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Venta por liquidación total. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 13, 44-46

Venta por liquidación total.

Es curioso que Cristo, a la hora de conseguir el tesoro no dice “regala todo” lo que tiene, sino “vende todo” lo que tiene.

Dos claves, la primera es que, aunque dé algo de vértigo, se trata de una acción referida a TODO lo que tenemos. Si no, simplemente no funciona. No habrá suficiente para comprar el campo y conseguir el tesoro.

Esto tiene que ver con la hermenéutica del don que nos enseña San Juan Pablo II y que ya hemos mencionado en algún otro comentario. Primero debemos de reconocer que somos un don para nosotros mismos. Esto implica que nada es nuestro, sino que todo es de Dios. Todo lo material, nuestras habilidades, nuestras capacidades… todo. Y un don, nos es dado para donarlo. Somos dones de Dios para nuestros esposos, nuestra familia y todo el que nos rodea.

¿Qué ocurre con aquel que considera que algo material es suyo? Que inmediatamente le produce un apego. Empieza el miedo a perderlo. ¿Y si pierdo mi trabajo? ¿Qué pasará con la hipoteca? ¿y el máster que quería pagarle a mis hijos?. Seamos sinceros: ¿Confiamos en un Dios que es Padre y que nos ama sobre todas las cosas?.

¿Qué ocurre con aquel que considera que alguna de sus habilidades o capacidades es suya? Que se envanece. La vanidad es apropiarse de algo que no es nuestro. Y el vanidoso, despide a los de su alrededor. Provoca rechazo… se queda solo. ¿O no?. La vanidad es un torpedo en la línea de flotación de la comunión conyugal.

Pero hablábamos también de “vender”. ¿Por qué vender y no regalar?. Porque todo esto que no es nuestro, al entregarlo recibimos algo a cambio. “El ciento por uno” decía Jesús. Lo que recibimos es, efectivamente, un tesoro.

Por último nos falta una consideración. Hay que encontrar el tesoro. ¿Cuáles son tus tesoros? ¿Sabes encontrar el tesoro que Dios ha preparado para tu vida?. Jesús nos dice: Donde está tu tesoro está tu corazón. ¿Consideras tu matrimonio un tesoro?.

Cuando nuestra prioridad es el Señor, que se nuestro gran tesoro, todo lo demás pierde valor e importancia. “Lo considero basura” decía San Pablo. Y nuestra manera de llegar a Jesús, es a través de nuestra comunión matrimonial. No hay otra. Mi manera de amar a Cristo es amar a mi esposo/a sobre todas las cosas. En él/ella reside Cristo. Lo que hagamos con él/ella, con Cristo lo hacemos. Cuando encontramos el gran valor que tiene nuestro esposo y nuestro matrimonio, entonces lo vendemos todo: Egoísmos, criterios, tiempo, deseos… y todo con alegría porque hemos hallado un bien mayor.

Recordemos nuestras palabras el día de la boda. Yo… me entrego a ti … y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida. ¿No es eso venderlo todo por un tesoro?.

Oramos con el Salmo: Y tañeré en tu honor, fuerza mía, porque tú, oh Dios, eres mi alcázar.

Esposos en la certeza de la esperanza. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Juan 11,19-27

Esposos en la certeza de la esperanza.

Hoy, Señor, también a mí, te revelas, me exhortas y me acabas preguntando: ”Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”

Yo creo, Señor, que tú me has redimido y has redimido también nuestra relación conyugal. Como dice San Pedro: «No os conforméis a las concupiscencias que primero teníais en vuestra ignorancia. Antes, conforme a la santidad del que os llamó, sed santos en todo vuestro proceder, porque escrito está: Sed santos, porque santo soy yo…» (1P 1,14-16 cf. Mt 10,17).

O como dice San Juan Pablo II (audiencia 6/04/83) “todos los cristianos, están llamados a ser como él, los justos que sufren manteniéndose en la certeza de la fe y de la esperanza, y precisamente por este camino están en su puesto, cumplen su misión en la gran dialéctica histórica: son, con Cristo y por Cristo, fuerza de regeneración, fermento de vida nueva.”

Para nosotros, el sacramento del matrimonio, es, especialmente, el sacramento de la esperanza. Cuando se proclama un matrimonio santo, la fecha de celebración es la fecha de su matrimonio. Se pone así de manifiesto una comunión heroica en la carne. De alguna forma, se ilumina la comunión de los santos en el cielo, mediante una vida vivida aquí en la Tierra. Es como abrir una ventana al cielo. Ayuda a otros a creer que existe el paraíso, que es posible.

Seamos con Cristo, testigos de la esperanza, manteniéndonos en la certeza de la fe, de que Cristo regenera nuestro amor conyugal.

Creo!, Señor.

Oramos con el Salmo: Llegue a tu presencia el gemido del cautivo: con tu brazo poderoso, salva a los condenados a muerte. Mientras, nosotros, pueblo tuyo, ovejas de tu rebaño, te daremos gracias siempre, contaremos tus alabanzas de generación en generación.

