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Válido para la eternidad. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Lucas 7, 11-17

EVANGELIO
¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 7, 11-17
En aquel tiempo, Jesús se fue a una ciudad llamada Naín, y caminaban con él sus discípulos y mucho gentío.
Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba.
Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo:
«No llores».
Y acercándose al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo:
«¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!».
El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre.
Todos, sobrecogidos de temor, daban gloria a Dios, diciendo:
«Un gran Profeta ha surgido entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo».
Este hecho se divulgó por toda Judea y por toda la comarca.

Palabra del Señor.

Válido para la eternidad.
(Nota: Se hace uso genérico del masculino para designar la clase sin distinción de sexos.)

La vida de familia no exenta de dolor y sufrimiento, pero como dice el Papa Francisco en Amoris Laetitia 19, Jesús quiso vivir esa experiencia del dolor en la familia. El de hoy es uno de esos casos. Él se compadece de una madre viuda que ha perdido a su único hijo y por tanto la única posibilidad de sustento que le quedaba, pues en aquella época, quedaría abocada a la mendicidad.

En este caso, llama la atención que la iniciativa del milagro no viene de ninguna petición, sino de la propia compasión del Señor. El Corazón de Dios se compadece, es decir, “padece con” nosotros. El Señor se acerca al ataúd de nuestro amor herido, cuando hemos “matado” las virtudes del otro a base de exasperarlo con exigencias de perfección. Quizás hemos matado lo bello y lo bueno del otro. Podemos haber “matado” un diálogo profundo a base de llevar una vida superficial… Jesús hoy toca nuestro amor conyugal y nos dice: A vosotros os lo digo, ¡Levantaos!. Este mandato del Señor, exige una reacción por nuestra parte. No podemos quedarnos tendidos lamentándonos en nuestro “ataúd”, tenemos que pasar a la acción, levantarnos y hablar, para volver a la vida.

Cristo, «es la encarnación definitiva de la misericordia, su signo viviente» (San Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 8). Suerte que esté con nosotros, acompañándonos permanentemente en nuestro matrimonio por el Sacramento que hemos recibido.
Sin embargo, “La fe en Cristo no suprime el sufrimiento, pero lo ilumina, lo eleva, lo purifica, lo sublima, lo vuelve válido para la eternidad” (San Juan Pablo II). ¡Válido para la eternidad!.

Madre:
Doy gracias a Dios porque me acompaña en mi dolor, porque hace que crezca en él. Hace también maravillas en mi esposo con mi sufrimiento, le da un valor con una dimensión que llega hasta lo eterno. Bendito seas por siempre, Señor. Tú engrandeces mi pequeña aportación y la elevas hasta lo alto. Alabado seas. Amén.