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Los secretos que hay en mi esposo/a. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 11, 25-30

Los secretos que hay en mi esposo/a.

Hay una mirada hacia mi esposo/a que nadie más puede tener. Desde la intimidad, desde la experiencia de compartir una vida, desde la experiencia de dar vida juntos… Nos hemos visto llorar, reír, desesperados, con miedo, enamorados, necesitados el uno del otro…

Nadie puede ver a mi esposo/a y comprender su belleza como yo la entiendo. Siempre hemos pensado que cuando un artista pinta un hermoso cuadro, es porque en su alma hay aún una belleza mayor. Los cuadros podremos admirarlos todos, pero la belleza interior de ese artista, solo la puede conocer Dios y su esposo.

Claro que, aquí depende de nuestra actitud ante él/ella. Si es la del sabio y el entendido, el que lo sabe todo, entonces me perderé estas cosas. Si no estoy abierto a aprender de él/ella, a entender la vida como hombre desde su punto de vista de mujer, o como mujer desde su punto de vista de hombre, si no estoy dispuesto a estar con él/ella en sus emociones y en su experiencias, me perderé el secreto de mi esposo. Si no estoy abierto a recibir a Dios a través de él/ella, recibir sus dones… Nunca veré su belleza.

La belleza de nuestro esposo nos la revela Dios. Él es su creador y habita permanentemente en su interior. “Todo me lo ha entregado mi Padre” decía Jesús. A mi esposo me lo ha entregado mi Padre. Es orando con él/ella, haciendo a Dios presente en nuestra unión e intentando vivir las experiencias originarias en el matrimonio, como puedo decir como Cristo con el Padre: Nadie conoce a mi esposo/a sino su esposo.

-. “Lo que Dios ha unido”: Si Cristo es capaz de pronunciar esta frase sobre el matrimonio, es porque Él ha vivido en plenitud la unión de Dios con los hombres y de los hombres entre sí, porque Él conoce bien el modo en que Dios garantiza la solidez del amor.- (José Granados. Una sola carne en un solo Espíritu pg. 20.). 

Y yo he descubierto tu belleza, esposo/a mío/a. Dios me la ha revelado. Admiro a Dios por haber dado vida a una creatura ¡Tan hermosa!.

“Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso.” Vivamos el matrimonio como Cristo, siendo mansos y humildes. Abiertos a aprender y no a imponer. No dejándonos llevar por una mirada criticona y despreciable, sino por una mirada limpia, del Espíritu, dichosa, que ve a Dios en el esposo. Y entonces, encontraremos la paz en nuestro hogar y en nuestro interior. Encontraremos nuestro descanso.

Oramos con el Salmo: El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan. Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 9, 9-13

Acoger al esposo pecador.

Toda la dinámica del amor, consiste en que primero hemos sido amados para después poder amar.

Todo empieza en la fuente del amor, que es Dios Padre. La única manera de amar es donándose, es decir entregando dones en los que va parte de la persona que los da. Así, Dios entrega a Adán todas las cosas del mundo. Es importante que Adán entienda que todo ha sido un don de Dios antes de poder establecer ninguna relación.
El valor que todo eso tiene para Dios, es alto, porque son sus creaturas, y Él las ve buenas.
Además, Adán se comprende a sí mismo como un don de Dios, como el don más preciado, porque Dios lo ama por sí mismo. No depende de lo que haga, sino que lo ama por sí mismo. Tal como es. Es la única creatura a la que Dios ama así, a diferencia de todos los demás seres vivos (animalia).

Es muy importante que Adán se sienta amado por sí mismo, porque ese amor de Dios, es lo que le da la dignidad. El valor de las cosas, depende del amor que Dios les tiene, y de nada más. Entender esto, es clave.

Hasta aquí, esta experiencia, es la que S. Juan Pablo II llama la “soledad originaria”.

Después que el hombre ha vivido esta experiencia, está preparado para amar. Para entregarse como don de Dios a otros. Aquí empieza la experiencia de la “unión originaria”. Dios invitaba a Adán a recibir a Eva como un don suyo, y hacía lo mismo con Eva. Sólo al aceptarse mutuamente de manos de Dios, Adán y Eva pueden entender adecuadamente, la dignidad del otro. Dios no solo me da cosas, sino que quiere darse a sí mismo, pues me entrega algo muy preciado para Él. El don de tu persona me muestra que Dios es mi Padre.

