
Cuando metemos a Dios en nuestro matrimonio, como levadura, nuestro amor se vuelve esponjoso, como las magdalenas, dispuesto a absorber la gracia, que desborda nuestro hogar, para darse a otros.

Cuando metemos a Dios en nuestro matrimonio, como levadura, nuestro amor se vuelve esponjoso, como las magdalenas, dispuesto a absorber la gracia, que desborda nuestro hogar, para darse a otros.

Señor, me quedo abochornado por esas veces que, ante la atadura de un pecado de mi esposa/o, la/lo he corregido con dureza o con desprecio, en lugar de ayudarte a desatarla/o de ese mal de Satanás.

Veo a mi esposa/o desde mi ceguera, con un corazón sucio. Por mi pecado, no veo la plenitud de su belleza interior, no veo Tu imagen en ella/él. ¡Señor, que recobre la vista!

¿Qué puedo dar a Dios como fruto de mi matrimonio? Nuestra Madre nos muestra el tesoro que Dios quiere darnos. Construyamos ese amor de comunión tan hermoso para el que hemos sido creados.

El amor es cortés. Esposos, sembrad amor con la ayuda de Dios y recogeréis amor. Tenéis un enemigo común: el Demonio. Con la fuerza de Nuestra Madre y del Espíritu de Dios, ¡tenéis una misión ilusionante!