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Cómo ensanchar la vida. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 20, 20-28

Cómo ensanchar la vida.

Jesús habla de una «copa que beber». Jesús hoy quiere saber si nosotros, en vez del lugar de honor, de triunfos, de exigir, reprimir, de ejercer poder sobre nuestro esposo, de perseguir ambiciones personales… aceptamos entregar nuestra vida sirviendo.

Jesús no quiere una familia donde nos tiranicemos unos a otros con opresiones. Nos propone una familia donde reina el servicio, la generosidad, la entrega…¡el Reino de los cielos!

Seamos sinceros. ¿Nos gustaría ser los reyes de la casa? ¿Alabados? ¿Servidos? O por el contrario buscamos ser siempre los que servimos. Hoy Jesús nos deja claro cuál de los dos es Su camino.

Hoy, somos nosotros, los esposos, los que te pedimos: Señor, ordena que en este anticipo del reino de Dios, el matrimonio, estemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Tu respuesta es la misma : ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?
Es el Viacrucis del matrimonio, donde a veces nos sentimos juzgados injustamente, a veces no se nos valora con la dignidad que nos corresponde, otras cargamos con la cruz del pecado de nuestro esposo, otras tenemos sed,… y que en definitiva consiste en entregarnos como Tú.

Es un honor ser tus cirineos en Tu camino del Viacrucis, y más hermoso, sería vivirlo como Tú. En silencio, con ternura, con el «no os preocupéis por mí», o el «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen»…

Siempre hemos visto a Santiago y Juan muy valientes al decir «Lo somos». Aunque realmente no sabían lo que decían.
Pero el puesto a Tu derecha o a Tu izquierda es para aquellos para los que lo tiene reservado Tu Padre.

El Papa Francisco, en su reciente Encíclica Lumen Fidei, dice: La fe no es un refugio para gente pusilánime, sino que ensancha la vida. Hace descubrir una gran llamada, la vocación al amor, y asegura que este amor es digno de fe, que vale la pena ponerse en sus manos, porque está fundado en la fidelidad de Dios, más fuerte que todas nuestras debilidades.

Es la fidelidad de Dios, más fuerte que todas nuestras debilidades, la que hace posible que Tú estés en el centro de nuestro matrimonio y nosotros a Tu derecha y a Tu izquierda. Así, somos capaces de beber Tu cáliz.

Es cierto que, este camino que aparenta ser desagradable, ensancha la vida.

Oramos con el Salmo: Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud.

La parábola de los esposos. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 13, 10-17

La parábola de los esposos.

Vivimos una vida feliz cuando seguimos el plan de Dios para nosotros. Pero Dios es muy grande para el hombre y no podemos entenderlo por nuestros medios. Para nosotros, las cosas de Dios son un misterio. La vida, nuestro matrimonio, la felicidad… todo es un misterio para el hombre.
Vemos a mucha gente buscando desesperadamente la felicidad por su cuenta y no la encuentran. Eso sí, suelen confesarlo sólo en privado. Por fuera aparentan ser felices.

Bien, y ¿cómo hacemos para encontrar esa felicidad en nuestro matrimonio y en nuestra vida?.

Tres claves nos dan hoy los padres de la Iglesia: 1.- Querer encontrar la verdad. 2.- La Caridad (el amor) y 3.- La fe.

1.- Querer ver: Dice S. Juan Crisóstomo: « «Porque al que tiene se le dará». Como si dijera: a aquel que tiene deseo y celo se le dará todo lo que viene de Dios; por el contrario, a aquel que está privado de este deseo y no pusiere de su parte cuanto puede para conseguirlo, ése no recibirá los dones de Dios y lo que tiene se le quitará, no siendo Dios el que se lo quita, sino el hombre que se hace indigno de poseerlo. »

2.- La caridad: Remigio: “al que tiene caridad, se le darán las demás virtudes, y al que no la tiene, se le quitarán las otras virtudes, porque sin caridad no puede haber bien alguno.” Si sacas el amor de tu vida, te quedas sin nada.

3.- La fe: San Hilario: “Y por eso la fe en el Evangelio tiene la plenitud de los dones, porque una vez recibida nos enriquece con nuevos frutos, mientras que si se rechaza nos quita los dones que hemos recibido en el primer estado de naturaleza.” El Evangelio es Cristo: Camino, verdad y vida.

La clave es la Caridad (el verdadero amor). Si la sacas de tu vida, lo pierdes todo. Si la sacas de tu matrimonio, se le quitará hasta lo que tiene. Como dice la primera lectura: “Yo os conduje a un país de huertos, para que comieseis sus buenos frutos; pero entrasteis y profanasteis mi tierra, hicisteis abominable mi heredad.” Esto ha hecho el mundo de hoy con el matrimonio.

Para encontrar el verdadero amor hay que querer, esforzarse. El Evangelio no es una ideología. La parábola hace que nuestra experiencia nos lleve a descubrir que Dios está presente en lo cotidiano de nuestro matrimonio y nuestra familia. Es una experiencia en común, que está oculta a los que no la viven. Nos hace juntos observadores de la verdad, nos invita a buscar. O lo vives o no lo entiendes. Es la experiencia de seguir a Cristo lo que nos abre los ojos. Nos hace ver las cosas de otra manera.

Dichosos vosotros, Esposos, que dedicáis tiempo a entender y trabajar vuestro matrimonio porque muchos desearon ver lo que veis y no lo vieron. Dichosos vosotros que os sabéis mendigos de la gracia de Dios, porque muchos quisieron oír lo que oís y no lo oyeron.

Oramos con el Salmo: ¡Qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios!, los humanos se acogen a la sombra de tus alas; se nutren de lo sabroso de tu casa, les das a beber del torrente de tus delicias.

Esposos en la Vid o en el fuego. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Juan 15, 1-8

Esposos en la Vid o en el fuego.

«Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» dice San Pablo. «permaneced en mí, y yo en vosotros» nos dice hoy el Señor.

Los esposos también debemos permanecer el uno en el otro. Son las leyes del amor. Sin embargo, nuestros criterios pueden estar equivocados y nuestras tendencias pueden ser contrarias al bien común. Por eso necesitamos un camino y una verdad que nos lleve a la Vida.

Señor, debes ser Tú quien vivas en nosotros, no siendo nosotros con nuestros criterios, sino con los Tuyos. Señor, que yo mengüe para que Tú crezcas para dar vida al nosotros, a ser una sola carne, un solo corazón, una sola alma. Siendo tu Palabra la que reinen en nuestra vida, podremos aspirar a ser uno entre nosotros y contigo.

Incorporamos aquí un texto de San Agustín (Comentarios al evangelio de San Juan 81):
“Considerad una y mil veces las siguientes palabras de la Verdad: Yo soy la vid, y vosotros los sarmientos. El que está en mí y yo en él, ése dará mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada (Jn 15,5). Y para evitar que alguno pudiera pensar que el sarmiento puede producir algún fruto, aunque escaso, después de haber dicho que quien permanece en él dará mucho fruto, no dice: «porque sin mi podéis hacer poco», sino: sin mí no podéis hacer nada. … Y si el sarmiento da poco fruto, el agricultor lo poda para que lo dé más abundante; pero, si no permanece unido a la vid, no podrá producir fruto alguno. … continúa diciendo: El que no permanezca en mí será echado fuera, como el sarmiento, y se secará, lo cogerán y lo arrojarán al fuego y en él arderá (Jn 15,6). Los sarmientos son tanto más despreciables fuera de la vid cuanto más gloriosos unidos a ella. … El sarmiento ha de estar en uno de esos dos lugares: o en la vid o en el fuego; si no está en la vid estará en el fuego. Permanezca, pues, en la vid para librarse del fuego.”

Y continúa después: “cuando sus palabras (de Cristo) están sólo en la memoria, sin reflejarse en nuestro modo de vivir, somos como el sarmiento separado de la vid.”

Cuando estamos pasando un momento difícil, Señor, estando crucificados contigo, es momento de poda. Pero tenemos que vivirla con esperanza y alegría, con confianza en Ti, porque sabemos que quieres lo mejor para nuestra familia y que crezcan nuestros bienes comunes.
Pues sin Ti Señor, nuestra familia sería un fracaso personal, familiar y social, sin Ti, no podemos hacer nada. No podemos vivir un amor de comunión. Nuestra familia tiene mucho que decirte, mucho por lo que pedirte perdón, tiene mucho por lo que alabarte y darte gracias.

Concluye San Agustín: “En cuanto estamos unidos a Cristo queremos unas cosas y en cuanto estamos aún en este mundo queremos otras. Por el hecho de vivir en este mundo, a veces nos viene la idea de pedir algo cuyo daño desconocemos. … Permaneciendo, pues, en él y reteniendo en nosotros sus palabras, pediremos cuanto queramos, y todo nos será concedido.”

Te pedimos por nuestras familias, Señor, para que permanezcamos unidos a Ti. Que como María, guardemos todas Tus cosas en nuestro corazón.

Oramos con el Salmo: Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias. El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él.

Cuando no sientes al lado a tu esposo. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Juan 20,1.11-18

Cuando no sientes al lado a tu esposo.

María Magdalena, al verse perdonada y salvada por Jesús, lo dejó todo para seguirle. Podría ser un hermoso referente para los hombres y mujeres consagrados. Para ella su “esposo” era Jesús. Se reservaba en cuerpo y alma, desde su vocación esponsal, para entregarse a Él el día de su muerte.

Hoy en día hay muchos esposos, especialmente mujeres, que lloran más o menos en silencio la muerte de su relación matrimonial. Probablemente su esposo sigue vivo, pero para ellas está como medio enterrado. Como en un sepulcro que se mantiene medio abierto con la esperanza, ya casi perdida, de que algún día resucite su amor.

Si estás en esta situación, vive este Evangelio. Hoy se oye una voz, de un ángel enviado por Dios, que me dice: ¿Por qué lloras?. Y respondo: Se han llevado a aquella persona de la que me enamoré: Que me seducía, tenía detalles conmigo, yo era el centro de su vida, me contaba sus cosas… se lo/a han llevado: sus negocios, sus egoísmos, la rutina, sus tentaciones… o la muerte, y no sé dónde lo/a han puesto.

Entonces oigo otra voz: ¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?. Me doy la vuelta y no veo a nadie, pero ahí, de pie, junto a mí, está el mismísimo Cristo. No lo reconozco, pero está. Nunca se ha apartado de mi lado.

Quizás tu esposo/a no ha sabido ser fiel a su matrimonio, y se ha alejado de aquella promesa de “me entrego a ti en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad todos los días de mi vida”. Pero tú sí te has mantenido fiel a esa promesa y has mantenido tu alianza matrimonial a tu esposo/a y … A CRISTO. Porque no olvidemos, que esa promesa se la hicimos los esposos también a Cristo. Y Él no se ha apartado de nosotros, Él tampoco ha fallado a su promesa de permanecer para siempre junto a ti, en tu relación conyugal.

A ti, que vives una de estas situaciones, seas hombre esposo o mujer esposa, Jesús te dice hoy: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro” para interceder por ti. Él puede hacer el milagro de hacerte feliz en tu situación, la que sea, porque le has sido fiel y nunca romperás aquella promesa que hiciste ante el altar. Seguirás unido/a a tu esposo/a, hasta que la muerte te separe.

Ofrécele tu entrega en la Eucaristía, como María Magdalena día tras día, y el milagro se producirá. Díselo a todos: “Hoy (a través de su Palabra), el Señor me ha dicho esto”. Y aunque como Santo Tomás no te crean, Jesús te cambiará la vida.
¡Jesús está vivo! Es real. No lo dudes.

