Matrimonios adoradores en Espíritu y en Verdad. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 23, 13-22

Matrimonios adoradores en Espíritu y en Verdad.

El planteamiento que nos hace Jesús en el Evangelio a través de la corrección a los fariseos es: ¿Utilizáis las cosas de Dios para dar gloria a Dios o para dárosla a vosotros mismos?. En esa cuestión se resume la salvación o la condenación. Se trata de adorar a Dios en espíritu y en verdad, la plenitud de una comunión humana.

Vivir el matrimonio coherentemente, es mirarlo con la mirada de Cristo desde la oración constante. De ahí nacerá la coherencia de amar en Espíritu en el matrimonio, que es haber recibido el mismo amor de Dios para amarnos entre nosotros. De esta forma todo el amor queda consagrado y todo él nos dirige hacia la meta, hacia el Padre.

El primer concilio vaticano decía «El mundo ha sido creado para la gloria de Dios» (Cc. Vaticano I)” y continúa el concilio “En su bondad y por su fuerza todopoderosa, no para aumentar su bienaventuranza, ni para adquirir su perfección, sino para manifestarla por los bienes que otorga a sus criaturas”.

Es decir, nosotros no podemos aumentar la gloria de Dios, pues Él ya la contiene en su totalidad, lo que sí podemos hacer y para lo que creó el mundo es para que la comuniquemos y la manifestemos.

Dice el número 294 del catecismo: ‘El fin último de la creación es que Dios , «Creador de todos los seres, se hace por fin `todo en todas las cosas” (1 Co 15,28), procurando al mismo tiempo su gloria y nuestra felicidad» (AG 2).’

Por tanto, la manera de dar gloria a Dios es manifestar, comunicar que Dios está en todas las cosas y con ello alcanzamos también nuestra felicidad.

En lo que nos compete especialmente a los matrimonios: Comunicar, manifestar que Dios está en todo lo que vivimos en el día a día: En nuestro esposo/a, en nuestros hijos, en una sonrisa, en la piel de la esposa cuando brilla expuesta al sol, en el brillo de sus ojos, en cogerse la mano mirando el mar mientras oramos, viendo el ribete blanco de las olas con el que Dios quiso completar su belleza… Todo lo que vivimos y todo lo que recibimos es un medio para manifestar y comunicar la gloria de Dios.

Nuestra misión es manifestar desde el matrimonio y la familia, que Dios está en todo, y muchas veces nos tocará reconocer que nosotros somos imperfectos y que no llegamos a ser fieles a Él, puesto que dependemos de la Gracia de Dios. Tenemos que apuntar a la Verdad, aunque no estemos siendo capaces obviamente de vivirla en plenitud. La verdad no está en lo que hacemos, pero con nuestros actos se tiene que ver cómo luchamos por vivirla y que hacia ella apuntan nuestras vidas.

María lo sabía muy bien: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador…”

Apostamos Todo al Mesías. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 16, 13-20

Apostamos Todo al Mesías.

Esposos ¿Quién decís que es Cristo en vuestro matrimonio? ¿Cómo ha intervenido en él? ¿Y en vuestro trabajo? ¿Y en vuestros hijos?.
Si la respuesta es: “No ha intervenido mucho”, es que no tenéis esa relación continua y cercana con Él, como la que podían tener los Apóstoles.

Proyecto Amor Conyugal, no es un proyecto para un rato. Necesita de una constante presencia de Cristo en nuestras vidas. Si no, no lo dejamos actuar. Si solamente acudimos a Él los 45 min de la Eucaristía dominical o similar, es como cerrarle las puertas de nuestra vida el resto del día, según nos convenga. ¿Qué influencia suya esperamos cada día, en cada momento si no estamos contando con Él?.

¿Quién eres para nosotros? No hace mucho que nos lo preguntabas en este mismo Evangelio. Pero, las circunstancias van cambiando, y es bueno que muy de vez en cuando nos lo preguntemos: ¿Cómo ha cambiado en este tiempo nuestra percepción sobre Cristo? ¿Hemos ganado en confianza?.

Nosotros y todos los que hemos apostado por Ti, y experimentamos Tu presencia constante en nuestras vidas, te lo debemos todo, porque Tú nos has salvado. Has hecho posible que seamos hijos de Dios Padre y hermanos Tuyos. Además nos has rescatado de nuestra situación personal. Has redimido nuestro matrimonio, y lo has hecho posible. Has entrado en nosotros, y cada día Te vas haciendo más grande en nuestro interior. Y en la medida en que nuestro yo va menguando mientras Tú vas creciendo, vamos descubriendo más y más quiénes somos y para qué hemos sido creados, y quién eres Tú, en cada momento y en una eternidad. Proclama nuestra alma la grandeza del Señor.

