Archivo de la etiqueta: Evangelio

Las batallas de tu casa. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 10, 34-11, 1

Las batallas de tu casa.

Cuando no reina el Señor en nuestro matrimonio y en nuestra familia, si no que reinamos nosotros mismos, vienen los conflictos. Queremos tener razón, imponer nuestros criterios y entonces los enemigos de cada uno son los de su propia casa: El esposo de la esposa, el hermano del hermano, el hijo del padre y padre del hijo… Cristo ha venido a enfrentarnos contra todo aquello que no es amor para que dirijamos nuestra mirada y corazón al Amor.
Pero cuando reinas Tú, Señor, y todos perdemos nuestra vida: egoísmos, intereses propios, nuestras humanas razones… Por amar como Tú a mi esposo, cuando rezamos juntos, permanecemos unidos por Tu Espíritu y entonces en nuestra familia reina Tu Paz. Iluminas a cada uno para que sepa qué Cruz debe coger para amar. Quizás es la cruz de desprenderme de mi egoísmo o pereza, de mis razones que se imponen al amor… Cruz desde donde Cristo nos redime y nacen los sacramentos como remedio ante nuestro pecado.

Así dice San Buenaventura, hay una medicina para cada mal que procede de la culpa:
Contra el pecado original – el Bautismo
Contra el mortal – la Confesión
Cura el pecado venial – la Unción de enfermos
Sana la ignorancia – el orden sacerdotal
Contra la debilidad – La Confirmación
Acaba con la Malicia – La Eucaristía
Contra la concupiscencia – el matrimonio (sana al hombre de la ignorancia al instruirle sobre su fin último)

La concupiscencia, ese desorden introducido por el pecado, reduciendo la mirada al círculo cerrado del que consiste en la incapacidad para entender el lenguaje del cuerpo, para leer y escribir en la carne el amor a Dios y a los hombres. La concupiscencia nos hace sordos a la llamada del amor. Nos presenta el cuerpo como lugar de placer o de dominio despótico sobre el otro. El remedio es un proceso de sanación. El sacramento del matrimonio introduce a los esposos en este proceso que ayuda a reintegrar todos los impulsos y deseos desordenados. San Juan Pablo II hablaba de una mutua educación entre el hombre y la mujer. En esta educación entra la totalidad de la persona y su vocación al amor.

La herida de la concupiscencia no es solo un desorden individual. Se expande más allá del sujeto, al afectar a la unión conyugal, se transmite a los demás donde el amor de Dios está llamado a brillar originalmente. Por eso la gracia del matrimonio en cuanto remedio, no es sólo individual ni tampoco se entrega a los esposos solos, sino que irradia desde hombre y mujer a toda la familia de generación en generación, ordenándose como decía Sto. Tomás de Aquino, a purificar la naturaleza. Esto nos lleva a padecer la dureza de la espada que supone la purificación. El matrimonio que recibe al Señor y en su Santo Nombre, acoge un tesoro para toda la familia de generación en generación y como sanación de la anterior.

Señor yo recibo a mi esposo/a en lo que me dice, me corrige… porque sé que en su corazón reinas Tú. Quiere lo que Tú quieres y por eso te recibo a Ti y de él/ella recibo Tu Amor y gracia de nuestro sacramento conyugal.
Lo recibo por Ti, le obedezco por Ti, porque estás en él/ella, pues si no, sería idolatría, de la espada a la paz, de la Cruz a la Vida
¿Qué situación hay en tu matrimonio o en tu familia, que os tiene enfrentados? Ahí es justo donde hoy Cristo llama a tu puerta para que le recibáis y edifiquéis. Te espera en tu corazón en la cita con el Amor, te espera en los sacramentos.

Amantes de altura. Comentario del Evangelio para matrimonios: Mateo 13, 1-23

Amantes de altura.

 

Cristo es la Palabra de Dios. En este Evangelio de hoy, podemos plantearnos cómo acogemos a Cristo en nuestro matrimonio.

