Restañar las heridas en el matrimonio. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 18, 21-19, 1

Restañar las heridas en el matrimonio.

Este pasaje sobre el perdón, precede a aquel en el que Cristo les habla a los fariseos sobre la indisolubilidad del matrimonio. ¿Casualidad?.

Si en tu matrimonio hay heridas y hay dolor, no te preocupes. Dios nos da una segunda oportunidad… y una tercera… y una cuarta… etc. Esperamos que tu esposo/a también te las dé o que tú se las des a él/ella. Por mucho que las cosas se hayan enredado, es posible enderezarlas orientándolas hacia lo alto. Los casos perdidos se convierten entonces en trayecto, doloroso sí, pero necesario para conquistar una meta.

Cuando uno de los cónyuges es infiel al otro (no necesariamente en el aspecto carnal),
“el que perdona adquiere una altura moral que hace al otro, al infiel, sentirse siempre en minoría. Incluso aunque se reprima el reproche, éste se dejará sentir a ambos. Lo realmente difícil es entonces rehacer la dignidad en quien ha ofendido para que los dos puedan mirarse a los ojos y encontrarse a la misma altura. ¿Sería posible restaurar la igualdad originaria, aquella con la que empezaron su camino nupcial?.

Habría sólo una vía: que el cónyuge fiel se hiciera uno con el otro, que caminaran juntos en singular proceso, parecido a un luto, para reconstruir sus memorias y recuperar el amor que les unía al principio. Es una ruta que parce imposible de llevar hasta el final: ¿Cómo rehacer del todo un pasado, hasta conseguir que lo que sucedió no haya sucedido?.

Esta pregunta nos permite acercarnos a Getsemaní y al misterio de la Pasión. Pues esto es precisamente lo que Dios ha querido hacer con su Pueblo. No le ha bastado con tender un manto para cubrir el pecado, sino que ha querido desanudar la trama perversa de la culpa. Por eso el mismo Cristo, el Esposo, ha descendido para identificarse con su Esposa, para sufrir con Ella las consecuencias del mal, y así oponer a su infidelidad una fidelidad estable… Entendemos el gran amor de Jesús. Le interesaba que la esposa perdonada pudiera mirar a los ojos de su Esposo sin miedo al reproche, de igual a igual. Por eso debía acompañar desde dentro el camino de la regeneración.

¿Cómo fue posible a Cristo recuperar la armonía perdida? Su secreto estaba en el Padre, a quien dirigió su ofrenda. Si Jesús supo que era posible regenerar a su esposa infiel, es porque contemplaba siempre al Padre, que se la confió. Si pudo mirarla de nuevo con amor y respeto, es porque veía la mirada del Padre que seguía amando a los hombre a pesar de todo. Cristo pudo renovar el vínculo que une entre sí a los esposos porque restauró en nuestra vida la filiación, la relación con Dios.” (Betania, una casa para un amigo Pg. 178-179)

Entenderemos ahora mejor lo que escribió San Pablo: “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño de agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada” (Ef 5,26-27)

La deuda de cien denarios que no quiso perdonar el empleado a su compañero, en realidad, pertenecía a los cien mil talentos que le debía a su Señor.

Oramos con el salmo (versículos que siguen a los de hoy): Se despertó como de un sueño el Señor, como soldado aturdido por el vino, [66] hirió al enemigo por la espalda infligiéndole una derrota definitiva… Se construyó un santuario como el cielo, como la tierra que cimentó para siempre.

La familia, un hogar para Cristo. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 18, 15-20

La familia, un hogar para Cristo.

Cristo nos invita a recorrer su camino en comunión o en comunidad. El Señor habla de “dos o tres” reunidos en mi nombre o “si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra”… No podemos dejar de aplicar las palabras de Jesús a la alianza matrimonial y a la familia. Cristo está en medio del matrimonio y la familia, permanentemente.

Sacamos del libro Llamados al Amor, las siguientes reflexiones sobre la importancia de la familia.