La semilla del Reino, una energía nuclear. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 13, 31-35

La semilla del Reino, una energía nuclear.

Transcripción de fragmentos de la exposición de Jorge Atienza (Encuentro GBG Cullera, Valencia):
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La más pequeña… es como a veces nos sentimos en la vida. Es nuestra insignificancia. Lo experimentamos en las complicaciones de la vida que nos superan o a veces ante los gigantes: Las modas o las fuerzas sociales. Todo esto suscita la sensación de pequeñez. ¿Cómo salimos de ahí, de esa sensación de pequeñez? O más aún, de vernos insignificantes ante tales gigantes.

Jesús nos propone un componente opuesto que choca frontalmente con estos gigantes: el Reino de los Cielos. Se produce una energía nuclear, un choque que provoca una implosión (desmorona lo de dentro), para producir inmediatamente después una explosión hacia fuera que genera vida. El Reino desata energía de vida. Desata a todos los que se sienten insignificantes. El Reino de los Cielos: astronómico, sempiterno, soberano, invencible, inagotable, glorioso, incorruptible… procede incomprensiblemente como lo hace la más diminuta de las semillas, la mostaza. Es la vuelta al Génesis. La parábola es la recreación. El Reino viene a recrear la Tierra.

¿Qué tienen estas diminutas historias (parábolas) que a su autor le llevaron a la Cruz? Nadie cuenta historias bonitas y termina en la cruz. Desataron energía nuclear, choque de gigantes.

¿Cómo ayudamos al Reino? Podemos editarlo a nuestra medida y esconder la cruz, esconder el sufrimiento y dejar solamente la promesa, el pacto. A veces intentando ayudar, nuestra propuesta es proponer que se pare de sufrir. Si modificamos el Reino, destruimos el poder de su energía nuclear. Así quiso tentar Satán a Jesús: Todo te lo doy, no hay necesidad de ir a la cruz…

En esa intervención silenciosa del Reino de los Cielos con las fuerzas de la Tierra, el Reino no destruye la Tierra, extiende sus raíces en ella para que dé fruto. El Reino no ve la Tierra como rival, sino como huerto. Sembrado en ella se hace útil. Todo lo que la vida necesita para producirse es una rendija de luz. El Reino entra y altera la estructura de la realidad.

Una vez que el Reino es sembrado, nadie lo detiene.
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Dejemos que germine la semilla del Reino en nuestro matrimonio. Puede que nos produzca sufrimiento en muchos momentos, puede que nos exija cargar con la cruz, pero reordenará nuestra vida. Lo que antes estaba arriba, pasará a estar abajo y viceversa. Así actúa el Reino poco a poco: “Él hace proezas con su brazo, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los pobres los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”.

El Reino recrea tu matrimonio y tu familia. Establece el orden correcto, sobre el que se puede construir un hogar.

Oramos con el salmo: Despreciaste a la Roca que te engendró, y olvidaste al Dios que te dio a luz.

El tesoro de Dios escondido en el matrimonio. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 13, 44-52

El tesoro de Dios escondido en el matrimonio.

El reino de Dios es impresionante, es una realidad «misteriosa». Se presenta discretamente (como la «levadura») ante el matrimonio y la familia, pero es determinante y de gran valor: vale la pena dejarlo todo por este Reino, vale la pena renunciar, hasta que me duela, a todo lo que me aleje del amor de Dios y por lo tanto de los demás. Vale la pena buscarlo con todo el empeño de los buscadores de tesoros y mucho más, pues éste es infinitamente más valioso.

Todo el mundo tiene un tesoro: Su cuerpo, su trabajo, su dinero, su fama, su poder, su tiempo libre, su comodidad… Pero Dios Amor nos propone en Jesús un reinado de amor, comprensión, misericordia, verdad… Los demás tesoros son falsos. Se degradan, se pierden y no satisfacen al ser humano.

Es un tesoro enterrado, pues está oculto a los ojos del cuerpo, sólo los ojos de corazón que desean amar, lo encuentran. Ni sabios, ni psicólogos, ni teólogos…

Pero uno no vende todo porque sí. A veces se nos anima a ello, al sacrificio porque sí, y no funciona. Uno vende porque ha descubierto la belleza de un tesoro. Se parece a aquel esposo, que descubre un tesoro en su matrimonio. Entonces sí vende todo lo que tiene: Su tiempo, sus gustos, sus criterios, su voluntad… para comprar esa comunión conyugal en Cristo. Es la finura de una perla, difícil de coger, porque hay que bucear, difícil de reconocer, porque sólo Dios la revela.