Pero tienes que entregarte y ser como María Magdalena. Ella estuvo presente a los pies de la cruz, en el descendimiento, en el entierro. Era una mujer enamorada buscando el amor desesperadamente, a pesar de su agotamiento. A ella Jesús le llama por su nombre: “María”. Es el consuelo del amado ¿por qué lloras y sufres? Esto tenía que pasar para que venciera el amor. No hay alma que se resista ante el verdadero amor. Santa Rita, Santa Mónica o Santa Madre Carmen son un testimonio de esto, e hicieron santos a sus esposos. Ante una entrega como la de María Magdalena Dios no se puede resistir, y tu esposo o tu esposa… tampoco.

Oramos con el Salmo: ¿No vas a devolvernos la vida, para que tu pueblo se alegre contigo? Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Seréis como dioses. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 13, 24-43

Seréis como dioses.

Dice el Arzobispo de Granada:
.- La gran tentación “la más sutil, la más peligrosa, aquella en la que el enemigo se disfraza más fácilmente de bien” es siempre ponernos en el lugar de Dios, jugar a pequeños (y patéticos) dioses, pretender ser nosotros la instancia última, adelantar el juicio final.

Toda tentación, desde el origen, tiene ese componente: “Seréis como dioses”, les dijo el tentador. Y se apoyaba en una cierta verdad, en una complicidad del corazón, creado para la fruición de Dios. Aquello, entonces, en aquella primera ocasión, terminó dramáticamente, en el despojo de la gloria y en la desnudez, en las zarzas y los abrojos de la estepa, lejos del jardín (paraíso significa jardín) que Dios había plantado para el hombre, y en la primera muerte de un ser humano a manos de su hermano. Y es siempre así, porque a Dios sólo es posible acceder acogiendo su gracia.

La determinación del hombre de convertirse en Prometeo, y de hacerse con el fuego de los dioses, desemboca en la humillación, en el ridículo y en la muerte.

Prometeo humillado, podría ser un símbolo del hombre contemporáneo en nuestros países ricos y envejecidos. En efecto, cuando se crece pensando que el yo es la instancia última, definido sólo por su libertad con respecto a todo vínculo (menos, naturalmente, los del poder, esto es, los de ese conglomerado que son el mercado, la moda, la opinión pública y el Estado), la alucinación de creerse el dueño único de la propia vida (y de la de los demás si se puede) tiene una capacidad de seducción especial. Aunque el recibo de esa mentira inmensa, de esa hipoteca, es de tal magnitud que la vida entera no basta para pagarlo.

La tentación de Prometeo tiene otra forma entre los discípulos. Contra esa forma nos pone en guardia el Evangelio de este domingo. Es la de querer adelantar el tiempo de la siega, el juicio final, la de querer vivir en un mundo sin cizaña, en una cesta de sólo manzanas sanas, la de pretender hacer ya en este mundo un gueto para el trigo, para que el trigo pueda ahorrarse el riesgo del testimonio y de la cruz. Aparte de que ponerse a sí mismo en el lado del trigo es ya una pretensión hipócrita, pudiera muy bien suceder que en el juicio uno tuviera necesidad de la misericordia que ha negado a otros.

La Iglesia no vive en el mundo protegiéndose del mundo, sino exponiéndose, entregándose, como Cristo, en la cruz y en la Eucaristía, por amor al mundo, para la vida del mundo. Esa libertad para darse, para amar al enemigo, para vivir gozosamente en medio de un mundo hostil, es fruto de la presencia de Cristo. De la gracia de Cristo y de la comunión del Espíritu Santo. Ahí radica su autoridad, tan distinta de los poderes del mundo. Y ahí está también el secreto de su invencible alegría. -.

Hoy podemos aplicar todo esto a Proyecto Amor, a nuestro matrimonio. Volvamos a la verdad del principio.

Señor, envíanos Tu Espíritu, para que gobierne nuestros matrimonios. Nosotros el cuerpo y Tú, la cabeza.