Archivo por días: 9 septiembre, 2014

Los secretos de la felicidad conyugal. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Lucas 6, 20-26

Los secretos de la felicidad conyugal.

Las Bienaventuranzas es el rostro de Cristo, es el programa de vida para parecernos a Él, una forma de vivir, de ser, de pensar, es movernos en la cima del Amor.
Amar es vivir las Bienaventuranzas ¿quienes son los felices y dichosos? Los que aman y se dejan amar por Dios a través de su cónyuge, pues es como Dios nos llamó al camino del amor.

Cada bienaventuranza tiene dos partes: opción o estado y la segunda es la consecuencia o promesa. Mateo, anuncia ocho bienaventuranzas y Lucas cuatro bienaventuranzas o estados de felicidad y cuatro maldiciones o desdichas, por ser contrario a Cristo.

Veamos si nuestro matrimonio es feliz o infeliz:

Dichosos los pobres porque vuestro es el reino de Dios:

La pobreza que nos hace merecedores de la bendición del Señor es la humildad, reconocimiento de nuestra verdad: ser sus creaturas, sus hijos en Jesucristo, sostenidos por su Amor que nos inspira a vivir y a alcanzar su Reino. Es desnudar nuestro corazón ante el esposo y ante Cristo presentándonos tal cual somos: lo bueno y lo malo para apoyarte en él/ella y que te ayude. Un solo corazón, un solo espíritu caminando de la mano de Cristo.

Es indispensable ser un matrimonio pobre para que Jesús se haga visible en nosotros, siendo luz para nuestros hijos y para el mundo, por lo que detrás de tu humildad, veras la luz de Cristo, verás a Cristo en tu cónyuge y verán a Cristo en vosotros.
Un matrimonio pobre es aquel que no tiene y lo reconoce. Necesita desarrollarse, hacer crecer su amor limitado. ¿Acaso algún matrimonio tiene el amor ilimitado al que aspiramos? No, por eso tenemos que reconocer que somos agua que necesita ser convertida en el buen vino que emana de la sangre de Cristo. Es un matrimonio que se sabe necesitado de la Palabra de Dios para aprender y caminar en la vida juntos, que reconoce que necesita del amor de su esposo y juntos del Amor de Dios. El que se libera del yugo de creerse más que el otro o querer que el esposo me vea fantástico. Pobre es el que reconociendo su debilidad o carencia ante su cónyuge, se apoya en él/ella y juntos en Dios. No por que crea en la persona-esposo, sino porque cree en su sacramento y que es Cristo el que se hace presente atraves del esposo actuando de ministro, siendo portador de Su gracia, lo sana y esto los hace invencibles: En mi debilidad me haces fuerte (S. Pablo).
No hay mayor necesidad para un matrimonio que la unión de corazón que solo puede unir Dios y no depende de sentir lo mismo o coincidir en…. Depende de haber contruido sobre roca (Cristo) cuando hay verdadera unión, es un matrimonio mas fuerte que la muerte, ninguna tempestad lo derribará.
Por eso dichosos, felices los matrimonios que trabajan por esta unión, poniendo sus corazones vacíos, pobres, en las manos de Dios, dichosos por llenarse y llenar a su cónyuge de amor en lugar de llenarse de sí mismos.

Dichosos los matrimonios que ahora tenéis hambre, porque quedareis saciados:

El hombre llega a ser feliz amando y siendo amado, acoge el don de Dios, se lo entrega a su cónyuge y acoge el don de Dios a través de su cónyuge (la hermenéutica del don S. Juan Pablo II)
El esposo justo es aquel que respeta a su cónyuge (más allá de no faltarle o mirarle mal) es ver en él el don de Dios, por esto nos descalzamos porque estamos ante terreno sagrado, viendo la justicia-amor divino en él y colaborando con Dios a que sea lo que Dios ha pensado para él desde su trabajo, familia, amigos…
Por lo tanto dichosos los matrimonios que ahora descubren que sin unión con Dios juntos no hay paz, amor, justicia… Y la buscan, trabajan juntos por ello, tienen hambre de su vocación de esposos. Quedan saciados en parte, viviendo un anticipo del cielo aquí en la tierra.