Por tanto, el valor de ese don, no se mide por mi visión de ese don, sino por la visión que Dios tiene de él/ella.

Cristo vino a llevar a plenitud esta experiencia de la soledad originaria. Vino a revelarnos cómo Él recibe el don del Padre y cómo se entiende a sí mismo como un don del Padre en su entrega.
¿Cuál es el don que recibe Cristo del Padre? Cada uno de nosotros: “Los que me diste” (Jn 17,6). Cristo nos muestra el valor que tiene ese don del Padre, porque nos amó hasta el extremo. Su amor llega hasta el extremo porque no se vuelve atrás ni siquiera ante aquello que parece denigrar la dignidad del hombre. Sigue recibiéndole como don del Padre incluso en medio de su pecado, a la vista de su desprecio del otro y del su odio. Pues “El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10) (Llamados al Amor)

El hecho de que el hombre peque, no implica que Dios deje de amarle. Dios le sigue amando de igual manera, incluso podría parecernos que más, porque le ve necesitado (Como se observa en la parábola del hijo pródigo o la oveja perdida). Por eso, la dignidad de una persona, su valor para Dios, no se reduce con el pecado. Y Dios sigue enviándole dones para recuperar a esa persona. Les envía sus profetas, a sus discípulos para que les comuniquen la buena noticia. Más aún, les envía a su Hijo único: Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.

¿Cómo miramos nosotros a aquellos que están lejos de Dios? ¿Cómo miramos al esposo que peca y hace cosas que nos desagradan porque van en contra de la voluntad de Dios?.
Los esposos tenemos que seguir mirándonos con la dignidad infinita que tenemos. Con el amor infinito que Dios nos tiene. Mi esposo/a es un don de Dios para mí, porque Dios le ama por sí mismo/a, independientemente de lo que haya hecho. Merece Su misericordia. Merece que Cristo coma con él/ella, se haga hombre por amor a él/ella, viva una vida por amor a él/ella, sea insultado por amor a él/ella, sea golpeado por amor a él/ella, sea juzgado injustamente por amor a él/ella, ridiculizado por amor a él/ella y crucificado y muerto por amor a él/ella. Esto demuestra la enorme dignidad que tiene. El enorme don de Dios que él/ella es para Cristo y debe serlo para nosotros.

No podemos mirar al esposo desde nuestra mirada, desde el valor que nosotros le concedemos, sino por el valor que Dios le da por el amor que le tiene.

Quizás seamos nosotros la tabla de salvación que Dios le envía. ¿Voy a ser también yo un don de Dios para él/ella? O voy a rechazarlo porque desde mi punto de vista no se merece nada. ¿Se merece también que, como Cristo fue entregado por el Padre para su salvación, Dios me entregue también hoy a mí como colaboradores de ese plan de salvación?.
Al fin y al cabo, además, yo también soy un/a pecador/a.

Amar es un compromiso de unirse al destino de la persona amada. El destino de Cristo lo conocemos. Todo lo hizo por el Padre. ¿Queremos o no queremos amar a Cristo?.

Todo es don de Dios. Yo para mí, tú para ti, Tú para mí, yo para ti, ellos para nosotros, y nosotros para ellos. Esto es ser cristiano. Con Cristo podemos recuperar el plan de Dios.

Alabado sea el Señor.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Juan 4, 7-16

El Magníficat del matrimonio:

La oración del Evangelio de hoy, ha sido calificada por los entendidos como el Magníficat de Jesús. Jesús alaba al Padre porque los misterios del Evangelio, se los muestra el Padre a los sencillos, que son los que se ven necesitados de Dios, de su sabiduría, pues la reconocen diferente a la del mundo. Así los esposos alabamos al Padre porque es Él quien nos revela el misterio de nuestro matrimonio a través del Evangelio y le necesitamos. El mundo nos propone una forma de amarse falsa. Es obvio: no hay más que ver los resultados.

