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Comentario del Evangelio para Matrimonios: Jn 16,12-15

De la letra que mata al Espíritu que vivifica.

“Pero cuando viniere el Espíritu de verdad os conducirá a toda verdad transportándoos con su doctrina y su misión de la letra que mata, al Espíritu que vivifica, en el cual está fundada toda la verdad de la Escritura.” (Dídimo, l. 2, tom. 9, inter op. S. Hieron.)

En cierta ocasión decía Mons. Munilla en Radio María: El que quiera reformar la Iglesia que antes, sea Santo. La Iglesia no se nutre de nuevas ideologías o modas. Todas ellas acaban desapareciendo tarde o temprano. La fe de la Iglesia se alimenta y se plenifica a través del Espíritu Santo, y Él actúa en los santos a los que guía. San Juan Pablo II inició el ambicioso proyecto de crear una cultura para el matrimonio y la familia, a la que dedicó gran parte de su pontificado. Ahora es santo, y eso refuerza indudablemente la veracidad de sus propuestas.

Muchas veces nos empeñamos en cambiar algunas actitudes de nuestro esposo (genérico). ¿No es esta una de las principales misiones de los esposos? No en vano, en la creación, Dios se referirá a Eva como “una ayuda semejante a él” (Adán). Podemos y debemos ayudarnos mutuamente a llegar a Dios, pero no desde la imposición, ni siquiera una explicación razonable surte efecto la mayoría de las veces.

En la medida en que nos dejemos llevar por el Espíritu Santo podremos acceder al corazón del amado. Por tanto, si quieres que cambie tu esposo/a, conviértete tú primero. Sé santo. Tu esposo sabrá reconocer en ti, al Espíritu de la verdad. También la familia, como “Iglesia doméstica” debe ser conducida por el Espíritu Santo.

“Pero llega la hora, ya ha llegado, en que los que dan culto auténtico darán culto al Padre en espíritu y de verdad. Tal es el culto que busca el Padre.” (Jn 4,23)
Esposos, dejémonos conducir de la letra que mata, al Espíritu que vivifica.

Espíritu Santo, concededme para mí, para mi esposo(a) y para mis hijos, aquellos dones divinos con que fortalecisteis a los Apóstoles; aquella gracia
poderosa que ilumina el entendimiento, mueve dulcemente la voluntad, y vence gloriosamente la concupiscencia.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Jn 16,5-11

Esposos, “os conviene que yo me vaya”

A muchos cristianos, nos gustaría que Cristo conviviera con nosotros en cuerpo. Pero convenía que se fuera.

Os hablamos de estas cosas, que a veces parecen un tanto “alejadas” del día a día del matrimonio, porque creemos que es fundamental que nos enamoremos de nuestra vocación. Si no sabemos a lo que hemos sido llamados ¿Cómo y por qué nos vamos a ilusionar y entregar?.

La belleza del matrimonio que representa en el Génesis la mismísima comunión de la Santísima Trinidad (Lo que llama Juan Pablo II “Sacramento Primordial”), es ahora llevado a plenitud por Cristo. No porque Dios no lo hubiera creado con la suficiente hermosura, sino porque Dios, que todo lo hizo por Cristo desde el principio, ya tenía “previsto” que Él lo llevaría a plenitud en su entrega por la Iglesia. Luego éste último es el modelo a seguir por los esposos por encima de cualquier otro. El matrimonio es por tanto (dice Juan Pablo II) “Sacramento de la redención”.

No sabemos a vosotros, pero, a nosotros se nos pone la carne de gallina cuando descubrimos, redescubrimos y volvemos a tomar conciencia… de que como matrimonio, somos imagen de la entrega de Cristo a su Iglesia para la redención del mundo. “Jesús eleva el amor entre los esposos para convertirlo en un sacramento de su nueva alianza, un signo visible y eficaz de su amor infinito.” (Llamados al amor: Carl Anderson y José Granados)

Una misión demasiado hermosa para dos sencillos esposos, y desde luego, totalmente inalcanzable. Y aquí es donde entra en juego el “os conviene que yo me vaya”. A través del sacramento del matrimonio, “Cristo confía, por así decir, su propio amor, para que puedan vivir de él (los cónyuges. Por eso pueden convertirse en signo vivo del amor entre Cristo y la Iglesia”: Maridos, amad a vuestra mujeres como Cristo amó a su Iglesia (Ef 5,25).