Simultáneamente, has ido entrando en nuestro matrimonio y nos has ido mostrando el misterio, la belleza y el sentido tan profundo que tiene nuestra vocación. Y lo has ido transformando en algo nuevo, cada día más pleno, cada día más admirable, cada día Tu Santo Rostro nos mira, nos habla, nos corrige, enseña, nos sorprende, juntos nos alegramos… Desde luego es un camino nada monótono, nada rutinario.

¿Quién eres, nos preguntas? Nuestra salvación, nuestra fuerza, nuestro camino, nuestra verdad, nuestro amor, nuestro modelo, nuestra esperanza, nuestro destino, nuestra alegría, nuestra unión, nuestro Creador…

Hoy oramos con la preciosidad de la 2ª lectura: ¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!… Él es el origen, guía y meta del universo. A él la gloria por los siglos. Amén.

El camino de los deseos. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 23, 1-12

El camino de los deseos.

Hoy, a propósito del camino de humildad que propone el Evangelio, incorporamos una meditación del Papa Francisco

Ese es el camino de Jesucristo, el abajamiento, la humildad, también la humillación. Si un pensamiento, si un deseo te lleva sobre ese camino de humildad, de abajamiento, de servicio a los demás, es de Jesús. Pero si te lleva sobre el camino de la suficiencia, de la vanidad, del orgullo, sobre el camino de un pensamiento abstracto, no es de Jesús. Pensemos en las tentaciones de Jesús en el desierto: las tres propuestas que hace el demonio a Jesús son propuestas que querían alejarlo de este camino, el camino del servicio, de la humildad, la humillación, la caridad. Pero la caridad hecha con su vida. A las tres tentaciones Jesús dice no: «No, este no es mi camino». ¿Yo pongo a prueba lo que pienso, lo que quiero, lo que deseo, o lo tomo todo? (Cf. S.S. Francisco, 7 de enero de 2014, homilía en Santa Marta).

Oramos con el Salmo: La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo.

Los prójimos más próximos. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 22, 34-40

Los prójimos más próximos.

No sólo hemos sido creados semejantes a Dios, sino que todo se explica desde Dios: quién es y cuáles son sus dinamismos. Hasta en los mandamientos aparece esta semejanza. «El segundo es semejante a éste». De hecho, es imposible amar a Dios y no amar al prójimo.

Y nuestro próximo más cercano evidentemente es nuestro esposo/a. Decía nuestro Obispo dirigiéndose a los matrimonios: Quien dice que ama a Dios y no ama a su esposo, miente. Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todo el ser, es semejante a amar a mi esposo como a mí mismo.

Para poder amar, tenemos que saber cómo se ama. La Biblia nos enseña que el primer paso es el conocimiento. ¿Conozco su corazón?, sus inquietudes, sus deseos, sus ilusiones. Debemos forjar un nosotros, un destino común.

Los siguientes próximos son nuestros hijos. También debemos conocerlos, y dialogar mucho con ellos. Es muy importante darles nuestro tiempo. También tenemos que aprender a amarlos, pues no se nace sabiendo ni se cursa ninguna asignatura sobre la materia.

La Iglesia, gran valedora de la familia, dice que esos vínculos son muy importantes, creados a imagen de la Santísima Trinidad, pero no son absolutos: Dice el Señor: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí” o “a su hijo y a su hija” LC 14, 26-27. “A la par que los hijos crecen hacia una madurez y autonomía humana, la vocación de Dios se va afirmando en ellos con más claridad” (CEC 2232). Cada vez necesitan más autonomía de los padres, para poder descubrir el plan que Dios quiere para ellos. Nuestra filiación con nuestros padres, va de más a menos: Parte de una dependencia total y va hacia una autonomía mayor. En cambio los vínculos de paternidad con Dios son totalmente al contrario, se experimenta con la madurez una dependencia cada vez mayor de Dios, que es quien dirige nuestra vida.

San Juan Bautista (Jn 3,30) dice “es preciso que Él crezca y yo disminuya”. Los padres tenemos que aplicar este pensamiento en la relación con nuestros hijos. Que crezca su dependencia de Dios y que la nuestra disminuya. A veces pretendemos casi hacer a los hijos a nuestra imagen y semejanza, cuando es a Dios a quien deben asemejarse.“ Por eso la educación a nuestros hijos debe estar basada en el Evangelio: “Y vosotros, padres, no provoquéis la ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor.” (Efesios 6, 4)

Señor, que acogiendo a mi esposo/a y a mi familia, te acoja a Ti, que entregándome a ellos, me entregue a Ti. Que amándoles, te ame a Ti.