El reino de los cielos está cerca. Ya está aquí. ¿Qué mayor tesoro hay?: Que Tú, Señor, reines en nuestra casa, una familia unida, unos hijos con esperanza, los bienes comunes, el brillo que veo en mi esposo/a después de 24 años de casados… es la belleza que Dios ha creado en su alma y sólo Él nos puede mostrar, es la verdad que me convence, el amor hermoso fruto del Espíritu Santo, es la oración juntos que nos va uniendo en Tu Corazón, son Tus deseos, Tus caminos…

¿Por qué se esconde entonces? Porque es un tesoro en la intimidad de la comunión. Es un tesoro que lejos de presumir de Él, nos mueve a preservarlo, sabemos que no nos pertenece y merece todo el respeto y cuidado, sabemos que es demasiado valioso para nosotros.

Sólo Tú ves y conoces, sólo Tú, el Rey, sabes lo que tiene Tu reino, y aquel a quien se lo quieres mostrar.
Muéstranos Madre la belleza del amor conyugal, de la comunión. Trabajemos juntos para seguir descubriéndola.

Oramos con el salmo: ¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!

La realidad de los esposos es superior a la idea de serlo. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 13, 24-30

La realidad de los esposos es superior a la idea de serlo.

(Ponemos nuestro comentario, y a continuación un fragmento de la encíclica Evangelii Gaudium del Papa Francisco, que viene a colación.)

Mi esposo (en genérico) ha sido creado “para” mí. Dios puso su trigo en él/ella, pero luego llegó por la noche “otro” y sembró la cizaña.

¿Te gusta su cizaña? Pues ¡no! ¿Puedes separar su trigo de su cizaña? ¡Tampoco! Qué nos pide a ti y a mí hoy el Señor. Que lo/la abracemos con su trigo y su cizaña. Primero porque no podemos juzgar qué es trigo y qué es cizaña, muchas veces no lo distinguimos porque nosotros tampoco somos puros. Y segundo porque al final, vencerá la bondad del trigo en nuestra relación.

La pregunta es ¿Qué hago con la semilla de trigo que plantó Dios en mi esposo/a? Puedo dejarme llevar por mi cizaña: mis problemas, miedos, puedo huir, dejarme llevar por la falta de esperanza… Probablemente tus “amigos” te dirán que por qué lo/la aguantas… Pero la alternativa del Evangelio es que puedo confiar en el Sembrador que la sembró, confiar en que en su momento dará sus frutos y para ello he de estar atento para regarla.

Podemos dejar de amar por nuestras ideas o dejarnos llevar por la mejor idea, que es la de amarnos. ¡Ámalo/a! y sus semillas de trigo germinarán. Son como la levadura que menciona el Señor en otra parábola: Deja que penetre en la masa de tu matrimonio y de tu vida, dale tu calor y verás cómo crece.

“La realidad es superior a la idea”. La realidad de mi esposo/a es la que es. Así lo/la ama Dios y así lo/la debo amar yo. Abracémosle y acojámosle en toda su dignidad. Al final, siempre vence el Amor ¡Garantizado!.

Oramos con el Salmo: Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre. Dichosos los que encuentran en ti su fuerza; caminan de baluarte en baluarte.

Evangelii gaudium (Papa Francisco):

225. …La parábola del trigo y la cizaña (cf. Mt 13,24-30) grafica un aspecto importante de la evangelización que consiste en mostrar cómo el enemigo puede ocupar el espacio del Reino y causar daño con la cizaña, pero es vencido por la bondad del trigo que se manifiesta con el tiempo.

La unidad prevalece sobre el conflicto:
226. El conflicto no puede ser ignorado o disimulado. Ha de ser asumido. Pero si quedamos atrapados en él, perdemos perspectivas, los horizontes se limitan y la realidad misma queda fragmentada. Cuando nos detenemos en la coyuntura conflictiva, perdemos el sentido de la unidad profunda de la realidad.
227. Ante el conflicto, algunos simplemente lo miran y siguen adelante como si nada pasara, se lavan las manos para poder continuar con su vida. Otros entran de tal manera en el conflicto que quedan prisioneros, pierden horizontes, proyectan en las instituciones las propias confusiones e insatisfacciones y así la unidad se vuelve imposible. Pero hay una tercera manera, la más adecuada, de situarse ante el conflicto. Es aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso. «¡Felices los que trabajan por la paz!» (Mt 5,9).
228. De este modo, se hace posible desarrollar una comunión en las diferencias, que sólo pueden facilitar esas grandes personas que se animan a ir más allá de la superficie conflictiva y miran a los demás en su dignidad más profunda. Por eso hace falta postular un principio que es indispensable para construir la amistad social: la unidad es superior al conflicto.

230. El anuncio de paz no es el de una paz negociada, sino la convicción de que la unidad del Espíritu armoniza todas las diversidades. Supera cualquier conflicto en una nueva y prometedora síntesis. La diversidad es bella cuando acepta entrar constantemente en un proceso de reconciliación, hasta sellar una especie de pacto cultural que haga emerger una «diversidad reconciliada»

La realidad es más importante que la idea:
231. Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad. La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea. Esto supone evitar diversas formas de ocultar la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los proyectos más formales que reales, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría.