Archivo por meses: julio 2014

Una mirada de auxilio. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 13, 54-58

Una mirada de auxilio.

Lo cierto es que, tendemos a infravalorar aquello con lo que vivimos todos los días. Digamos que pierde encanto, o pierde incluso algo de “magia”. Cualquier personalidad o persona de éxito, será probablemente admirado por todos menos por su esposo/a.

El caso es que Cristo era perfecto y lo fue toda su vida, pero los de su entorno no supieron apreciarlo. Por tanto, el problema no está en la perfección o el valor de la persona a la que miramos, sino en nuestra manera de mirarle.

Dos reflexiones nos suscitan estas experiencias que todos vivimos. La primera es que, aunque vean nuestros defectos, no debemos dejar de hablarles de Dios y del Evangelio a nuestros familiares más cercanos. Dios los ha puesto tan cerca de nosotros, precisamente para que sintamos una responsabilidad mayor para con ellos. La segunda es que aprendamos a valorar también lo que Dios nos ofrece a través de ellos. Si no aprendemos a mirarlos con limpieza de corazón, obrará pocos milagros en nosotros porque no veremos a Dios.

Ya que cogimos ayer el catecismo, seguimos hoy con él:

1605 La Sagrada escritura afirma que el hombre y la mujer fueron creados el uno para el otro: “No es bueno que el hombre esté solo”. La mujer, “carne de su carne”, su igual, la criatura más semejante al hombre mismo, le es dada por Dios como una “auxilio”, representando así a Dios que es nuestro “auxilio” (Cf. Sal 121,2).

Nuestro/a esposo/a, representa ni más ni menos que el “auxilio” de Dios para nosotros. ¿Lo percibimos así? ¿Lo experimentamos así?.
Aprendamos a mirarle sin prejuicios, con limpieza, aun con todos sus defectos, o Cristo podrá obrar pocos milagros por nuestra falta de fe.

Oramos con el Salmo: Pero mi oración se dirige a ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude.

El último día. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 13, 47-53

El último día.

Hoy en Reina de la Paz TV, el Padre David hace referencia al catecismo y nos ha parecido buena idea.

Hablemos sobre el juicio final. ¿Qué? Sí, sí, es real. ¡Habrá un juicio final!
El demonio quiere que le quitemos importancia: Como Dios es misericordioso… todo vale. Nadie se va a condenar. Dios es demasiado bueno. ¿Verdad?.
¿No es esa una de las tentaciones del demonio a Jesús?: Tírate del alero del templo y los ángeles te recogerán… Hoy Satanás nos dice: Haz lo que te parezca… no va a pasar nada.

El problema no es que Dios no nos ame. Hasta ahí, la salvación está garantizada. El problema es que nosotros no le amemos a Él. Si ayer le rechazamos, hoy le rechazamos… ¿Por qué en otro momento le vamos a amar?. El santo temor de Dios, no consiste en temerle a Él. Consiste en ¡temer una vida sin Él!

‘No, no, pero yo “creo”. Dios existe…’ No se trata de eso. Es que al final de los tiempos nos examinarán de amor. Y cada vez que no he amado o he rechazado a mi esposo/a, como decíamos ayer, he rechazado al mismo Dios. Todo esto, detalle a detalle, se verá el día del juicio. Allí se desvelará nuestra verdad con toda transparencia y claridad.

Vámonos al catecismo a ver todo esto. Ponemos aquí unos fragmentos de algunos números:
1038 La resurrección de todos los muertos, “de los justos y de los pecadores” (Hch 24, 15), precederá al Juicio final. … Cristo vendrá “en su gloria acompañado de todos sus ángeles,… y él separará a los unos de los otros,… E irán estos (los pecadores) a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna.”
(Esto lo experimentaremos tú y yo. Mírame ese día, que estaré allí.)

1039 Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios (Jn 12, 49). El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena.
(La verdad al desnudo. Sin excusas ni disimulos. Ese día conocerás todo de mí y yo de ti.)

1040 …Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y … la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que Su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte.
(Entenderemos todo lo que hoy no entendemos y el bien vencerá para siempre.)

1041 El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía “el tiempo favorable, el tiempo de salvación” (2 Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios.
(Creer en el juicio, nos llama a la conversión. ¡Estamos a tiempo! ahora que aún podemos y llama a la esperanza para los que buscan el amor de Dios desde su vocación al amor, en nuestro caso, la vocación del matrimonio).

