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Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Marcos 7,31-37
En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá» (esto es: «ábrete»). Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».
¿Somos sordos y mudos?
Qué importante la disposición de esta persona para ir donde estaba Jesús, dejándose conducir por sus amigos. Primero tuvo que reconocer que no oía, después dejarse llevar y por último, y lo más importante, confiar en Jesús. Eso permitió que el Señor obrara el milagro y pudiera hablar y oir correctamente. Esposos, acudamos juntos a Su presencia y Él obrará milagros en nuestro matrimonio y en nuestra familia.
Aterrizado a la vida Matrimonial
Pepe: María ¿estás bien? Te noto muy callada desde que hemos salido de Misa
María: Si te parece lo comparto contigo en la oración conyugal esta noche. Estoy muy emocionada, he vivido una experiencia maravillosa
Pepe: ¡Qué pasada! Estoy deseando que lo compartas conmigo
María: Gracias cariño por ser tan comprensivo y esperar hasta la noche
(Esa noche en la oración conyugal)
Pepe y María: Espíritu Santo, ven cada día a nuestros corazones…
Pepe: Nos ponemos en presencia del Señor…
María: (después de un ratito) Pepe, ahora quiero compartir contigo lo que me ha pasado esta mañana. Antes de ir a Misa he estado haciendo examen de conciencia, necesitaba confesar, cuando hemos llegado a la Iglesia he ido a saludar al Señor al Sagrario y me ha dado luz sobre un pecado muy antiguo, de mucho antes de mi conversión, ha sido como si me dijera «Effetá» y he recordado algo muy doloroso que hice hace años y que no había vuelto a recordar. Me he quedado paralizada, pero justo entonces me has cogido de la mano y me la has apretado, eso me ha dado fuerza para levantarme y ponerme de rodillas en el confesionario, allí he vivido una experiencia maravilloso de la Misericordia de Dios perdonándome mi miseria… todavía lo recuerdo y se me saltan las lágrimas. Y era bastante feo mi pecado…
Pepe: María ¡qué bonita eres! Me has recordado la carta de San Pablo a los Romanos «Donde abundó el pecado, sobreabundó la Gracia» ¡Bendito y alabado sea el Señor! Muchas gracias por compartirlo conmigo. Te quiero mucho María
Madre
¡Qué gran regalo es el sacramento de la confesión! Dame la gracia de acudir con frecuencia después de hacer un buen examen de conciencia. ¡Bendito y alabado sea el Señor por Su gran Misericordia!