Dichosos los que ahora lloráis porque reireis:

Dichosas las lágrimas que mueven el corazón al bien por sanar lo que las ha producido.
Dichoso es el que descubre el bien sanando las heridas de su esposo roto por la vida, las circunstancias… en lugar de mirar a su propio dolor (estas son lágrimas infecundas, nacidas del amor propio).
Sólo el amor, sana el corazón herido. El amor es lo único que da fuerza para soportar el sufrimiento, y cuando se acepta con y por amor se une el alma estrechamente con Dios y con el esposo.
El matrimonio que padece cualquier dolor a causa de su esposo y está dispuesto por amor a entregarse a él/ella, como Cristo, haciendo suyo el dolor del otro y ayudándole, este matrimonio reirá porque habrán resucitado juntos.

Dichosos seréis cuando los hombres os odien, os expulsen, proscriban vuestro nombre como malo por causa del Hijo del Hombre. ¡Alegraos ese día porque grande será vuestra recompensa, porque así fueron tratados los profetas!” Con estas palabras de Jesús, nos anima a los matrimonios que rezamos juntos, que acudimos juntos a la Eucaristía fuente de nuestro amor, que luchamos por ser fieles a Dios a través de nuestra vocación cada día, defendemos lo que Jesús nos enseña y con la forma de actuar caminamos contracorriente, hablamos de lo que no está de moda y tenemos a Cristo constantemente en nuestras conversaciones.
La defensa por la Verdad, puede causarnos críticas, dificultades… pero no es estertor de muerte, sino dolor de parto, señal de que somos un matrimonio Vivo y feliz en Cristo!!
También es dichoso el esposo que por su fidelidad a Dios, aunque sea perseguido por su propio esposo, no rompe la comunión, es fiel a la indisolubilidad.
¡Alegrémonos y saltemos de gozo entonces!! El matrimonio que ha encontrado el tesoro, no se desanima por lo que estima basura.

Pero, ¡ay de vosotros, los matrimonios ricos!
Que pensáis que no necesitáis del esposo, que no veis la verdad para la que ha sido creado, que ponéis vuestra confianza en vosotros mismos, que honráis a Dios con la boca y vuestro corazón está lejos del esposo. Cuando no hay unión en la debilidad se producen todas las consecuencias destructivas y la persona se hace aún más débil cayendo con mucha más facilidad en su propia debilidad y ante cualquier dificultad, el matrimonio tambalea…
Ay de los matrimonios que confían en otros dioses: como el dinero, el éxito, comodidades, planes, en uno mismo…nada de esto edifica, ni hace posible la unión y por eso ya tenéis vuestro consuelo: limitado, a rachas, frágil, falso.

¡Ay de vosotros, los matrimonios que ahora estáis saciados! Con vuestro trabajo, hijos, familias, amistades, comodidades, diversiones…. Y no buscáis la justicia-amor de Dios para vuestro matrimonio por “falta de tiempo”. Un tiempo teóricamente lleno, saciado, pero realmente vacío, hueco. Porque tendréis hambre.

¡Ay de los matrimonios que ahora reís!
Porqué has endurecido tu corazón y has huido de tu Cruz, has dado la espalda a tu esposo por mirarte el ombligo, has dicho no a la oportunidad de construir, has renunciado al camino estrecho de la misión de Dios… Porque haréis duelo y lloraréis.

¡Ay matrimonio si todo el mundo habla bien de vosotros!
Porque seguís lo de todo el mundo y no lo de Cristo, porque hacéis lo que sabéis que es aplaudido… Seréis unos mentirosos y unos falsos profetas, porque no reflejaréis la verdad de Cristo.

Oramos por el alma de los esposos con el salmo: Escucha, hija, mira: inclina el oído, olvida tu pueblo y la casa paterna; prendado está el rey de tu belleza: póstrate ante él, que él es tu Señor.