Archivo por meses: Septiembre 2015

Un don ¡Impresionante!. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Lucas 9, 18-22

EVANGELIO
Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 9, 18-22
Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó:
-«¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos contestaron:
-«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.»
Él les preguntó:
-«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Pedro tomó la palabra y dijo:
-«El Mesías de Dios.»
Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió:
-«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día. »

Palabra del Señor.

Un don ¡Impresionante!.
(Nota: Se hace uso genérico del masculino para designar la clase sin distinción de sexos.)

No es lo mismo conocer al Señor por lo que dice la gente que por una relación de comunión con Él.
Él es la fuente de nuestra caridad conyugal. Él es el perdón de Dios en la carne (El beso de Dios, decía San Bernardo). Sufrió y murió por nosotros para que el Padre pudiese perdonarnos, y que por Él, podamos también perdonarnos entre nosotros y hacer posible que nos recuperemos después de cada caída. Él murió y resucitó para poder redimir nuestro amor humano caído y transformarlo en la caridad, el amor de comunión que vive la Santísima Trinidad. Un don ¡Impresionante!.

¿Tengo experiencia de esto? ¿Conozco cómo el Señor va haciendo esta transformación en la intimidad de nuestro matrimonio? Porque a lo mejor, hablamos del amor entre esposos según lo que la gente piensa que es, y no conocemos la verdad por la que Cristo murió y resucitó: para que en nuestro amor conyugal pudiéramos ser partícipes de Su Caridad: Ser uno como Ellos (en la Santísima Trinidad son uno), que nos amemos como el Padre le ama a Él y como Él nos amó a nosotros. ¡Impresionante!.

La pregunta es ¿Quién es Jesús en mi vida, con los pies en la tierra? ¿Es una idea? ¿Alguien espiritual? ¿Un refugio? ¿Una tradición? Porque si nuestro amor conyugal no se está transformando en Caridad Conyugal ¿Será que no estamos acogiendo el don ¡impresionante! del Matrimonio? ¿Estamos acogiendo al Mesías, al Redentor? Porque el Redentor necesariamente lo redime todo, lo hace todo nuevo.

Bien es verdad que el amor es un camino, pero si nuestro matrimonio no crece cada día más, pensemos: ¿a quién seguimos?. Él es ¡Impresionante! (Perdonad que lo repitamos, es que no hay palabras…). Alabado sea Dios.

Tal como pide el Papa que hagamos a diario, oramos por el sínodo de la familia:
http://proyectoamorconyugal.es/oracion-a-la-santa-familia/

Mirar más adentro. Comentario del Evangelio para matrimonios: Lucas 9, 7-9

EVANGELIO
A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?

Lectura del santo evangelio según san Lucas 9, 7-9
En aquel tiempo, el virrey Herodes se enteró de lo que pasaba y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado, otros que había aparecido Elías, y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.
Herodes se decía: -«A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?»
Y tenía ganas de ver a Jesús.

Palabra del Señor.

Mirar más adentro.
(Nota: Se hace uso genérico del masculino para designar la clase sin distinción de sexos.)

Nos cuesta mucho ver los dones de Dios, porque éstos van directamente a lo más profundo de nosotros. El Hijo de Dios está entre los hombres y no le reconocen. El tan esperado Mesías.

Sin embargo, estamos muy pendientes de nuestros deseos y de hacerlos realidad, de lo de fuera. El problema es que si el deseo es nuestro y no coincide con la voluntad de Dios, lleva consigo la frustración, porque no nos llena. Ese es el modelo del hombre de hoy, rodeado de cosas y de experiencias excitantes, pero vacío por dentro. Herodes es el prototipo de la frivolidad llevada al máximo, dedicado a sus placeres, su poder… Ve en Jesús una posibilidad de entretenimiento, una curiosidad, pero nunca vería en Él un don de Dios, porque está cegado por su concupiscencia. Por eso, cuando por fin conoce a Jesús el día del juicio, le pide que haga un milagro y el Señor no abre la boca. Él sabe que Herodes no busca la Verdad.

Herodes quiere conocer a Jesús para utilizarlo. Juega con su poder sobre las personas, como jugó con la vida de Juan el Bautista. Herodes no quiere conocer a Jesús para amarle, porque amar a alguien implica hacerse vulnerable, arriesgarse a que te haga daño. El que persigue el poder o huye del sufrimiento, no puede amar. Dios se hace vulnerable a nuestras ofensas, que le duelen, porque ha decidido libremente amarnos. Y se hace vulnerable al hacerse niño en Belén. Los esposos tenemos que apostar y hacernos vulnerables el uno al otro. A veces nos haremos daño, sí, pero también saborearemos el amor de comunión. Tenemos que construir una intimidad. Merece la pena apostar.

Señor, que toda nuestra curiosidad y nuestros deseos estén orientados hacia nuestro interior para buscarte, conocerte, amarte y vivir según Tu voluntad.

