Archivo de la etiqueta: Evangelio

La fuerza de la carne. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Lucas 8, l9-21

La fuerza de la carne.

«Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra.»

Las relaciones carnales son intensas. Lo que hacemos con nuestro cuerpo, afecta a lo que somos. Así lo ha querido Dios.
Jesús no pretende hoy quitarle importancia a las uniones familiares, entre padres e hijos o entre hermanos. Lo que ocurre, es que la carne, la que nos une humanamente, tiene desde el principio un nuevo destino, puesto que en el plan de Dios estaba la Encarnación de su Hijo.

Dios tenía que dotar al cuerpo humano de la capacidad de representar que Cristo es Hijo de Dios, que se hace Esposo de la Iglesia y que genera la fecundidad de todos los cristianos. Cristo iba a elevar la carne a la categoría de Dios.
Los antiguos lazos de la carne pasan desde la Pascua a un segundo plano, puesto que ahora el Cuerpo de Cristo hace posible un nuevo tipo de alianza, la eterna alianza con Dios. Así, al desposarse Cristo con la Iglesia, los bautizados formamos parte de su Cuerpo glorioso, de su carne, y se crea una nueva Familia, que perdurará eternamente. Un solo Padre con un solo Hijo verdadero que se desposa con la humanidad y así, pasamos a ser hijos en el Hijo. Y nos une el vínculo del amor de Dios, el Espíritu Santo.

Esta nueva relación carnal, tal como enunciábamos al principio, afecta a lo que somos y a lo que hacemos. Somos cristianos y cumplimos la Palabra. En lo relativo a la carne, al cuerpo, lo que somos y lo que hacemos son inseparables.

¿Qué debemos hacer como cristianos? Ser fieles a nuestra vocación al amor conyugal. Hay una misión que cumplir, que es el plan del Creador, y su cumplimiento requiere de un camino. Nos exige abandonar “a su padre y a su madre”, para depender del único Padre, y unirnos a nuestro esposo y formar una sola carne con él/ella. Este es el camino que nos lleva a ser verdaderos hermanos de Cristo.

Así, cada uno de nosotros, representamos a ese Adán y esa Eva en el principio, donde empieza ese proyecto de amor de Dios, paseando al atardecer velando el uno por el otro, para llegar a la experiencia última de amar hasta el extremo como Cristo en la plenitud de los tiempos. “El alma que anda en amor, ni cansa, ni se cansa, ni descansa” (San Juan de la Cruz).

“Cuánto es Padre Dios, sólo lo captan cabalmente hombre y mujer cuando se encuentran y trenzan su alianza. El destino final de la ruta, se presenta como un modo nuevo de reencontrarlo (a Dios). Por eso, en la madurez del amor, el Amado llama a la Amada –mi hermana, mi esposa- (Ct 4,9-12; 5,1-2) consciente de esta referencia mutua a la fuente primera de todo bien.” (Una sola carne en un solo Espíritu Pag. 149)

Oramos con el Salmo: Escogí el camino verdadero, deseé tus mandamientos. Enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón.

Lo que crees tener. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Lucas 8, 16-18

Lo que crees tener.

“Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija.” El matrimonio es un candil encendido. No es un acto privado, sino público y afecta a la sociedad. El nuestro se encendió hace 24 años y la Santísima Virgen quiso sacarlo de su escondrijo hace ya doce.

Hoy hemos visto una película que se llama “The fault in our stars”. Dos adolescentes con cáncer viven un romance muy hermoso. Sincero, había entrega entre ellos, alegría (hasta donde sus fuerzas lo hicieron posible), buscaban el bien común… Pero había un vacío en sus vidas y en su unión detrás de todos esos gestos y actitudes que reflejan el verdadero amor: Todo aquello se lo había dado Dios y ellos no le conocían. Cuánto más habrían podido disfrutar de aquel amor maravilloso sabiendo que es Dios Amor el que les une. Sabiéndose hijos, amados por Él.

Ntra. Madre ha querido darnos mucho. No son habilidades nuestras, sino tesoros de Dios. Cuando nos miramos, podemos percibirnos como imagen de Dios y El Señor nos ha revelado la belleza interior de nuestro esposo/a. Nos ha permitido vernos con Su mirada, dentro de nuestras limitaciones. Hemos llorado juntos, por una plenitud que nos desborda muchas veces en nuestra unión, dando gloria a Dios. El Señor ha transformado y sigue transformando nuestro matrimonio en una luz, que brilla porque Él brilla mucho más que nuestras sombras, que son muchas. Así que, por eso, decidimos ponerlo en el candelero. Para que el que entre, tenga luz.