La vida de una sociedad se dirige hacia el bien común. Éste se define no solamente por el servicio que unos realizan para otros, pues podría caerse en una mentalidad utilitarista, se define también por la dignidad de la persona. El bien común es el bien de vivir en comunión porque sólo así se llega a ser persona. Es en relación con otros donde se constituye la propia identidad y se puede encontrar un sentido para el camino de la vida. Esta percepción del bien común ha de ser adquirida desde la experiencia por contagio de unas personas a otras. ¿Dónde se experimenta esto? En la familia.

Primero los esposos: El encuentro entre ambos, supone una experiencia fundamental en su vida. Cuando la persona amada entra en la propia vida, se abre una dimensión insospechada de la existencia. Los amantes descubren entonces su verdadero nombre, y su vida se proyecta en un horizonte con sentido. El resultado es una verdadera unidad que hace a cada esposo ser verdaderamente él mismo. Su comunión les hace posible ser felices. Su unión es el mayor tesoro que poseen.

De ese amor surge la familia: La comunión de los esposos se expande en la comunidad de padre, madre e hijo. La familia no está sometida a la forma de cálculo de la sociedad, donde la suma de la productividad de cada uno se contabiliza como la productividad de un país, aunque detrás de este resultado se esconden tremendas desigualdades. La familia no se rige por la suma, sino por el producto, de manera que cualquier cantidad multiplicada por cero da cero. O es un bien común para las dos partes, o no sirve. Tampoco ocurre como en cualquier trabajo, donde se puede sustituir un trabajador por otro que realice las funciones más o menos igual. La familia es la escuela del bien común, donde cada uno es valorado y amado por ser quien es, y no es posible sustituirlo. En este entorno de caridad entre hermanos, se hace posible la corrección fraterna, de igual a igual como hijos de Dios, buscando el bien de la persona que es amada por sí misma. La familia es la escuela del bien común, donde el maestro es el Señor (para no caer en la soberbia) y corregiremos según Su Palabra.

En la familia se crece en amor y libertad. Aprendemos a amar y ser amados, aprendemos que no es cierto que mi libertad empieza donde acaba la tuya, como si nos estorbásemos y tuviésemos que poner un límite entre ambos. Mi libertad empieza donde empieza la tuya. La familia es el ADN de la sociedad, donde están escritos los parámetros básicos para que la sociedad funcione correctamente. Si se manipula este ADN, empiezan las malformaciones.

La familia es un tesoro de Dios, y desde luego que Cristo está presente en el centro. Por eso San Juan Pablo II decía aquella frase famosa “Familia sé lo que eres”. Porque la familia realiza un servicio insustituible a la Sociedad y a la Iglesia. Jesús dijo a sus discípulos “Vosotros sois la luz del mundo”. La luz lleva a cabo su misión simplemente siendo lo que es. La misión de la familia es ser ella misma: San Juan Pablo II la definía como “Íntima comunidad de vida y amor” “la esencia y el cometido de la familia son definidos… por el amor. Por eso la familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su Esposa” (Familiaris Consortio 17)

Esposos, sólo falta una cosa para que esté Cristo en medio de nuestra familia: Que nos reunamos en Su nombre. Oremos en familia.

Oremos con el salmo: (Hoy por la obra de la familia) Alabad, siervos del Señor, alabad el nombre del Señor. Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre.

Del escándalo de la cruz al de evitar la cruz. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Del escándalo de la cruz al de evitar la cruz.

El Evangelio nos vuelve a revelar el Corazón de Dios. Nos hace entender con qué sentimientos actúa el Padre del cielo en relación con sus hijos y cuáles tenemos que tener nosotros en relación al Padre con el esposo e hijos.