Este amor que Cristo comparte con los esposos, es una persona: El Espíritu Santo. Él se fue (en cuerpo) para poder enviarnos su Espíritu.
“El espíritu que infunde el Señor renueva el corazón y hace al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó” (San Juan Pablo II Familiaris Consortio 13).

Oramos con el salmo: El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Jn 15, 18-21

¿Esposos del mundo o del espíritu?

Muchas veces el hombre tiene tendencia a volverse muy espiritual o muy carnal. Parece que son “extremos” reñidos entre sí. Los “mundanos” contra los “iluminados”.
A veces cuesta mucho integrar las experiencias de fe con las del mundo, también en el matrimonio. Recordamos unos amigos que decían que sacaban el crucifijo del dormitorio cuando hacían el amor…

Todo es consecuencia de no interpretar correctamente el Evangelio. Frases como la de hoy de Jesús, pueden “despistarnos”: Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia. Con lo cual, si mi esposo/a me odia porque me voy a dar catequesis y le dejo solo/a, ¿es que voy por el buen camino?.

Afortunadamente el magisterio de la Iglesia y San Juan Pablo II en particular, nos ayudan enormemente en estas interpretaciones.

Para cambiar nuestros corazones, necesitamos del amor. Sólo el amor cambia el interior de las personas. Sólo un buen amigo (y mucho más un buen esposo) puede influir en tu interior y hacerte cambiar de opinión porque tiene acceso a tu intimidad y te quiere. Hablábamos ayer de que tenemos que orientar nuestros deseos y afectos hacia el verdadero amor y hacia Dios. Bien, pues el mejor amigo y el mejor esposo es Cristo y con su Espíritu Santo (El Amor entre el Padre y el Hijo) cambia nuestro corazón, si le damos acceso a una relación íntima de amistad.

Pero el propio Cristo, antes de darnos su Espíritu, hizo que viviera con Él la experiencia de toda una vida. La experiencia de ser Hijo y la de ser Esposo. Así el Espíritu se había alimentado de la experiencia humana para poder guiarnos en nuestra humanidad. Así es como el Espíritu de Dios se humaniza e integra el amor de Dios y el amor humano en uno solo, desde la carne, desde una familia, desde el trabajo, los amigos, los enemigos, el hambre, la sed, las injurias, las persecuciones, el dolor, el rechazo… la muerte.

Ese Espíritu, está en nuestro interior por el Bautismo y nos sacará no del mundo, sino de las aspiraciones del mundo, para guiarnos hacia las aspiraciones de Dios para nosotros. Ese Espíritu es el que nos une por el Sacramento del Matrimonio, para que nuestros deseos y afectos no sean egoístas y destructivos, sino fructíferos, ricos, regeneradores, co-creadores, fuentes de vida. Para guiarnos hacia la comunión de los santos.

Oramos con el salmo: Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores. Sabed que el Señor es Dios.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Jn 15, 12-17

El amor ¿Una ley?

Dice San Agustín:

Es por esto que el mandamiento del amor, resume todos los demás. Cristo vino a revelarnos el mandamiento del amor, pero también a mostrarnos cómo amar.

La muestra suprema del amor es dar la vida por los amigos. Damos la vida cada día por nuestro esposo (en genérico), en pequeñas cosas: Renunciando a mis gustos por darle gusto, a nuestro descanso por servirle, a nuestros criterios por complacerle, tirar del carro de la fe cuando el flaquea…
Esto es dar la vida por amor y en estas pequeñas cosas se santifican los esposos.

