana y esto los hace invencibles: En mi debilidad me haces fuerte (S. Pablo).
No hay mayor necesidad para un matrimonio que la unión de corazón que solo puede unir Dios y no depende de sentir lo mismo o coincidir en…. Depende de haber contruido sobre roca (Cristo) cuando hay verdadera unión, es un matrimonio mas fuerte que la muerte, ninguna tempestad lo derribará.
Por eso dichosos, felices los matrimonios que trabajan por esta unión, poniendo sus corazones vacíos, pobres, en las manos de Dios, dichosos por llenarse y llenar a su cónyuge de amor en lugar de llenarse de sí mismos.

Dichosos los matrimonios que ahora tenéis hambre, porque quedareis saciados:

El hombre llega a ser feliz amando y siendo amado, acoge el don de Dios, se lo entrega a su cónyuge y acoge el don de Dios a través de su cónyuge (la hermenéutica del don S. Juan Pablo II)
El esposo justo es aquel que respeta a su cónyuge (más allá de no faltarle o mirarle mal) es ver en él el don de Dios, por esto nos descalzamos porque estamos ante terreno sagrado, viendo la justicia-amor divino en él y colaborando con Dios a que sea lo que Dios ha pensado para él desde su trabajo, familia, amigos…
Por lo tanto dichosos los matrimonios que ahora descubren que sin unión con Dios juntos no hay paz, amor, justicia… Y la buscan, trabajan juntos por ello, tienen hambre de su vocación de esposos. Quedan saciados en parte, viviendo un anticipo del cielo aquí en la tierra.

Dichosos los que ahora lloráis porque reireis:

Dichosas las lágrimas que mueven el corazón al bien por sanar lo que las ha producido.
Dichoso es el que descubre el bien sanando las heridas de su esposo roto por la vida, las circunstancias… en lugar de mirar a su propio dolor (estas son lágrimas infecundas, nacidas del amor propio).
Sólo el amor, sana el corazón herido. El amor es lo único que da fuerza para soportar el sufrimiento, y cuando se acepta con y por amor se une el alma estrechamente con Dios y con el esposo.
El matrimonio que padece cualquier dolor a causa de su esposo y está dispuesto por amor a entregarse a él/ella, como Cristo, haciendo suyo el dolor del otro y ayudándole, este matrimonio reirá porque habrán resucitado juntos.

Dichosos seréis cuando los hombres os odien, os expulsen, proscriban vuestro nombre como malo por causa del Hijo del Hombre. ¡Alegraos ese día porque grande será vuestra recompensa, porque así fueron tratados los profetas!» Con estas palabras de Jesús, nos anima a los matrimonios que rezamos juntos, que acudimos juntos a la Eucaristía fuente de nuestro amor, que luchamos por ser fieles a Dios a través de nuestra vocación cada día, defendemos lo que Jesús nos enseña y con la forma de actuar caminamos contracorriente, hablamos de lo que no está de moda y tenemos a Cristo constantemente en nuestras conversaciones.
La defensa por la Verdad, puede causarnos críticas, dificultades… pero no es estertor de muerte, sino dolor de parto, señal de que somos un matrimonio Vivo y feliz en Cristo!!
También es dichoso el esposo que por su fidelidad a Dios, aunque sea perseguido por su propio esposo, no rompe la comunión, es fiel a la indisolubilidad.
¡Alegrémonos y saltemos de gozo entonces!! El matrimonio que ha encontrado el tesoro, no se desanima por lo que estima basura.

Pero, ¡ay de vosotros, los matrimonios ricos!
Que pensáis que no necesitáis del esposo, que no veis la verdad para la que ha sido creado, que ponéis vuestra confianza en vosotros mismos, que honráis a Dios con la boca y vuestro corazón está lejos del esposo. Cuando no hay unión en la debilidad se producen todas las consecuencias destructivas y la persona se hace aún más débil cayendo con mucha más facilidad en su propia debilidad y ante cualquier dificultad, el matrimonio tambalea…
Ay de los matrimonios que confían en otros dioses: como el dinero, el éxito, comodidades, planes, en uno mismo…nada de esto edifica, ni hace posible la unión y por eso ya tenéis vuestro consuelo: limitado, a rachas, frágil, falso.

¡Ay de vosotros, los matrimonios que ahora estáis saciados! Con vuestro trabajo, hijos, familias, amistades, comodidades, diversiones…. Y no buscáis la justicia-amor de Dios para vuestro matrimonio por «falta de tiempo». Un tiempo teóricamente lleno, saciado, pero realmente vacío, hueco. Porque tendréis hambre.

¡Ay de los matrimonios que ahora reís!
Porqué has endurecido tu corazón y has huido de tu Cruz, has dado la espalda a tu esposo por mirarte el ombligo, has dicho no a la oportunidad de construir, has renunciado al camino estrecho de la misión de Dios… Porque haréis duelo y lloraréis.

¡Ay matrimonio si todo el mundo habla bien de vosotros!
Porque seguís lo de todo el mundo y no lo de Cristo, porque hacéis lo que sabéis que es aplaudido… Seréis unos mentirosos y unos falsos profetas, porque no reflejaréis la verdad de Cristo.

Oramos por el alma de los esposos con el salmo: Escucha, hija, mira: inclina el oído, olvida tu pueblo y la casa paterna; prendado está el rey de tu belleza: póstrate ante él, que él es tu Señor.