Escuchar y cumplir. Comentario para matrimonios: Lucas 11,27-28

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Evangelio del día

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 11, 27-28

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

Escuchar y cumplir.

En este Evangelio, a Jesús le lanzan unos piropos, y aprovecha este contexto para dejarnos una importante enseñanza. No son los halagos, como tampoco las ofensas, los que nos deben mover a actuar, sino el hacer la voluntad de Dios para nosotros. Porque, si somos sensibles a los halagos también lo somos a las ofensas y a lo que los demás piensen de nosotros; y lo único que define a la persona son sus obras, y no lo que digan de ella. Por eso, Jesús llama bienaventurados a los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. Era una de las cualidades de nuestra Madre, que pone en un plano superior a haberle concebido y alimentado en su niñez. María es el modelo perfecto de este camino. Ella no es dichosa solo por haber llevado a Jesús en su vientre, sino por su docilidad absoluta al plan divino. Y esto es tan importante que Jesús lo reitera en otros pasajes evangélicos: así, cuando en Juan 15,14 dice: «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando», o cuando dice que su madre y sus hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen (Mt 12,46-50 y Lc 8,19-21). Qué importante es escuchar la Palabra, única forma de conocer la voluntad de Dios para nosotros, pero también no quedarnos en la mera escucha, sino cumplir su palabra, hacer lo que Dios quiere que hagamos.

A los esposos nos puede pasar lo mismo, podemos decirnos palabras muy bonitas, pero no hacer nada el uno por otro, y ¿de qué nos sirve? Y si mi esposo tuerce el gesto y viene con el pie cambiado, diciendo barbaridades ¿entonces dejo de obrar el bien? No podemos estar al son de halagos u ofensas, debemos buscar siempre la voluntad de Dios. ¿Y cómo escuchar la palabra de Dios en la vida matrimonial, para poder cumplirla? Con la oración conyugal, ese espacio sagrado donde marido y mujer se sientan juntos a escuchar al Señor. No se trata de interpretar la realidad bajo nuestros propios criterios o egoísmos, sino de mirar al cónyuge con los ojos de Dios.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Pedro: ¿Sabes, Pilar? Al meditar el Evangelio de hoy, me doy cuenta de que muchas veces pretendemos que nuestro matrimonio funcione solo con nuestras fuerzas humanas, o con nuestros afectos naturales. Pero Jesús nos está diciendo que la verdadera dicha se encuentra al escuchar y cumplir la Palabra de Dios, juntos. ¿No crees que nos estamos escuchando demasiado a nosotros mismos y nos está costando escucharle a Él?
Pilar: La verdad es que sí, Pedro, yo estaba viendo lo mismo. Me parece que el activismo del día a día y el cansancio nos hacen caer en el egoísmo, y por eso nos cuesta hacer ese silencio juntos, ese rato de oración tan necesario para buscar lo que Dios quiere para nuestra familia.
Pedro: Fíjate, cariño. Algo me dice hoy que «escuchar su Palabra», significa hacer un alto, dejar las pantallas y rezar juntos, perseverar en nuestro rato de oración conyugal cada día, sin prisas y con el corazón abierto.
Pilar: Y «cumplirla» es mirarte con los ojos de Cristo y amarte en lo concreto, en los detalles cotidianos, dejando a un lado mis quejas para servirte sin esperar nada a cambio, y sin exigirte lo que yo querría.
Pedro: Pues vamos a sentarnos a rezar juntos, aunque sean diez minutos, para descubrir y acoger lo que Dios nos pide. Así, además dejamos que el Señor sane los pequeños roces que hayamos tenido.
Pilar: Vamos ya, que yo, para «cumplir la Palabra» en lo cotidiano, quiero pedirle a la Virgen María su docilidad. Te quiero.

Madre,

enséñanos a estar atentos para descubrir la voluntad de Dios, y a ser dóciles a lo que Dios quiere para nosotros, y así dar grandes frutos de Amor. ¡Bendita y gloriosa seas, Madre! ¡Alabado sea por siempre el Señor!

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