Una soledad escalofriante. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Sábado Santo.

Sábado Santo: Hoy es un día alitúrgico. No hay lecturas. Cristo está muerto.

Una soledad escalofriante.
(Nota: Se hace uso genérico del masculino para designar la clase sin distinción de sexos.)

Sí, Cristo ha muerto. Como tú y como yo, algún día. Él quiso participar de nuestra muerte, y descendió al lugar donde se encontraban todos los muertos, para rescatarlos. Por tanto, hoy estamos sin Él. No está en ningún Sagrario del mundo. Entras a la Iglesia y se percibe la falta de vida. Es como cuando entras en una mezquita. Se percibe la soledad escalofriante de que no hay nadie allí.

Por un día, me viene bien reflexionar sobre qué sería de mí si Cristo no estuviese. Notaría esa misma soledad a todas horas, esa misma frialdad. Una falta de esperanza se apoderaría de mis horas de sueño y una carencia de sentido envolvería mi matrimonio: Cristo no estaría presente en mi relación con mi esposo y nuestra relación de comunión sería imposible. Mi existencia sería temporal y se volvería inútil cualquier ilusión, cualquier esfuerzo. Terrible vida la de los que no creen. Pedimos hoy especialmente por ellos.

Ella está sola. Su esposo falleció hace unos días. Está desconsolada. Al drama de la noticia de su muerte, le siguió la tremenda sensación de soledad en casa. Sí, es cierto que discutían de vez en cuando, es cierto que a veces se hicieron daño el uno al otro, pero hoy no está, ni va a volver. Su esposo, con el que lo compartió todo, con el que tuvo varios hijos, con el que esperaba tener cada día una entrega mayor, ser su mejor ayuda, no está. Nadie le podrá sustituir nunca. La cama se ha quedado grande. El armario está medio vacío… y un montón de recuerdos le vienen a la cabeza a todas horas, y le hacen llorar. Incluso las cosas que menos le gustaban de él, ahora las echa de menos. ¿Qué será de mi vida sin él, el resto de mis días? Se preguntaba. ¿Cómo superar esa terrible soledad? Un sacerdote le dice: No te preocupes. Dios no te abandona, ni tu esposo tampoco. Tu esposo no está muerto… (Continuará).

Madre,
Qué terrible sería esa soledad que sentirías. Rodeada de desesperanza, de llantos de los discípulos. Sin poder dormir, por las escenas tan terribles que viviste ayer. Te acompañamos hoy en Tu soledad. Nadie lo sufrió más que Tú. Hoy somos nosotros los que te acompañamos, los que te enviamos nuestro cariño. Pero Tú confiabas en Dios, y nunca perdiste la esperanza. Fuiste el sostén de todos en aquellas circunstancias, como lo eres de nosotros. Gracias Madre.

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