Este concepto del amor es bastante diferente al que conocemos en nuestra sociedad, una sociedad que a menudo piensa del amor como algo que se recibe, como un sentimiento o una emoción que va y viene, como una cuestión de suerte…

“A los animales les basta seguir sus impulsos para realizar su vida en plenitud. No ocurre así con el hombre: Hay una ambigüedad en el deseo humano, porque sabemos que no todos nuestros deseos nos hacen más felices… ¿Cómo diferenciar entre deseo y deseo? ¿Cómo encontrar la luz que alumbre este laberinto?” (Llamados al amor) En el Antiguo Testamento hay una primera respuesta: Los mandamientos. Al obedecerlos, se alcanza la luz para distinguirlos.

Vino entonces Cristo, no a abolir la ley, sino a llevarla a plenitud. El dedo de Dios, que escribe sobre las tablas de piedra los mandamientos, reescribe la ley ahora sobre la arena a través de Jesús ante la mujer adúltera. “Jesús lleva a plenitud la Ley no porque añada más mandamientos, sino porque la tatúa en los corazones. Así, su cumplimiento ya no viene de fuera: Brota de dentro como un manantial que sale de la roca, coincidiendo con los más hondos deseos y aspiraciones” (Llamados al amor).

Ahora la persona que dice, “Te amo” está dispuesta a sacrificarse por la otra. Es su deseo más profundo, aunque esto signifique guardar silencio, cansarse, comprometerse, luchar… todo por conseguir un bien mayor para el amado. Así se realizan hombre-mujer y llevan su vida a plenitud.

Dice Juan José Pérez-Soba, un verdadero estudioso del tema, que amar es una promesa entre personas por la cual uno mi destino al tuyo. Eso hace Dios con nosotros. Por Su amor, Jesús se encarna y por Su amor Jesús llega a dar la vida en la cruz por sus amigos. Su mandamiento de amarse uno a otro como nos ha amado Él, requiere sacrificios. El amor del que habla Jesús es amor en acción, amor que paga el precio de una entrega hasta el extremo.

Gracias Señor por elegirnos, por capacitarnos. Haremos cosas grandes, no porque seamos grandes, sino porque el que nos ha capacitado es grande.
Gracias por destinarnos a dar frutos para toda una eternidad. Eso te pedimos, que seamos uno como vosotros lo sois y amarnos como vosotros os amáis y unidos como vosotros, amemos a nuestros hijos y todo aquel que nos pongas en el camino.

Comentario del Evangelio para Matrimonios Jn 15,9-11

Vuestra alegría llegue a plenitud.

Jesús sigue reiterando una y otra vez cuánto es amado por el Padre ¿Por qué tanta insistencia?.

A medida que la relación entre los esposos va siendo más pura, es decir, que los esposos ven cada vez más la presencia de Dios en su relación, se van acercando más a la vida plena del cielo. Sus deseos se van orientando a fortalecer su unión como prioridad. Lo mismo ocurre con sus afectos, su amor y su apertura a Dios. Todos estos elementos de la persona se integran en una misma dirección y se orientan a un solo objetivo: Su unión.

El amor de Dios deja huellas en nuestro corazón y quien es amado, sabe amar. Como Dios nos ha amado así nos tenemos que amar los esposos, porque… ¿Me dejo mirar por Dios junto a mi esposo/a o cada uno por su cuenta?.

Nuestro matrimonio no es producto casual, somos fruto de un pensamiento de Dios. Para quien vive como Cristo del amor del Padre, no hay sucesos fortuitos, todo se convierte en mensajero divino, parte de un misterio Paterno que empuja a culminar su tarea.
Esta mirada y este modo de amar sólo es posible guardando Sus mandamientos (como quitamiedos que nos impiden salirnos del camino del amor), compartiendo juntos el gozo de la presencia del Señor en nosotros y en la Iglesia, y permaneciendo unidos en Su Palabra como guía de discernimiento ante los problemas y decisiones de la vida. Así podemos entender cómo llegar a ser uno, pensando y sintiendo como Cristo (1 Cor2,16).

Esta metamorfosis la realiza el Espíritu a lo largo del camino de la vida, es un proceso lento de divinización.

Nuestra unión es la voluntad del Padre. Agrademos al Padre como Cristo. Permanezcamos en el amor de Jesús.
Cada paso que damos en esa dirección, es un paso más hacia la resurrección.

Alabamos al Señor con el Salmo: Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre. Proclamad día tras día su victoria.