Cada día de nuestra vida conyugal y familiar, tenemos la oportunidad de descartar los peces malos y quedarnos con los buenos, “como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.” El último día (y no sabemos cuál es), será tarde. Elige la esperanza.

Oramos con el Salmo: No confiéis en los príncipes, seres de polvo que no pueden salvar; exhalan el espíritu y vuelven al polvo, ese día perecen sus planes. Alaba, alma mía, al Señor.

Venta por liquidación total. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 13, 44-46

Venta por liquidación total.

Es curioso que Cristo, a la hora de conseguir el tesoro no dice “regala todo” lo que tiene, sino “vende todo” lo que tiene.

Dos claves, la primera es que, aunque dé algo de vértigo, se trata de una acción referida a TODO lo que tenemos. Si no, simplemente no funciona. No habrá suficiente para comprar el campo y conseguir el tesoro.

Esto tiene que ver con la hermenéutica del don que nos enseña San Juan Pablo II y que ya hemos mencionado en algún otro comentario. Primero debemos de reconocer que somos un don para nosotros mismos. Esto implica que nada es nuestro, sino que todo es de Dios. Todo lo material, nuestras habilidades, nuestras capacidades… todo. Y un don, nos es dado para donarlo. Somos dones de Dios para nuestros esposos, nuestra familia y todo el que nos rodea.

¿Qué ocurre con aquel que considera que algo material es suyo? Que inmediatamente le produce un apego. Empieza el miedo a perderlo. ¿Y si pierdo mi trabajo? ¿Qué pasará con la hipoteca? ¿y el máster que quería pagarle a mis hijos?. Seamos sinceros: ¿Confiamos en un Dios que es Padre y que nos ama sobre todas las cosas?.

¿Qué ocurre con aquel que considera que alguna de sus habilidades o capacidades es suya? Que se envanece. La vanidad es apropiarse de algo que no es nuestro. Y el vanidoso, despide a los de su alrededor. Provoca rechazo… se queda solo. ¿O no?. La vanidad es un torpedo en la línea de flotación de la comunión conyugal.

Pero hablábamos también de “vender”. ¿Por qué vender y no regalar?. Porque todo esto que no es nuestro, al entregarlo recibimos algo a cambio. “El ciento por uno” decía Jesús. Lo que recibimos es, efectivamente, un tesoro.

Por último nos falta una consideración. Hay que encontrar el tesoro. ¿Cuáles son tus tesoros? ¿Sabes encontrar el tesoro que Dios ha preparado para tu vida?. Jesús nos dice: Donde está tu tesoro está tu corazón. ¿Consideras tu matrimonio un tesoro?.

Cuando nuestra prioridad es el Señor, que se nuestro gran tesoro, todo lo demás pierde valor e importancia. “Lo considero basura” decía San Pablo. Y nuestra manera de llegar a Jesús, es a través de nuestra comunión matrimonial. No hay otra. Mi manera de amar a Cristo es amar a mi esposo/a sobre todas las cosas. En él/ella reside Cristo. Lo que hagamos con él/ella, con Cristo lo hacemos. Cuando encontramos el gran valor que tiene nuestro esposo y nuestro matrimonio, entonces lo vendemos todo: Egoísmos, criterios, tiempo, deseos… y todo con alegría porque hemos hallado un bien mayor.

Recordemos nuestras palabras el día de la boda. Yo… me entrego a ti … y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida. ¿No es eso venderlo todo por un tesoro?.

Oramos con el Salmo: Y tañeré en tu honor, fuerza mía, porque tú, oh Dios, eres mi alcázar.

Esposos en la certeza de la esperanza. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Juan 11,19-27

Esposos en la certeza de la esperanza.

Hoy, Señor, también a mí, te revelas, me exhortas y me acabas preguntando: ”Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”

Yo creo, Señor, que tú me has redimido y has redimido también nuestra relación conyugal. Como dice San Pedro: “No os conforméis a las concupiscencias que primero teníais en vuestra ignorancia. Antes, conforme a la santidad del que os llamó, sed santos en todo vuestro proceder, porque escrito está: Sed santos, porque santo soy yo…” (1P 1,14-16 cf. Mt 10,17).