Oramos con el Salmo: Los guio por un camino derecho, para que llegaran a ciudad habitada. Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.

La Gran Boda. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 22, 1-14

La Gran Boda.

Dios Padre, celebra la boda de su Hijo, su Eterna Alianza con la humanidad, y nos invita a participar de ella.
Para los esposos, nuestra forma de participar es viviendo nuestra alianza matrimonial a imagen de la de Cristo. El banquete está servido, es la Eucaristía. Si no ponemos excusas para no asistir, formaremos parte de los invitados del Rey.

La invitación: consiste en una llamada de Dios, una vocación (del latín vocare, llamar). Es un ir caminando juntos poco a poco en el amor, por la ruta que va desde la unión afectiva hasta la comunión total de la existencia. El peso del amor nos mueve hacia Dios, hacia esa llamada, al encuentro con Él. “Ciertamente el amor es éxtasis, pero no en el sentido de arrebato momentáneo, sino como camino permanente. Como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí y, precisamente de este modo, hacia el encuentro consigo mismo, más aún, hacia el descubrimiento de Dios.” (Benedicto XVI DCE 6).

El protocolo: “Sería equivocado pensar que uno se ha de alejar del esposo para llegar hasta Dios o que queda reducido a mero instrumento, escalera por la que se asciende a esferas más altas. Es precisamente en la persona amada, en nuestra relación con ella, donde reluce el rostro del Padre. No avanzamos hacia Dios alejándonos del otro sino en él y con él.” (Llamados al Amor pg. 40) La tarea de los esposos por tanto, consiste en integrar todo lo que sienten y lo que desean hacia el descubrimiento del valor de la persona amada, convirtiendo este camino en una aspiración más alta, la ruta hacia Dios. Con razón San Agustín llamó a los afectos “los pies del alma”.

Nuestra preparación: Eso sí, tenemos que estar preparados para la ocasión, es decir, vestidos adecuadamente. Desde que nacemos nos vamos vistiendo de apariencias y ocultándonos tras nuestros miedos. Desde que el hombre, que fue creado desnudo, peca, se ha venido vistiendo de muchas cosas. El único vestido que estamos llamados a llevar es “vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne” (Rom 13,14) “porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Gal 3,27) para que vuelva a reflejarse la imagen de Dios en nosotros.
Por ello es imprescindible estar en gracia, es decir haber confesado nuestros pecados.

Nuestra participación: Como decíamos, nuestra manera de participar de la boda del Hijo, es desde nuestro matrimonio. ¿Por qué? Porque la Alianza espiritual entre Dios y los hombres se encarna en Cristo, y en esa entrega de amor, en esa boda, se unen Dios y el hombre en uno. Esta alianza esponsal, ilumina la alianza matrimonial entre hombre y mujer. A su vez, el matrimonio entre hombre y mujer, se utiliza ya desde el Antiguo Testamento para iluminar la Alianza Eterna de Dios con el hombre. Así, en el Evangelio de hoy, Cristo compara el Reino de Dios con una boda a la que hemos sido invitados.

Cómo llegar: Pero ¿cómo se llega a Dios desde un amor imperfecto como el nuestro? Es Cristo, el que existe desde el Principio, quien viene a regenerar el amor originario entre hombre y mujer, tal como lo creó Dios. A través de Él, se regenera en su carne, el amor humano en toda su pureza. Su cuerpo humano fue el medio para que Dios se relacionase con el ser humano. Después de resucitar, su cuerpo glorioso sigue siendo el medio de relación, de unión entre Dios y el hombre: La unión de Dios con su Iglesia en uno solo, en el cuerpo de Cristo. Y es en Él, como parte que somos de su cuerpo (Iglesia), como podemos volver a vivir el amor en el matrimonio, entregando nuestros cuerpos asumidos por Cristo en el suyo por el Bautismo y la Eucaristía.

Final feliz: Así, siendo fieles a la llamada que Dios nos ha hecho al amor desde nuestra vocación de esposos y alimentados por los sacramentos, estamos listos para acudir a la Gran Boda y disfrutar del banquete divino. ¡Vivan los Novios!.

Oramos con el Salmo: Oh Dios, crea en mi un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; … Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso.