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Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mt 10, 7-13

Ni se compra ni se vende.

Cristo sabe que el Reino de Dios no se compra con dinero, se encuentra con el corazón y quien no lo busca, no lo encontrará ni aunque pague todo el oro del mundo.
El Reino de los cielos se haya con los tesoros del cielo que es la cruz, de donde nace el verdadero Amor. Quien no está dispuesto a sufrir por la persona amada, no ama de verdad.
Por eso, por lo que nos cuesta sufrir, nos damos cuenta de que amamos.

El anuncio de esta gran Noticia, es en sí un misterio de Dios y Él nos da amor por aquellos a quien se lo anunciamos y deseamos lo acojan. Quien está dispuesto, lo recibe y la paz que le deseamos vendrá a ellos. Quien no, la paz volverá a nosotros, pues es verdad que en el anuncio no sólo hay palabras. Está la Palabra (Cristo), todo Él, su Amor, su Espíritu… En el anuncio va Dios. Si no lo acogen, no nos lo arrebatan, pues Su Paz vuelve a nosotros. Nadie ni nada puede arrebatárnosla.

Ante el anuncio del Reino de Dios = la buena noticia, desde nuestra vocación conyugal: Cristo se ha entregado por nosotros para revelarnos cómo es este amor. Se ha hecho hombre… dio su vida hasta el extremo en la Cruz, y así ha elevado a sacramento nuestro matrimonio. Eso lo convierte en fuente de gracia. Hace que todo sea posible, hasta lo que parece imposible. Cura nuestras enfermedades de corazón entre esposos, todo el daño que nos hemos hecho por el egoísmo, el orgullo, la soberbia… resucita lo que estaba muerto, limpia la carne enferma por la búsqueda de placeres, expulsa los demonios que habitaban en nuestro hogar y en nuestro corazón…

Todo esto lo hemos recibido gratis y gratis lo tenemos que dar. No es una opción, es un mandato del Señor.

Oramos con el Salmo: Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Jn 20,19-23

Sed un matrimonio perfecto.

Hoy es Pentecostés. Nos hemos venido preparando para este día durante toda la Pascua.
Para recibir al Espíritu Santo, primero tenemos que recibir la paz del Señor. La paz se consigue luchando por amar. La paz se consigue con esfuerzo. Jesús nos la entrega mostrando sus llagas. Nosotros no nos salvamos por nuestros méritos, así que lo segundo que necesitamos es estar abiertos a la gracia del Espíritu, creyendo en Él y recibiéndole con el alma limpia por el sacramento de la confesión.

No esperemos nada especial hoy. Ya sabemos que Dios no está en los grandes e impresionantes eventos, sino que está en la brisa, como le mostró a Elías. El Espíritu va actuando poco a poco en nosotros y por tanto en nuestro matrimonio, ya que nos tiene que llevar a la comunión (o no sería una acción de Dios que nos lleva a la santidad).

¿Y cuáles son los frutos que iremos recibiendo por el Espíritu en nuestro matrimonio?
Gálatas 5,22-23 … el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad (amabilidad), bondad, fe (fidelidad), mansedumbre, templanza (dominio propio).

Sí! El Espíritu hace esto con nuestro matrimonio. Va a aumentar nuestro amor verdadero, y sentiremos el gozo de estar construyendo una comunión. Sentiremos esa paz interior por estar luchando y entregando la vida por seguir a Cristo. Eso hará que cambien nuestras prioridades y se pasen las prisas y los agobios. Nos trataremos con más amabilidad y delicadeza. Buscaremos el bien, y actuaremos siempre buscando el bien para el otro. Nuestra intimidad con Dios irá creciendo y cada vez percibiremos más los frutos del Espíritu, sus obras en nosotros, y esto hará que aumente nuestra fe. Como estaremos “obsesionados” con el amor que Dios nos tiene, no nos importará lo que piensen los demás o lo que digan de nosotros y no necesitaremos defendernos de nadie, porque solo nos importará lo que Dios ve, que está en nuestro interior. Y el mundo ya no nos dominará, ni los deseos, ni la concupiscencia, sino que sólo actuaremos por amor y para amar.

Esto es el cielo, hermanos esposos. Y está en nuestra mano poder vivir un anticipo aquí en la Tierra. Es el Espíritu quien lo hace posible.

Oramos con la secuencia: Ven Espíritu Santo… Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Jn 21, 20-25

Con María

Estamos en la conclusión del Evangelio de Juan. Él dice que si contase todo lo que hizo Jesús, no cabrían los libros en el mundo.

Jesús estuvo en aquella época intercediendo por todos y amando a todos. Hoy no es diferente, porque Él mismo dijo que estaría con nosotros hasta el final de los tiempos.

La cuestión es ¿Nos damos cuenta de la presencia de Jesús en nuestra vida matrimonial? Si la respuesta es no, es porque estamos demasiado pendientes de nosotros mismos, lo que nos llevará a quejarnos constantemente y a que todo nos parezca poco. Lo pasaremos mal porque las cosas no salen como queremos, por lo que dicen de nosotros, por los gestos de falta de cariño… Pedro se preocupa por Juan. Cristo le acaba de anunciar su muerte y él, se preocupa por Juan. Pedro ha dejado de mirarse a sí mismo, Y Cristo le dice que no se preocupe por él, ya le cuidará el Señor.

El Evangelio de Juan está lleno de detalles porque María estaba con él. Ella se quedó en casa del discípulo amado, y seguro que le enseñó a descifrar muchas cosas de la vida de Jesús.

Vivamos hoy sábado, día de la Santísima Virgen y víspera de Pentecostés, atentos a María, y pidámosle que nos muestre todos los detalles en los que está el Señor en el día de hoy: Esa alegría de los hijos, el gesto cariñoso del esposo, la posibilidad de darme a los demás en muchos momentos y hacerlos un poquito más felices, un hogar acogedor… María seguro que guardaría todas estas cosas en su corazón.

Como reza el Salmo de hoy: Los buenos verán tu rostro, Señor.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Jn 17, 11b-19

Para que sean uno.

Dice San Agustín: ‘»Para que sean uno, así como nosotros somos uno»: para que a la manera que el Padre y el Hijo son uno, no sólo en la igualdad de sustancia, sino que también de voluntad, así ellos, entre los que el Hijo es mediador con Dios, sean uno, no tanto porque ellos son de la misma naturaleza, cuanto por el vínculo del amor.’

Los esposos somos uno por el vínculo del amor, que no es un sentimiento, sino una cuestión de voluntad y la mediación de Dios. Cristo, como Hombre, le pide esto al Padre Dios. Es ésta su última petición antes de subir al Padre. Que vivamos ¡La unidad de la Santísima Trinidad!

Se trata de vivir en comunión conyugal con Dios, pues mientras más unidos vivamos a Él, más podremos aumentar la unidad entre nosotros los esposos. La verdadera comunión con mi esposo, no depende de la simpatía, de los gustos de ambos, las afinidades o diferencias, no del diálogo o el respeto que se valora tanto hoy en día, sino de la propia conversión interior, de la santidad de vida y de la oración. De ahí surgirá todo lo anterior: Afinidades, diálogo…

Y continúa San Agustín más adelante: ‘queda expresado cuál sea este gozo, cuando dice: «Para que sean uno como uno somos nosotros»: «he aquí su gozo»’
He aquí el gozo del Señor, porque será nuestro gozo.

La primera consecuencia de la pureza a la que tenemos que volver para llegar a esta unión, es el dominio de uno mismo. Se podría definir como una vigilancia ante todo lo que podría hacer peligrar el amor. Gracias a este dominio propio, escribe también San Agustín en sus Confesiones: ‘somos juntados y reducidos a la unidad, de la que nos habíamos apartado…’

Padre Santo guárdanos en Tu Nombre, porque nos entregaste en las manos de Cristo para que nos custodiara y no nos perdiéramos. Hemos acogido cada día Tu Palabra en nuestros corazones. Guárdanos del mal, Padre, y conságranos en la Verdad, la Verdad de quién sois y quiénes somos, la verdad de mi esposo y de mi matrimonio.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Jn 17, 1-11a

Lo que me diste procede de ti.

Cristo reconoce que todo se le ha sido dado por el Padre “Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti”.
El mundo ha sido creado para nosotros, y tendremos que responder de él. Pero en toda la creación, hay algo más importante:
San Juan Pablo II (Catequesis 9/1/80): ‘por vez primera aparece claramente una cierta carencia de bien: «No es bueno que el hombre (varón) esté solo —dice Dios Yahvé—, voy a hacerle una ayuda semejante a él.» Efectivamente, ninguno de estos seres (animales) ofrece al hombre las condiciones que hagan posible existir en una relación de don recíproco.‘

Hay alguien, que el Padre nos ha entregado con especial cariño y que tiene especial importancia para nosotros, nuestro esposo (genérico).

El Señor dice en el Evangelio de hoy “He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste…” Cómo reconoce Cristo el don de la entrega de aquellos hombres y cómo todo un Dios centra su misión en ellos, en nosotros. Con esa delicadeza, con esa importancia, tenemos que considerar la entrega que Dios nos ha hecho con nuestro esposo. También nuestro matrimonio es tuyo, Señor y nuestros hijos…

“Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos.” Cuánto tenemos que rezar los esposos, el uno por el otro. Y cómo no debemos olvidar que te pertenece a ti, Señor.

Por último una demostración de la comunión entre el Padre y el Hijo, que nos puede servir de ejemplo en nuestra unión como esposos: “Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío”. Sí, esposo, esposa, todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío.

Oramos con el salmo: “Bendito el Señor cada día, Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación. Nuestro Dios es un Dios que salva…”