Ya vimos otro día que la tentación del Demonio consiste en exagerar lo malo o lo que nos falta por tener, para distraer nuestra mirada de la sobreabundancia de los dones que Dios nos ha dado, tal como ocurrió en la tentación de Eva en el Paraíso. Ver el don de Dios nos hace sentirnos agradecidos, y esto, nos saca del mal, del yo egocéntrico e insaciable e constantemente insatisfecho, que nos destruye y destruye las relaciones con otros.
La mirada oscura es el reflejo de nuestro corazón nos dice Jesús, pues la mirada oscura solo ve lo malo, no encuentra la sobreabundancia de Dios, por lo tanto no puede agradecerla, alabarle… La gratitud está íntimamente relacionada con la capacidad de ver desde la mirada de Dios, de la fe.

La dicha es alimentada por el Padre, es la bienaventuranza de los limpios de corazón (Mt 5, 8). Porque la fe en el Evangelio al igual que la indisolibilidad en el matrimonio, no se consigue a base de esfuerzo humano (ciencia, poder, psicología…), sino que es un don gratuito de Dios, que regala a los que le dicen Sí.
Éste es el motivo que arranca de Jesús la oración de alabanza al Padre y éste es el motivo también para arrancar la alabanza de los esposos. La alabanza y la acción de gracias son puntos esenciales en la oración de Jesús y por tanto en la nuestra, para nuestro matrimonio. Es fruto del reconocimiento de las maravillas que Dios realiza a favor de nosotros.

Son los sencillos y limpios de corazón, los que tratan de verlo todo desde la mirada de fe. Éstos saben que todo contribuye al bien de los que aman a Dios, de los que Él ha llamado según sus planes (Rom 8, 28). Dios es infinitamente generoso y nos da infinidad de bienes, si no lo vemos el problema no está en Dios, ni en mi esposo… está en mi corazón.

Una buena forma de apartar al Diablo, es la alabanza. El diablo no la puede soportar, porque es contraria a la tentación y a la mentira.
¡Probarlo! Cuando estéis pensando mal del esposo, entended que el Demonio intenta que engrandezcáis lo malo y no veáis la sobreabundancia de Dios. ¡Alabad a Dios por vuestro esposo! ¡Dad gracias a Dios por él/ella! Dad gracias por los dones que Dios ha puesto en él/ella, sin prestar atención a su metedura de pata.
Veréis cómo desaparece la oscuridad de tu corazón, si no puedes, no es en tu esposo en quien tienes que fijar tu mirada, sino en tu corazón para limpiarlo, pues nada que viene de fuera nos hace impuros. Pídele perdón al Padre y acude al sacramento de la reconciliación a limpiar tu corazón para que tu mirada pueda ver a Dios en él/ella.

La oración de alabanza y de acción de gracias. ¿La aplico con mi esposo (yo en él/ella y él/ella en mí)? ¿La practico? ¿Reconozco lo que el Señor me regala gratuitamente a mí, en mi esposo?

Te pedimos Padre, que nuestra vida matrimonial sea un Magníficat que reconoce y agradece.
Y como María, proclama nuestra alma la grandeza del Señor, se alegra nuestro espíritu en Dios, nuestro Salvador. Porque ha mirado nuestra pequeñez…

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 7, 15-20

¿De qué está hecho nuestro hogar?

Hoy las Palabras de Jesús nos hablan muy claramente sobre la santidad. No basta con haber sido bautizados, ir a la Eucaristía, oir la Sagrada Escritura, ser catequistas que hablemos de Jesús, la Virgen… Incluso podemos rezar cada día, hacer numerosas obras de caridad y repartir los dones que Dios nos ha dado. Si no lo hago por Amor no sirve de nada: San Pablo lo define muy bien en la 1ª carta a los Corintios 13.

La santidad es conocer a Jesús, porque Él nos la transmite mientras caminamos junto a Él. Es una respuesta de amor exigente, por un camino angosto, en cada momento del día, en lo pequeño y en lo grande. Una respuesta al Amor que nos amó primero, que nos llama a una vocación específica y le respondemos a través de ella. La nuestra, queridos esposos, es la conyugal, como dice el Magisterio de la Iglesia, con unas leyes específicas.

Si eres esposo pues has recibido el sacramento del matrimonio: ¡Adelante con este Amor exigente! Con el Amor de Jesús.
Tenemos una misión: Edificar nuestro hogar de amor sobre roca (Cristo), convirtiéndonos en roca para nuestros hijos y para otros, así como Abrahán y Sara por la fe en Dios se vuelven roca, comienzo del pueblo de Dios. Mirando hacia esta roca, la gente cobraba valor para luchar y salir del cautiverio.