O como dice San Juan Pablo II (audiencia 6/04/83) “todos los cristianos, están llamados a ser como él, los justos que sufren manteniéndose en la certeza de la fe y de la esperanza, y precisamente por este camino están en su puesto, cumplen su misión en la gran dialéctica histórica: son, con Cristo y por Cristo, fuerza de regeneración, fermento de vida nueva.”

Para nosotros, el sacramento del matrimonio, es, especialmente, el sacramento de la esperanza. Cuando se proclama un matrimonio santo, la fecha de celebración es la fecha de su matrimonio. Se pone así de manifiesto una comunión heroica en la carne. De alguna forma, se ilumina la comunión de los santos en el cielo, mediante una vida vivida aquí en la Tierra. Es como abrir una ventana al cielo. Ayuda a otros a creer que existe el paraíso, que es posible.

Seamos con Cristo, testigos de la esperanza, manteniéndonos en la certeza de la fe, de que Cristo regenera nuestro amor conyugal.

Creo!, Señor.

Oramos con el Salmo: Llegue a tu presencia el gemido del cautivo: con tu brazo poderoso, salva a los condenados a muerte. Mientras, nosotros, pueblo tuyo, ovejas de tu rebaño, te daremos gracias siempre, contaremos tus alabanzas de generación en generación.

La semilla del Reino, una energía nuclear. Comentario del Evangelio para Matrimonios: Mateo 13, 31-35

La semilla del Reino, una energía nuclear.

Transcripción de fragmentos de la exposición de Jorge Atienza (Encuentro GBG Cullera, Valencia):
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La más pequeña… es como a veces nos sentimos en la vida. Es nuestra insignificancia. Lo experimentamos en las complicaciones de la vida que nos superan o a veces ante los gigantes: Las modas o las fuerzas sociales. Todo esto suscita la sensación de pequeñez. ¿Cómo salimos de ahí, de esa sensación de pequeñez? O más aún, de vernos insignificantes ante tales gigantes.

Jesús nos propone un componente opuesto que choca frontalmente con estos gigantes: el Reino de los Cielos. Se produce una energía nuclear, un choque que provoca una implosión (desmorona lo de dentro), para producir inmediatamente después una explosión hacia fuera que genera vida. El Reino desata energía de vida. Desata a todos los que se sienten insignificantes. El Reino de los Cielos: astronómico, sempiterno, soberano, invencible, inagotable, glorioso, incorruptible… procede incomprensiblemente como lo hace la más diminuta de las semillas, la mostaza. Es la vuelta al Génesis. La parábola es la recreación. El Reino viene a recrear la Tierra.

¿Qué tienen estas diminutas historias (parábolas) que a su autor le llevaron a la Cruz? Nadie cuenta historias bonitas y termina en la cruz. Desataron energía nuclear, choque de gigantes.

¿Cómo ayudamos al Reino? Podemos editarlo a nuestra medida y esconder la cruz, esconder el sufrimiento y dejar solamente la promesa, el pacto. A veces intentando ayudar, nuestra propuesta es proponer que se pare de sufrir. Si modificamos el Reino, destruimos el poder de su energía nuclear. Así quiso tentar Satán a Jesús: Todo te lo doy, no hay necesidad de ir a la cruz…

En esa intervención silenciosa del Reino de los Cielos con las fuerzas de la Tierra, el Reino no destruye la Tierra, extiende sus raíces en ella para que dé fruto. El Reino no ve la Tierra como rival, sino como huerto. Sembrado en ella se hace útil. Todo lo que la vida necesita para producirse es una rendija de luz. El Reino entra y altera la estructura de la realidad.

Una vez que el Reino es sembrado, nadie lo detiene.
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Dejemos que germine la semilla del Reino en nuestro matrimonio. Puede que nos produzca sufrimiento en muchos momentos, puede que nos exija cargar con la cruz, pero reordenará nuestra vida. Lo que antes estaba arriba, pasará a estar abajo y viceversa. Así actúa el Reino poco a poco: “Él hace proezas con su brazo, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los pobres los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”.

El Reino recrea tu matrimonio y tu familia. Establece el orden correcto, sobre el que se puede construir un hogar.

Oramos con el salmo: Despreciaste a la Roca que te engendró, y olvidaste al Dios que te dio a luz.