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Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 1-12a
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».
«Bienesposados».
Bienaventurados los pobres de espíritu que piden ayuda a su esposo como ministro de la gracia de Dios que es.
Bienaventurados los mansos que aceptan como son y aceptan a su esposo como es, sin intentar cambiarle.
Bienaventurados los que lloran y que no huyen ni son insensibles al sufrimiento o desgracias de su esposo.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de amar y ser amados, buscando el bien y la felicidad de su esposo.
Bienaventurados los misericordiosos, que no juzgan a su esposo, perdonándole cualquier ofensa, por grave que sea.
Bienaventurados los limpios de corazón, que ven la obra de Dios en los acontecimientos y en su esposo.
Bienaventurados los que trabajan buscando la paz con su esposo en su corazón.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, sin desanimarse a pesar de la incomprensión de su esposo.
Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo y podéis empezar a vivirlo aquí, en la tierra.
Aterrizado a la vida Matrimonial:
Juan y Ana celebraban su vigesimosexto aniversario con una escapada de fin de semana a un santuario, para celebrarlo junto con Él. Muy de madrugada, solos frente a Él, en la penumbra, comparten su felicidad.
Ana: Juan, ¿qué nos está pasando? ¿Qué misterio es este?
Juan: Cuéntame, ¿qué estás descubriendo?, ¿qué te está mostrando?
Ana: Una pobreza que vacía mi alma, llenándola por completo de Él, y divinizándola a través de Su humanidad, y de la tuya, querido Juan.
Un consuelo inmenso en medio del llanto por el dolor que le he causado con mi miseria, que empapa y purifica mi espíritu con Su delicadeza, que conmueve.
Un abandono real que me lleva a vivir como si no viviera, con una mansedumbre indescriptible. Vive Él. Lo hace Él, ¿tú lo notas?
Un Hambre y una sed de agradarle, para que restaure la bondad y la belleza en todo y en todos. Madre mía … ¡Qué bello te veo, querido Juan! Veo tu corazón y en él, le veo a Él: Un corazón limpio, bien intencionado.
Y tú, Juan, cuéntame: ¿Qué estás descubriendo?, ¿Qué te está mostrando?
Juan: Su Misericordia en ti, Ana, en la que descanso, volviendo a nacer.
Un anhelo de abrirle en canal mi corazón para que lo ordene todo, absolutamente todo, y vivir Su paz.
Un deseo abrasador de ser ofrenda junto a ti, sin miedo a la persecución, al rechazo, a la pérdida de seguridad. Ser, en todo, nada. Mi vida es Él. Todo lo mío es tuyo, Ana, para Él.
Ana: Mi vida es Él, Juan. Todo lo mío es tuyo, con Él.
Juntos: Nuestra vida es Tuya, Jesús. Todo lo nuestro, en Ti, para los demás. Obras, obras, obras …. de vida eterna.
Madre,
enséñanos a vivir las bienaventuranzas, el verdadero rostro de tu Hijo. Sea por siempre bendito y alabado, que con Su Sangre nos redimió.