Dos claves sobre la pequeñez:

La obligación para nosotros de luchar contra nuestra tendencia a engrandecernos: «Si no volvéis a ser como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Por tanto el que se haga pequeño, ese es el más grande…»

Lo que valora el Padre no es tanto «ser pequeño», sino «hacerse pequeño». «El que se haga pequeño…, ése es el mayor en el Reino de los Cielos». Por esto, podemos entender nuestra responsabilidad en esta acción de empequeñecernos, el Padre valora nuestra lucha. Él ve en nuestro corazón, lo mucho que nos esforzamos y contamos con Él, gozando de una relación filial. Esto es tener el corazón sencillo como el de un niño, es la pureza de corazón la que permite escuchar la voluntad del Padre, reconocer Su rostro en nuestro esposo.

La segunda clave es nuestro trato para con el otro, pues nos dice: «cuidado con despreciar a uno de estos pequeños…» «el que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí». ¿A qué pequeñez se refiere Jesús? Si contemplásemos a nuestro esposo, o nuestros hijos como ovejas buscadas por el Padre, seríamos capaces de ver más frecuentemente y más de cerca el rostro de Dios en ellos. “¡El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí!”.

Cuidado con despreciar y escandalizar a los pequeños, significa desde nuestra vocación conyugal: No ser fieles a nuestra llamada al Amor, no enseñar a nuestros hijos a Amar como Cristo. Que no vean en nosotros el espíritu de servicio, de sacrificio, la entrega, el perdón, la reconciliación… Un amor gratuito que no busca otro interés que el de agradar a Dios. Escandalizarles por ser con nuestro ejemplo, motivo para que nuestros hijos pierdan la fe en Dios y no conozcan el verdadero Amor, pues amar a alguien es decirle: tu no morirás.

Algunos matrimonios dejan de Amarse como Cristo porque viven una cruz. A veces se considera la cruz motivo de escándalo para los hijos, cuando el escándalo es que no conozcan el verdadero Amor redentor, la Vida y el poder de Dios.

Mateo conserva una frase muy dura de Jesús: “Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar”. Significa que hay que ser muy exigente en el combate contra el escándalo que aleja a los pequeños. Con otras palabras: nuestra llamada al amor debe ser nuestra prioridad.

Oramos con el salmo: ¡Qué dulce al paladar tu promesa, Señor! Mi alegría es el camino de tus preceptos, más que todas las riquezas.

De la cotidianidad a la inmortalidad. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 17, 22-27

De la cotidianidad a la inmortalidad.

El Evangelio de hoy, trata dos temas muy diferentes. El anuncio de Jesús sobre su muerte y resurrección y el tema de los impuestos que habían acordado los judíos para el mantenimiento del templo y del servicio sacerdotal. Y ¿Qué relación encontramos entre el tema de los tributos y el de la muerte y resurrección de Jesús? Nos da para reflexionar: que los reyes del mundo no cobren tributo a sus hijos y sin embargo el Hijo pague el tributo por la salvación de todos. La lógica de Dios, siempre sorprendente frente a la lógica de los hombres.

Dejamos el tema ahí y nos unimos a la propuesta de reflexión de Evangeli.net, que resalta la confianza que tenía Jesús con los suyos. Resulta entrañable la conversación de Jesús con Pedro, preguntándole su parecer sobre la cuestión de los impuestos. También resulta entrañable la frase con que comienza el texto: “Yendo un día juntos por Galilea, les dijo Jesús…” Con qué naturalidad vivían los apóstoles su trato cotidiano con el Hijo de Dios: “Yendo un día juntos…” Qué hermoso… Y en esa confianza y cercanía, les abre su corazón para hablarles de los más íntimo: Su muerte y resurrección.

Es todo un misterio que Dios se hace hombre y participa de nuestra vida cotidiana. Parece un contrasentido que Dios eterno se encarne en un cuerpo frágil y caduco. Lo cierto es que nuestro cuerpo, ha sido creado para una doble función: Que se vaya deteriorando con nuestra entrega, y que a través de la entrega esponsal que lleva impresa, nos permita ir caminando hacia la inmortalidad. Por un lado el deterioro y por otro la inmortalidad.