Tal como pide el Papa que hagamos a diario, oramos por el sínodo de la familia:
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De matrimonio a matrimonio. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Lucas 9, 1-6

EVANGELIO
Les envió a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos

Lectura del santo evangelio según san Lucas 9, 1-6
En aquel tiempo, Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades.
Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles:
-«No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto.
Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio.
Y si alguien no os recibe, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa. »
Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando el Evangelio y curando en todas partes.

Palabra del Señor.

De matrimonio a matrimonio.
(Nota: Se hace uso genérico del masculino para designar la clase sin distinción de sexos.)

El poder y autoridad, nos lo otorga Jesús en el Bautismo, nos hace por el Espíritu que reside en nosotros sacerdotes, profetas y reyes.

Sacerdotes, porque toda nuestra vida, puede ser un sacrificio espiritual (por el Espíritu) que se ofrece al Padre en la Eucaristía junto al cuerpo del Señor. Profetas, porque con nuestra vida podemos dar testimonio del Evangelio y de alabanza a Dios. Y reyes, porque podemos contribuir a ampliar el reinado de Dios en este mundo, un reinado de justicia y de paz.

Así, los matrimonios somos enviados de dos en dos para anunciar el reino de Dios y liberar a las personas del mal.

Pero tenemos una gracia específica que nos permite llegar con más fuerza a otros matrimonios, porque necesitan un anuncio específico para su vocación. El reino en nuestro caso se concreta en acciones de caridad específicas del matrimonio y la familia, igual que las tentaciones y caídas suelen ser muy similares.

El medio para anunciar el reino es más a través de la caridad que edifica, que de la ciencia que hincha. Como dice San Pablo, justo antes de hablar de la caridad, “Y ahora os indicaré un camino mucho mejor”. No se trata de saber mucho, sino de amar mucho, es decir de comprender al esposo y después servirle mucho para que alcance un bien mayor. Así se construye una intimidad.

Jesús propone a sus discípulos no confiar en las cosas de este mundo y poner nuestra confianza en Él. En el envío vamos como don, en el nombre del Señor, como empleados inútiles que hacemos lo que teníamos que hacer en el Nombre del Señor. Llevamos la misericordia en el corazón y la acogida en nuestras acciones, dispuestos a abrazar como les abrazaría el mismo Cristo, dispuestos a escuchar como Él les escucharía, y acoger la hospitalidad que nos ofrecen como la acogería Él. La misión es siempre una tarea en el nombre de Jesús, donde el misionero da lo mejor de sí Porque le ha sido dado para darlo, porque es Cristo quien quiere darlo.

Tal como pide el Papa que hagamos a diario, oramos por el sínodo de la familia:
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¿A quién quieres más? Comentario del Evangelio para Matrimonios: Lucas 8, 19-21

EVANGELIO
Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra

Lectura del santo evangelio según san Lucas 8, 19-21
En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él.
Entonces lo avisaron: -«Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte.»
Él les contestó: -«Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra.»

Palabra del Señor.

¿A quién quieres más?
(Nota: Se hace uso genérico del masculino para designar la clase sin distinción de sexos.)

Las relaciones carnales son intensas. Jesús no pretende hoy quitarle importancia a las uniones familiares, entre padres e hijos o entre hermanos. Jesús viene a dar plenitud a las relaciones humanas. Los afectos humanos estaban destinados a purificarse y elevarse a la categoría de “los mismos sentimientos de Cristo”.

Jesús no permite que la familia lo aleje de su misión. Es una lección para nosotros, tenemos una misión, ser esposos. El Padre nos ha dado el don, pero hay familias que (sin ser conscientes) priorizan otras cosas. Algunos padres reclaman la presencia de los hijos constantemente y no acaban de romper el cordón umbilical… Y es lícito que dediquemos tiempo a nuestros padres y un deber ayudarles en sus necesidades, tenemos una responsabilidad con ellos, también lo dice Cristo.

Pero no debemos olvidar que también Cristo nos dice: “dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”.
Es nuestra llamada a la santidad, nuestra prioridad, nuestra misión y que en ocasiones tenemos que aprender a decir “no” a nuestra familia de origen, desde un recto discernimiento.

Son demasiados los esposos que anteponen su familia de origen, a Su vocación. Es un desorden importante que tenemos que aprender a gestionar, porque son muchos los matrimonios que se ven afectados por él, ¡Y hasta qué punto!. Algunos matrimonios llegan a la ruptura. Por increíble que parezca, sus padres llegan incluso a animar a sus hijos a separarse o divorciarse. El drama continúa cuando después, ellos no van a poder suplir por mucho que quieran, el amor de comunión conyugal al que Dios había llamado a sus hijos y sus vidas quedan destrozadas.

La familia es el lugar donde toda persona aprende a amar, viendo amarse a sus padres. Los padres enseñan a entregarse por los hermanos, a agradecer, a pedir permiso, a pedir perdón, es una escuela de Amor que prepara para la vocación al amor. El requisito fundamental necesario para desarrollarse como persona.