Las alternativas son claras: La semilla que cae el borde del camino, es cuando no queremos acogerle. Es nuestra dureza de corazón: “Por vuestra dureza de corazón permitió Moisés el repudio”. Por la dureza de corazón se hace imposible el matrimonio. Este podría ser el primer nivel de relación hombre-mujer en un plano puramente físico. No quieren entrar en ningún tipo de compromiso. Sexo sí, pero nada más. Pero los matrimonios cristianos, que valoran esta unión de los cuerpos como un don de Dios inseparable de la entrega de la persona en su totalidad, aspiran a algo más.

La segunda alternativa es cuando la semilla cae en terreno pedregoso. Florece muy rápido y se seca en seguida. Este es el 2º nivel de relación típico de los que basan su compromiso en los sentimientos y las emociones. Todo son fuegos artificiales, muy llamativos, pero poco duraderos. Los esposos cristianos, no quieren depender del arbitrio de sus emociones y sensaciones. Valoran el hecho de sentir unos afectos como algo que te lleva a buscar algo más profundo en la persona por la que se sienten, pero no basan su relación sólo en ellos.

La tercera alternativa es la semilla que cae en un terreno donde hay zarzas. Es el terreno del mundo. Éstos llegan al siguiente nivel de relación, que es el de amar a la persona por sí misma, independientemente de sus virtudes y defectos. Ya sí están dispuestos a comprometerse para toda la vida. Pero el mundo puede distraerlos con sus múltiples atractivos: Comodidades, diversiones, el éxito profesional… y ahogan ese amor que empezó siendo sincero. Los esposos cristianos se valoran como personas, pero no confían en sus fuerzas, buscan algo más. Buscan una transcendencia en su relación más allá de lo puramente temporal y caduco.

La cuarta alternativa es la de la semilla que cae en tierra fecunda. Ésta es la tierra de la humildad: “El humilde no es el que se contenta con poco, sino el que sabe reconocer la grandeza para apoyándose en ella, crecer por encima de sí mismo” (Llamados al amor pg. 135). Son los esposos cristianos, que saben reconocer la grandeza del amor de Cristo y de su Espíritu, y cuentan con Él para que crezca en ellos Su amor y dé mucho fruto. Los esposos cristianos no son unos reprimidos, son los que apuntan bien alto. No se conforman con menos.

Oramos con el Salmo: Coronas el año con tus bienes, tus carriles rezuman abundancia; rezuman los pastos del páramo, y las colinas se orlan de alegría.

Saborear la belleza de Dios en nuestro matrimonio. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 10, 24-33

Saborear la belleza de Dios en nuestro matrimonio.

 

“Ya le basta a su discípulo ser como su maestro”.

Suele hablarse del don de piedad como la relación entre el hombre y Dios. Para San Juan Pablo II la piedad consisten en ver la presencia de Dios a través del amor humano; más concretamente en el matrimonio y la familia. Así, la piedad es esa relación con Dios, cuando es Él la fuente de nuestras relaciones humanas.

Dice S. Juan Pablo II en su catequesis del 14/11/84: “Este don, en efecto, sostiene y desarrolla en los cónyuges una sensibilidad particular hacia todo lo que en su vocación y convivencia lleva el signo del misterio de la creación y de la redención: hacia todo lo que es un reflejo creado de la sabiduría y del amor de Dios.”

Qué hermosa frase del Santo Padre. Cuando como esposos, saboreamos la belleza de lo que Dios nos ha dado en nuestra relación matrimonial, cuando en nuestra intimidad percibimos el misterio de la creación, si en nuestro acompañarnos el uno al otro como “cirineos” de la cruz del esposo percibimos nuestra colaboración en su redención. Cuando en las diferencias entre hombre y mujer, entre tú y yo, contemplamos la sabiduría de Dios que nos crea complementarios para hacernos necesarios, para llegar a Él a través de la comunión… Cuando en la intimidad de nuestra relación descubrimos que ella/él es persona, templo del Espíritu, con la dignidad de hija/hijo de Dios, heredero/a del Reino y cómo en esa heredad se manifiesta el amor que Dios le tiene…

Esa sensibilidad para percibir en nuestra vocación el misterio de la creación, que impregna todos los prismas de nuestra convivencia conyugal, es el don de Piedad.

Esposos, centrémonos en la misión de la familia: Brillar en el mundo con el esplendor del amor redimido por Cristo, presente en la vida de los esposos.

Oramos con el Salmo: Tus mandatos son fieles y seguros; la santidad es el adorno de tu casa, Señor, por días sin término.

Amor Espiritual y amor carnal. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 19, 27-29

Amor Espiritual y amor carnal.

 

Dice San Jerónimo. “No dijo: Que lo dejasteis todo (porque esto también lo hizo el filósofo Crates y otros muchos que despreciaron las riquezas), sino y que «me habéis seguido», que es propiamente de los apóstoles y de los creyentes.”

No se trata de dejar muchas cosas, sino de seguir a Jesús y para ello desapegarse de todo aquello que me aleja de tener una coherencia con el Amor de Jesús como Esposo.

“¿Cuándo es Cristo capaz de comunicar su amor?: Para responder hay que hablar del Espíritu Santo. Por el Espíritu se participa de la obediencia de Cristo al Padre como hijo suyo y en la entrega de Cristo a su Iglesia como su Esposo. Cristo ordena los corazones desde dentro, comunica su propio amor para que reproduzca su imagen en el hombre. El Espíritu tiene que transformar los corazones incluyendo los deseos y emociones del cuerpo.

Jesús, antes de entregarnos al Espíritu, Él mismo lo recibió, se dejó guiar por él y le acompañó en cada uno de sus pasos por la Tierra. Sólo cuando el agua pasa entre las rocas de la montaña, absorbe las sales. Puede el organismo recibirla y saciar la sed. El agua del Espíritu tiene que pasar primero a través de la vida terrena de Cristo. Entonces se convierte en un agua que ha surcado la experiencia humana. Por eso es un amor capaz de ordenar las distintas esferas de la vida, enseñando a los hombres a ser buenos esposos, padres e hijos.” (Llamados al amor)

¿Quieres un buen matrimonio, y una buena familia, donde reine la sensatez, la inteligencia, la prudencia, acierto en obras buenas… ?

Sólo el Espíritu puede hacerlo. Y para seguir a Jesús hay que elegir entre otros planes y la oración, la Eucaristía… Aquello que nos lleva a la fuente. Para hacer presente la experiencia del Señor en nuestra relación, hay que conocerlo y recibir su Espíritu. Con Él, nuestro matrimonio recibe cien veces más, heredamos un tesoro en nuestro corazón del que nada nos puede separar: el Amor de nuestro Padre. Su sabiduría para tratarnos, Su prudencia para decidir, Su fidelidad para siempre, Su Amor verdadero, Su misericordia y Su perdón hasta 70 veces 7, Su paz, Su gozo…

Oramos con el Salmo: Proclamad conmigo la grandeza del Señor… Contempladlo, y quedaréis radiantes… Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él.

Esposos que no tienen precio. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 10, 7-15

Esposos que no tienen precio.

Jesús anunciaba que «el Reino de los Cielos está cerca». Él es el anunciador del reino de Dios que se hace presente entre los hombres y mujeres. En la medida en que el bien avanza y retrocede el mal.

¿De dónde viene el mal?. S. Agustín comprende que el bien es más originario, es fuente de toda verdadera sustancia; mientras que el mal será siempre accesorio, parasitario del bien. Todo lo que el hombre ha recibido puede descifrarse, entonces, como parte de un don originario. En consecuencia, la lucha de bien y mal no se encuentra en la diferencia de materia y Espíritu, sino en el corazón humano, donde germinan virtud y vicio.

Aun así, nada está perdido. Quien vive muerto por el pecado, cuando recupera la gracia, experimenta una nueva vida, si bien, para recibir los dones del reino de Dios se necesita una buena disposición interior (en ellos se queda la paz). Por otro lado, también vemos cómo mucha gente pone excusas para no recibir el Evangelio (y pierden la paz).

“Si la casa se lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella”. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros. ¿Qué casa se merece la paz? La que quiere acoger el Amor de Dios en el don de la unión con el esposo.

Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. Gratis hemos recibido el don de ser uno. ¡Pues demuéstralo gratis! sin ponerle continuamente precio. Parece que para entregarnos tenemos que esperar que se entregue primero el otro, o andamos midiendo si yo he hecho esto y te toca a ti hacer lo otro.

Oramos con el Salmo: Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña (nuestro hogar), la cepa que tu diestra plantó (nuestro matrimonio) y que tú hiciste vigorosa.