Cuando uno encuentra el tesoro, no lo puede ocultar. El Papa Francisco, en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, dice que “el bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza, busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación, adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás. Comunicándolo, el bien se arraiga y se desarrolla (Nº9)”
De evangeli.net “Es la paradoja del Evangelio: Morir para nacer, servir para reinar, dar para recibir… dando te enriqueces. Cuanto más te entregas más te posees.

¿Qué crees tener? ¿Una familia? ¿Diálogo? ¿Comprensión? ¿Paciencia? … Lo que crees tener, en realidad no es tuyo, sino de Dios. Y si te intentas apoderar de ello, termina muriendo por nuestras limitaciones, como en la película. Si te intentas apoderar de ello, te atrapa y te domina y mata tu libertad. Te quedas sin amor, es decir, sin nada. Es otra vez la hermenéutica del Don de San Juan Pablo II. Sólo tienes lo que recibes y das, y lo entregas porque sólo podemos comunicar la gloria de Dios, y comunicándola nacemos, reinamos, recibimos, nos enriquecemos… poseemos. Somos.
El matrimonio en Cristo, nos permite descubrir quiénes somos. Tener una vida llena, plena, densa. De Él lo recibimos y por Él lo entregamos.

Proyecto Amor Conyugal, es un don de Dios a través de María. Un candil encendido. Al que tiene se le dará.

Oramos con el Salmo: El justo habitará en tu monte santo, Señor.

La hermosa viña que nos ha tocado. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 20, 1-16

La hermosa viña que nos ha tocado.

Señor, tu justicia no es nuestra justicia. Tus leyes no son las nuestras. Nosotros habíamos pensado en un matrimonio sin desavenencias, con los mismos ritmos. Sin embargo, entre los matrimonios se da mucho esto de medir el trabajo, el esfuerzo y la recompensa que se merecen uno y el otro.

También se da mucho que uno de los dos acoja antes la fe en Ti (normalmente son ellas). ¿Por qué? Porque has creado una unión que se alcanza desde el conocimiento mutuo, la comprensión, el perdón y la misericordia.

En el Evangelio, cuando descubrieron que el salario de un denario podía obtenerse trabajando menos horas, no comprendieron por qué habían trabajado durante todo el día. Pero, ¿Quién sufre más, el que trabaja o el que se agobia por no tener trabajo? Nos fijamos en el esfuerzo que implica la vida diaria cristiana: oración, esfuerzo… olvidando que la fe no es un peso que nos oprime, sino una luz que nos libera y da sentido a nuestra vida, a nuestro esfuerzo, a nuestro matrimonio y nuestra familia.

El cristiano que no es humilde, no sabe reconocer la sobreabundancia de Dios. Se cree merecedor de todo lo que tiene. Dios nos promete la salvación, pero por el camino estrecho, cargando con la cruz. Lo que vivimos los que hemos sido llamados por Él es lo pactado. No podemos quejarnos. Sin embargo, lo que recibimos es mucho más de lo que merecemos.

Muchos últimos, que no se quejarán, serán primeros y muchos primeros, como Eva, que no se conformaba con la sobreabundancia de Dios y quiso justo lo único que le faltaba, serán últimos. Eva prescindió de Dios, porque a pesar de que Dios le prometía todo, ella no quiso esperar. El resultado es que se convirtió en la última.

En cambio María, la esclava del Señor, proclama la grandeza del Señor. Era una mujer humilde y sencilla, pero sabía reconocer la sobreabundancia de Dios, sabía reconocerse creatura de un Dios creador, del que lo había recibido todo.

Por eso, la esclava del Señor, la que se veía última, pasó a ser la Reina del Universo. La primera de toda la humanidad en estar en el Reino en cuerpo y alma.

Hoy leíamos cómo en el Concilio Vaticano II (GS 49) se trata la belleza del matrimonio. Cómo el amor de los esposos es asumido en el Amor Divino, porque Cristo no sólo ha tomado sobre sí una naturaleza humana, sino también un amor humano. Nuestro amor ha sido elevado, divinizado, de tal manera que el matrimonio es camino de perfección, de santificación para los cónyuges, para ser llevados a Dios. Es como decir, parafraseando a San Agustín: “Ama (a tu esposo/a) y haz lo que quieras”. Sólo con eso, llegarás a la santidad.

También trata la consagración de los esposos, que están “fortificados y como consagrados por un sacramento especial”. Qué belleza, qué potencia, tiene esta frase. Hombre y mujer, en el sacramento, no reciben solo una gracia momentánea, sino que con el vínculo, se les regala una fuente de gracias, con la que podrán edificar la Iglesia desde dentro. Se habla de consagración y de vida en Dios, del Espíritu Santo, que abraza todo el horizonte de los esposos.