Ponemos aquí un comentario del apartado “hijos para siempre” del libro Llamados al Amor: ¿Cómo hace posible Jesús la inmortalidad a través de su cuerpo de carne mortal?
“Cada paso de Jesús por el mundo, a medida que iba realizando lo que el Padre le pedía, era un avance hacia la vida eterna… El Hijo vivía en el cuerpo su obediencia y, de este modo, iba transformando su carne en inmortal… al vivir su suplicio como obediencia al Padre y como amor a los hombres, cada glope le acercaba más a la vida, pues hacía su vida más relacional, más abierta a Dios, más eterna… El cuerpo habla así dos lenguajes: El de la decadencia hacia la tumba y el de la ascensión hacia el Padre.”

Tremenda frase. Lo que hace a Cristo cada vez más inmortal es su obediencia al Padre. Lo que hace que nos acerquemos nosotros también cada vez más a la inmortalidad, es hacernos cada vez más hijos de Dios ¿Cómo? A través de la obediencia al Padre.

¿Hace falta preguntarnos cuál es la voluntad de Dios para los esposos? “Yo … te quiero a ti… como esposo/a y me entrego a ti …”

Alabamos a Dios con el Salmo: Alaben el nombre del Señor, el único nombre sublime. Su majestad sobre el cielo y la tierra. Él acrece el vigor de su pueblo.

Familias sin miedo. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 14, 22-33

Familias sin miedo.

Como hablamos hace menos de una semana, cuando rezábamos este mismo Evangelio, la tradición de la Iglesia identifica la barca de los discípulos con la Iglesia, y nosotros, como en aquella ocasión, hablaremos de la Familia, como Iglesia Doméstica.

El día que nos casamos, Cristo nos envió a navegar hasta la otra orilla, la de la comunión perfecta entre nosotros y con Dios, a la que llegaremos el día de nuestra muerte. Pero está claro, que la travesía no es fácil. Por el camino se hace de noche y empiezan las tormentas. Tenemos la tentación de pensar que Cristo no está con nosotros, y llegan los miedos. Añadido a esto, los discípulos se encontraban a unos 6km de la costa justo en mitad del lago, (según dicen los estudiosos de la biblia), por tanto se suma el inconveniente de que estarían exhaustos, cansados de remar.

Dicen que más del 90% de los miedos, tienen su origen en cosas que no han sucedido y que no sucederán jamás. Pero tememos por lo que pudiera pasar. ¿Y si pierdo el trabajo? ¿Y si le pasa algo al niño? ¿Y si nos roban la casa? ¿Y si caigo enfermo? ¿Y si no podemos pagar la hipoteca? ¿Y si me deja?… Nuestra fragilidad, tiene un aspecto positivo, y es que nos recuerda que estamos necesitados de Dios, que la única manera de vivir nuestra vida con paz es confiar en Él. ¡Hay tantos “y si…” a lo largo de la vida de una familia…! ¿Quién podría vivir tranquilo contando con sus propias fuerzas?. Dice Juan Pablo II que la fragilidad del cuerpo nos recuerda nuestra dependencia de Dios, nos habla de la existencia de Dios.

Pedro mismo, es curioso que estando ya caminando sobre las aguas tormentosas, no se asusta de las aguas, sino del viento… A nosotros nos puede ocurrir lo mismo: Después de vivir el milagro de la vida, de haber creado una familia, tenemos miedo de lo superfluo y nos hace sucumbir. Hay muchas personas que no duermen, con depresiones, que no ven solución…

El Señor hoy, en medio de tantos miedos, nos dice ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo! Él es. No se trata de un fantasma. Es, existe y vendrá con todo su poder a extender su mano y agarrarnos. Es posible que tarde, para que tomemos conciencia de nuestra debilidad y que le necesitamos, pero al final, no nos quepa la menor duda de que vendrá y extenderá su mano.

Esposos, dormid tranquilos y decidle cada noche, después del milagro de un día de travesía, “Realmente eres Hijo de Dios”.

Oramos con el Salmo: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. Voy a escuchar lo que dice el Señor: «Dios anuncia la paz a su pueblo
y a sus amigos.»