Este es el sentido del nombre que Jesús dio a Pedro: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18). También Dios quiere edificar su Iglesia doméstica en cada hogar donde Jesús encuentra su hogar. Estamos llamados a unirnos a Jesús, la piedra viva, para volvernos piedras vivas por la escucha y la práctica de la Palabra (Pd 2,4-10; 2,5; Ef 2,19-22).

¡Esposos! si no escuchamos la Palabra juntos y con nuestros hijos y la ponemos por obra seremos esposos y familias necios que edificamos nuestro hogar sobre arena y cualquier conflicto, hace que nos hundamos totalmente. Y sinceramente… ya hay demasiados hogares enterrados. ¡No tengáis miedo! Hay que empeñarse cada día en un objetivo. Sólo por hoy. Algo que nos acerque a nuestro esposo y por tanto a Dios.

Las Palabras sencillas y claras de Jesús brotaban de su experiencia de Dios, de su vida entregada al Proyecto del Padre. Así deben ser las nuestras a nuestros hijos y otros, palabras que brotan de la experiencia de Dios.

Oramos con el Salmo: (Señor) Inclina mi corazón a tus preceptos, y no al interés. Aparta mis ojos de las vanidades, dame vida con tu palabra.

Comentario del Evangelio para Matrimonios: Lucas 1, 57-66. 80

El milagro de la fidelidad.

Dice Orígenes: -. Zacarías significa el que se acuerda de Dios, Juan significa el que manifiesta a Dios. Además, la memoria se refiere a lo que está ausente y la demostración se refiere a lo que está presente. Por tanto Juan debía expresar, no la memoria de Dios como ausente, sino que debía señalarlo con el dedo como presente, diciendo (Jn 1,29): «He aquí el Cordero de Dios».-

Por eso El Ángel le dijo a Zacarías que el niño se tenía que llamar Juan, porque su nombre designaba su misión. Ya desde el precursor de Jesús, se anteponía la venida del Amor a la ley, que designaba que el primogénito debía llamarse como el padre. Aunque Zacarías dudó y por eso quedó mudo durante un tiempo, cuando llegó la hora de cumplir lo que le dijo el Ángel, obedeció. Esta vez supo cómo responder a Dios. Después viene la gratitud y la alabanza a Dios son sus primeras palabras en un canto de júbilo emocionado.

Cuántas cosas permite Dios en nuestro matrimonio que no entendemos ¿No es así?. El cambio de nombre era un auténtico “disparate” en la época.

“El corazón alaba a Dios ¿Y cómo se alaba a Dios? Se alaba saliendo de sí mismos, gratuitamente, como es gratuita la gracia que Él nos da. Alabar a Dios, salir de nosotros mismos para alabar; perder el tiempo alabando.” (cf S.S. Francisco, 31 de mayo de 2013).

Sólo saliendo de nosotros mismos, de nuestros criterios, podremos mirar nuestro matrimonio y a nuestro esposo (la gracia que Él nos da) y alabar a Dios.

Isabel concibió a Juan en su seno, mientras Zacarías, en silencio, recobró la fe y confianza en Dios. En ambos se da el milagro, la vida espiritual se construye a base de pequeños o grandes milagros que se dan en esa esfera íntima del alma, que sólo Dios y cada uno conoce. Pero no por ello dejan de ser milagros. Dios toca con su mano nuestras almas. «la mano del Señor estaba con él…» sí, y también con vuestro matrimonio, porque Dios quiere engendrar un hombre y una mujer nuevos, siendo uno solo con Él. Mediante la humildad, la donación y la entrega generosa.

El matrimonio nuevo que coopera a la acción de Dios, es consciente de su pequeñez, pero aún más de que esa «mano» divina le sostiene. La fidelidad y salir de uno mismo, son dos actitudes que nos hacen experimentar los frutos de felicidad que nos empujan a alabar a Dios.

Como aquel niño, nuestro matrimonio se va afianzando y fortaleciendo en el desierto. Es un camino.

Oramos con el Salmo: Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras…