La hermosa viña que nos ha tocado. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 20, 1-16

La hermosa viña que nos ha tocado.

Señor, tu justicia no es nuestra justicia. Tus leyes no son las nuestras. Nosotros habíamos pensado en un matrimonio sin desavenencias, con los mismos ritmos. Sin embargo, entre los matrimonios se da mucho esto de medir el trabajo, el esfuerzo y la recompensa que se merecen uno y el otro.

También se da mucho que uno de los dos acoja antes la fe en Ti (normalmente son ellas). ¿Por qué? Porque has creado una unión que se alcanza desde el conocimiento mutuo, la comprensión, el perdón y la misericordia.

En el Evangelio, cuando descubrieron que el salario de un denario podía obtenerse trabajando menos horas, no comprendieron por qué habían trabajado durante todo el día. Pero, ¿Quién sufre más, el que trabaja o el que se agobia por no tener trabajo? Nos fijamos en el esfuerzo que implica la vida diaria cristiana: oración, esfuerzo… olvidando que la fe no es un peso que nos oprime, sino una luz que nos libera y da sentido a nuestra vida, a nuestro esfuerzo, a nuestro matrimonio y nuestra familia.

Hoy leíamos cómo en el Concilio Vaticano II (GS 49) se trata la belleza del matrimonio. Cómo el amor de los esposos es asumido en el Amor Divino, porque Cristo no sólo ha tomado sobre sí una naturaleza humana, sino también un amor humano. Nuestro amor ha sido elevado, divinizado, de tal manera que el matrimonio es camino de perfección, de santificación para los cónyuges, para ser llevados a Dios. Es como decir, parafraseando a San Agustín: “Ama (a tu esposo/a) y haz lo que quieras”. Sólo con eso, llegarás a la santidad.

También trata la consagración de los esposos, que están “fortificados y como consagrados por un sacramento especial”. Qué belleza, qué potencia, tiene esta frase. Hombre y mujer, en el sacramento, no reciben solo una gracia momentánea, sino que con el vínculo, se les regala una fuente de gracias, con la que podrán edificar la Iglesia desde dentro. Se habla de consagración y de vida en Dios, del Espíritu Santo, que abraza todo el horizonte de los esposos.

Quizás algún día lleguemos a comprender el tesoro de la viña de la comunión conyugal a la que hemos sido llamados. La pena es que Satanás suele dispersar a muchos esposos, para que centren su atención y sus prioridades en otras iniciativas muy loables y muy caritativas, pero que no son las que les harán santos, pues su santidad está en la comunión conyugal, la vocación a la que han sido llamados.

Señor, aquí estamos, en la plaza. Llámanos a seguir trabajando en nuestra viña y oremos por aquellos matrimonios que vendrán más tarde, para darte gloria desde la comunión conyugal. Gracias por permitirnos llegar a Ti, amando a mi esposo/a. ¡Nos entusiasma la idea!. Estoy feliz, porque me he consagrado a Ti a través del sacramento del matrimonio que me une a mi esposo/a.

Las dos puertas. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 19, 23-30

Las dos puertas.

O las dos banderas, como las llama San Ignacio.
Veamos qué nos dicen los doctores de la Iglesia sobre este Evangelio:

Remigio: ‘Explicando el mismo Señor el sentido de este pasaje, según San Marcos dijo (Mc 10,24): «Difícil es a los que confían en sus riquezas entrar en el Reino de los Cielos». Confían en sus riquezas los que tienen puestas en ellas todas sus esperanzas.’

San Hilario: ‘Porque no se adquieren los bienes del mundo… sin exponerse a los vicios del mundo. Y ésta es la dificultad que tiene el rico de entrar en el Reino de los Cielos.’

Por tanto, el primer problema del rico es el de poner la confianza en el dinero y no en Dios. El segundo riesgo es exponerse a otro tipo de vicios.

Y ¿Cómo aplica esto a los matrimonios y las familias?.

En el matrimonio:
¿No es verdad que normalmente el que tiene éxito en la vida, tiende a sentirse superior? Vanidades y orgullos que endurecen el corazón, que crean desequilibrios entre los esposos “ayuda semejante” el uno para el otro. Un pedestal desde el que se ve al otro inferior. Unos bienes que no son bienes comunes.

En la familia:
¿No es verdad que los padres de familia tendemos a poner la confianza en el dinero? Quizás nos empeñamos demasiado en darle a nuestros hijos una buena carrera pero no tanto en llevarlos al camino del Señor. ¿Cuánto tiempo y cuántos esfuerzos dedicamos a darles una buena formación intelectual y cuánto en darles una formación espiritual? Si pudiese pesarse, todos sabemos hacia dónde se inclinaría la balanza. Y ¿No les estamos enseñando a nuestros hijos con ese desequilibrio de prioridades a que pongan su confianza en el dinero?. ¿Cuánto tiempo dedicamos al Señor? O no queda tiempo: “El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna.” Las familias estamos llenas de “obligaciones” para la propia familia, amigos, familias de origen y … ¿Y para con Dios?.

Unas monjas nos dijeron una vez: “Hay matrimonios que no tienen tiempo para dedicar a la oración, y lo que no saben es la cantidad de tiempo que pierden por no rezar juntos.”

Podríamos incluir en el mismo grupo de “los ricos” a aquellos que no lo son, pero que ambicionan las riquezas. Mostremos a nuestros hijos dónde tienen que poner la confianza, confiando nosotros en Dios. Que en cada dificultad, nos oigan que la ponemos en manos de Dios. Que en cada cosa buena que nos venga, nos oigan dar gracias a Dios. Animémosles a que, den gracias a Dios por todo lo que les damos, porque todo viene de Dios. Digámosles que todo lo que reciben ahora, no es para su enriquecimiento personal o presumir y ponerse por encima de otros, sino para que en un futuro puedan dar gloria a Dios con su trabajo, para que construyan un mundo mejor para sus hermanos y para dejarlo en heredad para sus hijos y los hijos de sus hijos.

Como dice San Jerónimo. ‘No dijo: Que lo dejasteis todo (porque esto también lo hizo el filósofo Crates y otros muchos que despreciaron las riquezas), sino y que «me habéis seguido», que es propiamente de los apóstoles y de los creyentes.’ No se trata de dejarlo todo sino de seguir a Cristo. Seguir su camino de glorificar al Padre, de hacer lo que le agrada. Colaborar en la misión creadora del Padre y en la misión salvadora del Hijo.

Pero si es imposible para el hombre ¿Por qué nos pide Cristo que lo dejemos todo? Cristo quiere que vivamos en la verdad. Todos los santos lo han hecho. Veían que tenían que dejar hasta el último minuto de su vida aquí, como San Francisco. Volvemos a la cuestión de la confianza. Nosotros no podemos, solo Dios, y por eso sólo podemos poner la confianza en Él.

Si haces a tu hijo arquitecto, igual mañana consigue las llaves de un Bentley. Pedro siguió a Jesús y recibió las llaves del Cielo. ¿En qué puerta pones la confianza de tus hijos?.

Oramos con el Salmo: (Pongamos nuestras familias en Sus manos) Porque el Señor defenderá a su pueblo y tendrá compasión de sus siervos.

Esposos con vocación. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 19, 16-22

Con vocación de esposos.

Nos gusta decir, que la indisolubilidad no consiste solamente en no divorciarse y permanecer juntos para toda la vida. La indisolubilidad consiste en que Dios nos ha unido. Y Dios no une por un “pespunte”. Dios une nuestra carne, nuestro corazón y nuestra alma.

La conversación de Jesús con el joven rico, va un poco de eso: Hasta qué punto estoy dispuesto a implicarme en el amor. ¿Qué le falta al joven? Le falta cambiar la obligación por la gratuidad.

Dios no usa algo para medir qué leyes y mandamientos hemos cumplido. La justicia de Dios es misericordia, o sea, su justicia no es retributiva (“Qué tengo que hacer para obtener la vida eterna”) sino restaurativa (“Si quieres llegar hasta el final…”). El que tiene una verdadera vocación, no mide, no pone límites. Está dispuesto a todo para “llegar hasta el final”. Ponemos aquí esa famosa frase del Concilio Vaticano II que tanto le gustaba a San Juan Pablo II: “El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo” (GS nº24).

Se trata de discernir la diferencia entre el matrimonio como un estado de vida o como una vocación. Es la pregunta que te hace hoy Jesús: “Si quieres llegar hasta el final…” Los puntos suspensivos, los pones tú, porque sólo tú y Dios sabéis qué te falta.

Es obvio que al joven rico sentía que le faltaba algo cuando fue a preguntarle a Jesús. También el evangelista nos deja claro que se fue triste. Jesús no fue detrás de él para convencerle. Es su libertad la que le separa de la felicidad. Tenía su vaso repleto de dinero y en él no cabía la oferta de Jesús.

El matrimonio no es sólo un proyecto propio o de los dos, sino sobre todo, un Proyecto de Dios. Nuestra vocación consiste en la entrega mutua en Cristo y por Cristo. Ese es nuestro “llegar al final”. Una vez tomada la decisión de dejarlo todo por Él, disfrutemos del tesoro que el joven rico despreció: Jesús nos ofrece “veniros conmigo”. La cita es a los pies de la cruz: Él nos espera con los brazos abiertos, y nosotros llevamos nuestros vasos vacíos. Él se da como Esposo, nosotros le acogemos como Esposa (Iglesia doméstica). El entrega su sangre, nosotros la recogemos para que nos purifique. Él nos entrega su cuerpo, nosotros nos alimentamos de él para entregarnos en la carne. Él nos entrega su Espíritu, nosotros nos amamos con Él, es Él quien nos Cristifica en un solo cuerpo, corazón y espíritu en un camino juntos y con Él.

¡Matrimonios entusiasmados, amigos de Cristo! Alegraos de haberle encontrado y saborear el buen vino que hace de nuestro amor, de encontrar el tesoro por el que estamos dispuestos a venderlo todo, no se trata de dejar, sino de entregarle todo lo que nos ha dado y lo que no tenemos ¡todo!

Hoy oramos con esa plegaria tan certera de San Ignacio: Alma de Cristo, santifícame. Cuerpo de Cristo, sálvame. Sangre de Cristo, embriágame. Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, confórtame. ¡Oh, buen Jesús!, óyeme. Dentro de tus llagas, escóndeme. No permitas que me aparte de Ti. Del enemigo, defiéndeme. En la hora de mi muerte, llámame. Y mándame ir a Ti. Para que con tus santos te alabe. Por los siglos de los siglos. Amén.

El camino de la precipitación a la madurez. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 15, 21-28

El camino de la precipitación a la madurez.

Nosotros podríamos postrarnos hoy ante el Señor para pedirle que mejore nuestra comunión en el matrimonio y nos quite el orgullo.

Varias ideas sobre cómo Dios actúa ante nuestras peticiones:
El deseo: Dice San Agustín: “Cristo se mostraba indiferente hacia ella (la cananea), no para negarle la misericordia, sino para hacer crecer el deseo”.
Es una respuesta pedagógica de Dios. Lo inmediato no nos permite aprender. Adán vivió primero la soledad originaria, tal como nos enseña San Juan Pablo II, descubriendo que en toda la creación no había nada semejante a él que pudiese darle una respuesta de amor. Sólo después de descubrir esa gran necesidad, Dios crea a Eva, y por eso, Adán sabe valorarla y la recibe con una emoción única, tal como nos hace ver el Papa en sus explicaciones sobre el amor humano.

“Cristo quiere que el amor esté dispuesto a mirar más allá. Entrar adentro en su misterio. De este modo, los deseos adquieren profundidad, los sentimientos señalan metas más hondas y estables, el amor se va templando y haciendo eterno. Sólo quien sigue este movimiento de los afectos orientándolo hacia la espesura del misterio, podrá ver cómo su amor sube hacia el Padre.” (Betania una casa para un amigo)

La segunda idea es que el movimiento se demuestra andando. Mucha gente piensa que el tiempo lo cura todo. En realidad, o actuamos o el resultado será nulo o incluso un empeoramiento. La mujer cananea, no se conforma. Insiste, lo sigue, grita, se postra, le da la razón… porque sabe que Dios es tan grande que sólo unas migajas son más que suficientes para ella.

Los cristianos somos conscientes de que la intranquilidad, la precipitación y la angustia son síntomas de inmadurez o de falta de fe. Dicho de otro modo, la paz interior y la alegría son la consecuencia lógica de la fe. Así lo expresaba la beata Teresa de Calcuta: «El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz».

La fe en el amor de Dios nos permite comprender nuestra existencia a la luz de la Providencia de un Padre que nos quiere infinitamente más que nosotros a nosotros mismos.

Esposos, como la cananea, salir del lugar de donde estáis, y buscad vuestro ratito de silencio para orar juntos al Señor, con el mismo ahínco que ella.

Oramos con el Salmo: Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

La madurez del amor, a través de ¿La inocencia?. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 19, 13-15

La madurez del amor, a través de ¿La inocencia?.

Ponemos aquí un comentario de Mons. José Ignacio Munilla extraído de su web www.enticonfio.org :
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La virtud de saber transmitir a los niños nuestra experiencia, es proporcional a nuestra disposición para aprender de su inocencia… ¡Qué atractiva, y a la vez, qué sorprendente nos resulta la sencillez de los niños! ¡Y qué vileza tan grande, el tomar excusa de su educación para violentar la inocencia de los pequeños! Nuestra cultura necesita urgentemente de los niños, porque pocas cosas hay tan falsas como una alegría sin inocencia…

Con frecuencia, los adultos no somos felices, a causa de nuestra excesiva complejidad. Necesitamos de la inocencia de los niños para conocernos a nosotros mismos, e incluso para llegar a conocer a Dios. Como decía San Bernardo: «El desconocimiento propio genera soberbia; pero el desconocimiento de Dios genera desesperación». Los niños son un buen espejo del Corazón de Dios, así como del corazón del hombre.

Me venían a la cabeza …una conocida colección de cartas dirigidas a Jesús, que un profesor italiano había recogido de sus alumnos de Primaria. La forma de expresarse de estos niños destila sinceridad y pureza. Con ingenuidad y simpatía, nos aportan una dimensión más auténtica y profunda de la realidad.

Ojos puros para reconocer la belleza: “Querido Niño Jesús: Yo creía que el naranja no pegaba con el morado. Pero luego he visto el atardecer que hiciste el martes. ¡Es genial!” (Eugenio)
Intuición para descubrir la fuente de la sabiduría: «Querido Jesús: Hemos estudiado que Tomás Edison descubrió la luz. Pero en la catequesis dicen que fuiste tú. Yo creo que te robó la idea”. (Daria)
Ser niño para bucear en el Corazón de Dios: “Querido Niño Jesús: Seguro que para ti es dificilísimo querer a todos en todo el mundo. En mi familia sólo somos cuatro y yo no lo consigo”. (Violeta)
Inocencia que cuestiona nuestros fundamentos: “Querido Jesús: ¿El Padre Mario es amigo tuyo, o sólo es un compañero del trabajo?” (Antonio)
La coherencia de los sencillos: “Querido Jesús: Ya no me he vuelto a sentir sola desde que he descubierto que existes”. (Nora)
La gratuidad de la amistad: “Querido Jesús: No creo que pueda haber un Dios mejor que tú. Bueno, quería que lo supieras… Pero no creas que te lo digo porque eres Dios, ¿eh?” (Valerio)
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A veces nuestros hijos nos dan mucho trabajo y quebraderos de cabeza, pero recordemos cada día que son un don de Dios. ¿Qué ayuda nos quiere ofrecer Dios a través de ellos?.

Pero no vamos a caer en el simplismo de que ser niño lo es todo. También en ellos hay mucho egoísmo, a veces hasta tiranía… El Señor nos pide ser maduros en el amor con un corazón de niño. “Hacernos como niños” consiste purificar el corazón, hacerlo más puro y así alcanzar una madurez en el amor. No se trata por tanto de ser adultos infantiles, sino de tener un corazón que discierne su vida según el Padre, dócil, que no cuestiona dónde le lleva su Padre, sencillo y sincero, confiado y que descansa.

El corazón del esposo adulto siempre va a tender a endurecerse, complicándolo todo, rebelándose ante cada situación, y con la necesidad de ser «dios» y de saberlo todo… de controlarlo todo viviendo el tremendo agobio de tener que arreglarlo todo… La vida se hace pesada para uno mismo y para el/la esposo/a, desgasta, se convierte en tinieblas y se pierde la coherencia del compromiso matrimonial: En las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad…

El esposo/a que se hace como niño, vive tranquilo porque sabe que tiene un Padre que lo protege, lo cuida y todo lo resuelve. No necesita saber la respuesta a todo. La felicidad es consecuencia de una Vida nueva: La del Reino. Un Reino gobernado por un Rey, bajo cuya autoridad se someten el esposo, la esposa y los hijos.

Oramos con el Salmo: Oh Dios, crea en mi un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.