Pero los padres debemos ser siempre conscientes de que solamente administramos temporalmente la Paternidad de Dios. Los hijos son en última instancia hijos de Dios, y los padres le representamos en ese papel durante su infancia y adolescencia. Pero llega un momento en que es muy importante que los padres sepan “devolverle” sus hijos al Padre, al que pertenecen, dejarlos en Sus manos, y entiendan que la prioridad de sus hijos es responder a la llamada de Dios, a su vocación.

El cordón umbilical con los padres se corta, porque los hijos pasan a ser “injertados” en Cristo, y crean una nueva familia dentro de la gran Familia que es la Iglesia: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la Palabra de Dios, y la ponen en práctica.”

No existe escuela de amor, sin el maestro del Amor que es Cristo, su Palabra es de donde una verdadera familia cristiana se asienta, se orienta, se alimenta…
Is 55, 10-11: “La palabra, que sale de mi boca, no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo”.
Sal 64, 10-13: “La semilla cayó en tierra buena y dio fruto”
Juan 5,24 En verdad, en verdad os digo: el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no morirá, sino que ha pasado de muerte a vida.
Juan 14,23 Si alguno me ama, guardará mi Palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él.

La familia que se reúne alrededor de Jesús a escucharle y se apoyan los unos a los otros para seguir el Camino, la Verdad y la Vida, esa familia permanecerá unida.

Mateo 19, 5-6 “Y dijo: por eso abandona un hombre a su padre y a su madre, se une a su mujer y los dos se hacen una sola carne. De suerte que ya no son dos, sino una sola carne. Así pues, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.”

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Amarle tanto como merece. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 9, 9-13

EVANGELIO
Sígueme. Él se levantó y lo siguió

Lectura del santo evangelio según san Mateo 9, 9-13
En aquel tiempo, vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: -«Sígueme.»
Él se levantó y lo siguió.
Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos.
Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: – «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?»
Jesús lo oyó y dijo: – «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa “misericordia quiero y no sacrificios”: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. »

Palabra del Señor.

Amarle tanto como merece.
(Nota: Se hace uso genérico del masculino para designar la clase sin distinción de sexos.)

El valor del don de mi esposo, no se mide por mi “criterio” o mi “juicio”, sino por el amor que Dios le tiene.

Cristo nos revela cómo Él recibe el don del Padre y cómo se entiende a sí mismo como un don del Padre en su entrega. ¿Cuál es el don que recibe Cristo del Padre? Cada uno de nosotros: “Los que me diste” (Jn 17,6). Cristo nos muestra el valor que tiene ese don del Padre, porque nos amó hasta el extremo. Su amor llega hasta el extremo porque no se vuelve atrás ni siquiera ante aquello que parece denigrar la dignidad del hombre. Sigue recibiéndole como don del Padre incluso en medio de su pecado, a la vista de su desprecio del otro y del su odio. Pues “El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10) (Llamados al Amor)

Así nos demuestra, que el hecho de que el hombre peque, no implica que Dios deje de amarle. Dios le sigue amando de igual manera, incluso podría parecernos que más, porque le ve necesitado (Como se observa en la parábola del hijo pródigo o la oveja perdida). Por eso, la dignidad de una persona, su valor para Dios, no se reduce con el pecado. Y Dios sigue enviándole dones para recuperar a esa persona. Envía sus profetas, a sus discípulos para que les comuniquen la buena noticia. Más aún, les envía a su Hijo único: Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.

¿Cómo miramos nosotros a aquellos que están lejos de Dios? ¿Cómo miramos al esposo que peca y hace cosas que nos desagradan y nos duelen porque van en contra de la voluntad de Dios?. Los esposos tenemos que seguir mirándonos con la dignidad infinita que tenemos equivalente al amor infinito que Dios nos tiene. Mi esposo es un don de Dios para mí, porque Dios le ama por sí mismo, independientemente de lo que haya hecho. Merece Su misericordia. Merece que Cristo coma con él/ella, se haga hombre por amor a él/ella, viva una vida por amor a él/ella, sea insultado por amor a él/ella, sea golpeado por amor a él/ella, sea juzgado injustamente por amor a él/ella, ridiculizado por amor a él/ella y crucificado y muerto por amor a él/ella. Esto demuestra la enorme dignidad que tiene. El enorme don de Dios que él/ella es para Cristo y debe serlo para nosotros.

Repetimos: No podemos mirar al esposo desde nuestra mirada, desde el valor que nosotros le concedemos, sino por el valor que Dios le da por el amor que le tiene.

Quizás seamos nosotros la tabla de salvación que Dios le envía. ¿Voy a ser también yo un don de Dios para mi esposo? O voy a rechazarlo porque desde mi punto de vista no se merece nada. ¿Se merece también que, como Cristo fue entregado por el Padre para su salvación, Dios me entregue hoy a mí como colaborador de ese plan de salvación?.
Al fin y al cabo, Cristo es un inocente y yo también soy un pecador.

Tal como pide el Papa que hagamos a diario, oramos por el sínodo de la familia:
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