Archivo por meses: abril 2026

Déjate amar. Comentario para matrimonios: Juan 13, 1-15

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Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.
Llegó a Simón Pedro, y este le dice:
«Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?».
Jesús le replicó:
«Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde».
Pedro le dice:
«No me lavarás los pies jamás».
Jesús le contestó:
«Si no te lavo, no tienes parte conmigo».
Simón Pedro le dice:
«Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza».
Jesús le dice:
«Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos».
Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».
Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo:
«¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».

Déjate amar.

Hoy jueves santo, Jesús nos muestra que amar “hasta el extremo” es elegir amar cada día al esposo, también cuando cuesta. En la vida conyugal, lavar los pies significa acoger las fragilidades del esposo o la esposa sin juzgar, servir sin medir, amar en silencio. Cuidar los detalles pequeños, esos que sostienen el amor cotidiano.
Pero en el matrimonio no solo se ama dando, sino también dejándose amar con humildad. Como Pedro, a veces nos resistimos a dejarnos amar, pero el Señor nos invita también a recibir. El servicio mutuo purifica el corazón y renueva la alianza cada día.
Estamos llamados a descubrir el rostro de Cristo en el esposo y a aprender a amar como Él lo hace haciendo de nuestra vida un don constante el uno para el otro, aunque tenga los pies sucios.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Son las nueve y media, los niños ya están acostados.
Javier (Llega del trabajo y se tira en el sofá): No puedo más, ha sido un día horrible.
María (desde la cocina): Yo tampoco he parado en todo el día
(silencio tenso)
María (suspira, se acerca a Javier): Oye… ¿quieres que te prepare algo de cenar?
Javier (la mira, sorprendido): ¿En serio? Pero tú estás igual o más cansada.
María: Sí, pero hoy quiero cuidarte.
Javier (se incorpora): Entonces cenamos juntos y luego recojo yo.
María (sonriendo): Trato hecho.
Javier: A veces se nos olvida que servir es la forma más sencilla de decir “te quiero”.
María: Si. Eso lo que nos enseña el Señor: servir, acoger, sanar, entregarse, lavar los pies. Yo quiero imitarle.
Javier: Y yo. Pero solos no podemos, le necesitamos.

Madre,

Enséñanos a amar en los pequeños gestos de servicio. Bendito sea tu precioso Hijo, el servidor de todos.

Contemplaré tu Pasión. Comentario para matrimonios: Mateo 26, 14-25

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Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 26, 14-25

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
«¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?».
Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».
Él contestó:
«Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».
Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
«En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».
Ellos, muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
«¿Soy yo acaso, Señor?».
Él respondió:
«El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».
Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
«¿Soy yo acaso, Maestro?».
Él respondió:
«Tú lo has dicho».

Contemplaré tu Pasión.

Mi querido Señor, ¡cómo duele esta escena! Uno de tus amigos, entregándote. El resto, dudando de sí mismos. Tú, tan solo.
Duele más aún cuando me doy cuenta que yo también te he dejado solo muchas veces. Peor aún, yo también te he entregado a la cruz por unas monedillas. Cada pecado es entregarte por esas “monedillas” que son un rato de placer, un “es que me apetece tanto”, unas palabras fuera de tono, una crítica, una falta de entrega,…
Señor, me duele profundamente haberte entregado a la cruz tantas veces. Ahí estás sufriendo horriblemente, flagelado, clavado, destrozado,… por mi pecado.
Mi buen Jesús, no quiero pecar más. Estos días santos contemplaré tu Pasión lleno de dolor por lo que te he hecho. Lleno de arrepentimiento para no hacerlo nunca más. Lleno de amor por lo que has hecho por mí, por haberte entregado hasta la muerte por mi salvación.
Y lleno de esperanza para acoger toda la misericordia y la gracia que sale de tu Corazón traspasado, para con la fuerza de tu Santo Espíritu llevar una vida de oración y sacramentos, que rechace pecar, que sólo quiera llenarse de tu Amor para entregarse como Tú, para Amar como Tú.
¡Te quiero tanto, Señor! Mil gracias por todo.

Aterrizado a la vida Matrimonial:

Catalina: Amador, esta Semana Santa quiero que sea especial. Que acompañemos de verdad al Señor en su Pasión. Que seamos conscientes de que se ha entregado por nosotros. Que ese “miedo hasta el punto de morir”, ese sudor de sangre, esos latigazos, esa tortura, esa crucifixión, fueron por nosotros.
Amador: Sí, es increíble lo que ha tenido que hacer por nosotros. Me da tanta tristeza no haber sido consciente de la gravedad de mis pecados. Cada pecado mío le supuso esa tortura. Sé que en la Confesión su Misericordia me ha perdonado. Pero como cada pecado mío futuro será añadir más dolor a su tortura, no quiero pecar más. Sé que soy pecador, pero voy a hacer todo lo que esté en mi mano para no caer más. Llevar con determinación una vida de oración y sacramentos y un camino de purificación de mi corazón, para, con su Gracia, evitarle más sufrimiento.
Catalina: Sí, y con la esperanza de saber que de su Corazón traspasado sale todo lo que necesitamos para andar ese camino de santidad. No tenemos excusa, nos ha dado todo lo que necesitamos para conseguirlo. ¡Vamos a por ello con determinación!

Madre,

Ayúdanos a vivir estos días santos de tu Mano, como Tú, pegados a tu Hijo. Y llenos de agradecimiento. ¡Bendito y alabado sea Dios!