Quizás algún día lleguemos a comprender el tesoro de la viña de la comunión conyugal a la que hemos sido llamados. La pena es que Satanás suele dispersar a muchos esposos, para que centren su atención y sus prioridades en otras iniciativas muy loables y muy caritativas, pero que no son las que les harán santos, pues su santidad está en la comunión conyugal, la vocación a la que han sido llamados.

Señor, aquí estamos, en la plaza. Llámanos a seguir trabajando en nuestra viña y oremos por aquellos matrimonios que vendrán más tarde, para darte gloria desde la comunión conyugal. Gracias por permitirnos llegar a Ti, amando a mi esposo/a. ¡Nos entusiasma la idea!. Estoy feliz, porque me he consagrado a Ti a través del sacramento del matrimonio que me une a mi esposo/a.

Los secretos de la oración entre esposos. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Lucas 8, 4-15

Los secretos de la oración entre esposos.

Los métodos de hacer oración son tantos como matrimonios. No hay una manera concreta de orar, como no hay dos matrimonios iguales, sino que cada uno va adquiriendo su “estilo”. No obstante daremos alguna pautas.

Lo primero que hay es que “querer”. Es quizás lo más importante. Es básico meditar regularmente. La relación con el Señor no depende de nuestros estados anémicos. Cuando alguien ora no es porque lo siente, sino porque tiene convicción. A trabajar o estudiar no vamos por sentimiento, sino por convicción. El sentimiento obviamente ayuda, pero no es regular, es muy fluctuante y nuestra vida de oración será muy mediocre.

Si no oramos regularmente, nuestra vida espiritual y conyugal se va a parecer a las tres primeras partes de la parábola: Al borde del camino, en terreno pedregoso y entre abrojos. Si no se tiene una firme convicción de que hay que tener una oración regular, la Palabra de Dios caerá: Al borde del camino, es decir, se va a perder y no vamos a acoger lo que Dios quiere decirnos (indiferencia); en terreno pedregosos que se refiere a la inconstancia, propósitos que abandonamos ante la dificultad; o el tercero de los tres, entre zarzas que son incompatibles con el trigo (incoherencia), compaginamos la oración con una vida mundana que se “come” la verdad que empezaba a calar en nuestro corazón. Indiferencia, inconstancia e incoherencia son por tanto los tres terrenos que nos impiden la verdadera relación con Cristo.

La oración hace intervenir (CIC 2708) el pensamiento (la razón), la imaginación (composición de lugar), la emoción (unión de afectos) y el deseo. Son necesarias para movilizar el corazón. Debe ir hacia el conocimiento del amor de Jesús. El texto del catecismo hace referencia al rosario y a la lectio divina. Lo que hacemos cada día con el comentario del Evangelio para matrimonios. Tiene 5 partes: La lectura de la palabra (lectura pausada), la meditación (interiorizar, aplicarla a la propia vida), la oración (alabar al Señor, pedirle…), la contemplación (gozo de conocer la experiencia del amor de Dios, la serenidad del misterio de Cristo) y el compromiso (en qué nos pide el Señor un cambio en nuestra vida).

La meditación, consiste en pasar de la lectura literal a buscar el sabor y el gusto de las cosas divinas. Qué representa el Evangelio en mi vida, aplicarla a nuestra vida de esposos. A nuestra vocación conyugal, que es nuestro camino de santidad. Los padres de la Iglesia, comparan la meditación con un lagar donde se exprime la uva y saciar la sed, o con buscar una chispa que hace brotar el fuego del amor de Dios, o la imagen del yunque en el que el hierro se hace incandescente en la fragua del alma y el Espíritu Santo va labrando según nos quiera ir sugiriendo (Qué hermosa imagen de la meditación), o con un agua abundante que está en el fondo del pozo y a través del cubo de la meditación puede sacarse, o con un frasco de perfume que hay que romper para que salga su fragancia y la recibamos, o con la hormiga que va cogiendo todo el grano y lo va acumulando para cuando llegan las épocas de hambre, o con la abeja que elabora con el néctar la miel que alimenta. Otros lo comparan con animales rumiantes, que primero lo tragan todo, pero van sacando y lo van desmenuzando para poder hacerlo suyo.

Pero os podéis imaginar qué ocurre si los esposos, después de su meditación particular con el Señor, ponen en común todo ese néctar. Sumergidos en su intimidad, mayor que la de cualquier otro ser sobre la tierra, abren su alma para mostrarse las huellas que la Palabra ha dejado en ellas. ¿No estaremos haciendo de esta manera más que una sola alma?. ¿No podrán ayudarse a sacar más jugo de la oración en su vida? ¿No se verán sus emociones afectadas para no hacer más que un solo corazón? ¿No se podrán ayudar en un compromiso común haciéndose una sola carne?.

Bellísimo camino el de los esposos que oran juntos. Toda una tierra buena donde sembrar amor, donde sembrar una familia, donde sembrar la voluntad de Dios.

Oramos con el Salmo: Te debo, Dios mío, los votos que hice, los cumpliré con acción de gracias; porque libraste mi alma de la muerte, mis pies de la caída; para que camine en presencia de Dios a la luz de la vida.

A Dios Madre. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Lucas 8, 1-3

A Dios Madre.

Cristo se hacía acompañar de varias mujeres. Hoy aprovechamos este Evangelio para hablar de la mujer.

Para ello recurrimos a un resumen que aparece en catholic.net sobre la bellísima encíclica de San Juan Pablo II: Mulieris Dignitatem (La dignidad de la mujer).

_______________________________________

El hombre es “imagen y semejanza de Dios”, no sólo en cuanto ser racional, sino en cuanto existe en esa complementariedad que lo hace ser “hombre” y “mujer”. Como explica el Papa, el hombre, creado como hombre y mujer, no existe sólo como alguien que se “junta” o se “une” a quien es su complemento, sino que recibe la llamada a existir “el uno para el otro” precisamente en cuanto hombre y mujer (cf. n. 7).

También evoca el Papa el paralelismo entre Eva y María para comprender, por un lado, el drama del pecado, que tanto daña las relaciones entre el hombre y la mujer; y, por otro, la promesa de la llegada de un Salvador, que nacerá precisamente a través de una Mujer.

La maternidad, explicaba Juan Pablo II, “ya desde el comienzo mismo, implica una apertura especial hacia la nueva persona; y éste es precisamente el ‘papel’ de la mujer. En dicha apertura, esto es, en el concebir y dar a luz al hijo, la mujer ‘se realiza en plenitud a través del don sincero de sí’” (n. 18).

A través del don de sí, que involucra plenamente a la mujer en la experiencia de la maternidad, también el hombre aprende a ser padre. Maternidad y paternidad es algo que afecta a dos personas, pero que lleva a la mujer a “pagar” (así lo explicaba el Papa) “directamente por este común engendrar, que absorbe literalmente las energías de su cuerpo y de su alma”. El varón debe recordar “que en este ser padres en común, él contrae una deuda especial con la mujer. Ningún programa de ‘igualdad de derechos’ del hombre y de la mujer es válido si no se tiene en cuenta esto de un modo totalmente esencial” (n. 18).

Una de las conclusiones principales de la carta es que la mujer, tiene la misión de ayudar a los seres humanos a vivir su propia identidad precisamente bajo la categoría del don. “La mujer no puede encontrarse a sí misma si no es dando amor a los demás” (n. 30).

La mujer, como el varón, necesita recordar que ha recibido una misión especial, que tiene una “tarea encomendada”: la de atender y darse al hombre. “La fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano. Naturalmente, cada hombre es confiado por Dios a todos y cada uno. Sin embargo, esta entrega se refiere especialmente a la mujer -sobre todo en razón de su femineidad- y ello decide principalmente su vocación” (n. 30).

El capítulo conclusivo recuerda el sentido de toda la carta papal: reconocer la misión que Dios ha dado a la mujer, de forma que sea posible descubrir el sentido de su femineidad y abrirse al “don sincero de sí misma”, lo cual le permite “encontrarse” a sí misma (cf. n. 31).

Vale la pena releer esta carta apostólica . Desde el corazón de Juan Pablo II, abierto sinceramente a Cristo y a los hombres, aprenderemos a valorar a la mujer y a realizar un camino, desde ella y con ella, para cumplir plenamente nuestra vocación humana al amor. Lo cual es lo mismo que aprender a donar, de modo completo y generoso, nuestra humanidad al servicio de quienes viven a nuestro lado y participan de la misma “imagen y semejanza” de Dios.
_______________________________________

Solemos ver a Dios como Padre. Contemplamos hoy la belleza de la feminidad de Dios, de la que la mujer es imagen. Un Dios que engendra a su Hijo como Madre, que decora la tierra con la belleza de la naturaleza, las flores, el rocío, el arcoíris… tanta delicadeza que nos muestra en su obra creadora. Se palpa su cariño maternal. Alabamos a Dios por su feminidad y por la feminidad que ha transmitido a las esposas, con su manera de ver la vida, de hacerla más hermosa; por el mundo emocional que nos descubren; por su entrega maternal, en el hogar, otras con su entrega virginal…

Hoy los hombres damos gracias a Dios por el don de la mujer y su feminidad. Le pedimos que nos enseñe a acogerlas y cuidarlas con la delicadeza que merecen. Y las mujeres le pedimos para que nos guíe en esta “tarea encomendada” que supera con mucho nuestras capacidades.

Oramos con el salmo: Guárdame como a las niñas de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme. Pero yo con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante.